La imagen de Raymond Carver es poderosamente enigmática, fatigada, cuando imaginamos su voz leyendo:

«¿Y conseguiste lo que querías en esta vida?

Lo conseguí.

¿Y qué querías? Considerarme amado, sentirme amado en la tierra.»

Alguien, acaso un optimista voluntarioso, intervendría preguntando si él había hecho sentir amado a alguien, si hizo o deseó hacer feliz a alguien en su vida.

El Raymond Carver apócrifo bajaría su cigarrillo, entornaría los ojos y diría:

—Nadie es quién para desearle la felicidad a otra persona. Cada quien es como decide vivir, la vida que se elige no es un error que otros deben corregir. Mucho menos personas que no creen en su propio optimismo. La felicidad misma es un estado en el que no se cuestiona nada; ¿quién quiere ser feliz?

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