Los defensores equivocados de Julian Assange

Escrito por en Estado de política

Equipo defensor de Julian Assange

Haz el siguiente experimento: pregúntale a cinco personas corrientes de qué se le acusa a Julian Assange y por qué se pide su extradición a Suecia. Si el tema no fuese lo suficientemente serio ─que lo es cuando una persona está siendo investigada por  delitos graves─, las respuestas llevarían a la perplejidad por lo alejadas que están de la realidad, y lo salpicadas que están de teorías conspirativas y manipulaciones.

La mejor defensa pública que se le puede hacer a Assange es empezar por desmontar la falsa creencia de que se le acusa por ser cabeza de una organización (WikiLeaks) que «extrajo/robó/filtró» cables confidenciales de la diplomacia estadounidense, cuando de hecho esta organización lleva años siendo tan solo una plataforma que utilizan terceros para dar a conocer información sensible de gobiernos de cualquier signo político. (La verdad que el propio Assange poco hace para que la gente deje de creer esto cuando habla de cacerías de brujas dirigidas por el presidente Obama.) A partir de allí, se debe entender que la orden de extradición al reino de Suecia (y no a Estados Unidos, como muchos creen) está relacionada con una investigación (y no acusación) que se le sigue a Assange por denuncias de delitos sexuales que fueron interpuestas… tres meses antes de que fueran publicados aquellos documentos de la discordia. Hay personas que saben esto, y aun así insisten en alegar que esto es un montaje y que de ser extraditado a Suecia, la justicia de este país renunciaría a sus acusaciones y lo entregaría para el sacrificio a Estados Unidos (país que de paso no ha pedido su extradición), de lo cual se infiere que estas mismas personas consideran que Suecia, uno de los países más avanzados del mundo y con un historial inmaculado en defensa de derechos humanos y de los perseguidos, se comportaría como una «monarquía bananera» sometida a las presiones de otra nación.

Parte de todas estas creencias, equivocaciones, paranoias y confusión de términos legales que llevarían a esas cinco personas del experimento a dar respuestas incorrectas se debe a que este caso ha sido descontextualizado y lanzado al pozo de la mala política por los propios «defensores de primera línea» de Julian Assange.

El ideario que dice defender Julian Assange y WikiLeaks por la transparencia de los gobiernos y la libertad de información es inobjetable. Es lo que uno como venezolano le pide a nuestro gobierno, tan empeñado en darle una definición perfecta a la palabra arcano. Sin embargo, paradójicamente, Julian Assange ha conseguido que salgan en su defensa una serie de personajes de dudosa trayectoria y gobiernos que hacen todo lo posible por no ser transparentes y por perseguir a la prensa libre en sus países y que los vincula, a parte del anterior prontuario, el hecho de albergar un profundo espíritu antiestadounidense.

Son estos defensores de primera línea los encargados de enrarecer el caso y de politizarlo, pero cabría preguntarse: ¿A quién de ellos le importa Julian Assange? ¿Al presidente ecuatoriano Rafael Correa, quien persiguió a directores de prensa de su país y luego cual emperador romano «les perdonó la vida» con un gesto de prepotencia y arrogancia, el mismo que demostró cuando fue entrevistado por la periodista española Ana Pastor? ¿A Hugo Chávez, a Vladimir Putin? ¿A Michael Moore, a Oliver Stone, que ya deben estar mirando en el hombre de la cabellera platinada el siguiente protagonista de sus documentales maniqueos? ¿Al juez español Baltasar Garzón, quien consciente de que al inmiscuirse sin competencia en la investigación de los crímenes del franquismo violaba la legislación española y ponía en peligro la continuidad del caso y que aun así prosiguió solo por su propia fama?

A ninguno de ellos ni a otros personajes que ahora salen en su defensa les interesa aclarar el caso ni mucho menos les importa el ideario que dice defender Assange (quien, ante las dificultades legales, no tiene más remedio que hipotecar dicho ideario). A ninguno de ellos le interesaría tampoco contar con un WikiLeaks en sus propias naciones. A todos ellos les mueve un frente político común y Julian Assange es para ellos un arma arrojadiza que, si se descuidan, volverá en algún momento contra ellos, los defensores equivocados.

