4 de febrero de 1992

Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política

Tanqueta el 4 de febrero de 1992

Cuando despertaron años después algunos de ellos no recordaban lo que había pasado. Otros despertaron cuando ya era tarde. Por nuestra indiferencia o, peor aún, por nuestra complicidad, dejamos que esa tanqueta, torpemente manejada, le pasara por encima al país.

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Esa mañana iría al colegio. Tenía ocho años, me gustaba la política y sabía que las cosas estaban mal cuando mi mamá entró a la habitación para decirme con voz incrédula y pausada que ese día no iría a clases: había habido un golpe de Estado.

A pesar de mi corta edad, quedé más horrorizado que ella: en mi conciencia el término golpe de Estado estaba muy asociado con dictadura. La muy temida dictadura de la que me hablaron mis padres, la dictadura que imponía toques de queda y enviaba a los opositores a centros de tortura como nos enseñaron los profesores (en primer grado una profesora nos leyó un cómic sobre la dictadura de Juan Vicente Gómez, y es de la poca instrucción valiosa que recibí en el colegio). Dictadura, de ahora en adelante tendremos que acostumbrarnos a vivir en dictadura, fue palabra a palabra lo que pensé de inmediato.

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Encendí el televisor para seguir las incidencias de un golpe de Estado que aún seguía en desarrollo y vi las primeras imágenes del día: escaramuzas en las calles de Caracas entre militares que no pasarían de los veinte años, visiblemente nerviosos o acobardados (porque, en definitiva, no tenemos una guerra desde hace más de cien años), apuntando sus fusiles hacia blancos que la cámara no enfocaba.

Varias tanquetas aparecieron por las avenidas principales de la ciudad. Pero una de ellas quedó grabada como símbolo de la chapuza golpista: una tanqueta tratando de derribar la puerta de Miraflores y que, a pesar de su peso, sólo conseguía astillarla (ya entonces daban muestras de la eficacia que demostrarían años después cuando se convirtieron en Gobierno).

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Estaba aterrado, francamente aterrado en mi niñez. Por aquel entonces vivía en El Paraíso, junto a unos almacenes militares y no muy lejos de la sede de la Guardia Nacional. Temí que en algunos minutos empezarían a llover las bombas encima como en el Palacio de La Moneda (u otras imágenes de golpes que, entrados ya en los noventa, parecían cosa de un pasado difícil de imitar).

Los muy tranquilos vecinos de mi edificio exhibieron ese día todo tipo de armas y se alternaban en patrullas informales con el propósito no de defender a alguno de los bandos en disputa, sino para calmar la paranoia de que «bajaran los cerros» de La Vega como ocurrió en 1989. Temores de la clase media que sólo miraba su propio ombligo (indiferencia que sería el germen de males mayores años después).

Con las horas la información fue confusa, alarmista, trágica cuando comenzaron a darse las primeras cifras mortales de lo que empezaba a revelarse tan sólo como una sangrienta intentona golpista. En unas horas un hombre enclenque y tosco apareció en pantallas para decirle a sus compinches militares que el golpe de Estado había fracasado. Pensé qué locura darle cabida a un hombre que por planificación intelectual tenía las manos aún manchadas de sangre, un hombre que incluso era un cobarde y mal estratega militar: mientras sus compinches militares habían logrado el poder en el interior, él había fracasado en Caracas y terminó escondido en el Museo Militar sin disparar un solo tiro.

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En la tarde, recuerdo, la situación seguía tensa. No había una sola persona en la calle. Recuerdo que empezaron a transmitir la programación regular. Era como si de pronto no hubiera ocurrido nada, o como si mis padres evitaron que siguiera viendo lo que había pasado. No lo sé. Muchos ese día apagaron sus televisores, sus radios, se negaron a conocer lo que había pasado y se acostaron a dormir para disfrutar de un día sin trabajo.

Cuando despertaron años después algunos de ellos no recordaban lo que había pasado. Otros despertaron cuando ya era tarde. Por nuestra indiferencia o, peor aún, por nuestra complicidad, dejamos que esa tanqueta, torpemente manejada, le pasara por encima al país.

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Lista de víctimas mortales del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992: ¿”Dignidad”? ¿Qué tal “infamia”?

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Lecturas sugeridas » No creo que haya dudas de que Laureano Márquez es un tipo brillante. Su estilo mezcla con inteligencia el humor y la política, una combinación que en otros resulta en el despropósito y la impertinencia. Es tal su genio que los necios que nos gobiernan entienden perfectamente al revés todo lo que él escribe y por eso se conjuran contra él —aunque siendo menos ingenuo, sabemos que ni siquiera entienden: simplemente la hipersensibilidad que padecen les hace ver delitos en la opinión de «los otros»—. Laureano Márquez atraviesa una situación complicada en estos momentos tras publicar, como cada viernes, un artículo humorístico en el diario Tal cual, titulado Venezuela sin Esteban. De la misma manera como algunos diarios europeos (los menos, los valientes, los que aún mantienen principios que no claudican ante el terror) se solidarizaron con el periódico danés Jyllands-Posten, deberíamos hacer valer en Venezuela el poder de la blogosfera y reproducir o vincular el artículo anteriormente citado. Para quienes todavía no lo han leído, acá les dejo el vínculo para que lean »Venezuela sin Esteban y juzguen si hay intención delictiva por parte de Laureano Márquez. (0)

