Arte de Spencer Tunick

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Su visita a Venezuela me era francamente indiferente. Había noticias reales en este país que se desplomaba por partes para darle atención a un sujeto que, en previas entrevistas que había visto por casualidad, me resultaba un vouyerista repugnante, un ser arrogante y manipulador con agilidad tanto para atraer incrédulos como para ocultar su apetito de relevancia detrás de una fachada de arte.

Varias semanas después de su partida, uno de esos hechos extraños que gravitan sin escándalo sobre nuestras cabezas apareció para acaparar mi atención hacia él y lo que representa su «arte».

¿Cómo permanecer indiferente cuando recibes la fotografía donde aparece una muchacha que aprecias como si fuera una hermana menor, despojada de su gracia y belleza entre una masa informe de cuerpos humanos?

Esa imagen me avinagró…, ya entre esas anónimas figuras grotescas que yo había visto de soslayo y sin interés en diarios había un nombre que apreciaba. Esa noche no dormí y me invadió el ánimo de precisar mi molestia. A la mañana siguiente, cuando me llamaste para preguntarme con voz seca qué me pareció la fotografía, no supe si agradecerte de que me informaras sobre ese asunto o colgarte por la mala noche que pasé, como si tuvieras responsabilidad en aquel acto (lo cual lamento si te ofendí). Me encontraba ofuscado, no supe qué responderte, te prometí una respuesta en los próximos días, aquí la tienes: cuando recibí esa desgraciada fotografía donde aparecía ella, entre otros seres desnudos, cuando vi que entre una marea de cuerpos similares a pesar de las diferencias físicas aparecía ella, sentí como si de aquella bella criatura que conocemos hubiera sido arrancada su personalidad fascinante, como si el «arte» de Tunick consistiese en destruir la personalidad humana y uniformarla, trivializarla junto con la ciudad como parte más de su decorado, carente de alma e insustancial, hacer del ser humano no un ser ÚNICO en el universo, sino parte de una masa informe y repetitiva, vulgar…, el «arte» de Tunick de despojar a los seres humanos de su unicidad me recordó una imagen de campo de concentración, donde los prisioneros al llegar son despojados de sus nombres, donde todos son cosas iguales, y por eso no me extrañó el auspicio que brindó este gobierno a ese denigrante espectáculo, porque muy bien sabemos que entre sus objetivos está la destrucción del individuo a favor de lo que llaman colectivo.

¿Cómo llamar a eso «obra de arte»? ¿Fue Auschwitz un gran museo polaco?

Ahí tienes la causa de mi mala noche.

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