Araziel

Escrito por en Asides, Rock venezolano

Araziel es una banda de Rock con tendencias metal core-experimentales nacida en Ciudad Guayana el 27 de marzo del año 2009 cuya alineación consta de seis integrantes: Nayelín López en la Voz,  Karlenis Albornoz en el Teclado y  voz, Víctor Gallegos y Alberto Castel en las Guitarras, Eunice Pérez en el bajo y Enrico Pugliese en la Batería.

Con tan solo dos años de carrera artística e innumerables cambios en sus integrantes, Araziel ha protagonizados varios eventos de importancia en su ciudad natal: El festival “Rock in Poz” en el que ganaron el 2do Lugar y la segunda edición del “Guayana en Rock” donde compartieron tarima con las afamadas bandas nacionales “Lebronch” y “Viniloversus”.

Araziel además forma parte de un importante compilado de bandas de Puerto Ordaz llamado “Musicpoz” quienes se encargan de promover en forma conjunta el crecimiento del movimiento musical rock guayanés y proponer estrategias en pro de las bandas que lo conforman.

Hoy en día la Banda  se encarga de la promoción de su primer EP lanzado en el año 2011, el cual consta de 2 temas promocionales: “Araziel” y “Recuerdos” con los cuales han logrando la aceptación del público regional, logrando así crear una base solida para la conquista del público nacional.

Twitter: @arazielpoz

Myspace: www.myspace.com/arazielpoz

Reverbnation: www.reverbnation.com/Arazielpoz

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Donación presunta de órganos en Venezuela

Escrito por en Estado social, Mi opinión

Recientemente la Asamblea Nacional de Venezuela ha propuesto la modificación de la actual ley de trasplantes de órganos para instaurar el concepto de la donación presunta que nos convertiría a todos en donantes potenciales a menos que en vida hayamos manifestado nuestra oposición a serlo. Mi opinión al respecto:

 

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Hecho en Venezuela

Los argumentos a favor de esta medida se basan en aspectos emocionales a los que casi nadie puede ser indiferente: la solidaridad que debe existir entre seres humanos y la angustia de estar en una lista de espera para recibir un órgano y no morir en la espera (como, lamentablemente, suele ocurrir). Como seres humanos tenemos emociones, pero las leyes no deben basarse en la emocionalidad sino en la racionalidad, porque cuando dejamos que sean las emociones las que legislen se termina por instaurar un sistema de leyes que fluctuarán entre los altibajos emocionales de los legisladores (leyes que, con el tiempo, cuando las emociones se atemperen, no tendrán aplicación efectiva a menos que se impongan por la fuerza).

Cuando entramos al fondo del tema, empiezan a relucir aspectos preocupantes.

En primer lugar, ¿puede el Estado instaurar por ley la solidaridad y la ayuda entre los hombres? Cuando la solidaridad se decreta no es solidaridad, es obligatoriedad y cumplimiento y esto nada tiene que ver con sentimientos altruistas que busquen hacernos mejores seres humanos.

En segundo lugar, y lo que es más alarmante, es ¿podemos cederle al Estado la competencia sobre nosotros mismos? Lo preocupante, y hasta aterrador, de la donación presunta es que cada uno de nosotros naceríamos siendo propiedad del Estado a menos que decidamos «cedernos» a nosotros mismos «nuestra» propiedad.

Cada uno nacería con una etiqueta de Hecho en Venezuela. Productos para ser reciclados cuando perdamos nuestra utilidad original.

 

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«El cuerpo no te pertenece,

es sagrado porque es de Dios»

Me gustan los ejemplos simples y las comparaciones efectivas: ayer, mientras almorzaba en un restaurante equis, presencié la clásica escena de la adolescente regañada por su madre que acaba de descubrir que se hizo un tatuaje.

La madre, como casi siempre pasa, le recriminaba por haberse «deformado» un cuerpo que no le pertenece ya que «es sagrado porque es de Dios».

