No le des un pez, enséñale a pescar

Escrito por en Estado social, Microdos

Una ONG europea organiza una recolección de ropa para enviarla a un país africano. Llegan toneladas de ropa gratis a un pueblo perdido en el mapa y cientos de habitantes la reciben con entusiasmo. Gente empobrecida empieza a usar zapatos Nike, franelas Lacoste. En el país europeo, chicos con franelas del Che se felicitan por smartphones. Sin quererlo, y en contra de sus ingenuas voluntades, han ocasionado un efecto inesperado. La única fábrica de ropa en aquel país africano, que daba trabajo a unos cien empleados, ya no puede competir contra la ropa gratis. Quiebra. La pobreza se expande entre los antiguos empleados de la tienda. Se genera una población parasitaria que ahora quiere más envíos. Estallan motines de insatisfacción textil. // Esta idea no es mía. Es la base de un relato de uno de los Nocilla de Agustín Fernández Mallo. Y aunque sale de la ficción, me ha hecho pensar en la cantidad de veces que detrás de muchas cosas que creemos que son buenas y desinteresadas está la prolongación de muchos males. Cuando donamos algo para que la gente sólo reciba y con ello solucione momentáneamente sus carencias, no estamos ayudando realmente. Lo que se debería hacer es donar material industrial para construir fábricas y con ello darles las herramientas a quienes lo necesitan para que hagan algo y con ello solucionen sus problemas.

La vida estúpida de Sebastián Arana, 3

Escrito por en La vida estúpida de Sebastián Arana

San Diego

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Nunca pensé que Alejandra encontraría este relato. A pesar de que mi blog está abierto a cualquiera que tenga una conexión a Internet, nunca esperas que uno de esos visitantes sea la persona que protagoniza un relato que estás escribiendo. No importa cómo, sino que lo encontró y punto, y me llamó a medianoche, algo que tampoco es mucha molestia, ya que desde el accidente que sufrí con Sebastián duermo poco y ese insomnio se lo dedicó a terminar de hacerle las correcciones a mi libro de cuentos que, curiosamente, no tiene este relato en su lista y que, si nada extraño sucede, me sentaré a leérselo uno de estos días a Valeria, que también conoce el proceso involutivo que llevó a Sebastián a la estupidez.

Así que levanté el teléfono y del otro lado de la línea estaba la novia abandonada. Imaginas siempre escenas donde la chica, con un vestido de novia puesto, raído y con la cola ya negra de tanto arrastrar por las calles de diferentes ciudades, batalla por escupir de su garganta echa un nudo un discurso medianamente coherente que busque sacarle al mejor amigo de su novio maldito y perdido el por qué de todo lo que pasó. Pero Alejandra no es así: de entrada soltó insultos y amenazas y me dijo que ni le importaba si las publicaba o no, sabía que lo haría. Lo primero que me reprochaba era que yo haya sido tan burdo en disimular los nombres: que todos nuestros amigos (?) en común se reconocerían aquí y que el nombre que le di a ella en este relato (Alejandra) lleva su auténtica inicial.

Me pidió luego que aclarara unas cuantas cosas, en vista de que mi relato mostraba el punto de vista de la basura –así dijo– de Sebastián, que se pudra en el fucking infierno donde sea que esté. Primero: luego de que él le informara que no se quería casar con ella, ella jamás lo llamó: alguien con mi formación no caería tan bajo de llamar a ese engendro de la estupidez. Además, era esa basura quien se lo perdía, frase típica del manual del autoconsuelo del despechado.

Segundo: de dónde coño había sacado yo eso del acuerdo de engaños mutuos. Supe entonces que Sebastián era un maestro del engaño individual y de la liberación de culpas achacando a los demás las mismas cosas que él hacía. En ese momento la verdadera Alejandra echó a llorar. Del otro lado de la línea se oían lo que supuse eran las olas de la costa de San Diego, a donde la había enviado su papá luego de su frustrado matrimonio. Un curso de diseño, de modas, algo en lo que pudiera trabajar una licenciada en estudios liberales, qué sé yo. Me maldijo: dijo que yo era un imbécil por no decirle nada de lo que yo supuestamente sabía. En ese momento me acordé de las cosas que sabía de ella que nunca pensé en contarle a Sebastián.

Por último, y ya cuando ambos empezábamos a quedarnos dormidos, y luego de que me dijera que vendría a Caracas en unas semanas para aclarar aun más las cosas conmigo, me dijo, en tono ya de resignada paz, que Sebastián había acertado en irse con Dwuaylet, o como quiera que fuese el nombre real de esa negra y gorda que tuvo la desdicha de haber visto por Facebook. Colgó sin despedirse, y desde entonces espero la llamada para verme de Alejandra.

No pude revisar más los cuentos. Me senté frente a mi computadora a teclear un rato cualquiera cosa que saliera. Tampoco pude. Así que me asomé por la ventana para mirar una fila de motorizados de la PM que subían por la avenida hacia su cuartel de Maripérez. Al rato vi cómo salía gente de la Hermandad Gallega, tambaléandose como estúpidos por la borrachera y me pregunté, después de mucho tiempo, qué sería de Sebastián.