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La medalla «nuestra» de Rubén Limardo: la apropiación de su éxito

Escrito por en Deporte, Estado social

Cuando en un país con escaso peso internacional en las artes, en las ciencias, en la cultura, en la política, en la industria o en el deporte como Venezuela (salvo contadas excepciones, que son eso) alguien logra un reconocimiento fuera de sus fronteras, no es de extrañar que algunos connacionales conviertan las espontáneas y muy válidas muestras de orgullo y celebración por ese triunfo en un éxito «propio», y pasen a «reclamarlo» y a defenderlo con severidad ante cualquier tipo de cuestionamiento de quienes creemos que ese logro es mérito de quien lo consigue y no de quien lo ve a la distancia. Así, estas personas proyectan sobre ese éxito ajeno el deseo de gloria propio, lo sobredimensionan y lo viven con una creencia de notoriedad internacional y chovinismo, cuando tan solo tienen una cosa que los vincula al «exitoso»: la misma nacionalidad. Es como el padre que celebra los triunfos que nunca tuvo él mismo con el hijo deportista, o la madre que no terminó la carrera orgullosa de su hija que se graduó en la universidad.

Pasa muchas veces que esta costumbre de apropiarse del éxito del «legionario», del que «pone en alto la bandera nacional fuera del país», influye en el «exitoso» de tal manera que es mal visto si su triunfo no se lo dedica a su país. ¿Cuántas veces hemos visto a un venezolano que al conseguir un premio internacional se lo dedica, antes que a sí mismo, a su patria? Muchas. Me gustaría ver algún venezolano que se atribuyera únicamente a sí mismo el éxito que ha cosechado aquí o en cualquier parte.

En cambio, no es usual ver a un actor inglés o alemán que gana el Oscar dándole las gracias a su país ni a la Reina o Canciller (no hablo de los franceses o chinos, porque ellos son ultranacionalistas). Tampoco lo es ver a un grupo musical estadounidense o irlandés dedicarle hasta el llanto el premio a sus anónimos vecinos de barrio cuando gana un premio en otro país. Eso no los hace menos inglés, alemán, estadounidense o irlandés. Simplemente, ellos se saben parte influyente del mundo, no tienen que llevar su Patria al mundo cual Quijote que asume las armas para darle prestigio a La Mancha. En otras palabras, no tienen esa urgencia de darle notoriedad a su país porque tienen asumido que ya la tiene. Mientras que los ciudadanos de países pequeños y con escasa repercusión exigen convertir todo triunfo de alguien de los «suyos» fuera de las fronteras en una gloria nacional y que aquél sea atribuido a la Patria, y, por extensión, a ellos, los ciudadanos de países influyentes, salvo hazañas memorables y de alcance global, no lo hacen.

Ejemplo: como siempre nos gusta compararnos con Estados Unidos, habría que preguntarse si este país recibió como héroes nacionales a las ganadoras de la medalla de bronce en esgrima, las hermanas Hurley. Salvo en su pueblo natal, lo dudo. ¿Por qué? Porque están acostumbrados a tales niveles de éxito que solo celebran las victorias de Michael Phelps (quien consiguió algo memorable y de alcance global), y con él tienen de sobra fervor nacionalista para presumir por un buen rato.

Todo lo anterior viene por el caso de Rubén Limardo y la reacción que ha generado su medalla de oro ganada en los recientemente finalizados juegos olímpicos de Londres. No había publicado antes un comentario sobre este asunto, principalmente por desinterés, pero también porque tocar estos temas en un país tan nacionalista como Venezuela hiere sensibilidades y mueve al insulto fácil, a las acusaciones de no querer al país y a los deseos de que nos «vayamos demasiado» por «apátridas». Pero a las muchas muestras desaforadas de verdaderos fanáticos que salen a celebrar «lo nuestro» y a «defender» la Patria herida ante la gente que cuestiona, se han sumado las declaraciones de Rubén Limardo desde el fin de semana para acá, erradas, contradictorias, oportunistas, egocéntricas, y la aparición en un programa de TV con una franela con el eslogan: «Quien no quiere a su Patria no quiere a su mamá», que me han resultado suficientemente desafortunadas como para dedicarle unas breves líneas a este tema de su medalla, de nuestras celebraciones, de lo que él representa.

