Archivos para noviembre, 2011

Escrito por en Estado de política, Estado social

Diego Arriba - Corte Internacional de Justicia

Hoy el precandidato presidencial Diego Arria introduce una demanda directa contra Hugo Chávez y algunos de sus colaboradores en el Tribunal de La Haya. Leyendo la declaración del demandante queda claro que esta acción tiene una intencionalidad política [en minúsculas], lo cual termina por asemejarlo al chavismo en ese intento por judicializar la política venezolana (mientras Arria va a tribunales internacionales para demandar a Chávez, los chavistas llevan a los tribunales nacionales a dirigentes de oposición).

Más allá de sospechar que esta demanda quedará en nada, lo preocupante es que esta acción podría obstaculizar las aspiraciones de los que queremos un cambio de Gobierno de manera pacífica, democrática, electoral y Política [en mayúsculas], ya que quien ahora detenta sin muchos escrúpulos todo el poder con menos razones lo entregaría tranquilamente cuando a cambio de abandonarlo se le ofrece la cárcel.

Si a Luis XVI se le hubiera puesto a elegir entre el poder absoluto o la guillotina, habría luchado a muerte por terminar su reinado con la cabeza puesta. La oposición venezolana no solo debe ganar las elecciones: debe hacer Política (y esta se hace lejos de los tribunales y en ocasiones amerita tomar decisiones incómodas).


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Instituciones de la Revolución bolivariana

Las instituciones del Estado venezolano están controladas por el partido de Gobierno. Y quien no quiera aceptar esto es porque se tapa los ojos con las manos (teñidas de rojo).

En lugar de servir de manera imparcial a los intereses del Estado (como cuerpo que representa a toda la colectividad nacional, sin distinciones políticas), las instituciones de Venezuela se han pervertido de tal manera que ya ni muestran pudor en ocultar sus simpatías políticas hacia ese pastiche que se llama Revolución bolivariana (ejemplos: las fuerzas armadas responden al presidente, la actual fiscal general de la República, antes de serlo, se jactaba de estar con el proceso ante sus alumnos cuando era profesora de mi Facultad, la página web de la Asamblea Nacional tiene una simbología y noticias de actos proselitistas propios del PSUV, la Controlaría y la Defensoría están dirigidas por antiguos militantes del partido de Gobierno, el TSJ se amplió para darle cabida a magistrados que no se sonrojan al corear las consignas del chavismo cual magistrados del horror de la Alemania nazi).

Es extensa la lista de las instituciones venezolanas que se han quitado la etiqueta de «Estado» para ser apéndices del partido de Gobierno, actuando en beneficio exclusivo del Gobierno.


2

Un poco de sentido común: es momento de la Política

 

Quien tiene el poder absoluto no lo suelta… a menos que se le ofrezca algo a cambio. Para los gobiernos no democráticos el poder no es un medio para conseguir un fin; es un fin en sí mismo (1984, Orwell), y para lograrlo desmotan los contrapesos del Estado (las instituciones).

Entonces, quitando un momento la visceralidad e indignación que provoca ese control enfermizo que hace el partido de Gobierno de las instituciones del Estado y las medidas abusivas que toman para favorecer sus intereses:

¿Cree usted sinceramente que un Gobierno que lo tiene todo va a soltarlo así, de buenas a primeras, solo porque se lo pida la oposición (así gane las elecciones)?

Si su respuesta es «sí» o «sí, y además ¡hay que llevarlos presos a todos!», es porque también se tapa los ojos (con ingenuidad). Hemos llegado a un punto de perversión del sistema tal que pensar en una transición democrática normal no es realista. Es allí cuando se deben dejar a un lado las tripas y darle paso a la cabeza. Es momento de la Política.


3

Las transiciones son negociaciones en las que todos deben ceder algo

 

La oposición venezolana debería aprender de dos transiciones que, en su momento, fueron criticadas por considerarlas como blandas y continuadoras del régimen anterior: la transición española y la transición chilena. En ambos casos, las fuerzas democráticas (y también, las no tantas) debieron sentarse en la misma mesa con los represores (salvando las distancias entre estos últimos y el actual Gobierno venezolano, aquellos eran Represores [con mayúscula], que mataban y desaparecían, algo que dificultaba más la situación de quienes debían sentarse del otro lado de la mesa, que no sabían si luego les esperaba el garrote vil o el exilio).

