Final de temporada, 2012

Escrito por en Personales

2012

En la entrada final del año pasado reconocía lo poco que publiqué durante 2011 en Planeta en fuego. Vistas las cosas hoy, este año registra casi la mitad de entradascon respecto a ese año. En definitiva, estoy mucho más dedicado al tema laboral. El trabajo de cierta forma es la bombona de oxígeno sí, no conseguí peor metáfora que me mantiene aquí, ya que por otro lado mi vida personal es perfecta en poner ante situaciones entre difíciles y esperpénticas. Pero a medida que dedico mayor tiempo a mi trabajo y a otro proyecto comercial (del que seguro te hablaré en 2013), lo voy reduciendo a la escritura y a la lectura. Dedicarse a esto requiere tiempo y dinero (por la cantidad de libros que necesitas leer para afinar la técnica y estar al tanto de lo que ocurre en el mundo literario), y dado que vivo por mi cuenta desde los 21 años, necesito generar una cantidad suficiente de ingresos para poder mantenerme, lo cual explica por qué trabajo cada vez más. Si a esto le sumas que vives en un país con un alta tasa inflacionaria, la dedicación de seguir escribiendo y leyendo se achica; las horas de ocio pasan a ser cada vez más escasas. Sueñas por las noches en ser un niño burgués para dedicarte a ser bohemio. Pero las cosas no son así, no para mí. Igual, no desisto y las horas residuales del día las utilizo para seguir en este empeño. Porque escribir es un empeño, te crea una nueva forma de placer y si dejas de escribir durante unos días empiezas a sentir un síndrome de abstinencia.

El año termina en unas horas y hago balance de él; la balanza se inclina hacia un lado y como buen venezolano agarro la balanza y la lanzo por la ventana. Si pudiera dividir el año, lo haría en dos partes iguales de seis meses. Los primeros seis buenos meses trajeron novedades que perdí al comienzo de los seis meses finales; no me molesta que haya sido así. Lo que se vive, se vive y se disfruta, la gente con quien la pasas bien hoy será quien alegre a otros mañana. Vamos adaptándonos a esta sucesión de eventos y apegarnos a las cosas y a las personas lo veo como si fueses arrastrado por la crecida de un río y en un momento te aferras al primer árbol con el que te topas; crees que allí estás a salvo, piensas esperar hasta que la crecida baje, a pesar de que ves que el río sigue creciendo; en lugar de dejarte llevar y ver qué pasa, te quedas aferrado al árbol y llega el momento en que el río te supera y allí dejaste la vida por culpa de tu estancamiento. No más metáforas, por favor. Este año por acá pasaron muchas personas. Quisiera tener la vocación de los discursos fáciles para agradecerles lo que dejaron, pero no es mi estilo. Fueron interesantes las horas, las risas, incluso los disgustos. Con saber estar me basta, me bastaron, y tomen eso como un gracias, aunque falten las palabras.

Llegamos hasta aquí por este año, lectores frecuentes y visitantes ocasionales (los más), lo cual, viviendo en estos tiempos, no es poca cosa. Mantener en línea este blog por un octavo año seguido será una muestra de terquedad. Y algo que me sobra es esto, y por eso desde aquí seguiré con Planeta en fuego. Nos vemos el siguiente año impar.

Medidas paranoicas para una ciudad violenta

Escrito por en Estado de política, Estado social

Caracas enrejada

1

Rejas para la libertad

Arnaldo Contreras, profesional solvente (puede que sea arquitecto, abogado o médico, esto es tan irrelevante como lo es su verdadero nombre), buen padre de familia, dirigente vecinal comprometido y superviviente ─según sus propias palabras─ de la clase media caraqueña, abraza a su esposa mientras observa satisfecho la más nueva obra de su mandato: una reja que cierra por completo la urbanización en la que tanto él como yo vivimos. No consultaron mi opinión. Lo acompañan la directiva vecinal que, encerrada en un claustro, determinó que dicha reja que nos separaría de una parte peligrosa de la ciudad era la salvación para prevenir posibles robos en esta zona del sureste caraqueño.

La llave para abrir la puerta de la reja la tiene él y solo él le daría copias a los vecinos solventes; yo vivo en un anexo, mi casero no ha pagado y por eso soy uno más de la decena de vecinos que tenemos que esperar fuera de la urbanización a que alguien con la llave llegue y nos abra la reja para dirigirnos hacia nuestros hogares. Pasaron dos semanas hasta que una vecina me vendió una copia, y en ese lapso robaron a dos personas que esperaban entrar. Una de ellas fue una señora que intentó correr pero como la reja lo cierra todo no tuvo opción y fue arrastrada una cuadra por el motorizado que no logró arrancarle la cartera. Otro día un anciano infartado que vive solo logró llamar a una ambulancia que no logró entrar a la urbanización sino treinta minutos después.

Las quejas empiezan a aflorar entre algunos vecinos. Arnaldo Contreras se hace la vista gorda y culpa a los propietarios morosos y en especial a los arrendatarios como yo, a los que señala de ser casi como una quinta columna del castrocomunismo, de querer expropiar las casas de nuestros arrendadores y establecer ranchos verticales en cooperación con los cubanos del CDI enclavado en esta urbanización. Cual estado de sitio, la junta de vecinos encabezada por Contreras establece una serie de normas de convivencia que van desde animar a no establecer más alquileres hasta que solo vivan aquí «gente de la zona» ─vaya a saber si con esto se alienta la endogamia─, pasando por establecer una red de informantes de situaciones irregulares y por enrejar las canchas deportivas para que no vengan extraños a jugar aquí. O están con él o están contra él. El miedo empieza a notarse en esta pequeña isla de clase media. La libertad individual no puede estar por encima de la seguridad colectiva, dice Contreras. Pero incluso, si lo ven desde su punto de vista, agrega, las rejas son libertad. Libertad de vivir en paz dentro de una urbanización blindada.

Llega a la conclusión de que las rejas no son suficientes, de que hay que instalar una garita y poner en cada esquina una cámara de seguridad que grabe cada paso que damos los vecinos.

 

2

La garita del amor

 

Una tarde, al llegar del trabajo, consigo a Arnaldo Contreras dando órdenes a unos chamos sin camisa y con la piel curtida por el sol. Construyen lo que será la garita. Le piden descansar unos minutos porque llevan trabajando desde antes del mediodía y están reventados. Arnaldo Contreras les dice que no, que dejen la flojera, que los contrató por unos pocos días y que no pueden desperdiciar el tiempo, que para eso les pagó. Se retira a su camioneta y las miradas de odio de los chamos persiguen el rastro de humo que deja a su paso Contreras.

Al cabo de una semana está en funcionamiento la garita. Son dos los guajiros en trajes de vigilante excesivamente grandes los que se pavonean controlando día y noche a los peatones y autos que entran y salen. Cortan el tráfico, forman una enorme cola en la única entrada habilitada de la urbanización y que tranca toda la avenida hasta dos cuadras más allá. Arnaldo Contreras suele visitar por sorpresa a los guajiros para controlar que están trabajando. Al retirarse el Doctor, como le dicen los guajiros con una indeterminada muestra de sorna o respeto, se ponen a oír en la radio el juego de beisbol mientras comen canillas con mortadela y queso untadas de salsa rosada y que acompañan con malta o colita. Tienen un monitor donde observan lo que registran todas las cámaras de la urbanización y ven incluso a las parejas jóvenes besándose en los carros aparcados. Este es el mayor disfrute para una actividad que la mayor parte del tiempo es aburrida. Se ríen, dicen que esa es la garita del amor.

El escándalo estalla días después en grandes titulares: Noticias24 informa del secuestro de un vecino de la urbanización. Un taxi entró tranquilamente, esperó a que llegara su víctima y luego a punta de pistola lo metió en la maletera y se lo llevó para soltarlo una semana después en Parque Caiza. Pagaron millones, me cuenta mi casero. Pero en realidad sabe poco, dice que es una familia de comerciantes que con esto se decidió a emigrar de vuelta a Italia. No se calan más la violencia del país y prefieren pasar roncha en la tierra de donde vinieron.

El líder vecinal explota en ira, despide a los guajiros y los sustituye por otros dos guajiros. Organiza una junta de propietarios con carácter de urgencia. El miedo de los vecinos se transforma en pánico. Hay vecinos que le acusan de no tomar medidas con-tun-den-tes contra el crimen. Hay otros, los pocos, que dicen que las decisiones de Contreras han ido más allá y que solo han contribuido a generar un miedo que ha llevado a que los ciudadanos renuncien a espacios que han sido ocupados por los malandros, que se comportan como tiburones que al ver la sangre corren con más ferocidad hacia sus presas. Señalan que cuando antes no había rejas y la gente no andaba con tanto miedo no se veían crímenes tan violentos. Los vecinos miedosos son precisamente la mayoría, se sienten atacados por este grupo minoritario que va en contra de sus valores y principios, los acusan de laxos y colaboracionistas con la delincuencia y luego los expulsan a gritos de la reunión. En el calor de la reunión alguien grita consignas a favor de la pena capital.

Arnaldo Contreras luce dubitativo, alega que corren tiempos violentos, y que se requieren medidas más drásticas, que únicamente la mano dura es la solución. Entre sus nuevas medidas inmediatas están dos: la primera, organizar una patrulla de vecinos (que desarticularía al poco tiempo al enterarse de que abusaban de su poder) y la segunda, obligar a los propietarios de los vehículos de la urbanización a pegarles una calcomanía de identificación ─así que cuando usted vea, amigo lector de Planeta en fuego, un auto con una espantosa calcomanía de un trébol en el parabrisas, sepa que se trata de un vecino mío.

Semanas después una chica que sale a trotar todas las mañanas encuentra amordazados a los nuevos vigilantes dentro de la garita y cuando se dispone a gritar auxilio escucha la característica voz pastosa: «Quédate quieta, mirreina». Glock calibre 40 en la frente para paralizarle el sudor del ejercicio. No muy lejos están las canchas deportivas abandonadas. El resto de la narración la completan ustedes.

 

3

Un cuento de hadas: la prohibición de armas de fuego

 

Cuando la situación amenaza con estallarle en la cara a Contreras surge la noticia de que el Gobierno nacional, alegando nobles razones, decreta a nivel nacional la prohibición de porte y uso de armas de fuego para la población civil. Muchos vecinos de la urbanización salen a celebrar y ven en esta medida el principio del final de la violencia. Entre ellos no está Contreras, que no solo heredó del papá la casa en la que vive sino las destrezas en el uso de una Smith & Wesson 38 y una Browning 9 mm. Teme que esta medida solo afectará a los que, como él, hacen uso responsable de las armas de fuego.

Concreta una reunión con un vecino a quien no le tiene mucho aprecio: un Coronel de la Guardia Nacional bien enchufado con el Gobierno y que hasta hace poco era un capitán que vivía en Petare, y cuyo nombre se hizo notorio luego de que uno de sus hijos fuera arrestado por dispararle a otro chico por un lío de faldas; una dudosa condecoración más para una carrera de robos y agresiones, que el buen papá decidió curar enviando al niño a estudiar medicina en Cuba. El Coronel invita a Contreras a su enorme en casa (que está en venta), las risas de cordialidad se acompañan con tragos de Buchanan 18 años y ya pasado de copas el militar le dice que acá todo el mundo sabe que las leyes son para los pendejos y que él moverá cielo y tierra para su compadre Contreras se quede quieto con su arma. Pero que eso igual le va a costar.

Semanas después, cinco mil burócratas-gestores-corruptos de la comisión de desarme y todo un estudio móvil de VTV llegan a la urbanización de dos mil habitantes para verificar la entrega de armas. Arnaldo Contreras sonríe ante las cámaras y desde su posición de líder vecinal felicita al Gobierno nacional por la buena medida que ha implementado, mientras por dentro ríe como el buen vivo venezolano que es.

El país entra en un cuento de hadas donde todo es felicidad, donde no hay una sola de arma de fuego e impera más la paz; pero todo cuento de hadas tienen unos seres malévolos, unos ogros aquí se llaman «malandros», que no respetan las leyes ni la convivencia en la comarca y que se parten de la risa con las leyes de buena fe. Mientras los buenos del cuento abandonan las armas, por inercia se repotencia el mercado negro de las armas y los malandros, que no respetan leyes, se adueñan de un nuevo y más peligroso armamento.

El crimen persiste y los hombres buenos y las mujeres buenas que antes tenían cómo defenderse ahora no tienen cómo hacerlo.

Pero supongamos ahora que el cuento de hadas tiene un final feliz: aparece deus ex machina un mago con una barba blanca y lanza un conjuro que hace que todas las armas de fuego se vuelvan polvo. Desaparece el medio para cometer el delito pero el delincuente conseguirá nuevos medios para delinquir. Ya no cometerá sus crímenes con armas de fuego sino con cuchillos, y si se crea una ley en contra de los cuchillos buscará delinquir con piedras y garrotes. Las leyes inútiles son aquellas que nadie observa porque no van dirigidas a la raíz del problema. La violencia no se controla tan solo con leyes que la prohíban. «No matarás» existe desde tiempos bíblicos, pero aun así la humanidad ha pasado por guerras y las seguirá viviendo.

 

4

¡Qué viva la violencia!

 

El mandato de Arnaldo Contreras va llegando a su fin. Ha envejecido mucho en todo este tiempo relativamente corto. Su mandato será recordado por haber creado una urbanización paranoica y que ha renunciado a sus espacios, que con el miedo ha claudicado ante una violencia cada vez más poderosa, que vive enrejada mientras afuera los malandros campean a sus anchas, atracando a todos por igual, sin distinción de clases sociales, sin importar si viven en urbanizaciones cerradas o en barrios abiertos. Mira a su esposa sentada en una silla del jardín y ella le dice, apesadumbrada, que se siente en una cárcel. En una cárcel sin haber cometido ningún delito. Le dice que antes se sentaba allí mismo a leer en su Kindle, pero que ahora le da terror incluso asomarse a la ventana. Todo su nivel de vida ha sido modificado por el patrón del miedo a una violencia que parece no tener fin, por más leyes represivas que se han creado para combatirla.

Mientras le cuenta eso a su marido, el turno de la lotería maldita de la delincuencia le toca a ellos: se para frente a la casa una combi y de ella bajan dos chamos que ni siquiera se molestan en cubrirse el rostro: son los dos chicos que construyeron la garita. Vienen a saldar cuentas con el patrón. En las miradas de ambos brilla el rencor y el odio hacia Contreras. El hombre que los hizo sentirse explotados para que levantaran una reja para alejar a personas como ellos del mundo de Contreras. No llevan armas de fuego, pero sí traen grandes cantidades de resentimiento y les dicen que suban a la combi. Arnaldo hace caso y sube con su esposa. La combi la conduce uno de los guajiros que despidió Contreras.

La esposa de Arnaldo llora, desconsolada. Quiero imaginar que él le pide perdón. Que le pide perdón por todo lo que él hizo para mantenerlos con la ilusión de seguridad en su burbuja social y evadir así que el tema de la violencia va más allá de reprimir o de medidas cortoplacistas como prohibiciones de armas de fuego o videojuegos. Que le pide perdón por haber cambiado los hábitos de vida de toda la urbanización, por coartarnos la libertad, por naturalizar la violencia con nuestro miedo y paranoia. Pero no creo que lo haga. Seguro respira hondo y consuela a su esposa diciéndole al oído que no se preocupe, que en cuanto le pidan contactar a alguien llamará a su amigo el Coronel para que le ayude en esto. Que seguro son liberados pronto cuando sepan que es amigo de un pez gordo de la Revolución. Que una vez que salga de esto él mismo se encargará de conseguir otros malandros para que les caigan a tiros a estos malandros. Y si por casualidad uno de estos malandros lo tratan de extorsionar con denunciarlo, entonces llamará a otros malandros, y así hasta el cansancio, porque la violencia se nutre de sí misma, y cuando se intenta acabarla se busca combustible para apagar el fuego.

¡Viva la violencia, larga vida a la violencia!

No supimos más de Contreras. Pero el miedo persiste. Y la violencia, otra vez, nos ganó la partida.

