Asamblea Nacional prohibe videojuegos violentos

Escrito por en Estado de política, Estado social, Microdos

Resulta que ahora este Gobierno y, en especial su apéndice favorito, la Asamblea Nacional, con tantas materias de importancia para los venezolanos, se ponen a legislar para prohibir los videojuegos y los juguetes «violentos» porque fomentan la «agresividad y violencia» de los niños. En Estados Unidos, de donde proviene la mayoría de estos videojuegos, no hay prohibición sino alertas dirigidas hacia los padres en forma de clasificaciones. Es tarea de todo padre decirle a sus hijos qué es lo «bueno» y qué es lo «malo» e incluso prohibirles que compren tales artificios, pero no del Estado ni mucho menos del Gobierno de turno (porque de ser así, estamos renunciando a la libertad de elección e incluso a la educación familiar). La causa de la violencia en la que vivimos es mucho más profunda y pensar que la prohibición de estos juegos la limitará es realmente ingenuo. Además de hipócrita: el primero en fomentar la violencia y la agresividad en nuestra sociedad es el propio Presidente de la República, que ha hecho del lenguaje violento y el culto a las armas y al militarismo su sello personal. Si realmente están interesados en bajar un poco los niveles de violencia en la sociedad venezolana, pues empiecen a legislar para moderar las actitudes del primer mandatario nacional.

León Gieco en Venezuela

Escrito por en Asides, Misantropías

Historias de terror en la TV venezolana

¿Recuerdan este one hit wonder que tuvo el cantautor argentino León Gieco en Venezuela? Hoy la recordé, pero sobre todo la bochornosa presentación (y no por culpa de él) en ese programa basuresco que es Sábado Sensacional y de la reacción de estupefacción de un público que iba a oír al autor de la pegajosa Ojo con los Orozco y temas similares y en cambio se llevó por la frente varios temas folk rock al mejor estilo Bob Dylan, con armónica incluida.

Ah, pobre León que no sabía ante qué público desconocedor de su música se enfrentaba. Ni chance tuvo de dar las gracias cuando el público, al mejor estilo del Coliseo romano, le exigía que ya, se callara y cantara otra vez su éxito y se fuese con su armónica de vuelta a Santa Fé.

·

Imagen de previsualización de YouTube

______________________

León Gieco en Sábado Sensacional, presentación de León Gieco, León Gieco en vivo, folk rock argentino, folk rock en Venezuela, actuaciones en vivo de Sábado Sensacional, lista de one hit wonder en Venezuela

Redes sociales y de información

Escrito por en Administración, Microuno

Planeta en fuego se rediseña para adaptarse mucho mejor a la creciente importancia que tienen hoy en día las redes sociales y de información. Como tal, a partir de ahora este blog cuenta con una nueva banda en el cabezal desde la cual podrá acceder a las cuentas de Twitter y Tumblr del autor y a la página oficial en Facebook, desde las cuales periódicamente se notifican sobre las actualizaciones de este blog.

Un hogar para Mónica

Escrito por en Relatos

Un hogar para Mónica

1

Matías suelta el alzapaño y la brisa de la mañana dominical penetra sacudiendo las cortinas. ¡Qué gustosa vista! Desde su ventana se aprecia gran parte de la ciudad y abajo en el jardín del edificio la hierba resplandece y se mueve con deleite. Matías se sienta en el vano de la ventana para observar ese diminuto baile. La hora temprana en la que los demás vecinos todavía descansan le confiere a esa danza un aire de intimidad, de que lo hacen sólo para él. La brisa entra al apartamento, se escurre entre las copas vacías puestas sobre la mesa y levanta levemente las sábanas bajo las cuales Mónica aún duerme plácida en un mundo tan ajeno a él. Ella llegó ayer con implementos para la decoración de su pequeño apartamento de un solo ambiente y se ha quedado a dormir. Aún la recuerda la tarde anterior bailando detrás de unas cortinas rojas que ella compró por sorpresa. Pintando. Colocando nuevas alfombras. Matías la miraba en todo momento con una mezcla de deleite y temor que no supo cómo contarle lo que quería: hace un mes la casera le llamó para informarle que su hijo terminó de estudiar y regresaría la semana siguiente a la capital para ocupar el apartamento.

