Final de temporada 2011

Escrito por en Microuno, Personales

Es momento de que le pongamos fin a esto por este año. Los lectores asiduos de este blog seguro han notado que esta ha sido una temporada floja, una de las de menos entradas publicadas en los últimos años. A pesar de que me embarqué en la publicación por partes de dos relatos extensos (La vida estúpida de Sebastián Arana, inconclusa, y El derrumbe), confieso que este año me he alejado un tanto del cuidado de Planeta en fuego; la razón de esto ha sido fundamentalmente de índole laboral. Lo cierto es que termina este año impar, que por alguna irracionalidad de las tantas mías que tengo los detesto, y entrando en la parte personal (como toda entrada de final de temporada) ha sido un año de mucha mayor calma que el pasado (que ya huele a lejanía). Quizá debería tener esa capacidad que tienen muchas personas para dar emotivos discursos por el año que termina; pero yo no soy así, y sería deshonesto. Simplemente les doy las gracias a las personas que han estado aquí conmigo, y a los lectores que caen eventualmente por esta página, por hacer de este proyecto la mayor constancia que tengo. Solo espero que el año par que viene sea interesante; ya nos volveremos a ver. Sean honestos, no se dejan ilusionar por la euforia del momento, traten de ver más allá del presente y pregúntense si lo que ahora hacen tiene las cualidades para ser recordado más adelante como una experiencia enriquecedora o tan solo como un vago instante. Sigan allí.

El derrumbe – Parte 7 (fin)

Escrito por en El derrumbe

El derrumbe - Álvaro Rafael

[Sábado, 12.45 am]

Suenan los primeros acordes de «Tótem». Quitando las groupies junto a la tarima, la guitarra perezosa de Alfonso no logra captar la atención del público que sigue dando vueltas por Discovery. Regresa la chica. Se ve terrible. El rímel le chorrea por las mejillas y una línea trémula de pintura labial rojo le recorre hasta la barbilla. El cabello pelirrojo, alborotado, le cubre la cara. Estira el brazo en señal de que no me acerque. Me dice que se siente mal, que ha bebido demasiado y que ha vomitado sobre sus Converse. Le pido que salgamos a respirar aire fresco y en su lugar me responde de mala gana que ha llamado para que la vengan a buscar.

—Esta es una noche muy especial para nosotros —dice Alfonso, desde la tarima, buscando conectar con el público bullicioso.

Quedo nuevamente solo en la multitud de Discovery. Miro a la chica sentada a la mesa, las dos manos sostienen su tambaleante cabeza y entonces se derrumba como una marioneta a la que le han cortado las cuerdas.

—Hemos pasado excelentes momentos en esta tarima —Alfonso, inquieto.

El público voltea buscando el origen del revuelo. Un guardia de seguridad se acerca y levanta a la chica por los hombros como si fuera de trapo. Me pregunta con voz golpeada si la conozco y le digo que estoy con ella.

—Y, así como en todos los momentos de la vida, ha llegado el momento de seguir. De crecer. De ver nuevos horizontes —Alfonso, conmovedor.

Inquieto en lo alto de la tarima, rasga las cuerdas de su guitarra, suelta de golpe:

—Bueno…, esta es la última presentación de Pionia en el país. La próxima semana iniciaremos un circuito de giras por España.

Un aplauso se escapa, luego otro, quizá uno más.

La chica, arrastrada por el guardia, se pierde a los dos o tres pasos y me encuentro flotando en un mar pantanoso. Es casi la 1 am y no tengo en dónde quedarme. Cojo el bolso que está a mis pies y salgo. En mi bolsillo encuentro la notificación de desalojo emitida por la alcaldía. La nota dice peligro inminente de derrumbe y me río porque esta ciudad tiene años en ruinas. Al principio eran leves temblores, de pronto todas las piezas que me constituían empezaron a desprenderse y me encontré despertándome cada mañana con un hueco nuevo que tapar.

Cruzo la avenida y me niego a voltear. No quiero volver a Discovery, no quiero sentir vértigo. A mis espaldas queda el lugar de tantas buenas noches, de momentos con mis amigos que han huido, de ilusiones que exterminé, de la noche en que conocí a Patricia y de las tantas otras que estuve con ella. Todo ahora descansa bajo enormes ruinas y yo quedé fuera. Me había convertido en un superviviente entre las ruinas cuando en su lugar debí haber quedar sepultado en medio de un ruidoso derrumbe.

