Infomerciales oníricos (2)

Uno de los problemas que enfrentamos en países como Venezuela es la distorsión de precios. Un galón de gasolina vale mucho menos que una botella de agua. La canasta básica de una familia promedio está por debajo del salario mínimo. Un carro usado se vende mucho más caro de lo que se compra. De la misma manera, hay personas que consideran que el trabajo de unos vale más que el de otros. Y de la misma manera, hay profesionales que prestan sus profesiones al deterioro. Como el siguiente caso: me contacta una persona que quiere saber cuánto le cobraría por un contrato de compraventa de un YYY, y le respondo que el precio en el mercado es XXXX. Ante su sorpresa, me pide que le haga una rebaja porque el «documento está redactado» y sólo necesita mi firma (como si durante cinco o cuatro años de una carrera profesional o técnica te enseñaran a hacer firmas bonitas); además, dudo que él haya despreciado el trabajo del mecánico pidiéndole una rebaja sustancial. Y cuando le pregunto que cuánto vale para él mi firma, me responde: XX, es decir, un precio alrededor de lo que vale una Big Mac. Antes de colgarle le dije que se buscara un muerto de hambre que trabaja por ese precio. Lo lamentable es que seguro conseguirá a más de uno que desmerite la profesión que juró ejercer con lealtad. Y el daño no sólo se lo hace a la carrera: se la hace todos los que se dedican a ella. (0)

El navegante

Escrito por en Relatos

El navegante

Cuando el piloto de un avión comercial alza vuelo se va despegando de su familia, de sus amigos, de su hogar.

El avión, a medida que va llegando a velocidad de crucero, se dirige a un punto que se pierde en el indefinido horizonte. Hacia allá marcha, hacia ese destino en la pequeña cabina donde la foto de una hija decora el enorme tablero.

Cruza los mares, atraviesa diferentes tiempos, siempre en una marcha imparable y melancólica. El navegante de los cielos se halla entre los seres más solitarios que habita en este pequeño mundo.

El destino, así, se va borrando: una noche en Madrid, un amanecer sobre el Atlántico, una tarde en Nueva York, todos los días cada vez más lejos de su origen.

Se dice que volar es ir hacia la auténtica libertad, cuando en realidad sobre las nubes va planeando su propio abandono. Una mañana en Chicago, un mediodía en México, una noche en Buenos Aires.

¿Hacia dónde vamos cuando en la inmensidad de los cielos nuestro punto de referencia ha quedado lejos? ¿Cuál es el verdadero destino del navegante? ¿Dónde se apoya cuando alrededor sólo hay nubes dispersas? En la noche de su propio tiempo le ciega un sol que no es suyo, en su mañana ve el brillo de una luna roja.

El avión va descendiendo, toca tierra, los pasajeros bajan y en unos minutos subirán otros. Así es la vida del navegante. La foto de su hija, en el tablero del avión, permanece como recordatorio de aquel lejano punto que es su hogar. En ese momento su hija empieza a caminar, ríe, su corta edad le impide llorar por la ausencia de su padre. El dolor nunca golpea mientras no somos conscientes, el dolor (así como el amor) es una emoción que implica estar despiertos.

Es por eso que últimamente elije destinos largos donde pueda dormir. Así marcha su vuelo, entre los sueños en donde está cerca de sus cosas. El avión sigue su vuelo, otro destino, cada vez más lejano, cada vez más cercano al abandono. Sueña, así no le dolerá no estar junto a su hija.

El avión nuevamente desciende. Ha llegado a su hogar, baja las escaleras, en cada destino le ha comprado un regalo a su hija que le espera junto a su esposa. Llega hasta ella y la abraza. La vida del navegante de los cielos es estar lejos de su origen. Cada avión que surca el cielo no marcha hacia un destino en concreto. Simplemente, se da al abandono en la inmensidad de los cielos.

Tuberías (1)

Héctor Rodríguez, ministro para el Deporte, repitió hoy la posibilidad de que las selecciones deportivas de Venezuela cambien de color. Estas declaraciones desafortunadas de Rodríguez no deben tomarse sólo como una muestra de desprecio absoluto hacia el arraigo que tiene este color en la población venezolana, tampoco como ignorancia supina cuando alega que los países juegan con los colores de sus banderas (¿acaso hay azul en la bandera italiana, blanco en la de Alemania y Ghana?), sino que deben tomarse como una señal poderosa del poder ilimitado que tiene el Gobierno y de que ellos pueden hacer lo que les da la gana y no hay quien los detenga. En realidad, a ellos no les interesa el color de la Vinotinto, tampoco el deporte, simplemente quieren desmoralizar a la población (chavista o no), porque un pueblo desmoralizado es más fácil de dominar. Estas declaraciones poco inteligentes de Rodríguez me recordaron Invictus, cuando seguidores radicales del ANC querían cambiarle el nombre y los emblemas a los Springboks, hasta que la aparición de Mandela evitó esto. Y el alegato de Mandela fue simple: los símbolos se respetan por su importancia psicológica para las personas. En el caso de la Vinotinto, somos muchos los que hemos tomado este color como sello que nos identifica en el mundo deportivo. Es como si un día alguien propusiera cambiarle los colores al Barcelona FC o los colores al AC Milan. Cambios han tenido a lo largo de su historia los equipos, pero cuando unos colores y unos símbolos se arraigan en la cultura, eso merece todo el respeto. Siendo un país donde el deporte nos interesa más que otras cosas, espero que la reacción popular detenga esta propuesta que nos asimilaría a las selecciones de Colombia y Ecuador. (0)

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