Matías al principio sintió despertar una rabia que no sentía desde la adolescencia, pero pronto una especie de resignación optimista le llevó a aceptar que no era la primera vez que le echaban de un apartamento. Vive solo desde que cumplió la mayoría y siempre ha salido adelante. Le daría la noticia a Mónica y sería la ocasión para vivir juntos. Para inyectar nueva energía a una relación que empieza a languidecer en la rutina. Por eso la invitó a pasar el fin de semana en su apartamento. Por eso compró una botella de champaña para celebrar. Pero nunca esperó que fuese ella quien se adelantara con otra noticia: acaba de recibir una oferta de trabajo tentadora —y, aunque no se lo dijo, es seguro que tenga que marcharse del país—. Mónica le abrazó con alegría, le besó en la frente y descorchó la champaña para celebrar su posible ascenso, y al oído le susurró a Matías que de ahora en adelante las cosas serían mejores.

La mira en la cama y quiere que no despierte, quiere que siga viviendo en el extraño tiempo del sueño. Quiere dilatar una confesión que acabaría con la fantasía de la decoración y de la noticia de Mónica. Y que acabaría con muchas cosas más. Duerme. La realidad suele contener palabras amargas.

2

Sabe muy bien que toda esta decoración es el principio del final, porque ya lo ha vivido en el pasado. Hijo único de un comerciante desafortunado, su hogar (siempre de alquiler) había variado por el azar de los negocios de su padre y por la voluntad caprichosa del casero de turno. Todas las esquinas de la capital las había recorrido junto con sus padres hasta llegar a sentirse de ninguna parte. Las personas de su alrededor no eran más que los transeúntes de una realidad efímera y al mismo tiempo desagradable. Así, sus amigos eran pocos, pasajeros y uno que otro le reprochaba sin querer que él y su familia vivían a las justas y a la deriva de los disparates comerciales de su padre. Porque en todo momento pesaba sobre su familia la angustiosa amenaza del desalojo y sus padres, para disfrazar ese sentimiento, frecuentaban decorar el apartamento para dar la impresión de un mañana que esperaba muy lejos, un futuro tranquilo y estable. «De ahora en adelante las cosas serán mejores», le decía su madre. Matías sin embargo no se dejaba persuadir por ese optimismo maternal y en cambio nunca sintió esa estabilidad propia de quien se sabe con un hogar. Nunca les faltó nada, pero tampoco tuvieron nada.

Cada diciembre, mientras sus amigos se dedicaban a redactar largas cartas para la Navidad, Matías contaba los días en que el dueño del apartamento de entonces llegaría para renegociar el contrato. Una vez se escondió detrás de las cortinas y oyó que la dueña de uno de sus apartamentos preferidos y en el que estuvo más tiempo le dijo a su padre:

—Podemos llegar a un acuerdo sobre el nuevo precio del alquiler. No es mi intención que usted y su familia terminen en un rancho.

Matías la odiaba y quiso saltar sobre aquella mujer que había llegado a ver como una bruja de cuentos de hada. Esa amenaza abstracta de vivir en un sitio que la vieja describía con una inyección de asco, fracaso y compasión le inquietaba, pero tanto menos que ver a su padre abatido y derrotado ante una viuda marchita en una profunda tristeza. Sentía una complicidad silenciosa hacia él y una deuda ante sus sacrificios que sólo podía retribuir mediocremente con cariño que, sin embargo, su padre no compensaba: cada vez que llegaba del trabajo, Matías saltaba sobre él con los brazos abiertos. Su padre, tan cansado, apenas si podía corresponder con una sonrisa débil y luego se desfasaba de los brazos de su hijo. En realidad nunca había sido afectuoso con su familia, a veces el amor familiar es el primer afectado cuando las cuentas marcan en rojo. Su madre al menos tenía una sonrisa hermosa dispuesta para su hijo, esa sonrisa del mejor mañana, de que no había nada que pudiera vencer a una familia unida, de que todas las cosas serían mejores aunque ya las cajas para una nueva mudanza estuviesen listas y esperando.