Detengo un taxi en la esquina. El conductor se niega a pasar enfrente de mi edificio. Alega primero el peligro de la zona, luego habla de que la avenida está cerrada. Me deja una cuadra antes de mi edificio. La distancia me da oportunidad para planificar mi entrada. Lo mejor es entrar en silencio. Meto la mano en el bolso, consigo lo que busco y luego arrojo el bolso junto a una papelera. Soy un héroe silencioso, un héroe macabro, un héroe sin importancia para nadie. Y no me importa. Dentro de mí los escombros empiezan a mostrarse con una belleza inusitada. Entraría violentamente al edificio, luego me acostaría en mi cama, esperaría a que todo colapsara plácidamente.

La noche es fría y cae una llovizna. Una neblina se pega en mi ropa y a cada paso salpico sobre charcos de espeso barro. Unos pasos más, otros pasos. Las cintas que cercaban el edificio han ampliado su perímetro. Comprendo ahora que la neblina que me cubre me ha llenado de los residuos de lo único que me arraigaba a esta ciudad que detesto. La llovizna cobra fuerza y la ropa, empapada de esa mezcla de lluvia y partículas de cemento, empieza a resultarme muy pesada. Poco a poco me va hundiendo a pocos metros de llegar a tierra firme. Estoy siendo engullido por un mar pantanoso. Y ya no me interesa oponer resistencia.

Emancipación juvenil a la venezolana

Escrito por en Estado social, Microuno

En los países normales (que no es el caso de Venezuela) al llegar a determinada edad todo joven piensa en irse de la casa de los padres. Las motivaciones son diversas: ganas de formar una familia propia, de establecer sus propios vínculos sociales, de hacer una vida propia sin la guía de los padres, etc. Eso es en los países normales donde hay posibilidad de acceso a un mercado variado de viviendas con precios sensatos (ya sea de alquiler o venta) y con trabajos cuya remuneración sirve para asumir tales costos. En Venezuela, el precio del alquiler de una vivienda medianamente decente triplica el salario mínimo, si es que acaso se consigue y si es que se tiene la posibilidad de pagar todos los requisitos cada vez más inflados que te exigen, por ejemplo, el pago de cinco cuotas por adelantado (y, en las actuales condiciones, el mercado de alquiler es muy reducido). Uno se termina convirtiendo en un rehén de un canon de arrendamiento que te impide ahorrar para otras cosas. Ni hablar de comprarse una vivienda: a menos que tengas la fortuna de contar con una herencia o una familia generosa, hacerlo para alguien que ha decido vivir solo es casi una quimera. Son cada vez más las personas que van llegando a los treinta viviendo con sus padres y sin la menor intención de poner un pie fuera del nido. En fin, las razones que antes expuse son suficientes como para rechazar aventurarse a vivir una vida propia. Las experiencias personales (en mi caso, que decidí lanzarme fuera de casa de mis padres a temprana edad) alertan a cualquiera de mis conocidos de meterse en esto. La libertad cuesta, y cuesta mucho.

El derrumbe – Parte 6

Escrito por en El derrumbe

El derrumbe - Álvaro Rafael

[Viernes, 8.48 pm]

Vagué el resto del día sin nada que hacer. Irónicamente, para ese momento desfilaban uno tras otro los autobuses y me monté en uno. No me fijé en el destino. Era el final de la jornada y el autobús lo llenaban dos grupos que se creían separados por el largo pasillo. Unos eran obreros de la construcción que regresaban a sus casas luego de levantar edificios para familias que vivían felices segregadas del resto de la ciudad. Otros eran jóvenes con aspecto forzadamente emprendedor que sueñan con vivir algún día en aquellas construcciones nuevas, con tener un gran carro y jugar a cambiar el mundo o irse finalmente de este país. El agotamiento y la resignación a esta otra vida, la real, los unía en un resoplo que recorría todo el autobús y que para mí sonaba como la hermosa orquesta de la ruina.

En algún momento estuve sentado junto a los entusiastas. Tengo estudios universitarios, tengo [aún] techo propio, he viajado y también he querido comprarme las mismas cosas. Recuerdo que ahorré para comprarme un Palio usado y alejarme del caótico transporte urbano [para entrar al caótico mundo de las colas]. Con Patricia hicimos planes de viajar por todo el país. Incluso me dijo para recorrer toda Sudamérica. Nos reíamos de nuestros planes exagerados. Pero cuando por fin había reunido para la inicial y voy a la concesionaria encuentro que el precio se había cuadriplicado en menos de un año y el dinero ahorrado con mucho esfuerzo ya no valía para la inicial de nada.

El desánimo en el que Patricia y yo caímos lo compensamos rápidamente dándole una gustosa patada al porvenir. En la ilusión fugaz del ahora gastamos sin pensar en un mañana que seguro estaría mucho más devaluado que el presente. Con mi dinero y con el que ella contaba realizamos parte de los viajes alrededor del país y llenamos el minibar de mi apartamento con vinos y licores que aún esperan por ser terminados. Cuando una noche sin electricidad, acostados en mi cama, Patricia me contó que su padre tenía un piso entre la Gran Vía de les Corts Catalanes y Plaça d’Espanya ocupado eventualmente por un medio hermano que estudiaba en Valencia, no dudamos en irnos las semanas finales del año para terminar de olvidarnos del plan original que nunca fue.

Un viaje que le sirvió a ella para radicarse. Me dijo que ella no quería regresar, y no agregó nosotros. Yo no tenía nada que hacer en Barcelona y había asuntos que prometí resolver acá antes de regresar con ella. Cuando Patricia volvió sin avisar al país para concluir los suyos y despedirse entre lágrimas de sus amigos, no demostró interés en que volviera con ella. Se fue, otra vez sin avisar, aunque ya ella había demolido todo conmigo. Ahora que lo pienso ese viaje abrió una brecha irreparable de intereses opuestos. Nunca regresé, y desde entonces el dinero empezó una vez más a llenar mi cuenta bancaria con fondos destinados a devaluarse.

Luego de varias vueltas el autobús pasó frente a las puertas de Discovery. Me colgué el bolso de Mercadona al hombro y bajé. Me senté enfrente un par de horas a esperar a que abrieran. Entré y al cabo de unos minutos llegó hasta la mesa Alfonso y una amiga, me saludó sorprendido y me preguntó cómo estaba. «Supe que tu banda tocaría», le dije, me lo agradeció muy vanidoso y me dijo que tenía que darme una sorpresa sobre Pionia. «Te espero ver entre el público a la medianoche», me dijo luego, y saltó del taburete.

El derrumbe – Parte 5

Escrito por en El derrumbe

El derrumbe - Álvaro Rafael

[En algún momento]

Tenemos la mala costumbre de fingir sorpresa por la ocurrencia de los malos momentos como si no tuviéramos responsabilidad en ocasionarlos. Somos quienes contribuimos de manera consciente o no con ajar las paredes de nuestro hogar, los que precipitamos los derrumbes y los que luego decimos con incredulidad encima de los escombros que no sabemos cómo pasó todo esto.

Podría insistir por horas y de manera convincente en que no sé cómo comenzó este derrumbe. Podría decir que al principio fueron unos leves temblores que enviaban señales confusas de que todo estaba por desmoronarse: un día eran palabras amorosas de ella, otro día no sabía nada de ella. Otro día ella bromeaba diciendo que yo debía buscarme otra pareja que tuviese más tiempo para mí y yo reía nervioso y la callaba con un beso, reparando una grieta mientras se abría otra. Los temblores fueron volviéndose cotidianos y cada vez más sonoros. Huía de ellos recluyéndome en el trabajo, creyendo escapar de un derrumbe inminente. Por aquel entonces empezaron a aparecer en el techo de mi apartamento grietas y una noche el ascensor se desplomó desde el último piso despertando a los pocos vecinos que aún nos resistíamos a abandonar lo que teníamos.

Pero te mentiría burdamente si te dijera que me tomó por sorpresa ese momento cuya llegada esperaba. Tal fue mi antisorpresa que, cuando se desplomaron los últimos pilares que soportaban la estructura deteriorada de mi relación con Patricia, me sentí aliviado. Libre de presión sobre mis hombros. Por fin estaba lejos de ese desastre para contemplarlo desde una distancia segura. Para lo que no estaba preparado era para conseguirme a los pocos días cara a cara con el dolor que dejó el colapso.

Cada noche posterior me vi hundido en el puff de la sala sin nada más que hacer que especular sobre qué estaría haciendo ella o quién estaría ahora riendo o encender un cigarrillo hasta borrar mi mente o mirar mi reflejo en la pantalla de un televisor que permanecía apagado porque la electricidad del edificio la cortaban a las 6 pm y así en un silencio que ardía como fuego corría el tiempo hasta que la luz me indicaba que debía marcharme a la oficina y luego la oscuridad que debía volver al apartamento para transitar otra noche igual a la espera del sueño y luego ver que despertaba con la enorme cama solo para mí para repetir otro día igual en una continuación ilimitada del derrumbe.

No tardé en desarrollar terror a quedarme en mi apartamento, por lo que empecé a pasar mucho más horas en la oficina de las que antes pasaba. Horas extras sin remunerar. Todo para estar alejado del apartamento. Todo para que la oscuridad de la noche ocultara durante el viaje de regreso en el autobús que en el asiento de al lado ya no estaba Patricia. Que no había nadie a mi lado que llevara gafas enormes, nadie que cuando pasáramos por la juguetería que exhibe en su vitrina enormes peluches me dijera sonriente que le parecían ridículos y que esperaba que yo nunca le dejara uno de esos en la puerta de su oficina junto con un ramo de rosas, que tampoco le gustaban.

