Archivos para Mayo, 2009

Escrito por Álvaro Rafael en Misery Loves Company, Relatos

Los árboles

Recordando, recordándome

distraído, disfrazándome

El payaso

Sentimiento Muerto

Nota: este es un ejercicio literario sobre una experiencia real; sin embargo, los demás personajes no son necesariamente reales.

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Observo la fila de árboles adornados con lucecitas que bordea la oscura avenida. Cierro mi chaqueta, es la semana más fría que recuerde y estoy aquí, de pie a la puerta de su edificio, esperando que sean las 10.00 pm. Es muy temprano para llegar, trato de esperar con tranquilidad; aunque, sospecho, también estaría esperándome con ansiedad desde que nos conseguimos, de manera casual, la semana pasada. Los detalles del encuentro no los recuerdo, la sorpresa tiene la capacidad de difuminar los momentos que tantas veces soñamos y que, cuando ocurren, deseamos cumplir con oficinesca frialdad. Sé que le pregunté si seguía viviendo en Montecristo; , me respondió. No sé cómo fue la invitación, pero ahora voy a su apartamento y le llevo el disco de Sentimiento Muerto que me prestó años atrás, justo el día anterior a que discutiéramos y se esfumara sin que yo imaginara que los días se convertirían en años.

La vida suele encerrarnos en un círculo de pocos escenarios: a los cinco años viajaba arrastrado por mis padres para pasar la Navidad en el apartamento de unos amigos en Montecristo, y en ese momento mis hermanos oían en sus walkmans canciones de Sentimiento Muerto. A los veinticinco años leía en el taller de narrativa un cuento improvisado sobre mi [falso] primer recuerdo titulado Los árboles, y que trataba de cuando viajaba arrastrado por mis padres para pasar la Navidad en el apartamento de unos amigos en Montecristo. Diez años después de la lectura atroz de ese cuento que deseché, la temperatura tan baja de ahora sirve para evocar mi auténtico primer recuerdo: una enfermedad sin diagnosticar y en la que padecí alucinaciones, y mientras tanto en mis audífonos revienta Sin sombra no hay luz, el disco que devolveré en unos minutos tras un largo tiempo empolvándose en la estantería de sus memorias.

Recuerdo que el cuento Los árboles comenzaba:

Observo la fila de árboles adornados con lucecitas que bordea la oscura avenida. El auto se detiene, mis hermanos apagan sus walkmans y las caras sonrientes de una pareja, amigos de mis padres, se asoman por la ventana. Varios regalos nos reciben en lo que sería la velada más aburrida de cada diciembre.

En aquel diciembre del cuento, sin embargo, omití contar que estaba convaleciente de la enfermedad. Tal vez por ello la pareja fue generosa con mis regalos y la atención que me dieron fue, a mi pesar, muy efusiva. En realidad ni tuve oportunidad de resistirme a tanto cuidado: estaba agotado y tenía tanto frío que regresé a la habitación de la clínica. Los médicos, para bajar la fiebre alta de la enfermedad, me sumergían cada día en aguas heladas. De esos baños emergía como en un pozo, frío y profundo, y pronto caía al final otra vez. En la parte superior una enfermera me observaba, y entonces dejaba caer un cubo que contenía el frasco de compota con el que me alimentó durante la estancia en la clínica. Una semana después salía sano y sin secuelas, y los médicos despacharon el diagnóstico como una virosis. Pero el recuerdo de esa experiencia nunca curada regresa vivamente en cada momento de frío intenso, que me deja paralizado y me lleva a perder incluso la noción del tiempo y el espacio. Ya entiendo por qué en Los árboles preferí centrarme, en cambio, en esta anécdota:

Entonces el padre de familia, disfrazado ridículamente de San Nicolás, culminaba la velada sacando de su bolsa enorme y flácida caramelos que lanzaba al aire para que sus hijos y mis hermanos se mataran por recogerlos del piso. Yo, al contrario, los miraba desde un lado.

