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Hace unas cuantas semanas pasé a formar parte de la lista de anónimas víctimas de la delincuencia caraqueña, terminando así con mi discursillo de la invulnerabilidad que contaba con cierta mueca de gracia cuando salía alguien a mi alrededor citando la trillada frase: «Pero, chico, quién no tiene un familiar a quien no haigan robado». Pues bien, una tarde, en plena congestión del tráfico de terror del centro de nuestro bolivariano municipio, mientras iba yo (pensará el lector, distraído en sandeces) en uno de los bloques con cauchos productores de smog que tienen la desgracia de transitar por nuestras avenidas donde un solo carril es para los vehículos y los otros tres para los buhoneros, se montaron dos infelices pistola bajo camisa y nos peinaron a toditos: salieron relojes, billeteras, uno que otro adorno y celulares. Así, me desprendía yo de mi celular anticuado y sin reparo, el cual, cada vez que recibía una llamada, no sólo hacía temblar el piso, sino que cuando era contestada la llamada se apagaba automáticamente. Así, le entregué sin mucha resistencia y con una profunda y maliciosa satisfacción el aparato al infeliz, sabiendo que el pobre diablo en unas horas pasaría de la alegría de tener un celular por primera vez en su miserable vida a la rabia porque no funcionaba ni para accesorio de correa.

Tenía, por fin, un pretexto válido para sortear mi tacañería nata. El aparato que compré al cabo de dos semanas llenaba las expectativas de mi otra parte, la lúdica y tal vez esnobista. Uno de los complementos del aparatico que más me encantó era su cámara, por lo que empecé a fotografiar todo cuanto satisficiera más mi sensibilidad que mi intelecto: el objeto principal de mi lente, una compañera de la oficina donde me desvelo: de perfil, tres cuartos, mientras golpea las teclas de su negro teclado, con el regalo que le compré para su cumpleaños. Al poco tiempo, tuve lo que un padre debe sentir cuando ve que su pequeño niño empieza a salir solo a la calle: el terror de perder eso que tanto adoro, víctima otra vez de la delincuencia; ella se irá de este trabajo dentro de poco, me dije, y esas fotografías serán lo único que me quede de ella. Razón por la cual empecé a buscar los cables que transmitieran esas imágenes a mi PC. He aquí cuando encontré a Mercadohorror.

Suelo ser un usuario frecuente de las páginas de compra y venta on-line, me parecen lugares excelentes y sencillos para poner en venta cualquier bagatela y, francamente, nunca había tenido problemas con esos servicios. Hallé y compré los cables para mi teléfono, y entre depositar el dinero a la cuenta del desconocido vendedor o depositar a la cuenta de la página de compra y venta, decidí por esta última y aparente confiable opción. Cuál ha sido mi sorpresa que hoy, después de transcurridos cuatro días de la compra, aún la página no acredita mi depósito y por ello aún no he recibido los cables que compré, para mi rabia y frustración. Porque, para este momento, sigo andando por las calles sintiendo que mi hijo juega fuera de casa, expuesto a los peligros que ello implica, pudiendo perder en cualquier momento algo que aprecio inconmensurablemente. Espero, sigo y espero, mientras tanto, estas líneas ayudan a pasar el tiempo.

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