Marcha - Independencia de Cataluña

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El sueño

Deben ser días malos para el presidente catalán Artur Mas. Hace dos años fue elegido para dirigir el gobierno autonómico de Cataluña, y tal como iban las cosas nadie hubiera imaginado que de pedir sin éxito en Madrid una mayor independencia económica para la comunidad autónoma que dirige se metamorfosearía de la noche a la mañana en un fervoroso y entusiasta propulsor de la independencia política de Cataluña.

De aquel fracaso por conseguir mayor libertad económica y ante la contundente y políticamente plural (dentro del nacionalismo catalán, claro está) manifestación proindependentista en el día nacional de Cataluña, surgió un nuevo Artur Mas, revitalizado, que dio por finalizado su mandato, llamó a elecciones anticipadas y presentó un nuevo programa electoral donde la formación política que encabeza, la coalición liberal y demócrata de CiU, ya apuesta sin ambigüedades por la independencia del antiguo condado de la Corona de Aragón.

El debate español dejó de ser monotemático. La crisis empezó a convivir con un nuevo tema entre los tertulianos: el resurgimiento de la posibilidad de secesión o independencia de una parte de la actual España, y para sorpresas de muchos la protagonista no fue la hasta hace poco díscola Euskadi.

 

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Un sueño personal

Siento simpatía por Cataluña. Es una simpatía remota, de orígenes poco claros, como esa atracción que despiertan ciertas personas que aún no conocemos en persona pero sabemos que tarde o temprano entrarán en nuestra órbita. Y así pasó: la primera vez que visité Barcelona quedé con el convencimiento de que esa sería la ciudad que elegiría para mudarme en caso de que tuviera que emigrar. La elegancia de Plaza de España y sus alrededores, el largo paseo que ofrece para los andantes el puerto señalado por Colon, la vanguardista arquitectura de sus edificios, la orgullosa exhibición de su lengua propia, en fin, todo eso y muchas más cosas que tardaría en mencionar aquí despertaron mi lado irracional, mi lado romántico. Y cuando la irracionalidad y el romanticismo se juntan nace el nacionalismo, y si bien soy opuesto a él no por ello dejé de sentir ahora simpatía por la idea de una Cataluña independiente, de una Cataluña donde toda esa cultura se pudiera desarrollar de forma autónoma dentro de un Estado propio.

Y así, en esa irracionalidad y en ese romanticismo de ver nacer un nuevo Estado en pleno siglo XXI, lejos de las tensiones bélicas de los siglos anteriores, caí en el sueño independentista de Artur Mas.

 

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El despertar

Para sortear las posibles incertidumbres que toda ruptura genera, Mas explicó que una hipotética Cataluña independiente nacería como un nuevo Estado miembro de la Unión Europea, buscando el apoyo en ella como el novio que recién atraviesa una ruptura se apoya en su familia y amigos. Sin embargo, el desengaño llegó pronto. Las palmadas en el hombro nunca llegaron con intenciones de apoyo, sino que lo hicieron en forma de guasa, de «mira que estúpido eres». La primera vicepresidenta de la Comisión Europea, Viviane Reding, ya dijo que una Cataluña independiente no tiene cabida automáticamente en la UE.

La «mano de los poderosos», dirán algunos molestos, abofeteó a Artur Mas y lo sacó de su sueño a un mes de las elecciones catalanas. Todo su programa electoral se desplomó, el castillo de arena del Estado catalán dentro de la Unión Europea es barrido y no precisamente por las aguas del Mediterráneo. Más de un nacionalista catalán habrá perdido las ganas de volver a dormir para no caer en otro sueño imposible. Desde un poco más allá, del otro lado del charco, un venezolano catalanista se encogió de hombros.

 

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A todas estas ¿realmente creíamos que iba a pasar?

Legalmente hablando, como comunidad autónoma española que es, Cataluña no tiene mecanismos jurídicos para declarar su independencia. Lo que propone (¿proponía?) en su programa electoral Artur Mas es un recurso de fuerza, es decir, imponer la política por sobre las leyes. Y si usted ahora sufre de legalitis y esto le escandaliza, pues sepa bien que las leyes son cocinadas en el horno de la política. Es decir, primero es la política y luego las leyes. El asunto con el caso de la independencia de Cataluña es que un campeonato por establecer nuevas leyes entre un político peso pesado y un político peso pluma.

En otras palabras, se enfrentan las razones políticas de una solitaria región española contra las razones políticas de la totalidad del Estado español apadrinado por la Unión Europea. ¿Puede tener éxito la declaración de un Estado en estas condiciones? Pues la verdad que no.

La opción de formar parte de la Unión Europea para una hipotética Cataluña independiente queda de plano descartada. A parte del veto de España que se da por descontado, políticamente es impensable que desde Bruselas se acepte la independencia unilateral de la región de un país miembro y más impensable aun, o francamente estúpido, que se acepte su inmediata incorporación.

De permitirlo, la actual Unión Europea de 27 Estados se convertiría en cuestión de años en un archipiélago ingobernable (más de lo que es ahora). Europa se fragmentaría: por el oeste con Bretaña y Córcega separándose de Francia, por el sur con la Padania deshaciéndose de «esa» Italia meridional, por el este a los húngaros de Transilvania huyendo de Rumania, por el norte con los flamencos y valones terminando de una buena vez con ese país artificial que es Bélgica. Pare usted de contar.

Aceptar la entrada en estas condiciones de una antigua región convertida a la fuerza en Estado convertiría a la UE en un hervidero de reivindicaciones nacionalistas, y ya sabemos muy bien qué pasa cuando en Europa se agitan los sentimientos nacionalistas. Los historiadores hablan de colapso de la URSS, de sangriento desmembramiento de Yugoslavia, de caldo de cultivo para la Segunda Guerra Mundial.

A todas estas, y aunque los líderes de CiU se han empeñado en ignorar estas primeras palabras de rechazo a la independencia, viene siendo hora de que empiecen a replantearse su programa electoral. El camino de una posible independencia de Cataluña no pasa ahora por Europa. Solo queda pensar que hay una buena lista de países, fuera de Europa a excepción de Bielorrusia, tales como Cuba, Corea del Norte, Zimbabue, Nicaragua y hasta Venezuela, que con todo gusto le darían la bienvenida diplomática a esa República Catalana. A partir de ese momento, yo podré decir que ya estaré más cerca de Cataluña.