Novela A la cara de Christa Faust

Escrito por en Lecturas sugeridas, Literatura

La chica de la foto es Christa Faust y es la autora de A la cara (Money Shot), la novela que hoy terminé de leer y que me dejó con la sensación de ¿acá termina todo? No es malo si tomas el libro como un entretenimiento un poco más elevado que el cine. Si te da flojera leer, sintoniza alguna película de medianoche de Multipremier o AXN y encontrarás los tiros, las venganzas, los muertos y los bares de alterne que aparecen en las 247 páginas de esta edición de Puntocero. No con ello digo que sea una novela prescindible. Si te gusta escribir, encontrarás en A la cara ingeniosas formas de narrar y de mantener tenso el hilo narrativo. Por eso creo que cuando llega el final quedas sorprendido y no te sientes completamente satisfecho, porque, a pesar que la ley se impone ante la toma de la justicia por sus propias manos, y esto sea moralmente aceptable, como lector ya había entregado mi aprobación hacia toda la serie de delitos por honor cometidos por la protagonista, una exactriz porno, que esperabas seguir siendo su cómplice en un escape mucho más arriesgado que todo lo que hizo esta chica. Lean el libro e involúcrense con la protagonista Angel Dare. El porno también es interesante, aunque no haya sexo de por medio.
Christa Faust

planetafuego.com

Escrito por en Administración, Microuno

En los últimos días el contador de visitas de este blog ha registrado varias provenientes de Paraguay. Investigando un poco en who.is, he descubierto que en Paraguay ha sido registrado un dominio bajo la dirección www.planetafuego.com. Mala elección si consideramos que cuando ingresas planeta fuego en Google Paraguay el listado los dirige hasta acá. No sé de qué irá aquella página hermana, todavía en construcción, pero lo cierto es que mucho me temo que los visitantes paraguayos, en cuanto lean un poco de lo que acá publica un venezolano, tendrán otro motivo aparte de Chávez para no venir a este país tan poco serio que es Venezuela.

La vida estúpida de Sebastián Arana, 2

Escrito por en La vida estúpida de Sebastián Arana

Tukkys

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Sebastián despertó esa mañana con un propósito que parecía irreductible. Y por lo que había hecho en las pocas horas del día, su determinación de volverse un hombre estúpido iba por un camino dirigido talentosamente hacia el caos.

Me dijo que tenía planeado arruinar todo. Cada aspecto su vida: se había cansado de su existencia aburrida, de una relación basada en la costumbre más que en el amor, en los buenos días de sus compañeros de trabajo que se mataban por ascender laboralmente al tiempo que descendían moralmente volviéndose seres fríos y mentirosos, de vivir con dos hermanos metidos cada viernes en un local del San Ignacio, de una madre que se desvivía por cocinar bacalaos; y en lugar de hacer cosas como cambiar de corte de cabello, vestir de otro modo, conocer nuevas personas o cualquiera de esas cosas que hacemos cuando nos botan de un trabajo, nos deja una novia o simplemente no queremos terminar guindando de una soga para escapar de esta ladilla que es la vida, había tomado la dirección de joder cada aspecto de su vida a partir de esa misma mañana.

El celular repicaba, miró en la pantalla que era Alejandra, no contestó y me dijo entonces que esperaba la llamada de su jefe para completar de decirle las cosas que no le dijo en el correo que le acababa de enviar y donde lo mandaba a que se lo cogiera el conserje del edificio. ¿Han imaginado alguna vez a un amigo correcto y poco dado a las groserías llevado por la locura de un día para otro? Sebastián era uno de esos locos recientes en los que la euforia todavía sale con un poco de artificio. No sabía qué decirle. O mejor: no debía decirle nada. Ya las cosas que había hecho eran irreparables y yo no dejaba de pensar en el anillo de compromiso de ocho mil bolívares fundiéndose en el horno de esculturas de su mamá.

Me limité a preguntarle cuál era su siguiente paso. Me dijo que se encontraría en el bar de los chinos con Saúl. Me reí. Aunque si sus planes eran terminar de joder su vida en su camino para volverse estúpido, Saúl era el hombre indicado.