Sonará antipático decirlo, pero la medalla de oro que ganó Rubén Limardo es de Rubén Limardo, aunque él se la quiera ofrendar a sus connacionales (recuerden que es de mal gusto no dedicarle los triunfos a la Patria). La obtuvo con su esfuerzo y sacrificio personales, y ninguno de los que celebró patrioteramente su triunfo por las redes sociales o en actos públicos (a excepción de entrenadores, amigos o parientes) contribuyó económicamente en la preparación que requiere un atleta para llegar en condiciones físicas, mentales, técnicas y financieras idóneas a unas Olimpiadas y luego ganar una medalla. Peor aun, ni siquiera el Comité Olímpico Venezolano lo ayudó ─aunque él ahora no quiera hablar al respecto.

Rubén Limardo despertó un fervor patriótico entendible en un país tan poco acostumbrado a los éxitos deportivos y que tan necesitado está de buenas noticias y de modelos de inspiración. Luego, muchas personas y políticos de todo el espectro comenzaron esa «apropiación» de su éxito y a explotarlo con fines particulares. El asunto se complica cuando Rubén Limardo parece ceder su triunfo personal a esas personas, y de la humildad de sus primeras declaraciones y de la simpatía que generó su paseo por el Metro de Londres con su medalla ha pasado a demostrar cierta prepotencia y arrogancia que él les da a otros deportistas, a creer que las críticas que despiertan sus ahora destempladas palabras no son contra él, sino contra todo el país, contra la Patria. Cuando Limardo dice que quien no quiere a la Patria no quiere a su mamá, pareciera que se está refiriendo a él mismo como la Patria, sabedor de que hay personas que lo critican a él, que «no lo quieren». Limardo tiene plena libertad para expresar sus opiniones, así como yo tengo las mías para decir que sus palabras no me gustan, ya no soy me siento representado por él y eso no me hace ser menos venezolano.

Será uno de los «nuestros», será un venezolano como yo, será sin lugar a dudas un buen deportista y seguramente un gran tipo lejos de la presión mediática y política, pero no por ello siento su medalla como mía, sino que se la reconozco sólo a él. Y luego de sus declaraciones, si se trata de representar el país en su totalidad, creo que Limardo no lo hace con sus palabras y actos.

Muy bien haríamos los venezolanos en empezar a valorar el esfuerzo, la constancia y el sacrificio personales, y en dejar de ceder nuestros éxitos a los demás. Ese día probablemente los venezolanos empezaremos a creernos que somos capaces de conseguir lo que nos propongamos y no a reclamar como propio, a lo mucho, el éxito de los demás.

Cronología disputa Paul Gillman y Zapato 3

Escrito por en Asides, Rock venezolano

En vista de que este blog ha registrado en las últimas horas visitas de personas que han llegado, por razones que solo conoce el algoritmo de Google, buscando información respecto a la crítica que realizó Paul Gillman a Zapato 3, encontrando más bien los artículos con la etiqueta Zapato 3 que no tocan el asunto, he decidido publicar esta breve cronología para quien quiera conocer qué ocurrió entre estos íconos del rock venezolano.

5 de agosto de 2012: Zapato 3 se presenta en el Parque Los Caobos en el cierre de la III Feria del Libro de Caracas.

 

11 de agosto de 2012: Paul Gillman emite un comunicado a través de su cuenta oficial en Facebook en el que critica la utilización de dinero público para pagar la presentación de Zapato 3.

11 de agosto de 2012: Sergio Monsalve publica en Panfletonegro un artículo al respecto que se convierte en viral.

13 de agosto de 2012: Paul Gillman emite un nuevo comunicado en el cual ofrece disculpas al público y a Zapato 3 por su comentario.