Paradójico resulta que ahora, un gobierno que se dice de izquierdas y progresista asuma el papel de la madre ofendida porque su hija cometa un «sacrilegio» con su integridad corporal divina. Este Gobierno (desde el aparato del Estado, aunque en la realidad de hoy Gobierno-Estado son la misma cosa) será quien decida qué podemos hacer cada uno con nuestros cuerpos.

El Gobierno-Estado pasa a ser Dios: no tienes decisión sobre tu cuerpo porque este no te pertenece, le pertenece a unos burócratas militares con complejo de Dios.

 

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Y ¿cómo preservaremos los órganos?

Vayamos a un aspecto práctico:

¿Podrá el Estado venezolano preservar tanto material orgánico cuando es manifiestamente incapaz de hacer frente a su eterna crisis hospitalaria y cuando ni siquiera puede mantener la principal morgue de Caracas a donde arroja sus muertos como animales sin honor hasta que se pudran (yo he ido a la morgue, y es todo lo peor que puedas imaginar de una película de terror)?

Porque en un país donde casi nadie se preocupa por hacer testamento, por renovar la cédula o el pasaporte, por legalizar sus partidas de nacimiento, y con un Estado enmarañado en su burocracia a lo Brazil de Terry Gilliam que te complica todo trámite, nadie se ocupará en decir: «No quiero ser donante». Además, ¿cómo manifestaremos nuestra oposición de ser donantes? ¿Ante un comité que nos juzgue como pésimos seres humanos y egoístas insalvables y nos ponga infinitud de trabas?

Ya lo imagino: Venezuela se convertirá en un gran mercado de órganos, con militares decidiendo los contratos y la vida de cada uno de nosotros. Sálvese quien pueda.

 

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Todos deberíamos ser donantes

Todos deberíamos ser donantes. Yo deseo ser donante, pero no porque me obliguen, sino porque creo que darle a otro la esperanza de vivir cuando yo haya dejado este mundo es la mejor disposición final que puedas firmar.

La solidaridad debe nacer de forma natural, debemos generar una conciencia de ayudar a quien más lo necesita que, en algún momento, podemos ser nosotros mismos. El Estado tiene que emprender campañas más efectivas para llevar la voluntad de ser donantes de manera más clara y sin apelar a la fuerza.

Por ejemplo, y teniendo un Gobierno antiestadounidense que siempre apela a lo que se hace o no en Estados Unidos para compararnos, en muchos estados de aquel país cuando te sacas la licencia de conducir (en la práctica, el documento de identidad de Estados Unidos) te preguntan si deseas ser donante o no.

Es lo más sensato: cuando en Venezuela te toque sacar o renovar un documento de identidad, así como te inscriben «voluntariamente» al Consejo Nacional Electoral (aunque seas abstencionista), te pregunten si quieres que a tu muerte haya la posibilidad de que tus órganos sean donados.

Que se fomenten campañas sin inducir a nadie a que haga algo contra su voluntad y sin imponernos con la bota militar el amor al prójimo.

Un poco de cabeza y menos emocionalidad para legislar. La solidaridad entre los hombres nace voluntariamente, no a punta de leyes.

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Curando resfriados con eutanasia

La vida estúpida de Sebastián Arana, 7

Escrito por en La vida estúpida de Sebastián Arana

Alddin

Echa un vistazo a tu alrededor y entre gente común como tú no serás capaz de identificar a una acompañante y su cliente. Visten como tú, asisten a la misma universidad a la que vas tú, es el odontólogo que mete en tu boca las mismas manos que horas antes ató a una cama la chica que con frecuencia consigues comprando frutas en Automercados Plaza’s o paseando un pug carlino por el bulevar de El Cafetal. La imagen dista mucho de la puta de sexo indefinido parada en una gran avenida caraqueña iluminada por el anuncio de neón de un restaurante abierto las 24 horas al día. En la ciudad se mueven personas con vidas ocultas que sólo serán iluminadas cuando la casualidad te lleve a conseguirte con una antigua compañera de clases, con la hermana de un amigo, con la asesora del banco donde depositas tus ahorros. Y en momentos así asumes el papel de tu doble vida con la tenue sonrisa de la complicidad que da saberte parte del submundo del sexo comercial de lujo.

