La Calle – A.T.C. (1995)

Escrito por en Asides, Rock venezolano

La Calle - A.T.C.

A.T.C. (1995) primer álbum de la desaparecida banda de rock La Calle, ganadores del IV Festival Nuevas Bandas.

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  1. Soledaña
  2. Estoy bien
  3. La boca
  4. Lamiendo la sal
  5. El hueso
  6. Las cuevas
  7. Se cae el piso
  8. Serpiente
  9. Globo de plomo
  10. Parásito
  11. A.T.C.

Créditos


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Rock hecho en Venezuela

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grupo de rock venezolano «La Calle», descargar A.T.C. de La Calle, «Festival Nuevas Bandas», ganadores del «Festival Nuevas Bandas», música venezolana de los noventa

El funeral

Escrito por en Relatos

El funeral

Una vez que has entregado el alma,

lo demás sigue con absoluta certeza,

incluso en pleno caos.

Trópico de Capricornio

Henry Miller

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1

Me han invitado a un funeral.

Nunca he ido a uno, tampoco a un entierro. Si en condiciones normales me cuesta decir lugares comunes para sostener una conversación aburrida o suelo decir cosas que luego descubro como imprudentes, pues ¡imaginen en un funeral-entierro! «Hola, señor/a padre/madre, ¿cómo estás? Mi más sentido pésame… Vaya, ¡y pensar que hace unos meses andaba con tu hijo/a!».

Por un tiempo viví frente a una funeraria y certifico que es un proceso grotesco. Nunca me han gustado. Llanto, reencuentros forzados, disputas y reproches por negligencia entre familiares, pasapalos mortuorios. Si un estudiante de sociología de esos que malviven con diez bolívares para toda la semana quisiera hacer una tesis interesante sobre la conducta humana, le recomiendo que pase por un funeral. Los funerales de los malandros son los mejores: adquieren tintes de procesión sevillana con una cofradía peligrosa desplazándose en motos y música para recordar que mantenerse vivo en la peligrosidad del hampa es una suerte que bien vale festejar.

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2

En este caso, yo ni siquiera conocía en persona al fallecido.

Era pariente político de la persona que me ha invitado y que, como yo, odia los funerales; aunque no me lo ha dicho, no quiere pasar solo un momento tan desagradable. Ambos detestamos los procesos burocráticos, por lo que si fuese por nosotros dos, seríamos como los zoroástricos y arrojaríamos los cuerpos en las torres del silencio (y no las que quedan en El Silencio: esas ya están muy contaminadas). El protagonista del funeral en cuestión padeció lo que yo llamo la «maldición de los Ramones»: un grupo de personas relacionadas entre sí, aparentemente sanas, en edad productiva, que de pronto caen enfermas y mueren en un período corto de tiempo.

Su madre era presidenta de una asociación médica y fomentaba la vida saludable y la prevención de enfermedades; sin embargo, un día se desmayó, acudió al médico y al mes siguiente murió a consecuencia de un tumor en el cerebro del tamaño de una pelota de béisbol (lo irónico es que siempre se burlaba del béisbol, finalmente el béisbol cobró venganza). Un año después, su padre fue a pescar a una playa de Higuerote, algo le picó en el pie y desarrolló una infección que acabó primero con sus riñones y luego con él. Su tío trabajaba en PDVSA, perdió el empleo y con los ahorros de años se volvió catador de vinos aficionado, complicó su hepatitis y murió de cirrosis. El causante de esta invitación (u organizador pasivo de este funeral) era joven, practicaba deportes y tenía fama de mujeriego. Una noche regresó a su casa y tosió sangre. La neumonía no curada de una jornada irresponsable de fútbol bajo la lluvia se combinó con una infección y murió de septicemia.

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3

El funeral es el sábado en la capilla del Cementerio del Este.

Me han dicho que ese cementerio sería la primera opción para una persona con buen gusto. Pero como no es de buen gusto hablar sobre el destino de tu cuerpo ni de la muerte, dudo que encuentre señoronas con grandes gafas oscuras comentando la belleza de las lápidas puestas sobre un hermoso y sutil césped recién cortado. Mi amigo quiere que lo incineren. Claro, ninguno de los dos piensa con meticulosidad en esas cosas a nuestra edad, pero lo mejor es dejar testimonio de qué hacer con uno cuando uno no pueda elegir nada. Es mejor que, por apatía de los familiares, tu cuerpo abandonado termine en la mesa de disección de una universidad bajo el escalpelo de jóvenes que confundieron tu bazo con un riñón. Mi amigo —nunca original— quiere que arrojen sus cenizas desde El Ávila o que, en su defecto, las lancen a alguna cascada del gran cerro (no sé si con ello busca, como sugieren algunas teorías, la transmutación de los humanos hacia la naturaleza, en este caso, se convertiría en un sapo o, peor aun, en un zancudo).

Suena el teléfono y la voz que me contesta pregunta: «Por fin, ¿me acompañarás?» Pues la verdad se me antoja conocer un nuevo lugar de Caracas. Un lugar de césped muy hermoso. Es sábado, nunca me habían invitado a un funeral.