Sobre Mudanzas

Escrito por en Relatos

La brisa de la madrugada golpeaba con fuerza la ventana cerrada cuando Á perdió el sueño, se sentó en la cama y se dedicó a mirarla a su lado, dormida de espaldas. La desnudez de ella, iluminada por las luces de la torre este de Parque Central, la que se incendió cuando él todavía no vivía allí, al descubierto por las sábanas deslizadas al piso por el gustoso desorden de las horas previas. Tenía pocos meses con la chica, y la observaba con esa fascinación del que va explorando lo nuevo, del que se va familiarizando con las particularidades del cuerpo que se besa y se posee. Repasaba en sus sentidos el sabor de la piel canela de ella, miraba las ondas del cabello corto, la forma ondulada de los pechos, la curvatura poco acentuada de las caderas y la firmeza de los muslos a lo largo de la cama que empezaba a compartir con ella una o dos veces a la semana.

Uno de los temas que más trato últimamente en este blog y en @alvarorafael es la dificultad de los jóvenes venezolanos para conseguir un lugar decente donde vivir. Lo he tratado en dos relatos publicados por acá: Un hogar para Mónica y El derrumbe. Para cerrar estos ejercicios narrativos, hace poco escribí (salvo el último capítulo) un relato largo y que ahora desempolvo por acá: Mudanzas

La fidelidad de los ausentes

Escrito por en Personales, Relatos

La California SUr

La imagen que ilustra esta entrada es vieja, quizá la he publicado antes por acá, pero en todo caso da cuenta de la vista que tengo desde mi casa. Y aunque es del ocaso, muy bien ilustra los comienzos y finales de día.

Tengo conflictos con el sueño: me cuesta dormir por las noches y suelo despertarme muy temprano y dar vueltas en la cama. Esta mañana, para variar esa rutina, salgo a caminar por las calles de esta urbanización encerrada. Confiamos en que las rejas que han levantado nos protegerán de lo que ocurre allá afuera; ahora, la bandada de aves que pasan cada mañana por acá con dirección a El Ávila nos deben ver en nuestra enorme jaula. Las humanizo: las veo riéndose con sorna de la manera como cuidamos nuestra libertad mientras ellas vuelan sin barreras. Tonterías.

Son las 5 am y a los lejos puedo oír las voces de unas personas que han alargado una fiesta de boda, los platos que empiezan a sonar para servir desayunos para madrugadores, puedo ver los gatos que pueblan esta zona andar a sus anchas, hasta que la presencia de una persona los alerta de peligros; extiendo la mano y les dejo comida a la que entran a comer apenas me distancio, y veo cómo se van amontonando varios gatos más, todos pendientes de mis movimientos, de mis pasos que voy alejando de ellos.

Vaya rutina esta, mucho mejor que mirar el techo, en realidad. Sigo el paso y pienso que si tuviese la oportunidad me iría a otra parte, de viaje, a un lugar fuera de Venezuela, no porque menosprecie los atractivos turísticos que sin duda los hay aquí; simplemente hacen falta nuevos aires, nuevos estilos arquitectónicos que apreciar, nuevas gentes por conocer.

Tenía planificado viajar para fin de año; una conjunción de elementos me dejaron anclado a Caracas, y los próximos días los mataré en trabajar, en ocupar mis pensamientos en «cosas útiles». Lo digo sin convicción, sabiendo que miraré con un poco de nostalgia cómo se marcha otro año que podría fácilmente doblar como una hoja de papel y romperla en varios pedazos, porque ahora que lo veo, este año fue así: hecho a los retazos, partes muy buenas y muy malas pero en pequeñas partes, no hubo un continuum, todo quedó a medias, interrumpido.

Qué coño, quisiera decir que el año próximo las cosas al menos serán rectas y continuas, pero a medida que avanzan los años sigue una ligera sensación de falta de algo, se sentirme incompleto, de buscar un significado de las cosas por el rumbo que no es, de levantar la risa con la misma rapidez con que la bajas.

Regreso a casa luego de esta breve caminata y me siento a redactar esta nota pensando en varias personas que ya no están. La fidelidad de los ausentes: están en mis pensamientos como nunca estuvieron en mi realidad. Adelanto un trago de la botella que quedó anoche y brindo por ellos. Por los momentos gratos, por los ingratos también. No tengo de qué quejarme. Fueron bienvenidos mientras estuvieron, y lo son aún cuando no están. De eso está formado el enorme cerro de retazos que uno lleva: de pequeñas porciones de emoción.