No conocía este submundo hasta que la empresa en la que trabajo me transfirió a su nueva sede en El Rosal. En los ratos de aburrimiento me asomo por la ventana de mi oficina y veo al frente el hotel Dallas. El estacionamiento se traga grandes carros que entran manejados discretamente por un cliente con una vida ajena a ese microcosmos del hotel: tienen esposas, son empresarios, son padres modelos, hermanos confiables, socios honestos, hijos con un gran futuro en una firma equis. Mujeres llegan en taxis y entran y salen a cada hora. Los rostros ya me son conocidos. Si te preguntas cómo son, es la chica que verías una noche de viernes en el San Ignacio. Cuento el número de veces y calculo las ganancias que tienen según los portales de acompañantes y superan los miles de bolívares a la semana. Ganan más de lo que tú puedas ganar al mes impregnándote de aroma de aceite de papas fritas en un McDonald’s, desvelándote hasta la madrugada en una agencia de diseño o en un turno de hospital, llenándote de polvo en una oficina o contando dinero como dependiente de una tienda, en un trabajo honrado. La honradez muchas veces viene en forma de esclavitud.

El director de la empresa me encuentra a veces mirando por la ventana. Me llama la atención con indignación, aunque es tan joven como yo su evangelismo militante lo envejece varias décadas, me dice que esas mujeres son esclavas y de inmediato cierra las persianas y me manda a trabajar. Se pregunta cómo hay hombres que gastan dinero en putas. Saco cuentas de una cita sin garantías de nada: una cena completa para dos en Bonsai Sushi: Bs. 240. Entradas al cine para ver el estreno de la semana en un cine de cualquier centro comercial, snacks, dos bebidas, antojos extras: Bs. 120. En menos de seis horas, Bs. 360. Si se queda contigo: habitación noche completa en un tiradero del eje El Rosal-Plaza Venezuela: Bs. 300. Desayuno al despertar en algún café de Los Palos Grandes: Bs. 140. En menos de 24 horas: Bs. 800. Multiplica esta cuenta por cuatro a cinco veces al mes que repetirás para impresionar a una persona que finalmente te dirá que no o si te dice que sí acarreará más gastos de pareja, sin contar en que terminarás esclavizado en tediosos compromisos, en ansiedades celosas, en escenas patéticas donde pierdes tu identidad individual.

Su identidad era lo que buscaba Valeria, pese a que nadie la conocía. Nunca le conté de mi transferencia a El Rosal (en realidad ni era mi amiga para estar contándole estas cosas; ahora que lo pienso, desde hace tiempo que me he vuelto un ermitaño, incluso la barba me cae por los lados de la cara y el cabello me empieza a cubrir los ojos para preocupación de mis jefes. ¿Te preguntabas por qué la transferencia? Allí la tienes: supongo que tarde o temprano me lanzarán a la calle, y no me interesa).

No me sorprendió entonces verla entrar de un momento a otro al hotel. Algo debía explicar la ostentación de que daba muestras últimamente. Fue entonces que me di cuenta de las llamadas que le hacía Sebastián y sus constantes salidas por las noches para visitarla. Sentí asco. La noche del accidente íbamos a «visitarla». Joder, qué cretino fui al no darme cuenta de estas cosas que pasaban ante mí. De hecho, Sebastián me comentaba con frecuencia que contrataba prostitutas las noches en que no quería ver a su novia. Yo simplemente lo tomaba como anécdotas para alardear de su masculinidad y no le prestaba atención a sus primeras señales de querer lanzarse al pozo de la estupidez. Me hablaba del poderío de pagar por sexo, de usar tu dinero para contratar el placer sin compromisos, de arrancarle al sexo su lado humano y de usar la bestialidad que habita en nosotros, su lado izquierdista se difuminaba cuando me hablaba de la salida con una puta de lujo llamada Roxanna a quien llevó a Puerto Azul un fin de semana que su novia estaba de viaje en Buenos Aires de donde le traería varias camisetas de fútbol y demás tonterías a su futuro esposo perfecto. Eran las semanas previas a que rompiera con Alejandra.