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Metrocable de Caracas

Escrito por en Estado social, Microuno

Hace poco un amigo que pasó junto al Metrocable de San Agustín me comentó airado que eso «ranchificaba» la ciudad y justifica el inmovilismo socioeconómico. Fue un comentario molesto, típico de las personas que, aun viviendo en el área metropolitana de Caracas, desconocen su propia ciudad. No creo que el Metrocable haga las dos cosas que criticaba mi amigo: aunque el área de cobertura será limitado y el proyecto sea manejado demagógicamente (en un principio iba a ser inaugurado antes del último referéndum, el Gobierno lo ganó y varios meses después el servicio sigue sin estar activo), es un proyecto que intenta dar calidad de vida a quienes viven en la zona. No creo que la existencia de un medio de transporte, que evitaría cotidianos maratones de escalones, propicie el conformismo: quien se quiera ir lo hará con Metrocable o sin él.

Caracas negra

Escrito por en Relatos

Caracas negra

1

Dejo correr el disco hasta que termine. Últimamente, me acuesto en la cama y dejo que el reproductor lance canciones al azar. Pasa una, pasa otra. No le presto atención a ninguna; sólo es ruido que intenta mitigar mi intranquilidad. Esta noche suena Psychocandy de Jesus and Mary Chain. No quiero que el disco termine. Después de la última canción ya no tendré en qué ocuparme. Pero ocurre, termina y decido salir a caminar.

Son casi las 9 pm y mi cabeza es un hervidero. Es el viernes que termina una semana de inquietud tal vez exagerada. Exagerar. Cuando no quedan más atributos que hallar en una ciudad como la nuestra o en la vida propia lo único que queda es exagerar. Tomo las llaves y salgo de mi apartamento, sin pensar en los riesgos que, según dicen, corremos por la insolencia de querer pasear por nuestras calles.

Salir a caminar un rato quizá me alivie. Llegar hasta Subway de El Rosal y comer hasta que las sillas volteadas sobre las mesas me indiquen que ya debo irme. Esta noche los empleados toman formas menos discretas: pugnan a gritos entre ellos para ver quién cierra la caja, suben la música hasta el borde de la sordera y recuerdan con mofa a algún cliente del día. Gritar. Burlar. Cuando pasas todo un día recibiendo órdenes de cientos de personas los últimos treinta minutos de la jornada deben ser los más esperados para recobrar el orgullo.

2

Camino hasta Chacaíto y me siento en plaza Brión para observar a la gente que la ha adoptado como suya: parejas sin dinero ni espacio propio que aprovechan la oscuridad para llevar una mano indiscreta sin ser juzgada, vagos que hurgan en la basura la comida aún fresca y las putas de Caracas que empiezan a salir a ganarse la vida.

Pasa a mi lado un joven predicador que anda entregando volantes para su iglesia: me mira y sigue de largo hasta interrumpir el silencio de otra persona. A sus ojos mi alma ya no tendrá remedio.

3

Transcurren unos minutos. Un joven desarrapado salta las cadenas de Beco, se sienta junto a las escaleras mecánicas apagadas y saca de su bolsillo una pipa de crack. No lo juzgo. En cierta medida huimos de la misma realidad.

Me levanto y camino en dirección a Sabana Grande. Empiezo a ver los transexuales de Caracas que van rumbo a la Avenida Libertador a detener autos que las lleven a un hotel de mala muerte: el hotel Nilson, el hotel Lima o el hotel Sur en la calle de los hoteles. Un antiguo cine ha sido tomado por una poderosa iglesia evangélica. Enfrente la feria de comida Broadway me conduce a mi infancia cuando los domingos mi mayor preocupación era elegir el restaurante de turno. Ahora un casino o bingo ha ocupado los lugares y los trabajadores, con esos ridículos trajes de colores, se arremolinan en la salida. La jornada ha concluido para algunos y entre gritos de felicidad planifican la rumba de la noche: ir a beber o bailar salsa o vallenato en alguna discoteca de la avenida Solano. Ha sido día de pago y hay que hacer uso de ese dinero. La semana que viene es aún lejana, la preocupación por no tener un centavo durante esos días puede esperar.

Llego hasta la esquina, el semáforo peatonal está en rojo, me detengo, observo el edificio en cuya planta de día hay un restaurante. De noche se abren las puertas del Volta, donde hombres entran y salen buscando las putas baratas de este famoso burdel. Una motocicleta de la policía estacionada a la puerta del edificio indica que son permisivos o que cobran por la seguridad. Siempre he creído que si los policías son arrastrados al crimen es por el abandono al que son sometidos.

El olor a basura pegada en las aceras me irrita y me produce náuseas. Decido regresar a Chacaíto y entro a la estación de Metro y sorpresa: el parlante anuncia que el retraso de más de quince minutos se debe a que un desequilibrado ha entrado a los túneles. Minutos después voz diferente indica que por problemas eléctricos causados por el nuevo apagón general debemos desalojar la estación. La improvisación se ha apoderado del Metro incluso para mentir. Maldita sea. Salgo y los taxis de la línea no dan abasto a la demanda.

