Archivos para diciembre, 2011

Escrito por en El derrumbe

El derrume - Álvaro Rafael

[Sábado, 12.35 am]

Los técnicos de Pionia, sin llamar mucho la atención, empiezan a conectar los equipos en tarima. La chica me ha paseado desde Artaud del flaco Spinetta hasta algunos temas de Sumo que yo desconocía y me ha confesado, ya entrada en copas, que Alfonso es un pretendido Luca Prodan venezolano y por eso les han permitido tocar en una noche dedicada al rock argentino. Dice que tendrá éxito en la medida que lo permita la chequera de su padre. A la hermana de Alfonso, dice con cierta ojeriza, le ha costeado los estudios de diseño de modas en Barcelona, y comprendo que ignora la relación que tuve con Patricia.

Sin que lo espere me propone, algo risueña y quizá sin pensarlo mucho, que pase la noche en su apartamento, que está a cuatro calles de Discovery, y oigamos en la terraza la discografía completa de Sui Generis. Se levanta para ir al baño a retocarse y contra la canción que suena de fondo canta otra, «Instituciones»:

Yo miro por el día que vendrá,

hermoso como un sol en la ciudad,

y si me escuchas bien,

creo que entenderás.

Porque yo esperé en vano

que me dieras tu mano.

De mis huesos la humanidad

debes salvar.

Por momentos me siento complacido y el plan que hace rato le narré se desmorona. Tal vez este nunca tuvo sentido. Es medianoche y repica una vez más el celular y entonces lo apago. Me importa poco el edificio ahora. Enfoque, planes, encarrilar otra vez mi vida quizá sea lo que necesite. Porque no siempre estuve en este caos. O quizá hubo momentos en los que el caos fue menor o todo se hacía más fácil de sobrellevar.

Escrito por en El derrumbe

El derrumbe - Álvaro Rafael

[11.26 pm]

Había sido despedido. Por supuesto que no le dije esto a la chica cuando me preguntó en qué trabajaba. Ni siquiera quiero pensar mucho en ello, pero es en vano, la cara de mi jefe aparece en mi imaginación de manera intermitente desde la mañana. Aunque no puedo definir si su rostro es de complacencia o indiferencia. Ha sido incapaz de decírmelo en persona. Simplemente mi carnet electrónico no pasó la prueba de los torniquetes de entrada.

Me sirvo otro trago. Una parte de mí desea responsabilizar al funcionario por llegar tarde al trabajo luego de hacerme perder el autobús. Nunca son puntuales cuando hacen falta. Son esos largos y modernos autobuses que pasan con poca regularidad y que están rotulados con la publicidad de un calzado deportivo, de una nueva línea de maquillaje o de una marca de pañales. Nosotros somos el relleno que se desplaza lentamente por las vías digestivas de la capital.

Pero sé que no es así, que la culpa no es suya sino mía, que es verdad lo que me criticaban esos amigos míos que desembarcaron hace tiempo en el nuevo donde las cosas parecen tener sentido: que soy un irresponsable, que no me tomo nada en serio, que soy una pérdida de tiempo. Crecí con una tía que se refería a un tipo de «autorreproches» como «jugo de culpas»: culparte infinitamente a ti mismo de todo lo malo que ocurriera en tu entorno (tuvieras vinculación o no) para que, cuando ya no tuvieras nada más que exprimir, quedara la cáscara de la modestia y obtuvieras el perdón (de quién, nunca me lo dijo, pero sí decía que cuando te exprimieras tanto nadie sería incapaz de seguir culpándote).

No creo que eso funcione conmigo, pero de todas formas los años de convivencia con ella me volvieron un exprimidor de culpas en potencia, y así, con tales pensamientos en mente sobre el desastre de tipo que soy, opté por caminar hasta mi oficina, bajo un sol con rayos brillantes de esos que sueles ver en comerciales y que presumí luego como la iluminación necesaria para reflexionar sobre el panorama que se me presentaba tras la notificación de desalojo.

Mientras caminaba bajo esta nueva perspectiva comprendí que verme obligado a marcharme era algo así como el accidente necesario para recobrar las fuerzas con las que tomar los remos arrojados al mar y dar la batalla antes que hundirme con indiferencia. Replantearme las cosas, encender las alarmas por esta despreocupación con la que ando por la vida. Al menos debería inquietarme el paso de un tiempo que no me deja nada. Nunca he luchado contra mi realidad cronológica, incluso debo repasar todas las circunstancias y hechos que me han llevado a ser quien soy para recordar tras largos minutos la edad que tengo. Lo cierto es que ya me encamino a los treinta. Pensé en enfocarme en desempolvar el título universitario que saqué y conseguir un trabajo con mejores perspectivas. Respetar horarios. Cumplir con ciertas formalidades. Incluso establecer una relación seria, formar una familia (aunque carezca de los mejores modelos para hacerla).

Mi tía era desconfiada, malhumorada y el aneurisma que la atacó de joven la empotró en su eterna mecedora. Desde allí se las ingenió para manejar (o dar la ilusión que lo hacía bien, porque nunca pasamos grandes privaciones en ese tiempo) los negocios que dejó mi abuelo. Ella es el único modelo de familia que tengo, una mujer de la que esperaba la mañana en la que no me respondiera mis buenos días. La muerte, que extrañamente la esquivaba a ella, se encontró primero con mi abuela viuda, que era una mujer robusta, saludable, de pocas palabras y menos afecto, de quien no solo heredé la fortaleza física y la parquedad, sino también el apartamento en el que ahora vivo con las horas contadas.

Al poco tiempo me marché a vivir allí, sin que mi tía se opusiera. Lo único que le importaba era su mecedora. Cuando al poco tiempo de mi mudanza ella murió por causas que atribuyeron vagamente a su mal estado de salud crónico, fue la mecedora lo único que dejó escapar el embargo que devoró sus demás bienes, incluidos los que dejó mi abuelo. Ahora la mecedora permanece quieta junto a un mostrador de terracota en el que nunca ha habido fotos de parientes.

Ya estaba sentenciado cuando llegué a la agencia. Desde hacía semanas mis responsabilidades habían sido anuladas, aunque no supe atribuirlo a nada en concreto. Hoy me habían tendido el anzuelo de mi despido y en mi mesa reposaba a primera hora una tarea impostergable.

El guardia de seguridad, tras advertir mi ruidosa y desesperada insistencia por hacer pasar el carnet, se acercó con su habitual modorra [es uno de los que va temprano en esos autobuses largos] y con aliento a comida mala [desayuna en el bulevar] dejó escapar un saludo lamentable. Estiró la mano que sostenía con asco el sobre de rr.hh. En la misiva alegaban, en un batiburrillo de paternalismo, compasión y tecnicismos que, debido a mis innumerables ausencias, retrasos laborales y quejas de mis compañeros [de saludo monocorde] por mi falta de colaboración, no podían contar más con mis servicios y me recomendaban que ni siquiera buscara las cosas que tenía en mi oficina, que me las enviarían sin costo a mi domicilio.

Al fondo del sobre se mecía un cheque a mi nombre con el sello de la agencia. El monto estaba libre de compensaciones y beneficios laborales. Si bien el trabajo era lo único estable que tuvo mi vida en los últimos años, jamás me ocupé en regularizar mi situación laboral. Mis ahorros devaluados se habían evaporado en los últimos meses haciendo reparaciones en el apartamento: filtraciones, grietas en el techo, escape de gas, fallas eléctricas. Con lo del despido apenas me alcanzaría durante un mes para comprar comida y ahora debía desalojar de inmediato.

La chica me felicita por el excelente trabajo que para ella todavía tengo y pide otro coctel. No sé si los últimos siguen yendo a cuenta de Alfonso o si me tocará pagarlos y apenas tengo dinero en efectivo para el taxi. No sé cómo decirle que deje de beber. El repertorio musical me sorprende con una inesperada canción de Divididos y ella empieza a contarme de su vida: es estudiante de letras, ganó un premio universitario de poesía y dedica su tiempo libre a fotografiar a los ancianos que van a las plazas. Está armando un libro con sus nuevos poemas y fotografías que publicará por su cuenta y las ganancias las donará a alguna institución benéfica. Cree en los cambios políticos y se enorgullece en contar su visión idílica del mundo. Aún se puede luchar contra el sistema, sentencia con firmeza. Quisiera entusiasmarme otra vez con las tonterías que dice, quisiera creer que la vida moderna permite vivir con ideologías en la cabeza y hambre en el estómago. Tan solo logro levantar la copa cada cierta frase en señal de aprobación. Hace tiempo que renuncié a la fantasía. Quizá esté madurando como me pedían mis amigos.

Escrito por en El derrumbe

El derrumbe - Álvaro Rafael

La chica, pelirroja y frágil bajo un vestido floral y un cintillo retro, atiende cada palabra que voy diciendo. Alfonso, por el contrario, alza las cejas gruesas, cruza los brazos sobre su apretada chaqueta de cuero negra y me mira con esa mezcla de consternación y asco que me resulta tan familiar. Sé que muy pocas cosas de las que digo guardan relación con el comentario precedente de mi interlocutor. Mi lenguaje oscila entre explosiones y pausas propias de quien no sabe conversar. Por eso prefiero no hablar. Así que no los juzgo porque me tomen como un tipo extraño. Tampoco que me interese mucho.