13 de agosto de 2012: Fernando Batoni emite un comunicado a través de su cuenta personal de Facebook para zanjar el asunto.

La ciudad borrada

Escrito por en Asides, Relatos

Caracas - Congestión, colas

La ciudad es un completo caos; el metro, para variar, había anunciado por sus altavoces que por problemas en tal sector el servicio presentaba un fuerte retraso; como ya viene siendo usual. Como también lo es la reacción de los usuarios: salvo algunas quejas, no pasa nada. Algunos salen, los más esperan adormecidos a que llegue el tren imaginario que los lleve a su no-destino; el tren de la dignidad, del coraje, de la protesta, hace tiempo que nos dejó atrás, y no volverá.

Yo sigo dando vueltas por las calles, un carajo con olor a alcohol se interpone en mi camino, me pide dinero para completar para la caña, intercambio palabras con él, en mi delirio busco pelea, nos amenazamos y no sé en qué momento cambia el lenguaje, de la hostilidad pasa a hablar de Dios, del respeto mutuo, de que solo me había pedido veinte bolos y que yo le había respondido mal; lo veo su vestimenta andrajosa conmueve. Nos dimos la mano y se marcha, otra vez, insultando, se gira y me apunta con la mano cual revólver. Dale, hazlo.

Todas las personas parecen tener un no-destino claro: los que esperan adormecidos, los chicos andrajosos pedigüeños, es como si la no-vida, la repetición, la rutina les hiciera carantoñas para que vuelvan con ellas, que las acaricien, que las mimen; ellas a cambio tienen para ofrecerles una existencia sin sobresaltos, sin peligros, sin mayor preocupación que volver, a cumplir con el ciclo, a vivir la no-vida.

Yo no tengo destino siquiera; hace rato que extravié la brújula, miro el caos como mar embravecido, me dejo arrastrar, miro desde lo que queda de una embarcación que solo existe en mi cabeza el naufragio, los restos flotando de lo que alguna vez tuvo forma, estiro la mano para asirme a las cosas pero la marea aleja todo, se pierden en el fondo, no hay redención, me hundo.

Por mi cabeza pasa la idea de llamarla; vive cerca, mejor estar con ella, pensé, que esperar, que vagar. La llamo, busco compromiso, busco fidelidad, busco lo que supongo toda pareja busca a cambio. Y en cambio recibo la voz indiferente del cansancio, del mejor mañana, del me siento mal hoy. Su voz se pierde en la mala señal, así como se pierde la imagen de ella, borrándose en el recuerdo de mejores días, en aquellas horas en las que los amantes encadenan promesas a un futuro que rara vez llega. Finalmente la llamada se pierde, un mensaje de error en la llamada aparece en la pantalla. Tal vez el error se dio antes de llamar.

Miro alrededor, las personas pugnan por subirse a autobuses atestados, peleas entre conductores que se vuelan los semáforos que se dejan en pocas palabras el honor, el respeto. La ciudad es así, no hay cabida para la palabra, no hay espacio para ningún tipo de paz.

Me siento a tomar un té frío en un sitio cercano; como la máquina estaba mala el té lo sirvieron caliente. No tuve problema con ello; a manera de disculpas ofrecieron un precio simbólico. Pienso en la palabra «simbólico»: en los últimos años las personas que pasan por aquí son así. Representaciones de algo, nada más. Incluso yo soy así, probablemente sea peor que eso, quizá sea el recuerdo efímero, la no-compañía de alguien. Ya no tengo ganas de pensar, la ciudad termina por asimilarme, por alumbrarme mi no-destino, por quitarme la palabra, por borrarme.

Y no me importa.

Johnfreddy, el intenso: Hay gente que ataca a los miembros del Club de los 27, criticándolos con el argumento de que por morir jóvenes no disfrutaron la vida. Yo a esa gente les replico: La mayoría de las personas que llega a los 80 años no ha vivido ni un tercio de las cosas que vivieron aquellos genios. La calidad de vida no se mide en años, sino en experiencias y emoción vividas.

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