La vida estúpida de Sebastián Arana, 8

Escrito por en La vida estúpida de Sebastián Arana

Ikurriña

Una noche de diciembre de 1983 nace, en medio de circunstancias que impedirán demostraciones de afecto, el tercer hijo de los Arana-Sabaleta. Su padre es Ignacio Arana, hombre temperamental y poco dado a la palabra que, sin embargo, demuestra en ocasiones una sensibilidad utópica y un gusto por las bellas artes que le hace recibir entre sus amigos el apodo que terminaría por aceptar de La Bestia Noble. Es dueño por azar junto con su hermano Iñaki de una pescadería en el este de Caracas, hijo de exiliados vascos que luego de errores de trámite terminan calando en el puerto de La Guaira en lugar de Veracruz, financista activo del Movimiento Al Socialismo y que se encuentra, al momento del nacimiento del niño, maldiciendo la reciente derrota electoral de Teodoro Petkoff en el café El Papagayo.

Es el único al parecer, entre un informal comando de campaña compuesto por cineastas, artistas y otros intelectuales que tienen en común el no contar ninguno con obra conocida (y quienes recorrieron en motos media Caracas lanzando panfletos que alertaban sobre el peligro inminente de un gobierno de ultraderecha católica que abriría la puerta a una nueva diáspora española compuesta esta vez por elementos franquistas y nacionalcatolicistas opuestos a la Transición), que creía que la victoria era posible. Por eso su hijo se llamaría Teodoro. El calor de la derrota y las cervezas de más ocasionan una discusión con algunos militantes de base del partido que le acusan de arribista, de apoyar veladamente al traidor de José Vicente Rangel, de timador y de extranjero capitalista sin conciencia nacional, y un tal Evaristo Gómez, en el momento más acalorado, deja relucir una Beretta 92 que conduce a que entre el grupo se desenfunden otras armas de fuego y cuchillos. La discusión, que tiene todas las de terminar en escandalosa tragedia, culmina silenciada en el anecdotario izquierdista caraqueño con la irrupción de un comando conjunto de la PTJ y la Metropolitana que en un operativo de profilaxis social arresta a todos por igual y los hace pasar la noche en los sótanos de un centro de detención ilegal en San Agustín del Sur.

Un mes después de traslados por diferentes prisiones, la sombra de Ignacio Arana aparece en la quinta familiar en la 4ta Transversal de Montecristo que heredó de sus padres y al ver al niño en la cuna ya sabe que no se llamará Teodoro. Ignacio es un hombre nuevo. Los días de detención, y una buena dosis de palizas tanto de policías como de antiguos compañeros de partido, quebrantan su ímpetu revolucionario y ahora critica a estos últimos por ser una pila de ñángaras ociosos, sin futuro y sin conciencia de qué quieren.

Donde antes se apilaban las doctrinas revisionistas de Eduard Bernstein y el cuestionamiento hacia la lucha armada ahora florecen las vagas enseñanzas del nacionalismo vasco que oyó de sus padres. Se descubre a sí mismo como un abertzale, habla con su hermano de fundar la primera célula de Herri Batasuna en Venezuela junto con otros exiliados vascos (el grupo finalmente se convertiría en un equipo de pelota vasca sin interés en la política), se cree pariente lejano de Sabino Arana en sus fantasías de gestas heroicas que sólo comparte consigo mismo en la soledad de sus pensamientos, ya que desconfía ahora de su mujer, Leire, quien se opone rotundamente a que el niño se llame Donostia. Tiene que intervenir Iñaki para persuadir a su hermano del inconveniente de bautizar a un niño con ese nombre en un país caribeño. ¿Bautizar? Ignacio Arana se sorprende por el nuevo catolicismo de su hermano y lo repudia y el negocio de la pescadería se fractura. Nadie sabe, sin embargo, qué motivó la concesión ante el despreciable reino español y en lugar de Donostia el niño termina por llamarse Sebastián.