El último show de Ricardo Sánchez

Escrito por en Estado de política

Ricardo Sánchez se separa MUD

 

El comeback del rebelde de una boy band estudiantil

 

Nunca le tuve fe al movimiento estudiantil venezolano de 2007. Eran tiempos de desorientación tras muchas derrotas electorales y de carestía de cabezas pensantes que asumieran con seriedad la vocería de la oposición política venezolana. En este desierto aparecía de cuando en cuando algún político insensato que pegaba un one-hit wonder y despertaba la «esperanza de liderazgo» que muchos ansiaban que llegara; pero como todo one-hit wonder, el éxito de estos personajes era insustancial, no decía nada, se apostaba a él con más fe que con convicción de que fuese algo bueno, algo que valiera la pena. Y de esa manera la esperanza se diluía al cabo de unos pocos meses, cuando no semanas. Por ese podio de barro pasaron desde militares sudados de ultraderecha hasta el Conde del Guácharo, y si el tiempo lo hubiera permitido, no dudo que incluso Diosa Canales hubiese despertado en más de uno la fervorosa ilusión del que dice «ésta es la que era».

En medio de ese panorama desolador, y como si hicieran faltan más chapuzas, surgieron unas nuevas voces feroces. Una voces juveniles, unos «líderes estudiantiles». Una vez más sonaron las trompetas apocalípticas de la antipolítica, esa misma que sedujo a muchos de los que pusieron en Miraflores a quien hoy no sabemos cómo sacarlo de allí, y el encargado de tocarlas esta vez fue Alberto Federico Ravell, quien desde Globovisión exaltó a estos cuatros niñetes al estrellato de la política nacional, más por esperanza que por bagaje político.

Estos cuatro estudiantes tenían todo para ser un fenómeno mediático, porque lo tenían todo también para formar una boy band: uno era un gordito simpático, que destacaba como la voz principal del grupo; otro tenía el cabello largo, pinta de rockero; otro tenía aspecto modesto y nombre de dictador; y el último era el que alzaba la voz más estridente, algo así como el rebelde sin causa del grupo, pero sin tener tampoco razones vagamente coherentes para su rebeldía.

En fin, eran cuatro personalidades distintas, cuatro formas de ver y de hacer la política, cuatro chicos de mi edad. A todos ellos les brillaba en los ojos la inexperiencia en la política real, la inocencia, la virginidad en estos menesteres porno de la política venezolana. Y así, como pasa con las boy bands, recibieron toda la cobertura de los medios, despegaron con rapidez y ganaron su audiencia entre un público de diversas edades y que los miraban a ellos como unos chamos rousseaunianos que no estaban corrompidos por la política de «los grandes», como los chamos que vinieron para cambiar el panorama del espectáculo venezolano ─porque es así como vemos y asumimos que debe ser nuestra política: un espectáculo.

Desde Globovisión salían semblanzas de los integrantes de este grupo. Recuerdo un reportaje que produjo Johnny Ficarella, que se centraba en la vida del rebelde sin causa y sin ideas claras: para hablarnos de él hicieron uso de música tipo comercial de superación personal y tomas lentas, lentísimas, para afincar el carácter de Pobre-Chico-de-Provincia que llegó a la Gran Ciudad para estudiar en la UCV, que vivía en Catia, en el ranchito de unos familiares, que iba a clases en Metro, que era un chamo echao pa’lante. Meses después, a ese mismo estudiante-peatón le quemaban su camioneta particular; otros meses después, ese mismo estudiante-viviendo-en-sector-clase-baja se lanzaba para diputado en el circuito de Chacao-Baruta-El Hatillo, el de la clase media alta-alta caraqueña. Perdió.

