Archivos para Julio, 2005

Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Bocetos, Breviario, Relatos

El moro (2000),

Álvaro Rafael.

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Su solitario trabajo como vigilante nocturno en una ensambladora de autos le obliga a mantener un horario incómodo. El choque de un vehículo en la autopista Francisco Fajardo, los vidrios quebrándose y el sonido de los metales retorciéndose, el anterior silbido desesperado de los frenos y el ulterior grito lejano de la boca de una mujer herida que pide auxilio, y un perro aullando y otros persiguiéndolo, gatos maullando eclipsados por una luna llena y las bolsas de basura arrojadas desde lo alto de un edificio, y las risas de una pareja anónima dentro de un auto, y los demás por la autopista, y el rozar de las aguas pestilente del río contra las rocas, y el transitar incesante a veces, solitario después, conforman los sonidos atormentadores de la medianoche.

Él camina por las largas e infinitas instalaciones de la fábrica, iluminadas por el neón que en un chirrido agudo calcina a los insectos voladores. Y silencio y calma otra vez. De pronto, un vehículo enciende sus luces, se ve a lo lejos, al final del corredor, acercándose por la misma vía, es el suspenso y el temor de algo extraño que se aproxima. Y el auto, lento y pernicioso, va avanzando con unas fuertes luces que encandilan la vista con el reflejo de ellas, y que él dice, en un lenguaje propio del silencio, nada.

Así, su jornada termina. El sol recién sobresale tras la verde e infinita montaña, los empleados bajan presurosos del Metrobús y una mujer bate la edición del diario. Así, su fin. Se sirve en un vaso de cartón un negro bien caliente antes de partir a casa, donde su esposa le esperaría con un buen —o tal vez, afectuoso— desayuno con más de cena. Se da cuenta de cuán temprano es, y que si se apresura lograría llegar a tiempo para despedir a su pequeña hija, y así darle la tradicional bendición y desearle el mayor de los éxitos en su examen. Saca de su bolsillo unas monedas, aguarda en la parada el autobús y luego sube, y espera que el conductor avance presuroso y entusiasmado, aunque luego recuerda que esta noche será otra noche de vigilia.

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Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política, Estado social

Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

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Imagen tomada de Flickr

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Una crítica no homofóbica contra las marchas de orgullo gay[1]

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Tenía desde niño la costumbre de caminar los domingos por el parque Los Caobos y visitar el Museo de Ciencias y el Museo de Bellas Artes, y recuerdo que de aquellos primeros años mi fascinación la disputaban los esqueletos prehistóricos y las exposiciones vikingas y de momias así como el peculiar colectivo que puebla el trayecto entre el Ateneo y la Plaza de los Museos: una mezcla de nostálgicos de un hippismo (que en la mayoría de los casos descubrieron tardía y muy confusamente) y actores o pintores sin talento cuyo arte inexistente se concentra por último en personificar el estereotipado papel del artista estrafalario.

Los últimos años, sin embargo, mis constantes mudanzas me llevaron a dejar a un lado esta costumbre; pero en mi nueva residencia[2], cruzar el parque para ir a comer los domingos a Plaza Venezuela resulta un ejercicio entretenido. Un domingo de hace unos años recuerdo que el apuro me impidió visitar los museos; ese día sólo me llevé la impresión de un nuevo colectivo, por lo demás no menos pintoresco y estrafalario: las banderas del arco iris, las letras griegas y el espectáculo de disfraces me revelaban mi inesperada incursión en la Venezuela homosexual.

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Me detuve frente a la tarima, donde un abogado parecía preparar puntillosamente el discurso que daría en minutos, leyendo ante un corro un manifiesto que entre muchos puntos abogaba por el respeto de los derechos de los homosexuales. La limpieza de su escritura y la sensatez de sus peticiones estimo que convencerían a muchos que todavía, en la inseguridad de sus propias personalidades o aferrados a fanatismos religiosos o morales, albergan sentimientos de rechazo automático y desprecio visceral hacia este colectivo; pero había algo irregular, algo que vaciaba su discurso y casi hasta lo mofaba. La respuesta apareció vestido de gran mariposa monarca, respuesta chillona y escandalosa, que desfiló frente al publicó gritando: «¡Matrimonio para los homosexuales ya! ¡Respeto a los gays

Basta un hecho al parecer insignificante para derrumbar una obra meticulosamente preparada, pensé, al tiempo que me marchaba del lugar.

