Archivos para junio, 2008

Escrito por en Administración, Asides, Bocetos

Recuerdo de mi viaje al Himalaya

Recuerdo de mi viaje al Himalaya (2004),

Álvaro Rafael.

·

Un problema frecuente que afecta a quienes usamos Word u otro editor de textos similar para escribir nuestras entradas que luego publicamos en WordPress es la aparición de un código como este:

·

<!-- /* Font Definitions */ @font-face {font-family:Verdana; panose-1:2 11 6 4 3 5 4 4 2 4; mso-font-charset:0; mso-generic-font-family:swiss; mso-font-pitch:variable; mso-font-signature:536871559 0 0 0 415 0;} /* Style Definitions */ p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal {mso-style-parent:""; margin:0cm; margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:12.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 {size:595.3pt 841.9pt; margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; mso-header-margin:35.4pt; mso-footer-margin:35.4pt; mso-paper-source:0;} div.Section1 {page:Section1;} -->

·

La manera más sencilla de solucionar este inconveniente es que, una vez que peguemos en el editor visual-WYSIWYG de WordPress el texto que redactamos en Word, nos vayamos a la pestaña HTML y allí eliminemos directamente ese código, desde algo como (puede variar) !–[if gte mso 9] hasta !–[endif]–. De esa manera no veremos más en nuestras entradas ese inoportuno código

Escrito por en Bocetos, Relatos

La tenista (2008),

Álvaro Rafael.

·

1

·

Cinco minutos antes de la hora prevista para nuestro encuentro, mientras sacaba dinero de un cajero automático en Parque Central para una cita que esperé mucho que se diera, sonó mi teléfono celular. Era ella. Era la voz de ella. Era la voz que daba forma a las palabras que durante más de nueve meses recibí de ella. El hola que me dio no me pareció tan aniñado y su voz era la de una joven. Quizá, pensé, no sólo sus pensamientos son maduros. No recuerdo qué dije…, tampoco perdí el control: el protagonismo de la llamada era suyo y yo sólo estaba para recibir la información de que me esperaría cerca del medallón de Bellas Artes; el Museo de Bellas Artes, donde inicialmente nos encontraríamos, cerraba antes de las seis, me dijo.

·

3

·

Al llegar al Ateneo, en medio de la barahúnda que se forma los fines de semanas, comencé a mirar rostros. Buscaba esos enormes lentes que había visto en las escasas fotos que fueron formando la figura de ella. ¿Cómo le parecería yo? Ella también debió formar, con las menos fotos que tuvo de mí, una figura.

La chica de lentes.

La chica de lentes sentada detrás del medallón. Esa fue la primera imagen de ella: sentada sobre un murito, con sus pies calzados en unas delicadas y bonitas sandalias, sobre un suelo seco sin grama.

Allí estaba ella: mi apreciada voz de palabras que al fin se formaba en una coqueta figura. Era ella y ninguna otra más.

Intentamos un abrazo que se sofocó en quizá nuestros nervios que estallaron en el momento. Oía su voz de cerca, su preciosa voz y la miraba a los ojos. Miré su lunar como alguna me dijo que tenía. Le pregunté si había comido, si tenía sed. Me dijo que tenía sed. Caminamos unos pasos: le pregunté por su corrector de espalda, por su pie. A fin de cuentas, teníamos muchas historias que proseguir. Pero descubrimos que la palabra articulada puede ser más difícil de pronunciar que la que se queda contenida en la garganta y se expresa en un alfabeto. Durante algunos momentos permanecimos en silencio…, tanteando la situación, saboreando una realidad desconocida durante nueve meses de virtualidad.

Allí estábamos: dos personas que se conocían «íntimamente» en largos discursos pero que recién se miraban a los ojos. Ella: sus enormes lentes de pasta gruesa y su atractiva manera de mirar con sus ojazos negros. Era una mirada dulce, a mitad entre la ironía y la sensualidad, como muy seguramente hay sólo en las miradas de las mujeres que empiezan a comprender sus sensaciones. Una mirada que delataba su juventud de la misma manera que algunas de sus palabras que me dijo antes de entrar a una función de teatro que se retrasó hasta poco antes de la nueve: no estaba acostumbrada a salir con chicos, nunca había estado tan tarde en la calle, desconocía mucho de los licores y otros le sabían mal. Toda ella era una adorable y bonita chica joven. Incluso nuestro segundo abrazo, más aparatoso que el primero, daba luces de su graciosa edad. Fue cuando me dio mi regalo: un disco que horas después descubriría.

·

______________________

Cuando la conocí a ella, descubrimiento de emociones, relatos de la primera vez que te vi, el medallón de Bellas Artes

Escrito por en Asides, Estado social, Misantropías

·

Hace poco me quejaba en una nota de la pizarra sobre la pésima ortografía que tienen los operadores jurídicos de este país. Si hay algo a lo que le tengo manía —y créanme que me abundan las manías— es a un texto mal redactado, con signos de puntuación fuera de lugar o con ausencia absoluta de tildes. Simplemente descarto seguir leyendo un texto que está muy mal escrito, no pierdo el tiempo. Propuesta: deberían enseñar gramática, sintaxis y redacción en las facultades de Derecho de Venezuela.

Cómo entender frases como estas que se consiguen a diario en diversos expedientes (hay varias, pero esta es la que todavía me mantiene friéndome el cerebro): «el adolescente tomo tubo». ¿El adolescente tomó un tubo? ¿El adolescente tomado tuvo…? La respuesta me la sé porque seguí leyendo la sentencia, pero no se las diré porque no viene al caso (y así los obligo a visitar frecuentemente mi blog, porque quizá les dé La Continuación… quizá). En fin, seguiré en mi batalla moderada de resaltar tales faltas, aunque la ignorancia, como diría alguien, es brava.

·

Marginalitas: a pesar de tales horrores, hay otros horrores que envidiaría Shakespeare o hasta el mismísimo Quentin Tarantino: si algo abundan en los casos que veo a diario en mi trabajo comunitario son historias de amor, violencia y sexo. Todos los ingredientes para escribir un drama de proporciones épicas. Como verán, ando entusiasmado y tal vez encuentren, pronto, una historia salpicada de mucho ketchup.

·

·

Los doctores del mañana

______________________

errores ortográficos en sentencias judiciales, la falta de ortografía, aprender a escribir, analfabetismo funcional, léxico jurídico, a band apart, errores ortográficos en las universidades

Escrito por en Asides, Personales

Día del abogado

 

Cada 23 de junio se celebra el día del abogado en Venezuela. Muchas veces me pregunto si vale la pena celebrar este día, dadas las condiciones actuales de la justicia en Venezuela (y esto lo digo sin tomar partido político por ninguno de los bandos en pugna hoy en día, ya que los problemas de la justicia venezolana vienen desde tiempos anteriores, no es nada nuevo el retardo procesal, la corrupción, las decisiones apegadas a criterios políticos, las crisis carcelarias como punto final del sistema de justicia venezolano).

Sin embargo, uno no puede desistir en querer hacer las cosas mejor, por lo cual envío un saludo a todos mis colegas que, a pesar de las dificultades, y del muchas veces ingrato trato que recibe nuestra profesión, utilizamos nuestros conocimientos para defender a quienes lo necesitan y hacer (aunque suene quijotesco) una mejor sociedad.

Una sociedad sin leyes no podría subsistir, es función de los abogados mantener la convivencia ciudadana.


¿Cuál es tu opinión sobre los abogados en Venezuela, y sobre el sistema de justicia en general al cual pertenecemos? Me gustaría conocer tu opinión, participa en el debate dejando tu comentario.

Escrito por en Anticuarios, Botella a la mar, Relatos

Luxemburgo

Atardecer en Luxemburgo (2008),

Ana Victoria Morales.

·

Se preguntarán qué hace una artista venezolana en Luxemburgo; pues si lo hacen es porque estuvieron atrapados en una cápsula del tiempo por allá en 2002 y no llegaron a enterarse de que PDVSA (y el país en general) se convirtió en la primera exportadora de venezolanos (padres, madres e hijos venezolanos se mueven por los rincones más exóticos en busca de nuevos empleos). Sí, hay muchos venezolanos en Luxemburgo.

Me pongo últimamente bastante íntimo en este blog. Ya que me lo permito y ustedes son fieles y estimados lectores que siguen leyendo, unas cuantas cosas que contar, ya que estamos en intimidad: mañana cumplo años… veamos cuántos se acuerdan o mandan mensajes. Oh sí, el peso infinito del ser signo cáncer (¿cuál era mi signo en el calendario maya? No me acuerdo, sonaba a todo volumen la voz de Kuámasi aquella vez que mi lectora del tarot sacó mi signo y no se lo he vuelto a preguntar porque, después de aquella extraña noche, desapareció… ¿Será que ha tomado precauciones extremas de esconderse para esperar el fin del mundo según los mayas?).

Otra cosa: he descubierto la razón de por qué esta entrada se está llenando de comentarios en las últimas semanas: es porque si escriben la palabra CICPC en google.com.ve, ¡mi blog aparecerá en la primera página! Hagan clic aquí para que vean el ejemplo. En todo caso, esta entrada se está convirtiendo en una válvula de escape de quejas.

Post-otra cosa: si son buenos lectores de mi blog habrán descubierto que en la barra lateral (barra lateral —>) hay una ¡NUEVA SECCIÓN! Se llama Al borde, y allí colocaré las entradas que me den ladilla extender y/o las muy personales que me den más ladilla extender y/o las referentes a la administración de esta página o las minientradas que no valgan la pena extender. Ok, pero no era eso lo que les quería contar: sino que si son buenos lectores habrán notado que estoy haciendo trabajo comunitario (?) en la Fiscalía General de la República (pues sí, la misma por donde se mueve aka Giovanni Vásquez y los demás culebrones penales), lo cual me tiene en una de David Blaine contra el sueño.

Epílogo: como colofón de esta entrada insustancialmente personal, les comento que sigo leyendo La ignorancia de Milan Kundera, Frankenstein de Mary W. Shelley, releo mi biblia La insoportable levedad del ser también de Kundera, escribo este ejercicio literario y hago este dibujo que tiene importancia para mí. Por algún motivo ando escuchando música lenta estas noches, quizá trate de querer detener el tiempo; pero, ¿de qué vale hacerlo si todas las noches duermo solo como las otras noches? —sí, es un plagio burdo de I Know It’s Over de The Smiths, una de esas canciones que ando reproduciendo constantemente por acá; qué mal ejemplo soy: ¡pido que no escuchen la canción que yo escucho todos los días!—. Por cierto, quería que la Eurocopa la ganara los Países Bajos (ahora voy a España). En fin, nada más que contar en estos momentos, estoy cansado, buenas noches…