Valeria entraba y salía varias veces del hotel. Una tarde salí de mi oficina temprano para atender un caso legal (el divorcio de la mujer) e imagino que me vio. Me ignoró y entró con sus enormes tacones en la punta de unas piernas descubiertas por una falda corta. El sábado sonó mi teléfono y era ella que quería hablar conmigo. Ok, hablemos.

La cité, no sin malevolencia, en el McDonald’s de El Rosal que está de frente al Dallas. En cuanto llegó vestida con un aburrido conjunto verde felpa me dijo que ya sabía todo. Todo qué. Todo lo que vi de ella. Sí, me vio. Era evidente. Qué cosa. No te hagas el idiota. ¿Qué buscas con este trabajo? Entonces me dijo algo que no lo esperaba de ella: que buscaba su identidad. Mira a tu alrededor: todos queremos saber quiénes somos y qué queremos de diferente modo. No sólo Sebastián quería tener el control de las cosas. Tal vez, Sebastián era el controlado de la cosa. Y, efectivamente, lo era.

Valeria sin decírmelo me descubrió que en la búsqueda de ese poder de la independencia sexual Sebastián se había vuelto un adicto que gastaba miles de bolívares al mes pagando por servicios de chicas. Que el sexo pagado había dejado de ser un placer y se había vuelto en una conquista imposible de una satisfacción cada vez más reducida. Consume heroína y sabrás que mientras más acostumbrado estés a ella más te pincharás buscando llegar a una cima cada vez más inalcanzable. Esa era una estupidez que Sebastián no buscaba, sobre las manos del portentoso cazador que portaba un rifle había caído la trampa de la aparentemente ingenua presa que lo retenía envilecido por el sexo. Y ella, Valeria, mi «amiga» Valeria, poco le importaba. De hecho, disfrutaba con una maldad desconocida para mí el ser la droga que inyectaba en los brazos de incautos que creían que también controlaban la situación.

Le pregunté si disfrutaba lo que hacía, y me respondió que sí, que sentía el placer del poder, del dinero en sus manos, de los hombres de diferentes edades que perdían sus fuerzas con las manos envueltas en la cadera de Valeria mientras la penetraban una, dos o hasta cinco veces al día. Sin darte cuenta, ahora mira a tu alrededor y encuentras una ciudad completamente rendida a un súcubo adorablemente envuelto en un ordinario conjunto de felpa verde. La verdadera arma que te destruye es la que crees apuntar a los demás.

Entonces me dijo algo que no esperaba oír. Que lo último que supo de Sebastián era que estaba en algún estado del oriente del país como regente de un burdel de quinta categoría. Quizá alguna pensión en Margarita en la cual utilizaría su dominio del inglés y del francés para atender a una extensa clientela que llegaba más que por las playas por el turismo sexual de las famosas mujeres venezolanas. Que incluso había intentado introducir en el negocio a Dwuaylet. Mira a tu alrededor: la maldad se esconde en los ojos brillantes de una chica que hasta hace poco era alguien sensible al suicidio de un pobre diablo.

Sebastián convertido en un proxeneta. En el fondo me causaba risa. En su búsqueda de la degradación quería hundir a los demás en su vicio. En el fondo, tenía un sentido perverso de la lógica. Y qué querías contarme. Lo están buscando. Quién lo busca. Qué sé yo. Se habrá metido en problemas, pero hay gente de acá que me ha preguntado por él. Saben que lo conozco. ¿Lo matarán? No seas novelero. Entonces para qué me lo contaste. No lo sé, es tu amigo. Mira a tu alrededor: tus amigos son los que más cosas tienen que ocultarte, así que no confío en nadie. No confío en él, le dije, por decir algo. El teléfono de Valeria sonó varias veces mientras hablábamos. No atendió ninguna llamada.

