
La tenista (2008),
Álvaro Rafael.
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Cinco minutos antes de la hora prevista para nuestro encuentro, mientras sacaba dinero de un cajero automático en Parque Central para una cita que esperé mucho que se diera, sonó mi teléfono celular. Era ella. Era la voz de ella. Era la voz que daba forma a las palabras que durante más de nueve meses recibí de ella. El hola que me dio no me pareció tan aniñado y su voz era la de una joven. Quizá, pensé, no sólo sus pensamientos son maduros. No recuerdo qué dije…, tampoco perdí el control: el protagonismo de la llamada era suyo y yo sólo estaba para recibir la información de que me esperaría cerca del medallón de Bellas Artes; el Museo de Bellas Artes, donde inicialmente nos encontraríamos, cerraba antes de las seis, me dijo.
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Al llegar al Ateneo, en medio de la barahúnda que se forma los fines de semanas, comencé a mirar rostros. Buscaba esos enormes lentes que había visto en las escasas fotos que fueron formando la figura de ella. ¿Cómo le parecería yo? Ella también debió formar, con las menos fotos que tuvo de mí, una figura.
La chica de lentes.
La chica de lentes sentada detrás del medallón. Esa fue la primera imagen de ella: sentada sobre un murito, con sus pies calzados en unas delicadas y bonitas sandalias, sobre un suelo seco sin grama.
Allí estaba ella: mi apreciada voz de palabras que al fin se formaba en una coqueta figura. Era ella y ninguna otra más.
Intentamos un abrazo que se sofocó en quizá nuestros nervios que estallaron en el momento. Oía su voz de cerca, su preciosa voz y la miraba a los ojos. Miré su lunar como alguna me dijo que tenía. Le pregunté si había comido, si tenía sed. Me dijo que tenía sed. Caminamos unos pasos: le pregunté por su corrector de espalda, por su pie. A fin de cuentas, teníamos muchas historias que proseguir. Pero descubrimos que la palabra articulada puede ser más difícil de pronunciar que la que se queda contenida en la garganta y se expresa en un alfabeto. Durante algunos momentos permanecimos en silencio…, tanteando la situación, saboreando una realidad desconocida durante nueve meses de virtualidad.
Allí estábamos: dos personas que se conocían «íntimamente» en largos discursos pero que recién se miraban a los ojos. Ella: sus enormes lentes de pasta gruesa y su atractiva manera de mirar con sus ojazos negros. Era una mirada dulce, a mitad entre la ironía y la sensualidad, como muy seguramente hay sólo en las miradas de las mujeres que empiezan a comprender sus sensaciones. Una mirada que delataba su juventud de la misma manera que algunas de sus palabras que me dijo antes de entrar a una función de teatro que se retrasó hasta poco antes de la nueve: no estaba acostumbrada a salir con chicos, nunca había estado tan tarde en la calle, desconocía mucho de los licores y otros le sabían mal. Toda ella era una adorable y bonita chica joven. Incluso nuestro segundo abrazo, más aparatoso que el primero, daba luces de su graciosa edad. Fue cuando me dio mi regalo: un disco que horas después descubriría.
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Cuando la conocí a ella, descubrimiento de emociones, relatos de la primera vez que te vi, el medallón de Bellas Artes