Esas dos frases espetadas acapararon mis pensamientos y sobre la del matrimonio homosexual pensé en muchos falsos progresistas que celebran o exigen la aprobación de este tipo de matrimonio, y entonces todo lucía más claro: ¡celebran porque la institución predilecta de la sociedad burguesa (el matrimonio) se volvía en contra de ella! Porque pedían que el matrimonio abarcara lo que esa sociedad generalmente rechaza: la homosexualidad. Qué demagogia, que manipulación.[3]

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UNIONES DE HECHO. Las leyes deben adaptarse a los tiempos y a las necesidades sociales, lo contrario a eso es el estancamiento y la omisión, que implicaría que las leyes se conviertan en camisas de fuerzas y pierdan su acción reguladora. Las leyes tienen la necesidad de acaparar todos los aspectos de la vida social.

Que existen uniones de hecho entre personas del mismo sexo es algo incuestionable, cierto y que no se puede ignorar. Es por ello que las leyes, como normalizadoras de la conducta humana, no pueden permanecer indiferentes ante esta realidad y precisan normalizar las relaciones entre homosexuales y llegar a la legalización de sus uniones y a la consagración de sus derechos (con todas sus implicaciones patrimoniales, sucesorales y familiares). Ahora bien, que este tipo de uniones reciba el nombre de «matrimonio» es designar algo con un nombre que histórica, cultural y sociológicamente no tiene. Hay, en fin, una disputa semántica por el término matrimonio que el colectivo homosexual busca ganar a la comunidad heterosexual que, evidentemente, los ha estigmatizado; y es, en fin, una disputa caprichosa que ridiculizaba el manifiesto que seguramente leería más tardé el abogado y que generaría aplausos a granel.

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RESPETO A SUS DERECHOS. La segunda frase (respeto a los gays) tuvo un final que vació aun más el discurso esmerado del abogado: si el colectivo homosexual busca ser tomado en cuenta y con seriedad socialmente, ¿por qué organizar desfiles en los que se resaltan los estereotipos de las plumas y el amaneramiento que tiene la «sociedad dominante»? ¿Por qué la falta de prudencia y discreción en organizar un desfile que busca irritar a los sectores conservadores generando así más rechazo hacia su colectivo? ¿Por qué tanto énfasis en el tema sexual; imaginemos si sería aceptable una marcha de orgullo machista? Son cuestiones criticables de las anuales marchas de orgullo gay. Más sirve el activismo inteligente que la estridencia. Más valían las palabras de aquel abogado que las plumas de un disfraz; al final, fue lo último lo que se llevó la atención.

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Nota: una canción de Billy Se Fue, uno de los invitados a la marcha de orgullo gay-Zona Rental, Caracas 2008.

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[1] Esta entrada fue escrita originalmente el 4 de julio de 2005 y adaptada para la fecha de hoy, 29 de junio de 2008.

[2] Originalmente decía «pero en mi nueva residencia, cruzar el parque hasta llegar a la estación del Metro de Bellas Artes resulta un ejercicio casi obligatorio para evitar pasar por la caótica Plaza Venezuela»; no cambié sustancialmente esta línea porque, curiosamente, me mudé al otro lado del Parque Los Caobos. Ahora mis caminatas son hacia la otra dirección.

[3] Hay que recordar que parte del colectivo LGBT apoyó el llamado a la Asamblea Constituyente venezolana de 1999 seducidos por la inclusión de la no discriminación… por orientación sexual, lo cual finalmente nunca apareció en ningún artículo en la ulterior Constitución aprobada.