¿Cuánto más tardará en apagarse la luz de una habitación a las dos de la mañana? Mientras leo una edición descabalada de Hambre de Knut Hamsun, lectura más distraída que despreocupada, imagino a su protagonista, un pobre escritor desamparado vagando por las frías calles empedradas de la antigua Cristianía, y me esfuerzo en acertar la cantidad de hombres y mujeres que en este momento duermen en el parque detrás de este edificio. La luz de luna cae en el parque y proyecta sombras humanas. Una mujer que baila, un hombre que levanta los brazos, alguien que grita.
La lectura se va perdiendo en el espeso insomnio. He perdido la cuenta de los días que llevo sin dormir y las figuras humanas se dilatan a lo largo de la calle y detrás de las cortinas en las habitaciones iluminadas. Lo que parece ser una silueta que cuelga y se bambolea con la brisa en la habitación iluminada podría ser una lámpara. ¿Cuántas historias de amor, odio, pasión y muerte se esconden del otro lado de las cortinas? El reloj golpea tres veces. Cada segundo distancia mi paciencia de la tranquilidad de mi habitación y la desesperación me impulsa a cruzar la calle.
Me niego a asomarme otra vez. Si estuviera aquí, a mi lado como cada noche olvidada a mi pesar, el ruido de la noche sería menos atroz. Las lecturas se precipitarían hacia finales esperados y aburridos. Los sonidos serían reconocibles en ese ambiente de cada noche en la que no ocurría nada. Antes de dormir. Pero ahora ya no distingo los sonidos reales de la noche. En cambio me arrimo contra la pared que vibra como gran tambor y entonces un grito. Grito.
El reloj suena otra vez. Me precipito hacia la calle. Hay calma pero la ventana sigue iluminada en lo alto del edificio. De pronto ocurre lo inesperado. La puerta del edificio se abre; tal vez la brisa terminó de abrirla a mis pies. Penetro la cálida oscuridad de un edificio del que sólo conozco la fachada. Cada paso que doy suena estrepitosamente. Subo la escalera y llego hasta el piso donde supongo está la habitación iluminada. Rodeo la perilla de la puerta mientras pienso si una vieja lámpara puede sonar como un grito y entonces me veo desproporcionado. La madrugada es engañosa como un sueño, pensé. El joven protagonista de Hambre abría los ojos y se hallaba, como engañado, en algún parque innominado. Tal vez cierre el libro esta madrugada y simule que duermo después de horas de fatiga. No me apresuro en abrir la puerta: sé, a mi pesar, que ese final esperado me acompañará en las siguientes noches porvenir.
Martes. Desperté entrada las 9 am y miré el libro de medicina que estaba sobre mi escritorio: no acudir a mi oficina y trabajar desde mi casa se presentaba como la mejor opción el día que el primer presidente negro en la historia de EUA tomaría posesión.
Recuerdo que tuve un sueño: soñé con que al fin conseguía, en los anaqueles más apartados de una librería tenebrosa, la edición en español de Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson, que hace algún tiempo me recomendó vía messenger un amigo. La verdad me despertó en mi habitación repleta de libros de autores estadounidenses de segunda mitad del siglo XX: Kennedy Toole, Bret Easton Ellis, Palahniuk, pero no estaba el del creador del periodismo gonzo; realmente la pereza es excelente para borrar sueños: a mitad de la mañana había olvidado los detalles del sueño y sólo sentí amargura por recordar la decena de cuentos a medio terminar y el corazón me decía que, joder, ¡tienes arritmias!
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Mitad de la mañana. Desayunaba pensando en las posibilidades que me presentaba partir de un detalle casi nimio en las primeras páginas de un cuento que actualmente escribo para acabarlo.Los estadounidenses tienen la asombrosa capacidad de convertir todo en un espectáculo. Las trompetas acompañaron la entrada de varios miembros del establishment. «Si extiendo ese hecho justificaré un final quizás poco emocionante, pero sí creíble», pensé. Pitos a Bush, hijo. Historias, relatos cortos, cuentos… Necesitaba despejar mi mente y en la noche acepté una invitación de Virginia para ir a la Cinemateca Nacional.
