Himno comunista en propaganda del Gobierno

Escrito por en Asides, Estado de política

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Esto no es comunismo, pero se le parece. La reciente propaganda-cuña-micro del Ministerio del Poder Popular para el Trabajo y Seguridad Social utiliza un lenguaje evidentemente de lucha de clases, pero lo que llama la atención es la música de fondo.

De fondo se oye La Internacional, el himno utilizado por los partidos comunistas del mundo como seña de identidad (y que incluso llegó a ser himno nacional de la Unión Soviética). ¿Casualidad o mensaje subliminal?

Mientras no consiga el video en Youtube de la cuña-propaganda comunista del Gobierno, aquí está La Internacional, el nuevo fondo musical del Gobierno.

Imagen de previsualización de YouTube

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Final de temporada, 2008

Escrito por en Microuno

Cerrada la temporada 2008 de Planeta en fuego. Este blog se despide hasta el año 2009, esperando que el siguiente sea un año tan interesante como pudo haber sido éste que termina. Bonus track: este fue el momento del año para el autor.

Microentrada

Escrito por en Microdos

He rediseñado partes del blog para hacer más rápida la carga de la página y para estilizar aquellos segmentos que rompían con el concepto de Planeta en fuego. Una de las novedades son las microentradas.

La culpa es de la vaca-Sambil La Candelaria

Escrito por en Estado de política, Estado social

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La culpa es de la vaca

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Oyendo las recientes declaraciones del tren ministerial, una persona desprevenida llegaría a la conclusión de que la perversa constructora Sambil-Cohen ha levantado de la noche a la mañana un monumental centro comercial en todo el centro de la capital revolucionaria sin permiso municipal y sin que ninguna autoridad lo notara… hasta que tenía más del 90% de la construcción lista.

Ahora resulta que nadie sabe sobre la construcción del Centro Comercial Sambil-La Candelaria. Ningún ministerio sabe nada. El Gobierno del Municipio Libertador tampoco sabe nada, cuando es el encargado de dar los permisos. ¡El Presidente tampoco sabe y vive a unas cuadras de allí! Bueno…, se entiende, las cuestiones pequeñas que ocurren en este país le importan muy poco a un líder mundial que nunca está en casa.

La política venezolana es surrealista. El Gobierno primero lo expropia y luego le consultará a los vecinos sobre el destino de la construcción Centro Comercial Sambil-La Candelaria. Pero ¿a quién le preguntó si querían o no un centro comercial? Las opciones de qué hacer con la construcción ahora son claras: el Gobierno está claro en que hará lo que le dé la gana y muy poco le importará la opinión de los vecinos. Algo que recuerda mucho la frase tantas veces manipulada por ellos mismos que algún día soltara el ex presidente Rómulo Betancourt: «Disparen primero y averigüen después», en versión: expropien primero y pregunten después.

¿El problema es el tráfico que generaría? ¿Acaso no lo generará también la universidad, colegio, mercado popular, puticlub, nuevo Helicoide, sede del PSUV que pondrán allí? Si fuese así, habría que empezar por expropiar a media Caracas o andar a caballo.

De todo este enredo de mentiras, manipulaciones y evasión de responsabilidades están claras dos cosas: 1) el Presidente tomó a todo su Gobierno por sorpresa con sus declaraciones en Aló… y dio la orden vertical que obligó a todos a amoldarse a su capricho (¿vieron la cara del flamante alcalde de Libertador, Jorge Rodríguez? Habrá tragado grueso pensando: «Presidente, pero el anterior Gobierno municipal era de los nuestros»); 2) los mayores perjudicados son los vecinos de la zona, a quienes se les niega tener un centro comercial que hubiera revitalizado una zona económicamente estancada y cuyo centro comercial más importante (Galerías Ávila) ha quedado pequeño (sin contar que cierra temprano).

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Los centros comerciales

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Ahora también resulta que se han dado cuenta que Caracas está llena de esa lacra capitalista de los centros comerciales.

Es evidente que este Gobierno de lo que NO se ha dado cuenta (o peor aun, que es lo más probable, lo saben y no les interesa el tema) es que Caracas-la capital del país que (mal)gobiernan es una de las ciudades más violentas de Latinoamérica. Pongan a un lado las estadísticas (manipuladas o no): la sensación de inseguridad está en cada venezolano cuando sale a la calle y muchos de nosotros hemos sido, de manera directa o indirecta, víctimas del crimen.