Entonces camino, no hay más remedio que cruzar el bulevar de Sabana Grande. Cuando estás abstraído en tu propio infierno no piensas en la famosa peligrosidad de las calles. Incluso a veces he soñado en salir a buscar una riña. Molestar a algún borracho o intentar entrar a la fuerza a un bar. Que te apuñalen es mejor que ahorcarse. La reencarnación y el karma son siempre opciones que no se pueden despreciar.

Es una noche movida: el Caracas FC ha jugado un partido adelantado y los fanáticos se esparcen por las proximidades del estadio olímpico. Es un grupo bullicioso, aunque el equipo no haya ganado. Se concentran frente al McDonald’s de Plaza Venezuela niños con sus padres. Para mí la ubicación es diferente: se concentran sin saberlo frente al Bar-Hotel Tiburón, bar de chicas donde se grabó El pez que fuma.

4

Tantas noches para caminar y he elegido esta del caos. Noche del caos. Caracas negra. Un tipo extraño se me acerca y me pregunta la hora. Subo mis mangas para indicarle que no llevo reloj. Se marcha. Sobre nosotros se levanta la torre La Previsora con su enorme reloj electrónico que marca la medianoche. Quizá me analizaba para un robo. De ser así perdí la oportunidad que buscaba de pelea. Por fin pasa un taxi y estiro la mano: como siempre ocurre, la solidaridad de los taxistas huye cuando el Metro colapsa y el precio que me da triplica la tarifa normal. Detengo otro, luego otro; espero al taxista menos deshonesto y entonces subo.

El taxista me cuenta generalidades: las fallas del metro cada vez más continuas, la política, temas que son de su interés en este momento pero yo ni siquiera finjo ni me interesa fingir que le presto atención. Miro en cambio las luces de la fuente de Plaza Venezuela. Un vago está dormido a mitad de la plaza. Sobre él hay un cartel de Caracas segura o algo así. Imagino cuánta gente se abstiene de salir a caminar por Caracas porque sienten la hoja del cuchillo en la garganta. En ese momento me veo a mí mismo: salir a caminar me ha costado mucho. Tal vez mañana vuelva a caminar. No lo sé. Esta ciudad se empeña en alejarnos de ella.

El peligroso encanto de la belleza

Escrito por en Asides, Misantropías

Cadáver exquisito - Santa Muerte

1

Una persona se ha realizado dos exámenes de salud y el primero sale positivo en una enfermedad posiblemente terminal y el segundo sale negativo. Tiene tres opciones: 1) someterse a un tercer examen que aclare definitivamente su condición (si sale positivo, entonces podrá iniciar rápidamente un tratamiento; si sale negativo, elimina el factor estrés-incertidumbre); 2) no someterse a ningún otro examen y vivir en la más absoluta indiferencia/negación (total, nadie es inmortal y uno vive lo que el destino decida) y 3) no se somete a ningún otro examen costoso, ahorra ese dinero y, si en unos meses sigue vivo, se realiza esa cirugía estética que siempre ha soñado.

Si su opción es la a, padece de sensatez. La persona de este caso (real) eligió la tercera opción: quizá tenga cáncer, pero prefiere esperar, ahorrar y someterse a una cirugía estética (en ese órgano posiblemente comprometido por la enfermedad), sin contar que la palabra futuro es una incertidumbre (doblemente real, como se leerá después).

2

La verdad que me inquietó su decisión. No sólo por el riesgo, sino en especial porque es una persona muy pobre. Todas sus necesidades las ha supeditado a un ahorro atroz no para ayudar a su salud ni pensar en su propio progreso o el de sus hijos, sino para lograr una apariencia de belleza sobre todas las cosas. Bueno, no es el primer caso: en el país de las misses y las telenovelas, existe la tendencia a la frivolidad y a la apariencia que llega al límite de ignorar riesgos y necesidades urgentes sólo por conseguir esa ilusión de bienestar y belleza que se impone sobre la sensatez y la proyección.

Hace tiempo escribía en este mismo blog sobre por qué no está difundida la costumbre de ahorrar: culturalmente, no se asocia el progreso con el ahorro y la educación. Si a eso le sumamos que la inflación devalúa nuestros ahorros o que la violencia devora miles de venezolanos cada día, la consecuencia es esperable: el futuro es una vaguedad y, como tal, necesitamos vivir en la certidumbre del momento, y el momento es lo que vemos, el momento es la apariencia, el momento es leve y no se detiene en consecuencias.

El momento es liquidar el salario en ropa cara, en celulares de última generación, en equipos de video, en cerveza y en juegos de azar, en belleza…, y luego ingeniárselas cuando las cuentas a fin de mes no den para comer. Pienso otra vez en la persona de este caso: ¿Cómo se las ingeniará cuando el médico le diga que su futuro no pasará de este momento, de ahora?

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