La historia siguió y con ella surgieron nuevas figuras que le quitaron protagonismo a nuestra boy band. Entre sus integrantes, vale decir, había dos que no me despertaban tantos recelos; uno se convirtió en diputado, el otro en concejal y se exhibe como un interesante dirigente político. Los otros dos, malogrados por la fama, decayeron junto con sus carreras solistas/políticas: el gordito cuchi ahora pontifica desde los artículos que publica en una columna un ideario político que lo que hace es espantar más que atraer, amén de llamar idiotas a diestra y siniestra; el otro, el de la voz incoherente y las «ideas desestructuradas», ha renegado de la industria que le dio el espaldarazo y ahora es el rebelde entre los rebeldes, el hijo perdido… y sin posibles padres que le adopten. Responde al nombre de Ricardo Sánchez.

Marginado de los grandes espectáculos de la política nacional y enfadado por su escaso protagonismo actual, no ha visto mejor manera de recobrar su fama que dándole una patada a la mesa… a la Mesa de la Unidad Democrática. En las últimas semanas convoca ruedas de prensa, habla de que «renuncia» a conglomerados políticos formados por partidos políticos y no por personalidades, se presenta como el enfant gâté de la oposición venezolana, cuando en cambio solo queda como un tonto útil del Gobierno. Tonto útil para desprestigiar y desmoralizar a quienes se oponen como él al único objetivo al que hay que oponerse: a un Gobierno todopoderoso y peligroso.

Todo aquello que tanto le costó a la oposición política venezolana, que no es más que bajar los ímpetus de los radicales que creían que Plaza Altamira era la salida o que la abstención haría caer el gobierno, todo aquello que tanto se anheló construir en aquellos años cuando Ricardo Sánchez apenas empezaba la universidad (que seguro todavía no termina), en fin, todo aquel monumento de ingeniería política que se levantó sobre este lodazal que es la totalidad de la política venezolana desde hace décadas, ahora pretende ser desconocida por Ricardo Sánchez.

En otras palabras, frente a la racionalidad de la MUD (que no es otra cosa que la unidad opositora que tanto ha costado construir, con sus fallas, pero con su magnífico logro de encauzar a muchos venezolanos hacia la política de Primera División), se alza la irracionalidad de un joven molesto por no verse allí, molesto por perder sus quince minutos de fama, molesto por no ver los flashes en su cara.

En ese afán de autodestrucción propia de las estrellas juveniles cuando pierden su época de gloria, Ricardo Sánchez se presentó en VTV como «líder» de oposición, para, desde su punto de vista «opositor», atacar más a la oposición y menos al Gobierno.

Cree el bachiller Sánchez ─o creemos que cree─ que se convierte en la voz de la «otra oposición», la «oposición posible», la «oposición mejor porque-todos-los-demás-no-sirven-para-nada-pero-él-tiene-la-razón», cuando consigue lo contrario: desacreditar a toda la oposición en su conjunto, incluido a él, que pasa ante los ojos de los chavistas y los ni-ni (si es que estos existen) como ejemplo del «canibalismo opositor». ¿Miró el diputado suplente los tweets que salieron desde las cuentas oficiales de los aparatos del Estado? Seguro no lo hizo, obnubilado como está viéndose a sí mismo que se perdió esta perla:

 

Tweet chavista - Ricardo Sanchéz

Ricardo Sánchez se convierte así en el borrachito de la fiesta chavista al que azuzan los más vivos para que haga el ridículo, hablando mal de los demás y creyéndose que se la está comiendo, que es el alma de la fiesta, sin estar consciente de que las risas que se levantan a su lado son por él.

Anteriormente dije «creemos que cree» que así él hace otra oposición, que se convierte en la voz autocrítica de una generación. No hay razones que demuestren que ha sido comprado, como ya ni se molestan en ocultar otras antiguas figuras de la oposición que «volvieron a aceptar al único mesías que es Chávez por los siglos de los siglos» y que no vale la pena mencionar. Creo que el diputado suplente es honesto. Es honesto con su enorme ego que le pide a gritos recuperar la gloria perdida.

Lo triste es que estos comebacks suelen ser pasajeros, el preámbulo del ocaso definitivo. Y el diputado suplente ahora actúa en su último show. Cuando pasen las elecciones regionales, cualquiera que sea el resultado de éstas, las cámaras que ahora le enfocan, y que son en especial las del Gobierno, apuntarán hacia otros lados y Ricardo Sánchez, para su sorpresa, se encontrará solo en el escenario, sin nadie que atienda a su llanto.