Los primeros años de Sebastián Arana transcurren en la placidez de un hogar donde el padre está involucrado en la política imaginaria independentista vasca en Venezuela y con los negocios familiares que sin embargo son bien llevados por la madre. La partición de la pescadería lleva a la fundación de un automercado que prosperaría con los años. Estudia junto con sus dos hermanos mayores, Ignacio José y Jon, en el colegio San Ignacio de Loyola. Es buen estudiante, practica fútbol y noviazgos no le faltan. Junto con sus hermanos y su madre viaja por todo el país en diferentes vacaciones y cuando no hay más lugar que conocer su pasaporte se empieza a llenar de sellos de ciudades latinoamericanas y europeas. No llega a visitar nunca España mientras vive su padre, cada vez más radicalizado y que le inculca al niño, que nació durante su renacimiento nacionalista, toda su ideología compuesta de disparates y consignas en euskera. El niño no entiende nada. Pero desarrolla cierto aire de rebeldía, de desprecio a las normas, que le traerían problemas al alcanzar la adolescencia. Es lector voraz de Goethe, su manejo del francés le permite leer a medias a los simbolistas y entiende en perfecto inglés a Shelley, Keats y sus primeros pasos en la escritura los da imitando a Walter Scott, llegando a comparar a los pobres escoceses con los «pobres vascos» de los que habla su padre (él nunca se sintió, valga decir, vasco, sino profundamente de ninguna parte). Los curas tratan de corregirlo, Sebastián se involucra en un grupo de anarquistas punketos del Country Club, iguales a él: con mucho dinero para consumir todo lo que la contracultura le ofrece a principios de los noventa. Asiste a conciertos en el Poliedro, mira en vivo a Charly García, a Andrés Calamaro, dice que Soda Stereo le aburre y que prefiere ahorrar para ver a The Cure cuando vengan, acude a ver a Guns N’ Roses disfrazado de Slash, no falta a los conciertos en Bellas Artes y Café Rajatabla de 4to Reich y Dermis Tatú más adelante y empieza a considerar el rock como salvación de su vida. De regalo pide una Fender Stratocaster cuyos primeros acordes los da con temas de Metallica y Pearl Jam. Un hecho impide que forme la banda que tenía en mente: la muerte de su padre.

Ignacio Arana fallece en un accidente de tránsito de camino a Puerto Cabello para buscar unos equipos de refrigeración para su cadena de supermercados. Pierde el control de su Ford Blazer, se habla de que iba ebrio, pero esto nunca se confirma. El hecho genera una conmoción en el mundillo de la izquierda venezolana. El antiguo compañero es rehabilitado. José Vicente Rangel publica un conmovedor artículo en El Universal titulado La nobleza del Vasco. Jorge Olavarría, en cambio, induce a creer en la teoría de la vendetta política, unos hablan de la participación de La Bestia Noble en los golpes de Estado de 1992 (El Vasco, en nombre código), nadie puede confirmarlo tampoco. No importa. Falleció y es enterrado en el Cementerio General del Sur, como buen revolucionario. La tragedia causa una crisis familiar. Leire no quiere saber nada de la quinta en Montecristo. La vende y compra una quinta de dos pisos en Santa Eduvigis y se vuelve sobreprotectora con sus tres hijos. Los mayores ya empiezan los estudios universitarios. Sebastián pierde el toque de rebeldía y se apoya en la literatura con aire meditabundo. Gana el perdón de los curas, pero otros sugieren que sigue en malos pasos: vende drogas en el colegio. Esta vez nadie quiso confirmarlo. Empieza a escribir y posteriormente inicia estudios en Derecho.

Es un buen estudiante en la Universidad Católica Andrés Bello, su tesis sobre aspectos de la crisis carcelaria es alabada por Luis Ugalde, S. J., quien lo califica como «joven con un futuro gustoso para el bien del país». Concluye sus estudios y como no tiene nada que hacer ingresa en Letras. Los años de estudios los combina con viajes, con idas a la playa y novias hermosas hasta que conoce a Alejandra, hija de un hombre millonario de pasado dudoso, con quien se compromete en matrimonio. El futuro parece hecho a la medida de esta pareja inteligente y hermosa. Por debajo, Sebastián no deja sus conquistas. Es mujeriego y asiste a fiestas en las que apuesta con sus amigos a ver quien consigue llevarse a la cama a determinada chica. Publica con la editorial universitaria un poemario titulado El albor de mis raíces, que pasa sin pena ni gloria. Ingresa a diferentes talleres literarios en el Celarg y en Monte Ávila. Sus cuentos tratan sobre la vida en la ciudad y no despiertan gran emoción. Su vida empieza a volverse aburrida cuando por intermediación de su tío Iñaki consigue un trabajo en una multinacional de abogados. Se habla de que pronto montará su propio bufete. Un hecho sin embargo ocurre y de pronto cambia de actitud.