Si al tema de la inseguridad se le suma el hecho que en Caracas escasean los espacios públicos donde caminar o reunirse, el resultado es lógico: los centros comerciales ofrecen el espacio de ocio perfecto para el caraqueño. Los centros comerciales han sustituido la función que deberían tener las plazas (pero nosotros ni las tenemos).

En lugar de andar pensando en expropiar centros comerciales (lo cual le costará al Estado miles de millones de los nuevos y ya devaluados bolívares), en lugar de toda esa palabrería socialista (e hipócrita*, porque quitando la ironía del artículo FUERON ellos mismos quienes dieron los permisos), deberían ocuparse de invertir en seguridad e infraestructura decente que permita a los habitantes de Caracas disfrutar de sus espacios públicos, y no estar evadiendo sus responsabilidades y otorgárselas a otros, tal como ocurre en el popular (y no por ello, bueno) libro de autoayuda La culpa es de la vaca. Deberían ocuparse de dar calidad de vida a los ciudadanos, en lugar de quitársela.

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Nota al margen*: ¿Cómo será la reacción del Presidente cuando un día, regresando a La Casona, pase por el Millennium Mall en Los Dos Caminos? La Revolución son obras, y este mastodóntico centro comercial del Municipio Sucre se construyó bajo otro gobierno revolucionario, el del hijo del ex vicepresidente de la República.

Los buenos seres humanos

Escrito por en Estado social, Misantropías

Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

Parte II

Buenos seres humanos

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Parte I – El precio de la solidaridad

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El deseo de aquel futuro colega de renunciar a todo para ayudar a los más necesitados podría parecer loable, de no ser porque su gestualidad encajaba en el patrón de quien intenta parecer buen ser humano. Muchas veces —sino todas—, bajo el altruismo y las buenas acciones de algunas personas se esconde la vanidad y la egolatría ante la ilimitada posibilidad que tienen de demostrar generosidad y compasión ante un niño desnutrido, una mujer golpeada, un monje budista apaleado, una foca atravesada por un pico.

Imágenes que ciertamente impactan a esas personas, pero por hacerles sentir como seres bondadosos, y que suelen olvidar cuando el interés particular se distrae en otras cuestiones. Imágenes que componen el mosaico de lo que Kundera llama «la historia universal del kitsch» y que llevan a tales personas a conformar un cada vez más numeroso grupo social: los «esnobistas de conciencia».

Lo que mueve realmente al esnobista de conciencia no es la presión moral de ayudar al prójimo (si es que la hay), sino su propia vanidad. Su deseo de verse glorificado. De sentirse el Mesías. Para figurar dentro de la comedia de la solidaridad busca estar rodeado de aquel cuya debilidad sirva para resaltar su «bondad» y sus «buenas acciones», convirtiendo al necesitado en alimento de su vanidad y egolatría. Como el esnobista de conciencia comprende que la vanidad es criticable, la difumina en organizaciones sociales aceptadas; es por ello que el esnobista de conciencia ha encontrado su punto de reunión natural en ONG o fundaciones que, ya sean de derechas o de izquierdas, representan (para el mundo ante quien personifica su papel de «buen ser humano») una causa justa. El esnobista de conciencia publicita ampliamente su colaboración en dichas causas, ya que así es como se integra en la sociedad del espectáculo que es, en definitiva, la que le consagra definitivamente como buen ser humano.

En ese paroxismo de vanidad, muchas ONG y fundaciones fichan a personajes públicos en un afán publicitario para atraer más espectadores a su buena causa, el tipo de persona cuya implicación es más simbólica que real. El hombre afortunado de un país del primer mundo que dedica parte de su vida a las penurias del mundo subdesarrollado es el icono de esta cultura del buen ser humano. Basta con ir unas veces a África y comprar niños en una aldea para llevárselos a una «vida mejor», basta con fotografiarse con la familia multirracial en una revista rosa de ventas millonarias, basta con desnudarse o teñir de rojo la ropa de otros, basta con representar falsos espectáculos en grandes plazas para simpatizar con la causa justa, para ser un buen ser humano.

En la era en la que el espectáculo mueve a las masas, no es difícil imaginar que se haya impuesto la moda por ser mejores seres humanos y la crítica a tales conductas sean tomadas como falta de sensibilidad y ética. En la liturgia que predican muchas ONG, fundaciones o personajes públicos, lo que importa es el ánimo de figurar más por lo que podemos aparentar que por lo que realmente somos. Entonces, la vanidad deja de brillar, barnizada con esta moral del nuevo ser humano.

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