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Como joven estudiante que pretende vivir en un país mejor que el actual, veo con preocupación cómo el mayoritario ciudadano común empieza a hastiarse de la política y a resignarse a que este Gobierno siga hundiendo al país en la miseria. Pero con mayor preocupación oigo el evidente desinterés que generan las propuestas que ofrece la oposición política venezolana, propuestas que muchas personas consideran que al final de todo no le beneficiarán en absoluto…, mucho peor aun, ni siquiera notarían si fuesen implementadas. Es lo que un compañero de mis estudios de Derecho calificó desafortunadamente como un cambio de maquillaje: cambiar las apariencias, cuando, al final, todo por dentro sería lo mismo: ahora hay abajo unos que quieren quitar a los de arriba. Esto es entristecedor: el ciudadano común no ve propuestas llamativas ni innovadoras en nuestro sector, entonces, ¿cómo nos proponemos ganar adeptos en aquel otro sector que apoya a quienes juzgamos están conduciendo al país a la destrucción? Incluso, ¿cómo podemos conservar en la militancia activa a aquellos que ahora están de nuestro lado y que, en algún futuro, nos podrían abandonar definitivamente?
El país ha cambiado, es un hecho innegable para cualquier venezolano o extranjero; si para bien o para mal, es cuestión del lugar desde donde se mire. El actual Gobierno ha modificado las visiones y las conductas políticas de la mayoría, y es por tal motivo que para salir de este Gobierno no se pueden caer en propuestas que no resulten más impactantes que el origen del propio cambio y que, a la vez, sean continuadoras de los deseos de verdadera transformación por la cual muchos votaron a favor del actual régimen.
No se trata, pues, de cambiar un gobierno por otro gobierno; se trata de cambiar un sistema por otro sistema. Lo que el país requiere no es maquillaje, sino una transformación total. Es aquí cuando entramos en la configuración misma de la cual se deriva todo el sistema actual: la figura presidencial.
En una región como la latinoamericana, cuya historia ha sido desfigurada por caudillos productores de guerras internas y miseria para alzarse con el cotizado botín del poder, la adopción de un sistema donde en la práctica se diluyen el Estado y el Gobierno en una sola persona no podía sino engendrar pequeñas monarquías absolutistas, sustentadas por una clase oligárquica (en su auténtica acepción) corrupta y que se regenera en cada nueva administración, y una mayoritaria clase parasitaria que depende de las migajas lanzadas desde lo alto del poder, como muestra de una nueva forma de esclavitud. Cada cinco, seis, cuatro años, los latinoamericanos concurrimos a las urnas para elegir a un pequeño monarca en cuyo período presidencial concentrará un poder casi ilimitado si nos regimos por las leyes, ilimitado si nos atenemos a la realidad. El poder absoluto corrompe al mejor de los hombres, oímos decir desde nuestra infancia. Y es así como surgen los mayores males que debilitan nuestras ya de por sí frágiles democracias: corrupción, tráfico de influencias, abuso de poder, resquebrajamiento de los demás poderes, degeneración de los partidos políticos; todos éstos problemas políticos que se convierten en catalizadores de los males «más visibles y sentidos» por la población: injusticia y pobreza.
Es cuando me pregunto si vale la pena mantener nuestro sistema presidencialista que en realidad es un sistema caudillista-monárquico, si vale la pena arriesgar mi vida en asistir a una marcha y, por último, si vale mi voto para sustituir un presidente por otro; y todas estas preguntas me conducen a negativas rotundas. Pues creo que es momento de que el país viva una verdadera revolución, una revolución que se haga no para que un grupo desplazado anteriormente se enriquezca y concentre groseramente en sus manos todo el poder, sino para que lo desconcentre en beneficio de la prosperidad de la Nación, donde el Estado y el Gobierno no se confundan como ocurre en la actualidad, donde los poderes sean auténticamente independientes y en donde, especialmente, sea su Poder Legislativo un poder fuerte de control del gobierno, una especie de vigilante y a la vez muro de contención de los abusos que genera el poder. Y entonces mis deseos y mis anhelos de progreso para mi país apuntan a una sola dirección: el parlamentarismo.
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Es el parlamentarismo un cambio más allá de lo superficial, es el parlamentarismo la posibilidad de dotar a nuestro país de estructuras modernas e instituciones obligadas a funcionar bajo un riguroso centinela, es el parlamentarismo el seguro de que las decisiones trascendentales para el país no se tomen en un cónclave sino que salgan del debate público en sesión del Parlamento, es el parlamentarismo la posibilidad de aplacar inmediatamente las crisis políticas sin tener que recurrir a la postergación ni la violencia, es el parlamentarismo la repartición justa de la gama de colores políticos y del mismo poder, es el parlamentarismo un sistema que fortalecerá a los partidos políticos y que deberá obligarlos a estar en constante renovación y siempre atentos a los reclamos públicos, será el parlamentarismo el desarrollador de una cultura política y un debate superiores de los que contamos en la actualidad.
Hay, pues, una necesidad de analizar la factibilidad de cambiar nuestro agotado sistema presidencialista por un sistema parlamentario, un sistema donde el Jefe de Estado salga del consenso de todo el Parlamento y cuyas tareas primordiales (limitadas por la Ley a lo esencial para el funcionamiento del Estado) sean encabezar unas Fuerzas Armadas convertidas en garantes de la soberanía nacional y no en un brazo armado de algún partido, servir de intermediario entre los sectores en conflicto, designar Jefe de Gobierno al candidato para serlo del partido que obtenga la mayoría absoluta en el Parlamento o que llegue a ella por la negociación clara, pública y racional, un Primer Ministro cuyas funciones, comparadas con las que cuenta o han contado los Presidentes de la República, sean reducidas…, poniendo algunas decisiones ante la plenaria del Parlamento, otras sometidas a referéndum, en un Estado donde la distinción entre Gobierno y Estado llegue a la claridad de que los organismos estatales no sean como lo son hoy, aparatos del partido (como el caso de los organismos de Seguridad del Estado, convertidos en secciones de seguridad del Gobierno y represión política de adversarios).
El parlamentarismo ofrece hoy en día muchas ventajas y aleja el peligro de otorgar cheques en blancos a gobernantes incapaces de administrar un Estado. El parlamentarismo, visto en sus modelos europeos, es el sistema político más flexible con el que puede contar un Estado para administrarse. El parlamentarismo, en definitiva, es una alternativa posible para enderezar nuestro país e iniciar, verdaderamente, la ya muchas veces postergada educación política y ciudadana de Venezuela.
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