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Venezuela, un país rico

Cuando Chávez llegó a la presidencia tenía en su programa electoral un sinfín de promesas que no realizaría en vida. Lo único que materializó con mayor éxito fue la exacerbación de la confrontación social entre aquellos que tienen algo y aquellos que no tienen nada y que no hacen nada por tenerlo. Chávez explotó con la destreza del vivo criollo (manipulador y mentiroso) ese oscuro sentimiento latente (una mezcla de desprecio, envidia y resentimiento) e hizo creer de una vez por todas algo que su electorado presentía de antes: que si vivía en la pobreza se debía a que «alguien perverso» le quitó lo que era suyo.

Es decir, que cada uno de los venezolanos nació con riqueza que le fue arrebatada por otro (los empresarios, las cúpulas podridas, el abstracto «enemigo extranjero»), y que nada tenía que ver la pobreza con la falta de trabajo o de producción propia, porque a fin de cuentas «Venezuela es un país rico» y uno nace para reclamar la herencia sin mover un dedo (herencia administrada por un Estado paternalista cuya función no es otra que la de darle a sus hijos lo que otros le quieren quitar). La cultura de la pereza ya estaba sentada en esa frase entrecomillada.

Él como nadie supo explotar un discurso que no era novedoso, pero lo hizo suyo y de sus partidarios chavistas: ya los anteriores gobiernos socialdemócratas y socialcristianos (socialistas) habían hecho creer a la gente que nuestro mayor recurso natural, el petróleo, «es de cada uno de nosotros», que antes era de empresas extranjeras que vinieron a «quitarnos lo nuestro», a «saquearnos», manipulando los sentimientos nacionales para favorecer el desprecio, la envidia y el resentimiento hacia el «otro», hacia «el empresario», hacia el «musiú», cuando fueron precisamente esas empresas extranjeras las que vinieron al país para explotar un recurso que con nuestros conocimientos jamás hubiéramos logrado sacar del subsuelo. Sin la ayuda de la empresa privada extranjera, Venezuela sería hoy en día una provincia dedicada a la actividad agrícola, es decir, a la explotación de la riqueza que nos da la tierra sin mucho esfuerzo.

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El empresario, tu mayor enemigo

A medida que avanzaba la revolución, