La mujer arrodillada

La mujer arrodillada (2006),

Álvaro Rafael.

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Uno de los defectos humanos más repudiables es el egotismo. Y dado que su aparición sólo se puede dar cuando interactuamos con otras personas, es, curiosamente, el impulsor de las conversaciones humanas cuando el egotista se ausenta. Porque si está mal y es deplorable hablar de sí mismo delante de otros, no lo es hablar de terceros; rara vez aludimos exclusivamente a nosotros mismos y cuando lo hacemos recurrimos inmediatamente a otros nombres, no queremos pasar por egotistas. Todo esto nos lleva a crear una mitología personal en la que incluimos a todos aquellos personajes conocidos que, por uno o varios motivos excepcionales, forman un tipo al que echamos mano para oxigenar conversaciones que languidecen.


Una reciente tarde prodigiosamente triste, mientras cruzaba el Puente de Los Leones en El Paraíso,  puente caraqueño, como lo sugiere su nombre, resguardado por leones (cuyas continuas capas de pintura los salva cada cierto tiempo del vandalismo juvenil pero que deteriora sus formas el atento vandalismo gubernamental), pasó a mi lado aquella muchacha que un amigo mío calificaba de «curtida».

De estatura mediada, muy morena, poco inteligente pero muy escandalosa y con la capacidad para atraer más escándalo, La Cochofla, como solían llamarla con confianza quienes ciertamente no eran sus amistades y cuyo real nombre era Gabriela-no-sé-qué, se había granjeado la fama de ser todo lo opuesto a lo que cualquier sensato consideraría una «señorita». Era, de hecho, el mejor ejemplo de todo lo contrario a lo «correcto» y lo «moderado». Sus juegos de palabras manidos, sus posturas más inoportunas y descaradas pero divertidas para todo zafio liceísta, su provocación en general y una que otra mano que se extendía a sus voluminosas tetas de negra o que de ella misma se extendía a la entrepierna de cualquier interlocutor ocasional, habían servido para aderezar la lívido torpe de todos los torpes quinceañeros que coincidimos con ella en el colegio  Juan Pablo II de La Paz enclavado en el primer piso de una quinta decrépita, así como para alimentar su fama de precoz y entusiasta putita.

Las historias que robustecían esa [mala] fama se sucedían entre la exageración rosa y la credibilidad plenamente sórdida, pero sin perder su cariz ridículo: que si su madre le aconsejaba frente a terceros que sólo le contoneara el culo a los sifrinitos, que si había abortado a la orden de un portugués mayor y abrumado, que si esto o aquello en lo que yo, siendo un poco egotista, me vi involucrado, para aprovechar la ocasión y decir que afortunadamente me venció la sensatez que por lo general tiene las de perder cuando se enfrenta a las gónadas de un adolescente. Un hecho que resiste todo desmentido fue el que involucró al anteriormente mencionado amigo y que, manteniendo su anonimato que él mismo no respetó cuando nos lo contó a regañadientes a todo un salón, cuento ahora para dejar de hablar de mí mismo y mantener viva la escritura.

Resulta que esta chica mitológica había perdido lo que presumimos como cabeza y llevaba tiempo acosándolo —no, el verbo no es exagerado, se suele decir en estos casos—, y mi amigo la rechazaba, la despreciaba y se despreciaba así mismo por cuestionar su masculinidad y ser tan «afeminado» como todos le decíamos —claro, éramos unos azuzadores de fuego—. Pues la cosa fue enrareciéndose hasta que una tarde la chica lo retiene a la puerta de su edificio, debió haber habido un forcejeo, aquí los hecho nos resultan desconocidos, él le habrá dicho que su abuela estaba en casa, ella habría dejado salir del escote un pecho, la escena se hizo evidentemente sórdida, a ratos grotesca, de mal gusto cual comedia del Canal de las Estrellas. ¿Quién habría abierto la puerta del vestíbulo? Poco importa el preámbulo al momento en que llegaron al séptimo piso donde él vivía.

Los hechos, narrados a sus amigos, fueron los siguientes —repetiré la prisa provista de asco de su voz—: «Subimos, nos sentamos en las escaleras de mi piso, ella se lanzó sobre mí, bajó el cierre de mi pantalón y se apoltronó en mi regazo». Claro, la verdad no es tan aparentemente lírica. A ese hecho que perseguía la putita le habría colocado tanto interés vital que, después de ello, comenzó su declive: abandonó sus estudios —el verbo, ahora, sí es excesivo—, se rapó la cabeza a lo Sigourney Weaver en Alien 3, su ropa empezó a recogerla de un basurero peor al que recogía la ropa que hasta entonces llevaba puesta y su lenguaje perdió el brillo y adquirió la pausa pastosa de la maría hispánica. Sus apariciones fueron cada vez más escasas, como un acto deliberado para robustecer más aun su mito en la que se habló de una búsqueda policial aderezada de todos aquellos ingredientes de una mala película de Cinemax.

Quizá, la realidad fue menos genial; no lo puedo asegurar ahora, por algo de escepticismo conmigo mismo porque sé que el hombre mientras madura pierde la perspicacia y todo lo ve con extrema simpleza. Quiero creer en la posibilidad de aquella turbia y enigmática historia que fortalece las historias que cuento en los momentos de palidez. Esa tarde, cuando la vi pasar a mi lado, del brazo de un italianito de turno, no traté de saludarla: ¿Qué pasaría si un apasionado creyente empezara a cuestionar su fe? Seguramente, sus conversaciones derivarían en un tedioso monólogo caracterizado por el insoportable egotismo metafísico.