El 14 de febrero se celebra San Valetín, el día de los enamorados, pero ¿por qué no día del despechado, de la antigua amante rencorosa? ¿Por qué somos tan escrupulosos al momento de demostrar unos sentimientos y ocultar otros? Así como se celebra un amor, también se lamenta la pérdida de un amor. Sentimientos en los polos opuestos, pero que nos demuestran que vivir es una experiencia asombrosa. Todas mis relaciones se fueron apagando entre el fastidio y el tedio. En ocasiones, cuando soy oídos en la historia de algún amigo o alguna amiga destrozado confieso que se me van acumulando las palabras en la cabeza, las ganas de gritar: «Idiota, estás vivo, entregaste el alma y ahora te la arrojan a los pies de un tembloroso cuerpo; disfruta ese vacío, recoge las piezas, ya ocurrirá otra vez, las subidas y las bajadas, solo dejamos de sufrir cuando ya estamos muertos, y en ese momento no seremos testigos de nuestra grandeza emocional». En el fondo, quizá me mueva la envidia, porque es mejor terminar entre estallidos que ver agonizar una relación y confirmar su fin con una carta mediocre, con excusas insostenibles, formas despojadas de las emociones que alguna vez nos despertaron la otra persona. Amen, disfruten, lloren, anhelen, envidien, celen, celebren, descubran, vivan el ahora porque cada momento imprime en nuestra memoria una nueva emoción que no merece rechazos.