Los desmemoriados

Algunas veces, cuando me da por limpiar mis archivos, doy con escritos que de tan sólo leer las primeras líneas hacen que la sangre se me concentre en la cara de vergüenza. Es natural: las experiencias, si bien no siempre logran cambiarnos del todo, nos van alterando con los años la forma de ver las cosas. He leído que la desmemoria y el olvido son herramientas para vivir: que nuestro cerebro colapsaría acumulando tantos detalles superfluos o traumáticos. Es por eso que, sin notarlo, nuestra memoria sufre constantes limpiezas automáticas de archivos: dejamos atrás las cosas en las que ya no estamos de acuerdo del todo o parcialmente, dejamos en el pasado nombres, caras, momentos que de tenerlos presentes solo nos complicarían este día. Sin embargo, queda algo allí que no se logra resetear: nos desviamos por una calle por la que años atrás pasábamos con nuestra pareja de entonces y como si de una galleta de nuestra infancia se tratará creemos sentir un déjà vu cuando en realidad estamos recordando viejos sabores.

Lo que podría parecer un saludable mecanismo de limpieza mental llega a ser peligroso cuando la memoria afectada toca la parte política de nuestro pensamiento. Ya saben la manida frase: «…estamos condenados a repetir la historia». Ha sido tanta la acumulación de informaciones políticas en los últimos años que los venezolanos hemos colapsado. La historia, o las historias, nos condenaron. Nuestra memoria se ha limpiado como mecanismo ya no de vivir, sino de sobrevivir.

Nos hemos vuelto unos peligrosos desmemoriados. Las redes sociales son una bitácora de la desmemoria y el olvido, además de servir como plataforma de linchamiento.


Capriles, el cobarde

Estos días leer Twitter hace que la cara se me ponga roja, pero de estupor, de pena ajena. Abundan los llamados a «la calle», a la subversión contra el gobierno de Maduro, que mal que bien (y en realidad, terriblemente mal) es el gobierno por el que ha votado un poco más de la mitad del país, personas conscientes de lo malo y corrupto que es pero sabiendo que este gobierno es el único capaz de mantenerles su modus vivendi de dependencia absoluta del Estado paternalista. Gente  también desmemoriada que ya no recuerda que antes votaba por la socialdemocracia de AD y COPEI.

De los peor de aquellos otros desmemoriados, opositores radicales, está en llamar a Henrique Capriles un cobarde, un vendido, alguien que debe dejar el liderazgo de la oposición porque negoció con el régimen a cambio de mantener la gobernación (???). E insisten, una vez más, en llamar a la calle (desde un smartphone, desde una tablet, a través de una cuenta de Twitter o Instagram desde donde estos voceros de la cibersubversión suben fotos donde disfrutan a toda cara en Cuyagua, comparten platos exóticos o imágenes de gatos adoribilísimos. ¿Realmente son estos los guerreros que llaman cobarde a Capriles? ¿Muchos seguro ni saben dónde queda Miraflores? Y son, para colmo, ejemplos claros de la desmemoria: meses atrás le aplaudían muchas cosas con las que yo nunca he estado de acuerdo.


La galleta de Carlos Ortega: ¡A la calle! ¡Ni un paso atrás!

El desmemoriado es incapaz, por razones obvias, de recordar que el último que llamó a la calle fue un señor llamado Carlos Ortega. Presidente por muchos años de la CTV, brazo sindical de AD. Hoy asilado en Perú. Carlos Ortega se ha convertido en la galleta de los desmemoriados: en ese recuerdo vago de «una vaina arrecha que pasó, en un carajo que tuvo los malditos cojones de llamar a la calle, nojoda el coño la madre con Capriles». Un señor que llamó a la calle, y no recuerdan nada más…

Acá les paso la taza de café para que ablanden la memoria: la última vez que un líder venezolano llamó a la calle en ese tono belicista que muchos ahora le reclaman a Capriles los resultados fueron catastróficos: hubo muertos, Chávez se fortaleció en el poder, depuró las FF.AA. y las llenó de incondicionales e incompetentes (aunque militar-competente sea un oxímoron), le echó mano a PDVSA, y arruinó muchas vidas dentro de la oposición política: forzó a muchos venezolanos al exilio (como el propio Carlos Cojones Ortega), desintegró familias, hundió en la miseria del desempleo a muchas, otros no corrieron con la misma suerte: al día de hoy el comisario Simonovis sufre en prisión porque muchos venezolanos pidieron calle.


¿Salimos a calle y el chavismo? Siguió en el poder

El desmemoriado, por carecer de referencias, busca siempre el camino inmediato, lo fácil, y por eso el desmemoriado votó por el teniente coronel golpista en 1998, y ahora tiene sueños húmedos con que se repita esa vaina que pasó el 11 de abril.

Pero no, salir a como dé lugar de esto sería sumir al país en el olvido perpetuo. Acá la lucha es política, y Capriles, de quien tiene tantos aciertos como desaciertos, ha demostrado tener una talla política que no se ha visto en años. Él es la antítesis del chavismo belicista y confrontador: pide diálogo, y el país lo necesita más que calle. Acá el país debe aceptar que hay «otro». Sonará comeflor, pero el chavismo, con toda la molestia que significa, es una realidad. Pensar que «saliendo a la calle» desaparecerá el chavismo es demostrar ya no sólo falta de memoria, sino una inmadurez política conmovedora.

El desmemoriado debe esforzarse en prestar un poco de atención, y que si quiere un cambio éste debe ser político, pensando, convenciendo al chavista común que el modelo que apoya no beneficia a la larga a nadie, y dejar de creer que la «calle» saca gobiernos (en Venezuela, no), que repetir el 11 de abril es la solución, y de que el país es el círculo de amigos desmemoriados que piensan igual que uno. Si no cambias al venezolano que vive subvencionado por un Estado que lo ha acostumbrado a ser no-productivo y dependiente, cosa que hace el Estado desde antes de que el chavismo lo controlara, entonces no hay cambio que dure ni memoria que lo resista.