
Imagen tomada de Flickr
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Tengo una historia real de amor para contarte. Su origen aparece al final (en la segunda parte), pero creo que cambiando el orden de los hechos y colocando de primero la tercera parte notarás mejor lo significativo de las cosas que se ignoran o desdeñan a diario.
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En cualquier momento puede ocurrir algo que nos aleje definitivamente de otra persona: partirnos un rayo, ser comidos por un tiburón, caernos accidentalmente por una ventana, pero los recuerdos, por más sencillos que sean, sirven para ver que en un momento quisimos mucho a alguien y fuimos muy dichosos.
Puede también pasar algo menos fatal, como simplemente dejar de despertar emoción en esa persona o suscitarse una discusión irremediable. Es difícil no caer en la tentación de destruir todo lo que nos conecte hacia esa persona que va quedando atrás. Pero ¿de qué vale eso a la final? De nada, porque nunca se borrará lo vivido y, por el contrario, sólo triunfará el rencor inolvidable. En cambio, conservar ese regalo recibido (así sea en un lugar apartado) o pensar en un gesto inolvidable (una sonrisa, una mirada, un abrazo) sirve para tener presente que, por encima de todo lo malo que haya surgido después, durante un tiempo lo pasamos muy bien con esa persona. La relación estará en suspensión o sencillamente se habrá terminado, pero el momento de satisfacción que se vivió (y que ese regalo o ese gesto despertará en los sentidos cada vez que se piense) no lo quita nadie…
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No podía comprender su actitud: las noches anteriores las había pasado oyéndole su desastre amoroso y en un principio había de mi parte el deseo de animarle a que mantuviera su relación con ella; pero luego mis ánimos se fueron difuminando hasta convertirse en frases avinagradas que veladamente le sugerían que lo mejor era terminar una relación dañina para ambos… Por eso me sorprendió que Miguel me llamara para pedirme que lo acompañara a comprar un regalo para el cumpleaños de su novia. «Le harán una fiesta en un bar de su tío esta misma noche», me dijo. «No puedo faltar».
En ningún momento le critiqué una decisión que traté de creer como un intento para mejorar las cosas y que, aun así, él se empeñaba a cada momento en decirme que no buscaba mejorar nada. La decisión que le soltaría esa misma noche ya la tenía tomada desde hacía mucho tiempo, pero la había postergado innecesariamente y así la búsqueda del regalo para ella era lo más triste que pudieras imaginar.
Compró una fea cartera.
A la mañana siguiente, muy temprano, sonó mi teléfono: fue la llamada que yo esperaba desde hace días.
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Cinco meses después estaba almorzando en un Subway cuando volví a ver la misma fea cartera. La llevaba colgando del hombro una chica muy joven que pasó a mi lado. Andaba con su novio, y de todas las mesas vacías que había en el lugar (yo era el único que comía allí a las 3 pm) se sentaron a comer junto a la mía.
La chica estaba cumpliendo 18 años y por eso su novio, como regalo, la invitó al cine a ver The Bucket List. Conversaban sobre la película en un tono de voz como para que alguien ocupado lograra no distraerse en ellos, pero lo suficiente como para que alguien mortalmente aburrido (yo) los escuchara atentamente. Es una película que nos cuenta la historia de dos ancianos (interpretados por Jack Nicholson y Morgan Freeman) que están a punto de morir y deciden vivir sus últimos días en el desenfreno…, por lo que escuché. La crítica de la película es lo de menos: lo que me interesó fue una frase inesperada que la chica soltó a su novio:
—Pensé mucho en ti en la parte final de la película.
—¿Por qué?
—Porque me imaginé a nosotros mismos a esa edad, y me dolió pensar qué haría si te pierdo…
Detrás de una frase inesperada se escondía, tímidamente, el más bello y sincero interés que podía expresar alguien hacia otra persona, la frase era tan hermosa y golpeaba muy fuerte en el ánimo…
El chico enmudeció, la miró ingenuamente a los ojos y dijo:
—Recuerda que hoy te llevé a ver una película que te hizo proyectar nuestra relación a ese futuro muy lejano, y que fue el día más feliz de mi vida…
Al cabo de unos minutos se marcharon.
Me quedé media hora más en el lugar, jugando distraídamente a dar vueltas a mi vaso vacío de Nestea. Pensaba, inevitablemente, que cuando se es muy joven toda relación (el amor, la amistad, etc.) se proyecta fácilmente hacia el futuro y esquiva todo obstáculo que trae cualquier tipo de relación humana, y que, por nimias complicaciones, ese noviazgo podía terminar mañana mismo. Pero ese momento hermoso quedó grabado para siempre y la felicidad se hace tan eterna que ni la peor de las circunstancias podría borrar.
Por una fea cartera —pensé con extraña ironía.
Si la chica no hubiese llevado puesta esa cartera posiblemente no hubiera captado mi atención su conversación, aunque se hubiesen sentado en mi mesa. Entonces, recordé después que Miguel compró una tarde esa misma cartera para regarle a una novia con quien rompería horas más tarde, y por fin descubrí, con toda su maravillosa sencillez, el objeto de esa compra que me pareció tan incomprensible.
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