Nadie sabe a qué se debe su vuelta a los malos pasos. Renuncia al bufete en circunstancias bochornosas: reenvía por correo electrónico información confidencial a bufetes rivales e insulta a su jefe de manera oprobiosa. Rompe con la novia y funde el anillo de compromiso. Empieza a salir con una chica de dieciocho años que vive en Petare de nombre impronunciable. Sus apariciones en círculos de amigos son cada vez más escasas y cuando lo hace no deja de mostrar una conducta errática. Unos afirman que perdió la razón. Otros, que sufre una crisis de los treinta. La vida de Sebastián Arana parece imparablemente dirigida al desastre luego de que sufre un accidente de tránsito. El amigo que le acompañaba sugiere que fue un accidente intencionado. De pronto ese accidente marca un punto de no retorno: Sebastián Arana desaparece. Su madre, en una crisis de nervios, niega que el hijo menor se haya marchado. Según ella, está dedicado a nuevos estudios. Ignacio José y Jon no saben nada de su hermano. Tampoco les interesa saber. El mundo alrededor de Sebastián parece colapsar. Uno de los últimos amigos que le frecuentan se arroja desde un apartamento de Santa Eduvigis y la policía trata de ubicarlo en vano. Sebastián se ha ido. Su nueva novia se ha ido, suponen que con él. La joven promesa termina en la clandestinidad de la misma manera como antaño lo hicieron los mejores amigos de su padre en los peores años de la lucha guerrillera que financió. No hay quien falte que diga que su hijo ha decidido ir más allá de los pasos que dio su padre: aseguran que está formando un grupo terrorista. Los que estudiaron con él en el colegio señalan que este grupo tendrá tendencias nacionalistas propias de la familia, seguro que se cree un salvador de patrias, dicen, los amigos de su padre que se enteran de su desaparición no se decantan por señalar si su grupo tenderá a la derecha o a la izquierda, dicen, en Sebastián Arana todo es imprevisible y hasta cierto punto volátil. Otros, sus allegados, se ríen de estas versiones y señalan el desinterés guerrerista de Sebastián, creen que se fue de juerga total. Pasan meses y aún no sabemos nada de Sebastián Arana.

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Este blog cumple seis años en línea. Me sorprende mi constancia. Los blogs ya no son como antes. Las redes sociales contribuyeron a disminuir la cantidad y a bajar la calidad de los pocos que aún se mantienen regularmente actualizados. Creo que esta tendencia se irá marcando hasta que llegue el día en que los blogs terminen siendo fagocitados por un estado de Facebook o Twitter. El panorama no es alentador. Hemos sacrificado contenido por inmediatez. Las personas ya no pierden tiempo leyendo una entrada de más de 2.000 caracteres cuando hemos disminuido nuestro pensamiento a sólo 140. Sólo mi terquedad me mantiene, a pesar de perder dinero pagando el hosting. Y seguiré perdiendo los pocos dólares que nos Cadivi por un tiempo más. No creo que la era de los blogs regrese renovada. Pero igual, siempre he pertenecido a otro tiempo. (2)

Caracas Underground (1996)

Escrito por en Asides, Rock venezolano

Sí, estoy estancado musicalmente en los noventa. Creo que esta nostalgia musical afecta a cada generación que, pasada la adolescencia, vuelve su atención hacia aquellas bandas y discos que definieron ese tiempo. Le pasa a mi padre cuando habla de los Rolling Stones o The Beatles, a mi hermano cuando lo oyes intentar sacar en su Stratocaster temas de Iron Maiden o Judas Priest. Me pasa ahora mí cuando fastidio hasta el cansancio con Nirvana o Dermis Tatú. Y no es que precisamente no oiga música actual. Lo hago, me gusta, pero si le dedicas un poco de atención notarás que bandas como Franz Ferdinand, The Strokes o Interpol también miran hacia sus raíces.

Hoy miro hacia el pasado y consigo uno de aquellos discos que definieron una intentona de movida en una época de intentonas de todo: de crear un estilo, de definir un género, de inventar un país que hasta ahora no tiene identidad y que sigue naufragando en esa búsqueda de lo que queremos ser. En el fondo, Venezuela nunca ha dejado de ser un país adolescente. Tal vez por ello tengo tan presente la música que me acompañó en mi adolescencia, tal vez nunca hemos salido de esa etapa, y por eso quiero que escuches esta rareza de disco que reunió temas de La Leche, La Puta Eléctrica, LaMuyBestiaPop y 4to Reich en un solo álbum, un álbum que dudo que ya se consiga, Caracas Underground (1996).


  1. Dispositivo rítmico – Fidel Rodríguez
  2. Supositorio social – Farándula Popular
  3. El Sapo – Farándula Popular
  4. Pupú – La Puta Eléctrica
  5. Pasaje Zingg – La Puta Eléctrica
  6. Sur-Fin – La Puta Eléctrica
  7. Suet – La Puta Eléctrica
  8. Carnaval – La Leche
  9. Cangrejo – La Leche
  10. Amortiguar – La Leche
  11. Vuelve – Pacífica
  12. Veneno – Pacífica
  13. Help-X – LaMuyBestiaPop
  14. Nunca – 4to. Reich
  15. Soy feliz – 4to. Reich
  16. Rozando – Fauna Crepuscular
  17. Vivir en esta ciudad – Fauna Crepuscular
  18. Calle luna, calle sol – Sinsaye De Venezuela
  19. La Isla del Tesoro – Alban Arthuan

