Archivos para junio, 2010

Escrito por en Relatos

Idilio

Hace tiempo en este pueblo las cosas iban bien. Pero, quizá por culpa de nuestra propia pasividad, no tomamos previsiones en contener el lago y las lluvias desbordaron los diques y gran parte del pueblo quedó bajo las aguas. Muchas cosechas se perdieron y empezamos a vivir en la penuria. Todo era cada vez más difícil y nuestro comercio se vio afectado.

Entonces tuvimos que mudarnos a las colinas y empezar a vivir en una situación desconocida. De la bonanza pasamos a la carencia. Yo, que no tenía familia y era anciano, construí una cabaña con escasos recursos. Frente a mí se instalaron dos parejas jóvenes sin hijos.

Ambas parejas eran muy activas y se dedicaron a construir sus casas. El trabajo en equipo les ayudó a levantar rápido sus casas. Faltaban algunos retoques, faltaba pintar las fachadas. Pero una vez que ya tenían techo, aunque aún con carencias, se dedicaron a buscar trabajo.

La primera pareja llegó a un acuerdo: ambos buscarían trabajo en el pueblo, ambos contribuirían en aportes comunes que sirvieran para mejorar la casa.

La segunda pareja llegó a otro acuerdo: sólo uno de ellos buscaría trabajo en el pueblo, el hombre, mientras ella se encargaría de mantener la casa, de adornarla y embellecerla.

El tiempo de un anciano se va mirando con nostalgia otros tiempos y otras personas. Sentado a la ventana de mi precaria casa, me dedicaba a ver cómo la chica de la segunda pareja pintaba con gusto la fachada de su casa. Tenía talento artístico que plasmó en una bella decoración floral. Se notaba que le gustaba embellecer la casa. Cada noche recibía con un beso a su marido cuando regresaba del trabajo. Él, cansado, le correspondía con mucho amor y le decía: «No hace falta que trabajes en el pueblo, mientras yo me encargue de traer el sustento a casa; no quiero que salgas a agotarte». Ella se sentía feliz.

La primera pareja, en cambio, regresaba muy tarde. Ambos se veían cansados, se quejaban de sus trabajos y percibí cómo el agotamiento empezaba a mellar la relación.

El tiempo pasó en este pueblo y la chica de la segunda pareja, un día, dejó de pintar la fachada de su casa. No es que hubiera terminado de pintar, simplemente, se había vuelto perezosa. Se la pasaba todo el día sentada en el jardín de su enorme casa, conversando con amigas. Su talento artístico se había apagado al tiempo que su marido le traía más, y más. Se sentía dichosa de tener un marido como él, que hacía todo por ella mientras ella se dedicada a mirar la vida como yo lo hago, como lo hace un anciano.

Algo inesperado pasó: una mañana su marido, cansado, se retiró de casa y no volvió más. Ella quedó aturdida y preguntaba a los vecinos si sabían algo de él. La comida empezó a escasear en su casa y desesperada trató de pintar las fachadas de las casas vecinas para ganarse la vida. Los vecinos accedieron, pero al ver los resultados penosos de su pintura, desistieron de sus servicios. La chica, antes feliz con un marido que hacía todo por ella, había perdido su talento y ya no sabía nada más. Se sentó llorosa a mirar a sus vecinos, la primera pareja.

La primera pareja, en todo ese tiempo, había sufrido un notable cambio. Del cansancio por las largas horas de trabajo habían pasado a llevar una vida más holgada y cómoda. El trabajo en común de ambos había contribuido en levantar otro piso en la casa y a sembrar el mejor jardín del pueblo. Vivían felices porque el trabajo de ambos retribuyó en una vida en común valiosa.

Un día, la joven abandonada se acercó a mí preguntándome si quería que arreglara mi casa. La miré con compasión y accedí. Mientras pintaba, ella me preguntó, como anciano, que qué había pasado para que ella cayera en semejante desgracia. Le dije:

—Al principio puede parecer afortunada quien recibe de otro y hace poco por sí misma. Esto siempre lleva al aletargamiento y siempre prospera aquel que se preocupa de sí. Pero en ocasiones esto es insuficiente, sobre todo cuando se vive en un pueblo con tantas dificultades como el nuestro; en ocasiones, sólo el trabajo en equipo es lo que lleva a prosperar. No hay mayor gusto que aquel obtenido desde cero con el esfuerzo propio o el esfuerzo compartido.

La chica me miró, con algo de pena. No la estoy ayudando: simplemente, estamos trabajando en beneficio compartido.