Alfonso le susurra algo a la chica y ambos ríen. Hay un momento de silencio que se prolonga acompañado por la selección musical de fondo. Es noche dedicada al rock argentino y la chica se aventura a hablar, su voz melódica discurre acerca de la canción de El Otro Yo que ahora revienta mis oídos. Ni Alfonso ni yo la seguimos. Él la interrumpe para sugerirme en un afectado tono paternal que no cometa idioteces. Me dice que si realmente tengo cosas que dejar, que las deje antes de salir al encargado del bar, un amigo suyo, y señala el bolso que he traído. «Te espero ver entre el público a la medianoche», dice. Salta del taburete, recibe saludos de las groupies que siempre le rodean, firma autógrafos sobre la tapa del primer disco de Pionia y se pierde entre la gente de Discovery. En un bar con apenas un reflector sobre la tarima pierdes de vista a tu interlocutor en cuanto se aleja dos o tres pasos.

Inclino sobre mi copa ahora vacía una de las botellas de Absolut que la casa le ha invitado a Alfonso. No sé preparar tragos y los dos cubitos de hielo que dejó caer salpican la mesa y luego sirvo concentrado de naranja y jarabe de granadilla a mi gusto: hasta ver que la copa se tiñe de rojo sangre. Suena «En la ciudad de la furia» y al levantar la mirada me consigo a la chica mirándome con ojos brillantes como los de un gato. Me pide, alucinada por la canción, que le siga hablando de cómo entraré al edificio. No le respondo de inmediato y en realidad pienso, por primera vez en la noche, si el edificio se ha adelantado al plazo de desalojo. Pienso si las numerosas llamadas a mi celular que no le he respondido a la presidenta de la junta de condominio —quien en los últimos años ni siquiera disimulaba su sospechosa indolencia ante el acelerado deterioro del último edificio residencial entre nuevas torres empresariales— han sido para informarme que mis pertenencias se encuentran desperdigadas por el bulevar, antes ocupado por pretenciosos cafés afrancesados y donde ahora se arremolinan puestos de comida mala que expiden un olor atroz.

No lo sé —respondí.

Si hay alguien a quien llamar lo desconozco. Lo único que tengo, además de este apartamento, es un trabajo, añadí esta mañana, con rara naturalidad y sin que viniera al caso, al funcionario municipal que me notificó la orden de desalojo y que me preguntó si tenía adónde ir. Extrañado por mi comentario me repitió con voz artificiosa que mi vida corría peligro. Que el gas cortado a último momento evitó una catástrofe cuya posibilidad, sin embargo, podía darse de otra forma ante el colapso estructural de la planta baja.

Miré al funcionario hacer su trabajo y descubrí que el mío resultaba menos insoportable. Nunca me ha agradado. Aunque por lo menos me sirve para cubrir mis necesidades y mantener ese apartamento que heredé de mi abuela, decorado con un lujo Art decó que tanto vigiló ella y que apenas pones un pie fuera contrasta con un edificio gris y minimalista que me despierta cada mañana con el estruendo de otro fragmento que cae.

Así que no puedo irme; no tengo en dónde quedarme —y cerré la puerta.

La chica intenta una sonrisa de asombro. Enseguida la debe asumir como desconsiderada y le da otro sorbo a su coctel fosforescente. He olvidado su nombre, pero tiene más o menos mi edad y parece interesada en mi historia. O quizá no conozca a nadie más en Discovery y la música de fondo la mantiene en un éxtasis que considero para mí.

Tuve que recoger algunas cosas, prosigo, y guardarlas en el primer bolso que hallé. Un bolso ridículo con el logo estampado de Mercadona. La media mañana me cayó encima y salí a través de una puerta trasera del edificio que da hacia un patio cubierto de maleza. El edificio estaba precintado. No lo noté entonces, pero ahora que lo veo huí de mi propio edificio como un delincuente sin delito, pienso. Salté unos bancos de piedra derrumbados, bajé por la estrecha y oscura calle secundaria y llegué a la esquina en donde está la parada del autobús que me conduce puntualmente a mi oficina.

Llevo cinco años repitiendo el recorrido de la puerta del edificio a la parada de autobuses y de la parada final a la puerta de la agencia. Lo único que ha permanecido estable, junto con los saludos siempre habituales y monocordes de mis compañeros de trabajo. Incluso he llegado a sentir cariño por esos saludos y cualquier disonancia altera mis nervios. Últimamente quiero que las cosas sean como siempre, o como estimo que deberían ser siempre: sin sorpresas.