El afecto familiar se agrietó con los años y la adolescencia de Matías apuntó la culpa hacia su padre. En cuanto cumplió los dieciocho años, sus padres se cansaron de simular una vida feliz y se divorciaron y siguieron rumbos separados. Entre vivir arrimado con unas tías y su madre o con su padre y su nueva esposa en el apartamento de ella, Matías optó por vivir solo. Nunca más ha vuelto a conversar con su padre y rechaza cada llamada que le hace.

Desde entonces el peso de la angustia es propio y sin intermediarios.

3

Mónica sigue durmiendo en la cama. Sabe que la quiere mucho, pero también que todo va a la ruina. Ella busca la estabilidad y el confort. Una vida que él no quiere negarle y que nunca ha conocido. Vivir solo desde muy joven implica renunciar a la irresponsabilidad gustosa de creerse sin futuro. De que la vida es el placer de hoy. ¿Qué gustos podía darse o darle a ella cuando la mayor parte su salario se iba en gastos similares a los de un padre de familia, sin tener familia? Cada mes que finaliza hace un balance de sus privaciones y con irónica indignación comprueba que es el único saldo azul de su vida. Cuando por fin se cansó de imaginar un mañana mejor dejó de importarle que también vive a las justas como su padre. La verdad es que echa de menos la estabilidad precaria que le brindaba un hogar familiar.

Una estabilidad y una certeza que ahora ha conseguido Mónica. Y él no figura en esos planes. Él se ha convertido en un obstáculo. Años atrás sus padres fingían vivir feliz sólo por él; decoraban, le decían que las cosas irían mejor, mientras las cajas para un destino errante ya estaban preparadas. Su novia trajo ayer por sorpresa unos utensilios para decorar el apartamento y le sonríe y le repite que todo va mejorar, mientras las cajas de la mudanza de ella esperaban por ser llenadas. Quiere un hogar para Mónica. Un hogar donde vivan juntos y donde el futuro llegue sin sobresaltos.

Matías se baja del vano de la ventana. La brisa ha dejado de soplar. Todo está en una molesta calma. Abre la puerta con mucho cuidado. Baja las escaleras del pequeño edificio y llega al jardín para respirar aire fresco, para escapar de una conversación con Mónica cuando despierte. Se sienta en un banco y observa que la hierba también ha dejado de bailar. A lo lejos puede verse una hilera nueva de ranchos que crece al pie de la montaña. Hogar. Puede comprender el amor que aferra a un humilde a su precaria casa en lo alto de una montaña: eso es tener un hogar, saber adónde aferrarse, caminar con tranquilidad porque se conoce adónde ir. Él, por el contrario, nunca ha tenido esas bases, nunca ha andado con la certeza de saber dónde vivirá el próximo mes. El mes para desalojar el apartamento se ha acortado a una semana. Está cansado y ya no le importa salir adelante como antes. Quiere que todo se termine de arruinar. Está cansado como su padre; lo comprende, comprende el esfuerzo que hacía, comprende su rabia, su dejadez, su falta de ánimo para demostrar cariño, cuando por dentro una bomba había estallado y vuelto añicos su voluntad de luchar. No sabe qué será de él, pero Matías lo comprende y siente que no lo puede odiar más.

Enciende un cigarrillo y mira hacia la ventana de su apartamento: las cortinas están quietas como la rigidez de un cadáver a la espera de ser velado. Su relación ha muerto desde hace mucho, por más que ellos posterguen el final. Duerme un poco más. No despiertes. Vive en el sueño. Pero Mónica se asoma por la ventana y le sonríe con algo de pereza.

—Anda ven, sube —le dice, y desaparece entre las cortinas nuevas.

Matías lanza el cigarrillo sobre la hierba y lo pisa. Su novia ha sido siempre tan previsible. Sabe muy bien lo que ella le dirá en unos minutos y teme subir. Se entretiene unos minutos con el encendedor. Hubiera querido que su padre actuara con la misma certeza que ella. Hubiera querido crecer sabiendo qué ocurriría el próximo mes. Hubiera querido tener un lugar adonde ir y que le acompañaran. La angustia y el desarraigo son sin embargo el peor patrimonio que le han dejado. Su novia le espera en el apartamento. Tiene algo más que decirle. Las cosas serán mejores. Siempre han sido mejores.