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En este mare mágnum de vida que llevo había dejado pasar que fue junio el mes que simbólicamente elegí como aniversario de este blog que ustedes leen fielmente —ya sea porque llegan por error y les gusta criticar o porque simplemente vienen para bajar música de Dermis Tatú. De hecho, cuando hace cinco años descubrí lo que eran los blogs (buscando, vaya caradurismo el mío, música de Sentimiento Muerto) y decidí que era la mejor vía para publicar mis dibujitos y mis textos, no dudé en que estaría vinculado a la banda de Cayayo Troconis y por ello escogí una frase enigmática de la canción H para darle nombre a esto: cada grieta en el cerebro es un planeta en fuego. Sin quererlo, esa vinculación a la obra de Cayayo me llevó a relacionarme con personas que han determinado muy buenos momentos. En este quinto aniversario de Planeta en fuego, no encuentro mayor agradecimiento que a ustedes, los que leen entradas como estas, porque demuestran una fidelidad de la que siempre estaré agradecido y es por ustedes que este blog, con sus pausas y desaciertos, se mantiene en línea. Gracias. (2)

Escrito por en Personales, Relatos

Frances Farmer

Mi hermana es una mujer sensata. Por algo lleva veinte años de casada, tiene tres hijos que van a buenos colegios y universidades, vive en una casa grande y cuando cruza la ciudad para visitarme lo hace en un auto de lujo propio. Me ve y suele darme consejos. En definitiva, sigo siendo el hermano menor al que debe cuidar. Y yo, obviamente, sigo siendo el hermano menor que nunca hace caso. El insensato, el inmaduro, el impulsivo, el que todas se las sabe.

Últimamente me ha dado recomendaciones personales. Me ve todo el tiempo sumido pintando cuadros y con una botella de coñac siempre sobre la mesa. Cuando viene me oye atendiendo llamadas o me encuentra con visitas. Cuando se marchan me recomienda que debería relacionarme con gente normal. Claro, lo dice de buena fe, lo dice como la hermana que me cuidó mucho tiempo cuando éramos niños y en quien desarrolló el instinto maternal que luego pergeñaría en sus tres hijos. La normalidad, para ella, viene siendo todo lo opuesto a lo que soy: un bicho raro. Un bicho raro con la pared llena de reconocimientos profesionales, pero bicho raro al fin. Un gran bicho raro al borde de los treinta años que, a pesar de ello, quiere un poco de estabilidad. Y ella lo sabe. Ella sabe que la estabilidad no la puedo conseguir con la larga lista de amistades y relaciones a lo largo de la vida que le he enumerado. Obviamente, es el mejor de los consejos que no tomaré en cuenta.

Porque la normalidad para ella es que me reúna con gente convencional. Y los convencionalismos me dan grima. Me dan sueño. Me aturden. Me provocan náuseas que amenazan con sacar por la boca mi estómago volteado. ¿Qué puede hacer con gente convencional alguien con mentalidad tan perversa como la mía? ¿Asumir como normalidad el hecho de salir con alguien al cine para ver la comedia de turno, aceptar invitaciones a comer fritangas en la calle porque quien me invita no tiene dinero para algo mejor, ir a un parque de diversiones o a una playa repleta de matones y putas, regalar ramos de flores y peluches en fechas previamente marcadas como aniversarios (yo que tengo pésima memoria), callarme la boca cuando lance gustosamente blasfemias y escupa sobre el nombre de Dios? ¿Hacerme amigo de alguien con amigos que le gustan la música del momento, que no haya leído un libro en su vida, que baile pegado y que piense que una Polar un viernes por la noche mientras se ven películas de acción quemadas en un DVD es el mayor de los placeres? ¿Gente que vive con sus padres, que tiene que verse en hoteles o peor aun en plazas para estar con su pareja, y no espera nada de la vida porque vea con horror la trascendencia o que asuma la posteridad sólo como cosas de muertos?

Y no es que mi hermana haga todo eso, de hecho, ella es muy tranquila y quizá hasta esté al margen de la normalidad que me pide. Pero bueno, ella ya está establecida y quiere que yo me establezca.