Escrito por en El derrumbe

El derrumbe - Álvaro Rafael

[Viernes, 10.35 pm]

El edificio en el que vivo se caerá a pedazos en cuestión de horas y no tengo adónde ir. Ningún pariente cercano y mis pocos amigos hace años que se largaron del país. En algún momento pude intentar ser como uno de ellos. Llevar una vida plácida en Madrid estudiando algún postgrado eterno o en San Francisco limpiando mesas en un bar insignificante, distanciado de las preocupaciones de aquí, mientras dejaba curtir mi piel con el sol abrazador o el frío penetrante que se soporta con la resignación característica de quienes todavía esperan el advenimiento de esa prosperidad informe que, cuando éramos niños, nos vislumbraron para nuestro futuro. Quizá parezca que lamento no estar allí con ellos, o que me mueve la envidia por esas historias que ellos van construyendo (o creen construir). Lo cierto es que no es así. Pude intentar ser como uno de ellos, ya lo dije, pero simplemente pasó que se diluyó esa voluntad indiscreta por alcanzar el sentido a las cosas o como quieran llamarlo (y que, al parecer, se consigue muy lejos de aquí). No hace falta idear excusas que me absolvieran ni buscar verdugos a quienes luego darles el rostro de la culpa. Te cansas, así de sencillo, estás acostumbrado a creer que los grandes momentos de la vida llegan entre estallidos de euforia o embates de decepción, pero suele pasar que ocurren sin tanto brillo y sin testigos, y dejas de luchar. Es como si arrojaras por la borda los remos de tu bote y te entregaras a la deriva de las corrientes caprichosas de un mar pantanoso. Y eso te tiene sin cuidado.

Esperas llegar algún día a los límites de ese lodazal y desembarcar para asentar tus pies por primera vez en mucho tiempo sobre tierra. Ser el descubridor de un nuevo mundo y abrirte paso entre la maleza con la certeza de que estás por encontrar esa indefinida razón que te explique que todo ese tiempo a la deriva tuvo algún sentido. Sin embargo, hoy mi bote imaginario encalló en una orden de desalojo y por las grietas el agua penetró a borbotones para empezar a engullirme.

De golpe te encuentras con que no tienes nada, muy poco dinero en los bolsillos y ningún número al que telefonear para renunciar al orgullo solicitando auxilio, das vueltas al azar por las calles o quizá forzando las circunstancias buscas la familiaridad de lo conocido y caes en tus últimas horas del día en Discovery, buscando rabiosamente aire fresco entre la humareda de cigarrillo que flota en un bar donde ahora apenas reconoces muy pocos rostros, como invadido por una determinante irracionalidad que te guía a evitar que te quiten tu apartamento en un edificio que se está desmoronando, y comprendes entonces que ese espacio convertido en un muladar es lo último que te arraiga a esta ciudad que detestas.

Hay ruido de fondo, las conversaciones se superponen entre sí y los pocos que siguen hablando lo hacen entre gestos de gritos que se pierden en el bar. Mi voz empieza a desentonar y busco refrescar mi garganta inadaptada a esta clase de monólogos con agua que termina sabiéndome a lavanda. Al otro lado de la mesa circular Alfonso se lleva otro cigarrillo a la boca, enciende el yesquero y la llama ilumina su rostro y el de la chica que le acompaña. Me parece ver en ellos la sorpresa con lo que les acabo de contar. Frecuento esta mesa, por lo cual no me extrañó que me consiguiera sentado acá. Me vio, me saludó y se sentó con su amiga para saber cómo estaba, como si acaso hubiera habido alguna vez empatía entre nosotros. Lo demás que escucho no lo esperaba.

Mientras doy un sorbo más a mi copa de agua Alfonso me pregunta, con el cigarrillo bailando entre los labios, si me quedaría para escucharlo tocar esta noche. Se inclina sobre la mesa, hace un ademán con la mano para que me acerque y al oído me dice en tono confidente que esta noche Pionia subirá de improvisto al escenario. Será la última presentación que dé con su banda en el país. La semana que viene se irán a probar suerte en Barcelona. No sé qué decir o qué espera que diga. Se me borran las ideas de la cabeza, algo me sabe peor que el agua, no es esa inesperada partida, que en el fondo no lamentaré, y no tardo en darme cuenta que es la mención de aquella ciudad, bañada por el mar pantanoso en el que voy a flote, lo que me desencaja.

Comprendo entonces que detrás de sus evasiones previas está la construcción de la manera de preguntarme si quiero que le lleve algo de mi parte a Patricia. O si deseo que le diga su hermana que me envíe de vuelta las pocas pertenencias que dejé allá. Nada más desagradable que la devolución de lo que antes compartías. Esa manera de desmontar lo que antaño te costó erigir. Aprovecho la pausa y me separo de la mesa. Con un extraño fervor continúo y les detallo lo que haré en las próximas horas. Las manos me tiemblan pero el ánimo sigue imperturbable. Unas palabras salen atropelladas y otras sin intención están impregnadas de eufórico convencimiento. Por instantes me veo a mí mismo como un héroe macabro. Como el redentor de la ruina. Hasta que acepto la pequeñez de mi papel y mi emoción se desmorona. Minutos después admito el planteamiento de Alfonso sobre la dificultad para ingresar a un edificio precintado, y no me importa.