De pronto la imaginé a Valeria como una heroína de historietas. Una heroína cocainómana ocasional que ante el mundo era una chica aburrida. Su otra identidad, la identidad que buscaba, tenía a una legión de seguidores. O de esclavos, da lo mismo. El decorado de la ciudad era el de una Ciudad Gótica donde yo era el único que no sabía que estábamos en una historieta. No lo sé, idioteces que pienso mientras al frente descubro a Valeria atendiendo por fin una llamada. Al parecer alguien la quiere en el Aladdin para las 4 pm. No me deja con la duda: ha llegado un empresario inglés y ella es la que habla su lengua de la agencia. Pago en dólares seguro. Le pregunto hasta cuándo trabajará en esto. Me dice que no lo sabe, hasta que sienta que perdió sus facultades como los superhéroes retirados de Watchmen, y se ríe. No recuerdo haberle comentado mis comparaciones con superhéroes y me siento extraño. El mundo es diferente a partir de ese momento. Antes de irse me anota en una servilleta su otro número que hasta ese momento no existía para mí. Un mundo colisiona con otro. La Valeria que conozco se funde con la otra Valeria y yo sigo estando ajeno a este mundo y cualquier otro. Echa un vistazo a tu alrededor y entre la gente que conoces nunca sabrás quién eres tú para ellos.

Video: Dermis Tatú – El chillido de los taxis

Escrito por en Rock venezolano
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Hay canciones que terminan por definir esa vaga imagen que te has ido creando de tu tiempo y de tu ciudad, sembrando tu gusto por una banda. Es la canción definitiva, es la banda que a partir de ese momento inesperado sabes que se consagrará como de culto. Eran mediados de los noventa cuando empecé a oír El chillido de los taxis en la programación habitual de Rockadencia.

Rockadencia, Aldea Global, El hueco, eran tres programas radiales que sonaban al caer la alta noche y que tenías que seguir con religiosidad si te gustaba esa música que en Venezuela todavía era algo underground y de bichos raros. Eras un niño que mientras oías estos programas sabías que allá afuera la gente se batía hasta el amanecer en locales como Doors o Rockatanga, sabías que había una ciudad llena de luces de neón y que los taxis cruzaban enfurecidos la ciudad.

Esa imagen de una ciudad soñada cobró forma en El chillido de los taxis, y Dermis Tatú se convirtió, al menos para mí, en la banda que definió aquella noche caraqueña a la que muchos llegamos tarde, cuando la fiesta había terminado y la ciudad que conocimos fue la violenta y paranoica en la que todavía vivimos hoy (y no sabemos hasta cuándo).

Un restaurante. En la mesa de al lado, se sientan un chico y una chica en sus veinte años. El chico la está conociendo porque alguien se la presentó recientemente. Y de esto me enteré porque el chico hablaba a gritos, se reía a gritos y soltaba groserías a gritos. Desde mi mesa veía la cara de horror de la chica, de lo cual el chico (niñato al fin) no se daba cuenta. Era tosco a más no poder, sus modales quedaron enterrados junto con lo poco que debió haber aprendido en el colegio y golpeaba los cubiertos contra el plato. Todo esto viene por un motivo: no es la primera persona que veo que actúa así. Como que cada vez más son las personas que han olvidado la importancia de hablar bien ante otra persona, de tener buenas maneras sin llegar a verse afectado, en ser cortés. Lamentablemente, esos detalles se van perdiendo y la costumbre ahora es lucir mal educado y poco inteligente. En este caso, la chica le miraba con horror. Pero he visto reacciones opuestas: de ver personas que ven en la vulgaridad algo divertido. No lo sé, nací en otra época, en la mía todavía la gente se fija en los detalles, es ceremoniosa sin llegar a verse falsa y sabe dirigirse a los demás. En fin. (3)

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