La sociedad domesticada

Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

Metrocable Caracas

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Cuando tenemos Gobiernos paternalistas que anulan la conciencia de ciudadanía y convierten a los gobernados en súbditos agradecidos por la buena voluntad de sus políticos, nos damos cuenta de cuán domesticada políticamente está la sociedad de un país. Y lo digo por la reciente apertura (con varios años de retraso) del Metrocable de Caracas: una obra que cuenta con pantallas gigantes en las que muestran todo el día entrevistas a usuarios que agradecen al señor Presidente por «cambiarles la vida» con la construcción de una obra prometida durante la pasada campaña electoral e inaugurada recién ahora, en medio de otra campaña electoral (¿motivaciones electoralistas?).

Se llega así a aceptar que es normal agradecer al Gobierno por la construcción de obras públicas, cuando en realidad es para eso que lo elegimos: para que trabaje y gobierne, para que administre el Estado, para que haga uso adecuado de nuestros impuestos —que ya bastante pagamos.

El Gobierno no es un benefactor que llegó de manera casual al Poder, su función está en hacer estas cosas para lo que lo hemos «contratado» mediante el voto, y lo debería hacer sin buscar reconocimiento (lo contario sería buscar réditos políticos de la manera más baja) y cuando no hace las cosas bien un pueblo conciente de su ciudadanía tiene todo el derecho de reclamarle, sin sentir que actúa como un hijo malagradecido. Pero estamos en Venezuela, estamos en un país acostumbrado a tener y estamos acostumbrados a confundir lo que es el Estado (un ente permanente) con el Gobierno (una realidad temporal), y este Gobierno está en el cénit del paternalismo y la manipulación de las masas.

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Recientemente un amigo me comentó cómo en el interior del país la falta de agua y electricidad es tan normal que la gente se extrañó del «escándalo» que se armó cuando en Caracas apenas se sugirió el racionamiento eléctrico. Otra de las consecuencias del sistema paternalista es el centralismo. El centralismo que resigna a los habitantes de la provincia a recibir las migajas lanzadas desde la gran ciudad.

Si en cambio tuviésemos un sistema descentralizado en su totalidad los habitantes de esas ciudades canalizarían de manera más directa y cercana sus reclamos. Pero no es así. Aceptan el sacrificio en beneficio de mantener de pie la capital con sus políticos que dirigen (mal) los destinos de todo el país. Y que dirigen sin mucha preocupación ni interés de hacerlo bien porque saben que tienen a una sociedad domesticada y que la mayor función que tienen como Gobierno es la propaganda política para seguir manteniendo a un «pueblo agradecido». Y un pueblo así nunca reclama; no porque no tenga motivos, sino porque no es malagradecido.

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PS: Algo que me resulta intolerable es la utilización de recursos del Estado para hacer proselitismo político. Me refiero al uso para la imagen corporativa del Gobierno (en cualquier de sus tres divisiones: Nacional, Estadal y Municipal) de simbología similar a la del partido político del gobernante. Abuso cometido tanto por políticos oficialistas como opositores, que convierten un Gobierno (Nacional, Estadal o Municipal) en botín de guerra de su partido político. En un país serio eso sería malversación. En un país serio.

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Sigo sin Internet en mi casa gracias a la incompetencia de la nueva Cantv. Supongo que de tantas veces que he llamado para reportar la falla mi voz ya es conocida ego y odiada vanidad en el centro de atención al cliente de Cantv ABA. En esta época de austeridad en la que vive el país no sé cómo no han despedido a unos operadores que te atienden con ladilla mortal y cuya función muy bien podría realizarla una grabación que repita hasta el hartazgo: «¿Qué modelo de modem tiene? Apágalo, enciéndelo (no puedo seguir así, oh no ♪). Su reporte ha sido tomado. Gracias, buenas_______». Fin de grabación. A todas estas, estoy revisando menos el estado de este blog. Y hoy me he encontrado, para mi desagrado, con que un plugin de la página recientemente actualizado generó automáticamente un anuncio publicitario. (Algo que me propuse desde un principio fue no colocar publicidad en Planeta en fuego, aunque ello me pudiera aportar unos cuantos centavos de dólar que a la larga pudieran servir para pagar el hosting de este blog.) Lo peor: que el anuncio que aparecía en toda la página promocionaba casinos y páginas porno. Y no es que el cine porno me escandalice, pero sé que a otros, sí. Mis disculpas para esos visitantes que vieron ese anuncio. Ya fue retirado y Planeta en fuego sigue sin molestos anuncios. (0)