Melancolía (1894-1895)

Edvard Munch.

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El siguiente es un simple ejercicio literario. Es decir, los hechos narrados y los personajes no tienen por qué ser reales, ni tampoco necesariamente falsos.

La historia ocurre en la cafetería de una universidad en la periferia caraqueña, el protagonista lleva por nombre R., es una mañana lluviosa.

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Gente viene y gente se va,

y los veo pasar, no es distinto

A otros que se quedan atrás,

no los culpo por andar en otro ritmo

Letra completa

Dirección opuesta

Dermis Tatú

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1

Trato de evitar caer en la melancolía.

Saben, últimamente este sentimiento es de los peores que puede demostrar una persona. El mundo siempre avanza. Nadie quiere perder el ritmo. La melancolía es, entonces, ir contra todos.

Pero… si siempre he ido contra todos.

Siempre he sido diferente a los demás, nunca me han gustado las modas y las formas sociales comunes. Siempre traté de mantenerme libre de todo aquello que no me gustaba o me parecía un molesto convencionalismo. Pero tampoco fui feliz. La soledad, aunque tema dedicado de hermosos poemas, no gusta a nadie.

Por ser diferente siempre estuve solo. Pero el siempre es solamente una licencia de fe perdida, momentánea en cualquier prosa o verso. En algún momento encontré a alguien que me inspiró a creer nuevamente en que hay un motivo para vivir. Se esconde, es difícil encontrar, pero está allí esa persona que buscamos. Ahora que esa persona se ha marchado a otro país muy lejano… ¿qué me queda?

Pero hay que mostrar fortaleza, no se puede perder la marcha aunque no queramos andar a ese ritmo.

2

La mano delgada de la chica me extendió su mocaccino. La podía esperar sentado a la mesa mientras ella regresaba. Nos acompañaba otro compañero de clases.

Al cabo de unos minutos estábamos los tres desayunando. Ellos charlaban, específicamente, charlaban sobre tarjetas de crédito y modalidades de fraude. En realidad, ni siquiera puedo decir que me exaltara oírlos planificar un delito.

Mis pensamientos trataban de explicar qué diablos había pensado mi último amigo que me queda, M. B., cuando hace mucho tiempo me dijo que yo haría buena pareja con esta ragazza de voz pausada y sibilante que ahora hablaba de crímenes. Era sencilla y su sonrisa, que no por cierto desagradable, aun así me irritaba. Es hermosa, como puede ser una estatua o un maniquí.

Me levanté de la mesa, no hacían falta excusas.

Quería refrescarme la cara en el baño, pero en la marcha me detuvo J.: acaba de montarle un nuevo equipo de sonido a su carro que nunca he visto, siempre lo he visto andar a pie. Desde que lo conozco, es la sexta vez que lo renueva. Sonreí, en realidad no soy grosero, la gente me toma como buena persona por el respetuoso silencio con el que escucho estupideces. Seguí de largo, prefería entrar al salón a esperar la clase.

En la puerta encontré a T., la acompañaban sus amigas que siempre saludo con una sonrisa que oculta mi desconocimiento de sus nombres. Ellas saben que trabajo en el mundo editorial, si bien lo que se idean de mí es más ficción que realidad. Me toman del brazo, me dan una palmada, me sonríen, por último me dicen si les puedo conseguir el último libro de Harry Potter.

«Jóvenes al borde de los treinta y hablando de Harry Potter», pensé, con malicia y desprecio. «¿Qué puedo saber yo de esa clase de literatura?»

—No lo tengo —dije quedamente, y entré al salón.

Me siento en uno de los pocos puestos que van quedando desocupados. Es el último de la fila, no me preocupa el puesto tanto más cuanto tengo que oír las conversaciones de las chicas Malibú.

Una de ellas mira atentamente a quien podría fácilmente pasar como el trainer del grupo. Ha importado una excelente merengada para definir la masa muscular. Ustedes saben cómo es eso: qué si calorías y proteínas y carbohidratos y nunca queda mal la playita y el sol para maximizar potencialmente los efectos de las merengadas importadas y labeleada por la FDA y gauranteedea por su compañía que sólo trae calidad.

Exclamaciones.

—Pero ¿aumenta la masa cerebral?

Se me quedarían mirando fijamente. Mi humor tiene la particularidad que es excesivamente personal: para los demás es insulto, ahora sólo surte efecto en mí. Pero ya no tengo ganas de reír; desde que ella se marchó del país sólo me queda la melancolía de risas pasadas y compartidas. No digo nada.

Me levanto, prefiero salir del salón, mirar el cielo quizá me distraiga de esta nueva realidad a la que me debo acostumbrar desde su partida: es una mañana lluviosa de julio, al menos traje mi iPod y suena Disorder de Joy Division. Tampoco es un día tan malo mientras oiga mi música. Mi música ha sido una de las pocas cosas que me individualiza y a la vez me vincula con personas similares con los que pasé mejores y gratos momentos de compañía, creo. ¿Sabrá el chico de las merengadas o la lectora de J. K. Rowling quién es Ian Curtis?

Tampoco me interesa saberlo.

Alguien me llama: son los chicos con los que desayunaba: me estaban buscando, me uno al grupo nuevamente.

Ahora hablan, ja…, casualidades, de que la lluvia es depresiva y melancólica.

—Es mejor el sol, ¿no? —pregunto.

Asientan todos.

Al menos, disimulo bien que por dentro llevo años desmoronándome lentamente. Porque, en fin, ¿a quién le interesaría ver cómo cae cada pieza? ¿Quién se ocuparía de levantarme, cuando puede así perder el ritmo?

El vacío y el aburrimiento de ahora sólo traen la melancolía por tiempos mejores, y la melancolía atenta contra la humanidad.

Todo marcha hacia delante.