Venezuela: 1999-2009

Escrito por en Estado de política, Estado social

Adivinadores

No siempre se siente una satisfacción malévola cuando alguien se retracta y admite que tú tenías razón. Hace diez años la política se metió para siempre en las vidas de los venezolanos y las aulas de los colegios no rehuyeron a los debates que se entablaban entre quienes apoyaban a los candidatos Chávez (alumnos y profesores) y Salas Römer (una compañera de clase y yo).

Siendo un colegio de clase media (baja), el argumento de los profesores y los alumnos para apoyar al teniente coronel era que, siendo un militar como Pérez Jiménez (dictador al que citaban con orgullo y desparpajo), acabaría con la inseguridad y aumentaría los salarios de los profesionales (preocupaciones de clase media). Mientras todos ellos pintaban un futuro brillante y prometedor, mi compañera de clase —hija de adeca es adeca hasta que se muera… y, por cierto, su madre se murió adeca— y yo —hijo de copeyanos decepcionados— éramos las ovejas negras del salón, los enemigos del cambio, los rebeldes antibolivarianos y por el contrario advertíamos sobre lo que ocurriría si ganaba el actual presidente: un gobierno autoritario próximo a Cuba y al socialismo fracasado en Europa (comunista), restricciones a la libertad de expresión, liquidación de la diversidad política, control monopólico del poder, militarización de la sociedad, ataque a la Iglesia católica (cosa que a mí sinceramente no me preocupaba ni me preocupa, pero a mi compañera sí), acorralamiento a la iniciativa privada, etcétera. El resto del salón nos tachaba de alarmistas y de dejarnos llevar por campañas de temor que organizaba el antiguo sistema que se resistía a morir. «Nada de eso pasará, no se alarmen, que si él hace un mal gobierno en las siguientes elecciones se vota por otro candidato».

Pues lamento reconocer que mi compañera y yo nunca estuvimos equivocados. Pese a nuestra juventud (tendríamos alrededor de quince años) logramos vislumbrar las intenciones que se veían detrás de la apariencia de cordero con la que se presentó Hugo Chávez por allá a finales de los noventa. Lo increíble es lo que ha ocurrido en estos años con mis compañeros y profesores: todos se han arrepentido, todos. En los últimos días me conseguí con mi mejor amigo, uno de los más radicales entonces —incluso dejó de hablarme por mi oposición original al proyecto de Chávez… que no nació en 1999 sino que se remonta a 1992, cuando Chávez fue sólo una parte de toda una conspiración antidemocrática que propició dos golpes de Estado—, y entre los muchos temas que tratamos salió la política. Le pregunté si seguía apoyando este gobierno, y me contestó que él se había equivocado y que yo tenía la razón. Recordé así a la gran cantidad de venezolanos que votaron por un proyecto que finalmente resultó ser otro; la cantidad de venezolanos que hoy se arrepienten de haber votado por Chávez es tan numerosa que dudo que haya podido vencer en las elecciones de 1999. Personajes que le dieron su respaldo fueron desde Miquilena hasta Orlando Urdaneta (o ¿se olvidan de cómo inclinó su programa de entrevistas en la joven Globovisión al apoyo del entonces candidato del MVR?).

En otra situación hubiese fastidiado pesadamente a mi amigo por darme la razón; en otra ocasión, hubiésemos votado en las siguientes elecciones por otro candidato, pero ahora vemos que el mandato del actual presidente no tiene fecha clara de expiración. En este caso, lamento haber tenido la razón.

·

PD: En este momento en que el Gobierno cierra 34 estaciones de radio (y de seguro, serán más) bajo el flojo argumento de democratizar el espacio radioeléctrico, de la amenaza a Internet después de la exitosa campaña #FreeMediaVE en Twitter y de la propuesta de delitos mediáticos presentada por la fiscal general Luisa Ortega Díaz que pretende criminalizar a la propia sociedad al mejor estilo de 1984, es tiempo de expresar y manifestar con claridad, sin miedo ni vergüenza nuestras opiniones políticas. No es tiempo de ambigüedades sino de definiciones. Toda la solidaridad desde este modesto blog a quienes hoy sufren la persecución política, pronto podemos necesitarla nosotros mismos.