Archivos para diciembre, 2008

Escrito por en Estado social, Misantropías

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Christopher Titus es un maestro del tuning y comediante californiano protagonista del vitriólico y autobiográfico sitcom homónimo Titus (cancelado en 2002). Hijo de divorciados, Titus mostraba en la serie a su padre como un alcohólico e incorregible mujeriego y a su madre como una esquizofrénica e irresponsable ama de casa que dio a parar en un asilo mental.

En uno de los monólogos más ingeniosos que vi en su programa, Titus comentaba que más del 60% de la población estadounidense actual ha crecido en un hogar disfuncional, por lo cual la imagen de la familia feliz y sonrosada que se reúne entorno a una mesa con un enorme pavo para la cena de Navidad es… ¡anormal! (expandir para ver nueva familia disfuncional).

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Hace poco recibí la llamada de M.

Así como yo, M. pertenece a esa primera camada de los divorcios/separaciones masivos de finales de los ochenta y principios de los noventa. Así como yo, tiene unas creencias anticonvencionales con las que analiza el mundo de manera distinta (o perversa, diría la gente) a cómo lo hacen quienes aún giran entorno a una mesa y se divierten con la rutina. Dentro de nuestra «normalidad», hay determinadas fechas que no van con nosotros. Dentro de nuestro modo de analizar la vida, la Navidad constituye la mejor muestra de anormalidad.

La felicidad preempaquetada, las sonrisas forzadas y las felicitaciones por un año entrante que juramos sin argumentos que «nos irá mejor» son etiquetas que en nuestro empaque vital no se adhieren. «Es más de lo mismo: tan sólo cambiamos un mes por otro y todo sigue igual», agregó M. Consumismo desbordado en tintes rojos con figuras adiposas de un San Nicolás propio de un invierno nevado y distante. Renos made in China. Pinos de plástico. Odiosos platos típicos de Navidad, odiosos villancicos. Necesidad de aparentar felicidad ante cualquiera así el mundo se esté desmoronando bajo nuestros pies y la inflación venga a reclamar el próximo año lo que gastamos hoy. Ingredientes de un convencionalismo más añejo que una botella del terriblemente malo Ponche Crema.

Este paroxismo de alegría impuesta no va con quienes razonablemente no compartimos (ni queremos compartir) tales convencionalismos. Quizá sea un poco de escepticismo que llega después de los veinte, pero mirando en retrospectiva notamos que en aquellos años en los que «disfrutábamos» la venida del falso niño Jesús éramos parte de una muy elaborada representación en la que incluso nuestros padres venían con felicidad preempaquetada (lo que llamo emoción plug-in). Con los años, hemos aprendido a reconocer las obras simuladas y el encanto navideño ya se agotó.

No es necesario que llegue el mes de diciembre para sentirse satisfecho ni como excusa para saludar a alguien que realmente se aprecie (particularmente, todo el año una llamada, un mensaje de texto que envíe o reciba, una invitación a salir es bien valorado). No vengan con que en diciembre uno es (o debe ser) más feliz… Quizá el frío tense la boca y eso parezca una sonrisa, pero no lo es. Seguramente esa noche, como M., salga como todos las noches a caminar un rato y mire patinatas y encuentre reuniones.

Así como Christopher Titus, estaré viendo la mejor representación de lo no-normal.

Escrito por en Estado social, Misantropías

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Historia real sobre los esbonistas de conciencia y falsedad e hipocresía de las ONG en la sociedad del espectáculo

Parte I

El precio de la solidaridad

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Hace no mucho caminaba por las calles de Chacao junto con un futuro colega cuando observamos pegado en una pared el anuncio de una ONG internacional para hacer voluntariado en África.

En una extraña iluminación altruista mi futuro colega se vio a sí mismo en la sabana africana o en el desierto del Sahara, postergando su graduación o cualquier interés particular para darle valor a su pequeña vida en la ayuda a los más necesitados. Bajo el irritante sol caraqueño me sentí momentáneamente acompañado por un Bob Geldof criollo, del que le irradiaban rayitos de amor y bondad de su cabeza coronada por un aura mágica.

Durante varios días más pasé por la misma calle y durante todos esos días pensé que muchos más de los que vieron ese anuncio sonrieron con la misma aura angelical y mesiánica: la vanidad es uno de los motores del Progreso Humano, como diría Sabato transfigurado en el perverso y misántropo Juan Pablo Castel de El túnel, y «se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad». Es la vanidad de la modestia en acción.

—Tengo que llamar, ¡necesitamos ayudar! ¿No entiendes que el Mundo te llama a veces? —diría mi futuro colega; pero como no sé qué diablos pasó por su cabeza, imaginemos que algo así habría pensado porque en efecto anotó el número, lo guardó y al cabo de unas horas llamó a la ONG de ayuda africana.

Imaginemos también cómo fue el cortocircuito que apagó los rayitos de su aura en cuanto comprobó cómo era el asunto.

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El asunto es que tenías que pagar 4 mil dólares para recibir un curso de voluntariado en una paradisíaca isla caribeña, rodeado seguramente de negritas en minifalda y con sostenes de coco sirviéndote un mamajuana. Un momento…, lo olvidaba: el pasaje y la estadía por tres meses los pagabas tú aparte, es decir, para realizar tu voluntariado debías desembolsar voluntariamente un promedio cercano a los 6 mil dólares.

Todo sea por amor al prójimo. Pero… y ¿cuándo nos vamos a África?

Espera: una vez concluido el curso, tendrías que regresar a tu casa y esperar (sentado mirando la CNN) que la ONG probablemente te llamara para solicitar la aplicación de tus conocimientos en caso de un probable conflicto bélico.

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Es decir, que luego de hacer un curso de 6 mil dólares para aprender a amar al prójimo, debías cruzar los dedos y rezar para que estallara una brutal y sangrienta guerra en algún país africano para ir a amar más aun y en persona al prójimo.

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Entonces regresarías de nuevo a la paradisíaca isla caribeña y de allí volarías a África eso sí… ¡esta vez gratis!, lo cual debería compensar el hecho de que abandonas a las negritas caribeñas en cocos para ver a otras negritas menos saludables.

Considerando que nuestro país toma un rumbo de necesitar pronto, no que enviemos venezolanos a hacer voluntariado en otros países, sino que vengan de otros países a hacer voluntariado en Venezuela, y tomando en cuenta que si no eres una señorona que viaja en un Audi con un perrito en su cartera para hacer Tai-Chi en algún club de Valle Arriba (o tal vez en el Petare Country Club), muy pocos en este país (incluido mi futuro colega, como finalmente ocurrió) se pueden dar el lujo de ser buenos seres humanos.

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Parte II – Buenos seres humanos

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