Pero ¿establecerme en esa normalidad? Asco. No comulgo con el matrimonio, ni con los hijos. Me gusta la idea de la compañía, pero la compañía que no implique sumisión ni renuncia a la individualidad. Y ello se opone radicalmente a la normalidad. La normalidad está intrínsecamente relacionada a la conformidad. Y la conformidad va de la mano en el tedioso recorrido de la vida con el convencionalismo. No. Mil veces no. Yo voy por todo lo contrario: me gusta la intensidad, mi espíritu busca la emocionalidad al máximo, el placer infinito, el susto en cada acción inesperada. Por eso evado ese consejo de buscar gente normal. Porque yo no lo soy. Porque no tengo nada que buscar en esa gente. Porque las personas que han entrado en mi vida no han sido normales, y no lo digo peyorativamente. Todo lo contrario: he tenido el gusto de conocer y seguir conociendo personas felizmente extrañas. Juzgarlos a ellos sería condenarme a mí mismo. A este sujeto extraño que también soy. A este sujeto extraño que seré. Quiero una estabilidad similar a la que comenté al principio que tiene mi hermana, ¿quién no? Pero una estabilidad a mi manera. Una estabilidad sin convencionalismos. Una estabilidad emocionante.

Escrito por en Anticuarios, Personales

Soledad

¿Qué hacer después de una ruptura? Quizá esa sea la primera pregunta que nos hacemos quienes pasamos por el trago amargo de perder a la persona que amábamos. En mi caso particular, es difícil no asumir una ruptura como un fracaso: querías que las cosas funcionaran, que los planes a futuro se cumplieran, que tuvieras a tu lado a esa persona que querías. Siempre he creído que ninguna relación es para siempre, pero sientes que aún había mucho que dar. Pues bien, cuando por diversos motivos (sea cansancio, sea una tercera persona que se involucra en el juego de dos) la otra persona te comunica sus intenciones de irse, no es para menos que sientas que el mundo se te detiene y de pronto ya nada vale la pena seguir.

Sé que situaciones así traen cambios, te impulsan a retomar cosas que habías dejado o sino a hacer nuevas. Pero el impulso inicial decae los días siguientes en que aparece la melancolía y el miedo terrible a la soledad. Más aun cuando, como yo, estás al borde de una edad (los treinta años) en que pareciera que se cerraran los plazos para establecer una vida. Más aun cuando, como yo, vives solo y la única compañía que tenías era esa otra persona que ya no está. Así los días van pasando y sientes esa ausencia como una auténtica pérdida, tu hogar parece enorme y las horas van pasando con una lentitud terrible. ¿Qué hacer después de una ruptura?

Cuando tenía novia miraba los esfuerzos que hacían los solteros para conseguir pareja. En momentos sentía compasión (búsquese el significado de la palabra) por ellos, por las decepciones, por el aire de desesperación que adquiría su búsqueda. Ahora soy uno de esos que no tiene nadie a su lado. Y duele más cuando sabes que la persona con quien compartiste mucho tiempo no se dio tiempo para sola sino que ya sale con otro. Que mientras sigues en duelo, esa persona ya piensa en otro. Sientes un deseo de que tu expareja esté en tus zapatos y sienta al menos un poco de todo el dolor que te ha dejado. Esto no tiene sentido: no somos dueños de nadie, y cada quien es libre de irse, aunque duela terriblemente.

¿Qué hacer? Quisiera encontrar respuesta, pero por lo pronto no la tengo. Sólo tengo miedo. Miedo al tiempo de ahora y miedo al tiempo por venir. Miedo a estar solo. Miedo a estar en mi apartamento. ¿Qué hacer después de la ruptura? Creo que detener el miedo, eso quizá sea lo primero que debemos hacer. Romper ese miedo que paraliza. Y seguir, seguir. De que no es fácil, no lo es. De que es duro, lo es. Pero no hay alternativa.

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Escrito por en Asides, Personales, Viajes

La Sagrada Familia

El próximo mes de julio estaré viajando a España y Malta. En los planes está recorrer Madrid, Girona, Barcelona y Valencia y cerrar en Malta.

En cierta medida es un viaje exploratorio. Aunque conozco bastante bien la situación crítica que atraviesa España, quiero analizar posibilidades de estudio e incluso de trabajo (sí, otro inmigrante más). Ya les estaré contando cómo me va en el viaje, el primero que hago fuera de nuestras fronteras en diez años (algo inaceptable para quien le gusta la idea de viajar y conocer nuevos lugares).

¿Alguna recomendación para cuándo esté por allá? ¿Alguna invitación de los lectores españoles de Planeta en fuego? Estaré llegando a Madrid el 15 de julio y estaré de vuelta a Caracas, en teoría, el 5 de agosto.

PD: Para fin de año estimo hacer otro viaje, esta vez más al sur de nuestro continente. ¿Aceptas la invitación?

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Reseña de la primera parte del viaje: Barcelona

Reseña de la segunda parte del viaje: Valencia

Reseña de la tercera parte del viaje: Malta.

Reseña de la cuarta parte del viaje: Madrid, parte I.

Reseña de la cuarta parte del viaje: Madrid, parte II.