Las armas no matan, matan los hombres

Escrito por en Estado de política, Estado social

El planeta de los simios

Cuando hace años unos estudiantes sometidos a bullying se creyeron reencarnaciones del trastornado John Rambo y entraron a una escuela de un pueblo de Colorado para saldar deudas, saltaron las alarmas en Estados Unidos. El país de la segunda enmienda a la Constitución (la que permite el uso de armas, aunque con ambigüedades) entraba en shock y ante la consternación muchos señalaron como influencia de la masacre a la música de Marilyn Manson. Los más sensatos, o en otras palabras, los que nunca tienen la razón para la mayoría, señalaron como responsable esa facilidad con la cual unos niñatos enloquecidos podían conseguir armas. Pero en defensa de las armas salió una organización muy poderosa, vocera autodesignada de la América profunda, la National Rifle Association, cuya campaña en favor del uso festivo de las armas de fuego llevó a que repitieran, allí donde les pusieran un micrófono por delante, la frase:

Las armas no matan, matan los hombres

Los sensatos, los que siempre llevan las de perder, lanzaron una no menos ingeniosa réplica a esa frase, que decía:

Pero las armas no mueren, mueren los hombres

Esto en Estados Unidos, un país cuya influencia cultural es capaz de convertir en noticia mundial lo que en países como el nuestro ya es casi cotidiano: la fiesta de la violencia. Y esto indigna. Indigna tener que resignarse a ver morir a muchos venezolanos sin que salten las alarmas que nos llamen a la reflexión sobre la violencia en nuestro país. A diferencia de Estados Unidos, donde la violencia tiene mucho que ver con muchas armas en manos de muchos locos (desde ciudadanos hasta su Gobierno), en nuestro país el problema es de otra índole.

El problema en Venezuela es que rige la ley del más fuerte. La ley de las armas. La ley de la violencia. El acabose de país. Ciérrense las escuelas y repártanse garrotes para acabar a golpes lo que sería perder el tiempo solventando una discusión con palabras moderadas. Yo sigo pensando que este país no se cambia cambiando un presidente: muchas veces pienso que estamos jodidos. Que la violencia extrema (y su justificación por parte de muchos sectores del país) es parte del ADN de la mayoría de venezolanos. Por ejemplo, en un barrio se descubre un violador y los vecinos piden que se le linche. Nadie cree en la justicia, y la culpa la tiene el propio sistema de justicia. La policía no es de fiar porque cuando nos detiene un oficial de inmediato queremos sobornarlo. Y si te lleva preso, luego saldrá alguien a quejarse de tu infinita idiotez por no sobornarlo. Cuando un niño le dice a su padre que en la escuela alguien está burlándose de él, el papá le pega al hijo por gafo y le exige que vuelva a la escuela y le pegue más fuerte (volvemos a los chicos con complejo de John Rambo). La violencia genera más violencia y Venezuela ha caído en un ciclo imparable de autodestrucción.

Hace rato presencié algo que me motivó a escribir estas líneas de indignación: en un tren del Metro de Caracas, un señor mayor, con bastón, cuyas piernas flacas y torcidas apenas podían contener el peso del resto de su voluminoso cuerpo sentado en un puesto azul para ancianos, mujeres embarazadas y discapacitados, trató de resolver una discusión con un joven sacando una pistola y apuntándole a la cara.

Luego de pasar la conmoción cuando sacaron a regañadientes del vagón a este señor, un niño como de quince años se reía a mi lado, no sé si para frivolizar sobre una situación que nos puso tenso a todos (pero sea como fuere revelaba el pensamiento de muchos): decía que hubiese sido a él a quien le apuntaban, le daba un coñazo al viejo y le robaba la pistola. Generación podrida. País sin rumbo.

(No estoy en contra del porte de armas, de hecho considero que una ley de desarme es una de las mayores idioteces que se pueden pedir (porque se acabaría con la venta legal de armas mientras se fomentaría el tráfico ilegal de las mismas, dándole más poder a los malandros), pero es evidente que en este país enloquecido debería haber un control estricto. Una evaluación de antecedentes, de condiciones psicológicas. Pero estamos en Venezuela, si vemos como normal pagar por sacar una licencia de conducir por qué no pagar por sacar una licencia para portar armas.)

A veces uno piensa que no hay solución. Que hacen falta muchas generaciones de venezolanos para que salga una libre de violencia, así como deben pasar muchas generaciones para que las víctimas de Chernobyl se descontaminen.

El título de esta entrada no es casual. Charlton Heston fue presidente de la National Rifle Association. El fue el actor de la clásica El planeta de los simios, y como sobre las ruinas de la antigua ciudad de Nueva York gritaba:

¡Malditos, lo hicieron, malditos!

yo digo:

¡Malditos, lo hicieron, jodieron a Venezuela!

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