En estos dos casos se utilizó la Política y no la justicia ni la fuerza bruta: ambas partes negociaron, ambas partes cedieron en muchas de sus pretensiones, pero en todo caso la oposición siempre aceptó una realidad: que estaba negociando contra un Régimen todopoderoso que controlaba las instituciones y las armas, y como tal estaba en condiciones de inferioridad: los demócratas españoles aceptaron a regañadientes la monarquía, la bandera, las instituciones heredaras del franquismo; en Chile fueron más allá y aceptaron la constitución de Pinochet y que él siguiera como comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y luego como senador.

En la actualidad, nadie cuestiona el carácter profundamente democrático de España o Chile.


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Los errores de Arria y la Venezuela postchavista

 

El error de Diego Arria es querer judicializar la política venezolana en instancias internacionales. Esto no es nuevo: lo hace el chavismo en Venezuela.

El error de Arria es amenazar a los que por ahora tienen el poder con llevarlos a la cárcel cuando lo abandonen. Y en estas circunstancias, ¿cree usted que quien tiene todo cambiará esto por la cárcel?

El error de Arria es darle al chavismo dirigente una excusa para asustar al chavismo de base diciéndoles: «Nos van a meter presos si dejamos el poder, por ende no debemos dejar que nos lo arrebaten».

El error de Arria es comparar al régimen de Chávez con los de Gadafi, Hussein o Castro (y con lo terrible que ha sido para Venezuela, las distancias que separan a este régimen de aquellas auténticas tiranías son enormes).

El error de Arria es creer que habrá un bloqueo contra el gobierno de Venezuela.

El error de Arria es, por último, regalarle al chavismo otra excusa para se aferre al poder y, por lo tanto, cierre más las salidas políticas a la oposición.

Más allá de si la demanda de Arria tiene peso o no para ser considerada, la Venezuela postchavista no se puede ir estableciendo bajo la amenaza de una retaliación político-judicial, la Venezuela postchavista se debe ir moldeando con Política, aceptando de malas que se deberá negociar con las mismas instituciones chavistas para que estas faciliten el tránsito hacia un nuevo gobierno y ello implica aceptar que del otro lado de la mesa habrá un movimiento (con sus dirigentes, nos gusten o no) al que se le deberá respetar y garantizar sus derechos de participación en la política nacional, todo esto con un solo fin: el cambio político de manera pacífica, democrática y electoral. Cuando se intenta confundir la política con la justicia, las dos pierden y con ello perdemos todos.

Escrito por en Relatos

Luz roja

Últimos minutos de la jornada.

Ella se aleja un momento, el celular recién guardado en una gaveta del escritorio, recorre la oficina, por último sale, cruza la calle (que a esa hora empieza a congestionarse), da pasos cada vez más largos para ampliar la distancia que la separa del celular, desea que los minutos de ausencia inventen una sorpresa.

Al volver desea encontrar la luz roja que indique alguna actividad, alguna llamada perdida, algún mensaje que organice de manera inesperada una noche hasta ese momento igual que las otras noches, se para en la acera opuesta, guarda sus manos en los bolsillos del pantalón, mira rostros conocidos de los otros días vaciar enormes edificios de oficinas, encontrarse a las puertas con sus parejas, reír con una rutina que ella ambiciona, amigos estrecharse la mano para irse a tomar unas cervezas o ver el juego en algún bar cercano, personas cansadas que desean llegar a casa temprano para abrazar una mascota, deja que siga el tiempo como si extendiera el plazo para que invente una sorpresa, como si le concediera una oportunidad para que lo haga, espera un motivo para no quedarse sentada en alguna plaza hasta que el sueño la obligue a caminar hasta su casa y dormir como otra noche y esperar que el despertador le abra otro día ya escrito con anterioridad y ver al lado de su cama el aparato sin señales de actividad, cruza la calle de regreso, no tiene grandes expectativas, es la rutina que repite cada jornada, imagina conseguir el teléfono tal como lo dejó, sin vida como lo ha estado durante todo el día, esto no la sorprendería tanto como llegar a la oficina y no abrir la gaveta.

Dejar el aparato allí, sin examinarlo, sin darle el privilegio de reprocharle su soledad, sus ansías y su cada vez mayor ausencia de sorpresa. Sube, recoge su cartera, pasa la llave a la gaveta y, a diferencia de los otros días, este no le da la victoria al aparato.

Tema que faltó en el debate de precandidatos de oposición » El aborto. El complejo tema del aborto se suele plantear con una pregunta muy simple que no acepta matices: «¿Está usted a favor o en contra de legalizar el aborto en Venezuela?» Esta es una pregunta directa, que cuestiona de manera personal a quien la recibe y, como tal, el interrogado tenderá a dar una respuesta condicionada por los valores y creencias con los cuales creció (y en un país muy conservador y religioso como el nuestro ya sabemos de antemano cuál será la respuesta de la mayoría). Pero las leyes no necesariamente se deben hacer para encajar con nuestro modo de ver la vida, sino para adaptarse a una realidad social. En otras palabras: algo a mí no me puede gustar, puedo considerarlo reprochable, pero ello no implica que para otras personas también lo sea. Pasa esto con el aborto: el aborto me parece una decisión cruda, pero esta es mi opinión y no se la puedo imponer a otra persona que en algún momento y dadas las circunstancias se vea en la necesidad de considerar esta opción. La realidad social es que el aborto, siendo ilegal en Venezuela, se practica, y se hace en condiciones de insalubridad que ponen en peligro a la mujer que se somete a esta intervención y a quien la realiza. Si no se ha legalizado aún es por el temor de los legisladores de perder el voto favorable del electorado. Es por esto que se debe empezar por cambiar consciencias, por entender que en lugar de tratar de imponer las creencias personales a los demás, y peor aun, de juzgar a quienes van en contra de ellas, se debería permitir que los demás puedan optar libremente por las decisiones que consideren adecuadas para ellos. Las campañas a favor de métodos anticonceptivos han resultado ineficaces, los embarazos no deseados destruyen vidas en el presente y en el futuro, el aborto ilegal condena a muchas mujeres a la muerte, por lo que en Venezuela es necesaria aprobar una legislación del aborto que garantice el libre acceso a las mujeres a un control de su natalidad en condiciones de salubridad e igualdad. (0)

Escrito por en La vida estúpida de Sebastián Arana

Grúas de Caracas

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La imagen de un Jhonny Rotten desilusionado al borde del escenario, de cuclillas, con la mirada en algún lugar indefinido del público. Suena «No Fun», versión de The Stooges. Sid Vicious se desliza al fondo y en su rostro hay quien quiere ver un fastidio como presagio de la fatalidad; poco tiempo después lo encontrarán muerto de una sobredosis tras el asesinato no aclarado de su novia en Nueva York. La «última» presentación formal de los Sex Pistols pasa a la historia por la frase de Rotten: «¿Habéis sentido alguna vez que os han estafado?»

Saúl mira una y otra vez este vídeo en su laptop. Se pasea por su casa envuelto en una bata y que en pocas horas será cambiada por una bolsa negra. Sin el brillo de Sid, pero de existir otra vida le complacerá saber que sí compartirá una muerte enigmática. Las últimas semanas las pasa encerrado en el apartamento, escribe reflexiones sobre Caracas que espera mandar a cualquier concurso, escribe sobre la vida en los hoteles y repite la frase: «Dormir en una cama de hotel es dormir varias vidas», manda cartas a Amaranta perdonándola pero que no reciben contestación, la chica vive una luna de miel con el fotógrafo con el que se fue, Saúl se considera un Jhonny Rotten desilusionado al borde de caer fuera del escenario. La falta de apetito presagia que ha llegado al límite en el que ya no hay nada más interesante que hurgar en la vida.

El teléfono suena una vez más: en la grabadora se marca el número que está evitando. La contestadora se activa y graba la voz de un hombre molesto, luego de decir que es la tercera vez que llama, suelta: «Tendré que pasar a verte». Fin de la grabación. Bosteza y se deja caer sobre el sofá, el sueño rápidamente acude borrarle la mente.

La primera vez que oyó esa voz fue en aquella reunión en la que Sebastián, minutos antes, le propuso un negocio. Habían salido a dar una vuelta a pie por La Hoyada. Era domingo por la tarde y las calles estaban vacías y el asfalto irradiaba calor y se creaban pequeños espejismos. La silueta de una grúa oxidada se marcaba por delante de un sol, círculo enorme y naranja, que empezaba a esconderse detrás de las montañas. Llevaba años allí, en medio de la construcción abandonada de algún proyecto fallido, entre la maleza que trepaba las paredes cubiertas de grafitis y los escombros, delineando el borde de una ciudad entonces teñida de crepúsculo. «Mira Caracas repleta de proyectos fallidos, le dice Sebastián a Saúl, hay quienes pierden su tiempo buscando una identidad de ciudad en una que no termina de construirse…», y entonces el timbre de su voz demostró aburrimiento y deseos de zanjar pronto la idea, «tengo algo que contarte»:

Mira la Avenida Fuerzas Armadas: las calles picadas para construir el carril exclusivo de una línea de autobús postergada. Época electoral, el alcalde se aprovecha de nuestra mala memoria colectiva y anuncia, seguido por las cámaras y los aplausos de la comunidad organizada, el “inicio” de las obras. Cuatro días después el calor del mediodía desorienta a un obrero cuyo martillo neumático se desvía de los límites demarcados en el pavimento y el ruido del martilleo se ahoga en el estrépito de cuando el piso bajo sus pies se desmorona. Un enorme boquete lo ha devorado. Compañeros acuden corriendo a observar el enorme cráter, pozo, bóveda o cueva prehistórica descubierta en mitad de una ciudad desacostumbrada a los hallazgos arqueológicos. Boquiabiertos, algunos; otros apuntan sus linternas hacia un fondo que se traga la luz como un agujero negro. No transcurren muchos minutos cuando el área está acordonada, camiones de bomberos trancan el tránsito y la policía aleja a los curiosos y le quita las cámaras a unos periodistas a los que se les obliga a decir que lo ocurrido no pasa de ser un lamentable accidente laboral. Sin saberlo, aquel desafortunado obrero había descubierto la estación fantasma de Fuerzas Armadas del Metro de Caracas.

Suele suceder que en las proyecciones de las obras de los subterráneos se planifiquen estaciones que finalmente nunca abrirán por diversos motivos. Cuando en los setenta se inician los trabajos de construcción del Metro de Caracas, sobre el mapa de una ciudad en pleno apogeo urbanístico se pusieron varias tachuelas. Cada una representaba una estación. Algunas fueron canceladas antes de iniciar su construcción, otras, como ésta, siguió un rumbo destinado a quedar bajo toneladas de burocracia y desvíos de fondos públicos. El escándalo fue tal que en las oficinas de las diferentes administraciones esta estación quedó desechada, abandonada y por último silenciada. Bueno, en realidad especulo. Quizá la verdad sea que nadie le prestó atención a esta obra ni se preocupó de la corrupción y así nuestra mala memoria hizo el resto. No convenía darle a conocer a los ciudadanos que bajo la ciudad por donde caminan a diario se mueven túneles de otra ciudad esperando ser habitada cuando el caos se apodere de la superficie. Sigo especulando.

Saúl seguía el paso por las calles del centro de Caracas. La última vez que estuvo por esa zona había llegado en bicicleta con su LOMO para tomar unas fotografías de los «lugares culturales de la vieja Caracas» que colgó en una página y que ninguno de sus amigos que las vio supo ubicar. De aquel voluntarioso Saúl no quedaba ni rastros. Se había vuelto un ser dócil, dejó de congregar gente en su casa y su aspecto era cada vez tan ruinoso como su salud: la tos le impedía mantener conversaciones largas y con frecuencia se quejaba de dolores musculares. Aun así, en las últimas semanas acompañaba a Sebastián a dónde éste le dijera y no dudó en embarcarse en aquella travesía que empezó en los sótanos de un local de reparación de electrodomésticos cercano a la iglesia de Sagrado Corazón de Jesús. En realidad, ahora soy yo quien especula.

En aquel momento Sebastián apuntó su linterna hacia el anden y las ratas se refugiaron en los rieles. «Un poco de limpieza basta», dijo, con una mueca irónica que pronto se transformó en el fastidio que últimamente guiaban sus palabras. Si Sebastián había dejado la comodidad de su casa en Santa Eduvigis el mejor lugar para continuar su camino hacia la estupidez era lejos del orden, lejos de la normalidad, lejos de la sociedad establecida: en el mundo subterráneo. En la extraña tranquilidad que le brindaba una estación fantasma del metro de Caracas. «Siéntete cómodo, S», dijo Sebastián, y se arrojó en un sofá que seguro arrastró una noche a su cueva desde de la basura superficial. «En minutos tendremos visitas».

Saúl miraba sorprendido, o mejor dicho, imagino que miraba sorprendido a lo largo de un andén apenas iluminado tal vez por velones o algún modo de iluminación primitivo que Sebastián había instalado. Pudo preguntarle cómo conoció aquel lugar, no lo sabemos con claridad, la historia que te cuento en este momento se filtra de una boca a otra y llega a mis oídos como el fino hilo de una voz que se apaga. Lo cierto es que estuvo allí. A partir de ese momento estaría allí otros días. En el mundo subterráneo de un Sebastián apoltronado en un sofá del cual salían resortes retorcidos, con una mirada de satisfacción como el rey de las tinieblas que pretendía ser, complacido de la suciedad del ambiente, de la humedad apenas recortada por algún ventilador industrial, de ese extraño territorio que había conquistado.

Se oyeron unos golpes al otro extremo del túnel. Imagino que Saúl se sobresaltó, que la luz de linterna que lo iluminó algún efecto de sorpresa habría tenido en él. Entonces oyó por primera la voz. Seguro esperó unas palabras que encajaran con el ambiente sombrío. Pero eran más bien saludos amigables de un hombre y una mujer que se acercaban con enormes zancadas. En ese momento Sebastián le propuso lo que luego me contaría Valeria. «Aumentemos el monto de la apuesta», y en seguida explicó que salir con Dwuasileth y con Yargulis, como hasta ahora ellos venían haciendo, era poco para descender, que si querían tocar fondo debían convertirse en explotadores y luego, eventualmente, ser explotados ellos, «en esta parte del juego entran Sumalla primero y luego el Oriente», dijo, encendiendo un cigarrillo, o imagino que lo encendió para darle rigidez a sus palabras. No siguió más: los visitantes ya estaban al lado.

Saúl despierta y consigue a su alcance la libreta en la cual anotaba las citas que le había programado a Yargulis para la semana siguiente: un cliente en Santa Fe, abogado conocido por haber defendido a un sindicalista famoso los meses posteriores al paro petrolero, al parecer encantado con los cabellos ensortijados de Yargulis; otro, un antiguo comediante de Radio Rochela venido a menos, que ahora se gana la vida haciendo stand-up de chistes babosos para un público desagradable que llena bares sórdidos de Sabana Grande y Chacaíto; otro, un ingeniero aeronáutico socio de una aerolínea de envíos que ya había invitado en un vuelo privado a Dwuasileth a Los Roques y que dejó que le tomara fotos durante el sexo que ella luego envió a Sebastián. Fotos porno que ahora decoraban lo que podía llamarse la habitación de Sebastián y que le servían a él para sentirse humillado: «La humillación nos quita la humanidad», decía, mirando las fotos de su novia con este amante, con otro, fotos que cuando salía a la superficie se encargaba de entrar a cibercafés para publicarlas en páginas caseras venezolanas.

En las páginas finales de la misma libreta estaban los nombres de otro tipo de clientes: un joven médico residente en el Periférico de Catia que se mantenía despierto durante las jornadas de fines se semana esnifando cocaína; un viejo profesor universitario de estudios internacionales de la UCV que se le veía rodeado de estudiantes en El Trompezón o en el Ling Nam de Los Chaguaramos con libros de Bakunin agujereados donde escondía piedritas de crack; una estudiante que encendía un porro para tragar sus estudios de ingeniería industrial en la UCAB. Clientes del más diverso estrato, en los puntos más distantes entre sí de la ciudad y siempre fieles.

Sebastián había notado la rentabilidad en el negocio, quería riesgo, quería más, quería subir el precio de la apuesta. Le había exigido a Saúl que no le respondiera más las llamadas a Oriente. Saúl camina por la casa, mira una vez más el vídeo de Jhonny Rotten en su laptop y ahora enciende la televisión: juego de la NBA. Alguien llama a la puerta. Imagino que creyó que era Sebastián, o que creía que era Sebastián. Especulo, seguro sabía quién era. Para sorprenderse hace falta un alma, él ya no la tenía, lo deja pasar, hay una discusión, finge que discute, el visitante enciende la radio para ocultar los gritos, los vecinos lo asumirán como otra noche de farras del hijo de la autora de autoayuda, llaman a la policía que desiste de ir, empiezan los forcejeos y llegan hasta el balcón. Un cuerpo que empuja a otro hacia el vacío. Jhonny Rotten, desilusionado, pregunta al público:

¿Habéis sentido alguna vez que os han estafado?

El vídeo se detiene y aparece la lista de sugerencias de Youtube. Nadie esa noche abrirá otro vídeo.