El disco llega a su final. Consulto la hora en mi reloj y veo que es muy tarde: han pasado varias horas sin que yo lo notara, es casi medianoche. Mi pulso es caótico por el frío y, titilando, camino a trompicones hacia su apartamento. Pienso si aquel recuerdo falsamente primigenio que escribí en Los árboles realmente ocurrió o si fue producto de la fiebre. Quizás cuando llame a la puerta, y ella aparezca, yo despierte en mi casa temblando en una noche muy fría y descubra que este momento es, como me ocurre en muchos momentos de frío desde aquella enfermedad, una simple alucinación.

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Escrito por Álvaro Rafael en Reseñas, Rock venezolano

La Leche en Discovery Bar

No tenía planeado escribir una reseña sobre la presentación de La Leche en Discovery Bar y prefería remitir a los lectores a Rockzuela. Pero ahora que voy llegando me resulta imposible no comentar de la manera más informal lo bien que suena esta banda en vivo.

Quizás sea un poco de melancolía para quienes éramos muy chamos en los noventa y nos conformábamos con oír sus canciones en Rockadencia. No lo sé, no me importa: simplemente, estos tipos demuestran que los años no pasan para algunos y la energía que antes batía a muchos en pogos todavía se mantiene (aunque, claro, los chicos desde la tarima llamen a la calma). Pero tras canciones como Cangrejo, Disfraz, Disfraz, por citar algunas, no es para menos que más de uno quisiera darle un batazo a la persona más cercana.

Sencillamente, geniales y maduros en escena (según cuentan quienes los vieron allá en unos noventa ya lejanos). La Leche es, sin duda, una de las mejores bandas de rock venezolano de todos los tiempos y lo demuestran en vivo.

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Setlist La Leche

Setlist

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La Leche – Cae

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Rock hecho en Venezuela

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Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Rock venezolano

Cassette

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Cayayo Troconis dejó, como todo artista que se marcha inesperadamente, mucho material inédito. Estoy al tanto de varias canciones que andan rodando por la calle, en más de un casete amarillento y que no muy pocos (yo incluido) tasarían tan alto como cualquier joya.

Una de esas piezas por conseguir es una canción que me comentó vía un correo electrónico Martín Dostal, amigo de Cayayo, una canción con toques electrónicos y voz hardcore. Por si alguien conoce esta canción, o cualquier otra que se desconozca, contáctenme para divulgarla por acá. Así que esta entrada es para recopilar material no publicado de Cayayo o de cualquier proyecto en el que haya participado.

Mientras tanto, adjunto dos canciones de Dermis Tatú que hasta el momento no estaban publicadas en este blog y un video para Moderna dirigido por Gloria Dostal (directora también de Ausencia) y con música de su hermano Martín, Ricardo Picón y Cayayo.

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Rock hecho en Venezuela

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Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Literatura

El tiempo de Milena

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El tiempo de Milena narra la historia fantástica de Milena, una adolescente de 17 años que queda estancada en una semana de los años sesenta. Mientras los años del protagonista masculino (el triste y nostálgico narrador del cuento) van pasando de manera estéril, sin grandes emociones, salpicados de relaciones personales efímeras e insustanciales, el tiempo para Milena no transcurre y ella sigue siendo una adolescente perpetua.

Son las apariciones esporádicas de Milena a las que el protagonista masculino (cada vez más viejo y cansado) trata de aferrarse, convirtiéndose la joven Milena, con su vestimenta hippie, con su desprecio a envejecer, con su juventud perenne, en alegoría a la pureza de los ideales y sueños de la década de los sesenta que la madurez —la siempre tozuda madurez— se encargó de acabar en los otros, despertando a estos viejos soñadores en un mundo que antes veían con recelo y al que finalmente no tuvieron más oportunidad que adaptarse.

Es así como en El tiempo de Milena nos encontramos con la historia de la madurez de los hombres, una madurez que lentamente va llevándose los mejores recuerdos y apagando los sueños que movilizaban el ánimo en la juventud. Una frase clave para entender el relato es: «El recuerdo, como la ceguera, deja los rostros intactos».

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El tiempo de Milena

Abelardo Castillo

Leer el cuento completo

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