Suelen pasar buenas películas y soy de los pocos raras avis entusiastas del cine venezolano. Una función nocturna serviría para jugar con la imaginación, pensé. Soberbia equivocación. De entrada una nube llorosa que respondía al cacofónico nombre de Kaapu Ekquinú (jdadjajdhjrtmñ), dibujada aparentemente por un niño de tres años, presentaba el argumento central del cortometraje La nube: no pidan argumentos, una nube no piensa. La cosa es sencilla: una nube se aleja sin querer de su colectivo social y en el andar de falsas ideologías new age descubre que la individualidad es el peor de los monstruos y que la felicidad está en relacionarse con seres similares… Asco: recordé que hace algún tiempo le comenté a una amiga que si bien necesitamos relacionarnos con seres similares la igualdad lleva al aburrimiento: ¿qué coño podemos aprender de nuestra propia figura reflejada al espejo? Curiosamente, esa nube amiga se perdió de mi cielo. ¡Sorpresa! El autor de semejante disparate-visual-cortometraje-ideologizante-uh-ah-uh era el mismísimo Farruco Sesto. Mirando sus dibujos quedaba claro por qué lo enviaron del Ministerio de la Cultura al de Vivienda y Hábitat. Pronto recalará en el de la Mujer y finalmente le crearán el Ministerio Farruco para que su persona no aumente el número de desempleados.
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Función dos.Comando X. Todos mis sueños de ser guionista de películas se desmoronaron al ver que en este país se financia el mar de groserías y prejuicios que constituye la trama de este bodrio. El argumento de esta película es sencillo-básico, del tipo: pobrediablo se hace pasar por millonario para enamorar a hija de plutócrata que comanda grupo paramilitar que pretende llevar a cabo serie de atentados para derrocar gobierno. Las risas del público de fondo cuando el amigo del protagonista gordito y feo decía No, guevón, esa mierda es una mariquera tuya, cabrón me hacían ver que el espectáculo de abucheos a Bush de la media mañana era más decente y entretenido. Función cancelada, salimos a mitad de la película.
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Noche. ¿Conocen la Plaza de los Museos de noche? Si no la conocen, les invito a reciclar sus deseos de viajar al barrio rojo de Ámsterdam (si es que todavía existe o aún no han estado allá) y vayan a esta zona de Caracas para conocer todas las variedades de finas hierbas. Inevitable no dar contra tu voluntad un micro-viaje-cósmico mientras recorres este paseo de humos hasta llegar al Ateneo, visitado esa misma mañana por grupos-enemigos-de-la-ultraderecha que pintarrajearon sus paredes con lindos graffitis que-piden-cerrar-este-espacio-cultural, tan democráticos ellos.
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Más noche. A pocos metros de mi edificio apareció todo un personaje de la cultura underground caraqueña. «Pana…, epa (sonríe), ¿tendrás unas monedas para algo de comida?», dice Monopunk. Obvio que él no buscaba comida. Obvio que yo no tenía un centavo encima ya a esa hora para darle. «No, pana», y sigo mi marcha.
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Ultra plus noche. Ya en mi casa, lanzó sobre el escritorio el libro de medicina que me saludó al iniciar la mañana. EUA tiene un presidente negro en la Casa Blanca y yo aún no consigo Miedo y asco en Las Vegas. ¡Venezuela, en fin! Me conecto como «no conectado» al messenger y lo dejaré en ese estado hasta el día siguiente, como es mi costumbre. Inicio Winamp y veo que lo último que reproduje fue el disco de Viniloversus que pasé a mp3 a partir del ejemplar original de Jhoan que se lo autografió aquella noche en Discovery Bar el pana Roro (Rodrigo dixit: «Para Victoria [esposa de Jhoan] de Roro. Con mucho cariño, gracias por el apoyo»). «Una buena banda lo demuestra tocando en vivo, y estos tipos saben tocar en tarima y variar cada una de sus presentaciones», pensé, al tiempo que apago la televisión y dejo que el disco suene unos minutos, mientras me acuesto en cama pensando que las siguientes horas, hasta la madrugada, apuraré el final de este cuento cuyo detalle nimio resultó ser su salvación.
Mañana será otro día, una copa de vino no cae mal mientras das vueltas a las palabras con las que terminarás el cuento que te ha ocupado las últimas semanas. Tal vez las palabras, inconscientemente, sean parecidas a las que soñé durante mi paso por aquella librería tenebrosa. El final, sin embargo, será una apuesta a lo desconocido.
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Qué difícil no pensar en política cuando pones un pie en el Metro de Caracas y entonces oyes la canción gutural «Uh, ah…» a favor del sí de la enmienda constitucional. Que los servicios públicos del Estado se pongan sumisamente al servicio del Gobierno de turno no sólo es inmoral y nada ético, sino que están incurriendo en una violación de las normales electorales más elementales que emite el CNE para cada proceso electoral (como referencia, véanse aquí los artículos 2, 3, 4, 8, 9 numeral 7) y de la Ley contra la corrupción (artículo 6). Por cierto, podemos poner denuncias en la misma institución.(1)
Alguien me preguntó recientemente si planeaba convertir Planeta en fuego en un blog de política. No está en mis planes, sólo que en ocasiones es imposible permanecer indiferente ante hechos tan desatinados y que dan buen material para ironizar. Volveré a diversificar la temática y enfocarme en publicar relatos, dibujos y El muro(la historia está escrita, pero hay que «desarmarla»).(1)
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