Sin que el tiempo me ayudara a recomponerme me devoró la melancolía que consagró el apartamento como templo. Caminaba por las habitaciones como guiado por la presencia de la Patricia que amaba. Por los tiempos en los que todo parecía tener orden y un fin. La memoria romántica hizo el resto de borrar las peleas y los engaños mutuos. Pero esta satisfacción ilusoria se esfumaba en cuanto abandonaba mi apartamento. En la calle me invadía un nuevo terror, el de encontrarme de nuevo en el caos previo a Patricia. En ese momento de mi vida en el que no sabía hacia dónde iba, en el que pasaba las noches en salidas inútiles con los amigos en común con Alfonso. En la búsqueda de una razón para trabajar, en las chicas que conocí y que eran tan superficiales como Alfonso. En su hermana de la que todos me hablaban y que conocí una noche tras una reunión en casa de alguien que no me presentaron.

Durante aquella reunión se me acercó Alfonso y me comentó que Pionia estaba por terminar de grabar su primer disco. Esa misma noche se reunirían en Discovery con un director de videos para darle la propuesta de tomar la grabación de «Tótem», el tema del que más se enorgullecían por el hecho de ser el único que tocaban bien. «Ese tipo tiene contactos en Barcelona», me dijo Alfonso, «un tipo medio arrogante y pretencioso, pero el propósito es gustarle para que nos promocionen allá». Yo, por el contrario, le miraba sin esa luz codiciosa que proyectaban sus ojos sobre mi cara. Por donde se viera sus planes eran desmesurados para la realidad caraqueña. «Además, viene mi hermana», agregó, sin ocultar en su tono ese doble sentido que luego él mismo lamentaría. «Es una chica que seguro te gusta; es como tú», dijo, y se rió.

Esa noche perdí de vista a Alfonso en Discovery. Seguro hablaba con el director. Me quedé solo en la multitud. Salí un momento del bar para fumar y la enormidad del cielo nocturno me cayó encima: ¿Qué haré esta noche? Me pregunté, y lo repetí varias veces más: ¿Qué haré esta noche? ¿Qué haré esta maldita noche? Había llegado a un punto en que todo me parecía prescindible y no conseguía encajar en las vidas de ninguno de mis amigos.

Incluso dejé de considerarlos así. Todos ellos iban terminando la universidad y empezaban a encaminarse hacia otros rumbos: matrimonios, corbatas al cuello, hijos. Otros se fueron marchando del país y al parecer viven felices. No se cansan de enviarme fotos en las que salen sonrientes con un edificio emblemático de fondo. Fotos que empezaron a llenar mi bandeja de entrada en correos que abriría mañana, otro día y, finalmente, cayeron en la carpeta de correo basura.

Cuando el remitente me preguntaba en conversaciones inesperadas por messenger que qué me parecía la foto que me había enviado desde el London Eye o Potsdamer Platz, yo inventaba alguna mentira para evitar oírles hablar de anécdotas, y alegaba tras largos minutos de silencio que mi conexión presentaba fallas y me debía desconectar. De igual modo, sabía que al interlocutor de turno ya no le importaba recibir un comentario de mi parte. Nuestras relaciones también habían caído a la carpeta de no deseado.

«¿Qué haré esta noche?», pensé cuando me quedé en la calle con un cheque miserable en el bolsillo. Otra vez la inquietud de años atrás, pero esta vez no llegaría Patricia para compartir un cigarrillo como aquella noche. Otra vez solo tenía un lugar adonde ir y ahora estoy aquí, invadido por la irracionalidad de luchar por un apartamento que mantiene vivo el mejor recuerdo de Patricia. Patricia con su larga cabellera castaña, andando descalza por mi apartamento. Patricia con su gruesa chaqueta militar, sentada en el balcón con un cigarrillo en los labios. Patricia moviéndose con su aire siempre indiferente por mi apartamento eran mis últimos años. No sé si los mejores que he tenido, pero al menos un tiempo en el que tuve algunos propósitos que cumplir. En los que parecía conseguir la ruta hacia algo. Ahora, si pierdo el apartamento todo el tiempo que compartí con ella se alejara como una especie de ilusión, como una nebulosa que pasó por mi vida, un enorme paréntesis de orden, y sería como regresar a la sinrazón previa cuando todo era prescindible, incluso yo.

Volver a ese pasado me produce vértigo, y si termino de precipitarme veré que, en la acera allá abajo, ya no habrá ningún rostro conocido, ni siquiera el idiota de Alfonso estaría aquí.

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