La última vez que lo vi fue precisamente en aquel bar de mala muerte donde se reúne toda una faunilla de pretenciosos poetas malditos que no pasan de ser malditos poetas de pacotilla, fotógrafos de quinta categoría y personas sin nada que hacer por las tardes más que tomarse unas birras baratas. No escribo poesía ni soy fotógrafo, así que debo ser de los últimos. Solo en una mesa, cabizbajo, con las enormes gafas sostenidas por su espesa barba cada vez más crecida, me llamó con la mano en cuanto me vio entrar y las Soleras verdes que pidió acompañaron con el humo de cigarrillo un relato que ya conocía: acababa de terminar con su novia (por quinta vez, y al parecer ahora sí definitivamente), una estudiante de filosofía de la UCV, de muy mala actitud tipo portada de Suicide Girls y que todos sus amigos se la querían tumbar [incluido Sebastián, que nunca fue tampoco el mejor de los novios: como buen vasco, era una masa de músculos y pelos, y eso no pasaba inadvertido para él por la cantidad de chicas que llevó a esos tiraderos de Chacaíto y El Rosal donde no llevarías a la chica que amas: Hotel City, el Dallas, el Gillmar, su compromiso prenupcial recidía en el acuerdo tácito de engañar sin que Alejandra se enterara y que ella hiciera lo mismo sin que él tampoco se enterara. No sé si nunca llegaron a conocer sus aventuras, él me contaba las suyas y yo nunca le conté las que me enteré de Alejandra, yo tampoco tenía moral para cuestionar ese modo de vida de engaños equilibrados]. En cuanto a Saúl, pasó lo que tenía que pasar: la chica terminó yéndose con un cincuentón, lomógrafo atormentado y cubierto de dreadlocks y tatuajes de tinta china, un tipo que seguramente en unos meses abriría un perfil en deviantART para publicar fotos de la licenciada en filosofía desnuda.

Sebastián me dijo que tenía algo que proponerle a Saúl. Francamente no me interesaba, pero su verborrea era inmune a mi cara de ladilla y me dijo que le diría a Saúl que dejara de involucrarse con chicas tan intensas, suicidas en potencia, poetas de la improvisación, lectoras de Bukowski, admiradoras de Regina Spektor, bohemias de Bellas Artes, talleristas literarias, marihuaneras de fin de semana, peyoteras de fin de mes, cocainómanas eventuales, usuarias de multiabonos recontrausados, veinte bolos para la semana, Converse destruidos, gafas sin corrección, fotógrafas conceptuales, moulineras empedernidas, nostálgicas del Radio City, marchistas en pro del feminismo/de los animales/de la vida/del aborto/de las drogas pero que en casa de sus padres se drogan en secreto, veganas radicales, ateas con revelaciones místicas, comunistas consumistas o liberales autoritarias, burguesas antisistema, urbanistas en general, hipsters desquiciadas.

Sebastián terminó regurgitando la inesperada conclusión de que la pareja ideal para él y para el despechado Saúl no se hallaba en ninguna exposición en el CELARG ni en Cultura Chacao, ni en ninguna agencia publicitaria llena de Macs y con aire acondicionado a doce grados, mucho menos en un curso del IESA o un postgrado en la UCAB o la UNIMET, y que si quería descender a los infiernos de la estupidez debía hacerlo todo bien, y buscarse relacionarse con gente bruta, pero bien bruta, y que nada mejor que buscarla a las afueras de instituciones universitarias de mala muerte de la avenida Baralt o en las páginas de citas frecuentadas por tukkys.

Fue de ese modo que, en un casi mortal grado de embriaguez, me contaría luego que se despidió esa tarde de Saúl, imponiéndose la tarea de conquistar, cada quien por su parte, una tukky en menos de una semana. Esa misma noche recuerdo que Sebastián se registró en Sexyono y Metroflog para probar suerte con la siguiente descripción, que el muy buen aprendiz de estúpido me pasó por gtalk: «Hola, soy poeta», nada más, necesitaba una frase corta y que removiera las pasiones más primitivas, pero tan útil que al cabo de unas horas ya tenía cientos de visitas y la pobre Dwuasileth, pobre alma ingenua que nunca imaginó en qué se metía, le escribió el siguiente mensaje privado que Sebastián me pasó como captura de pantalla:


Sexyono

El mensaje le pareció escueto, casi un chiste pero luego se dio cuenta de que era una demostración de que había hallado la primera llave que le conduciría hacia ese enorme salón donde le esperaba el gran papa negro de la estupidez, y le respondió:


Sexyono

A lo que ella, de inmediato, le respondió:


Sexyono

Sebastián me dijo que no dudó en agregarla. De cada diez palabras seis estaban mal escritas, me dijo, señal inequívoca de estupidez y falta de sesos, pero finalmente lograron entablar una conversación que trató, según me contaría con un deleite degenerado, sobre la nada en concreto y el vacío en general. Era obvio que su ego se había disparado por las nubes cuando la chica le dijo que escribía bonito. Él le dijo que se dedicaba a escribir, que había pasado por ese taller literario cuyo honor ahora quedaba por el subsuelo, y la chica le respondió que ella también escribía: escribía en dos tipos de letras, letra corrida y de molde. Sebastián tuvo que llamarme a la casa para compartir su risa. El muy maldito me comentó que le preguntó qué le apetecía, le pidió que la llevara a comer pollos Arturo’s.

Fue así como Sebastián se involucró con Dwuasileth.

Colgué, y supe desde ese momento que había perdido un amigo entregado a la estupidez.

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