No me gusta terminar. La acción de terminar con algo siempre tiene algo de ceremonioso, de artificioso. Es lo que llamo la parafernalia de los finales. Esas cosas no van conmigo, no me gustan los rituales.

Me cae mal la gente que para irse del país (terminar con el país) arma todo un ritual de despedida (que suele culminar en una nefasta fiesta de despedida) y da mil motivos para justificar su partida (su final), mil motivos que no son del interés de nadie: si te quieres ir, vete y ya, cabronete.

Aplica con las rupturas amorosas: cuando yo sé que una relación ya no da para más, yo no hago nada, me alejo, cedo el disfrute de romper a la otra persona, porque romper siempre es un placer para que el rompe, porque le da un extraño poder sobre el que «sufre» la ruptura. En el fondo, somos pequeños monstruos que nos gusta imponernos sobre el otro. ¿Cuántas veces hemos oído jactarse a una persona por haber terminado con alguien? No consigo ni una sola persona que me haya dicho con sinceridad: «Lo lamento por él, por ella», no, pero sí encuentro risas y ridiculizaciones del tipo «y vaya que lloró como un niño o una niña, y el pobre o la pobre me persiguió por días buscando volver». Es la muestra más honesta del placer de romper y el poder que da. Me da lo mismo: soy generoso y espero que la que rompa disfrute con su inflado ego falso.

Por eso mismo cuando algo no me gusta dejo que muera solo, que se agote solo. Pero llegado a este punto les confieso algo: en este momento quiero desplegar todo ese ritual del que termina, quiero disfrutar con todo ese cúmulo de palabras ceremoniosas y artificiosas para disfrutar con terminar con algo. Hoy digo con toda la pompa del caso que termino con el Derecho.

Así, renuncio a ejercer como abogado. En los últimos años he venido perdiéndole el gusto a una carrera a la que mis propios profesores le dieron la estocada en los primeros semestres de carrera al decirme que lo que ellos me enseñaban era «el deber ser, pero la realidad es otra», y es esa «otra realidad» la que años después me hastió del Derecho. Por unos años intenté ejercer la carrera. Y digo «intenté» porque lo que vi en tribunales fue la cara más horrenda de la putrefacción del Estado (y putrefacción es la palabra más artificiosa que puedo hallar para este ritual del final).

Desde que llegas a un tribunal y presentas un caso hasta que vas a archivo para ver cómo sigue el caso, desde la secretaria que te pide que le lleves un chocolate hasta el vigilante que te dice cuánto hay para mover un caso, desde el alguacil que te pide dinero para ocultar pruebas y el juez que resuelve casos en concordancia con el abogado de la contraparte, pasando por el cliente que te pide «cuánto tengo que dar para que me saques el caso rápido», todo es una oda a la viveza criolla, un canto a la corrupción. TODO. Recuerdo un caso de una herencia que llevé: los clientes me querían pagar mal, y querían además que yo le pagará al juez para que el caso saliera rápido; le dije que no, que eso sería mucho riesgo. Llegado al tribunal, el secretario del juez me insinuó que si no quería darle algo para salir rápido de eso. Finalmente, abandoné el caso y me enteré luego que lo tomó otro abogado que lo sacó en pocos meses algo que en teoría iba a salir en años. Solución a todo: corrupción. La lentitud de los procesos existe porque es necesario para depurar al abogado que quiere pagar para sacar un caso rápido de aquel que no quiere pagar. Y esa es toda la verdad. No solo para grandes casos: también cosas sencillas. Doy otro ejemplo: contratos que he redactado pasan sin observaciones por unas notarías y por otras notarías le ponen mil observaciones para retrasarlo. ¿El objetivo? Que le pagues al que revisa el documento para que lo deje pasar y no te quite más tiempo.

No soy precisamente un hombre íntegro (ni busco serlo porque no hay hombres íntegros pero sí muy disimulados), pero esas cosas no son para mí. Todo lo que critico del Estado se ven en los tribunales, en los bufetes, en la actuación de la justicia venezolana. Todo el sistema judicial venezolano es una enorme mierda fresca con moscas dándole vueltas: y esas moscas son abogados, alguaciles, secretarios, fiscales, jueces, etc. ¿Que esto no lo sabía antes? Pues yo era un veinteañero cursi e idealista que decía «yo seré un abogado íntegro y no me prestaré para la corrupción. Cambiaré el sistema».

 

Yo seré un abogado íntegro y no me prestaré para la corrupción. Cambiaré el sistema.
Álvaro Rafael (Caracas, 2007)

 

Pues déjame decirte algo, abogado novato que empiezas a ejercer: de entrada perdiste en tu lucha contra un sistema que te obliga a ser más corrupto que el otro. El Estado es corrupto porque se nutre y a la vez alimenta al que se beneficia de él, hay una relación simbiótica entre el Estado y el corrupto, no puedes sacar uno porque el otro se muere. Y esto no lo cambia uno solo, no lo cambian dos, ni tres ni toda una nueva generación de abogados hermosamente íntegros que vienen a cambiar el mundo (porque siempre habrá idealistas hasta que lleguen a la madurez): si no cambias toda la estructura de un Estado paternalista e hipertrofiado, todo ser inmaculado que llegue a un tribunal saldrá manchado. El Estado venezolano es tan inútilmente enorme y tan gigantescamente burocrático que necesita corrupción para mantenerse en pie. (¿Han visto lo hermosamente pulcros e ingenuos que se ven los abogados recién egresados de la UCAB? Todos con el paso de los años terminan convirtiéndose en abogados corruptos como Saul Goodman, porque la justicia venezolana los necesita así).

Y yo no soy uno de esos que se presta a formar parte de un sistema corrupto. Por eso mismo, es que ahora renuncio a ser abogado. Abogado en ejercicio, para ser precisos. No espero ir a un tribunal para accionar esos mecanismos de corrupción. Seguiré asesorando a la gente, seguiré haciéndoles contratos o documentos simples a mis conocidos, pero no dedicaré mi tiempo ni mis energías en participar en esos engranajes que mueven el sistema de justicia corrompido de Venezuela (palabras ceremoniosas). Mi carrera era el Derecho, pero mi profesión real está desde que tengo uso de razón en los libros (ya mi padre tenía una distribuidora de libros), y ahora asumo plenamente que lo mío es el mundo editorial.

Esto es un final. Con todo lo artificioso que requería el caso, con toda la retahíla de justificaciones que nadie me pidió para algo tan sencillo como es dejar de hacer algo que ya no me gusta. Solo queda por organizar una fiesta de despedida de la profesión, donde invite a mis conocidos y entre copas de vino barato y frases autocomplacientes, música electrónica y alguna que otra lágrima falsa, yo queme el diploma de abogado echándole gasolina e invocando a los espíritus cual Jimi Hendrix, lo grabe y lo difunda para que se convierta en un viral sobre cómo otro joven profesional en Venezuela acepta que ejercer la carrera que estudió es una grandísima pérdida de tiempo.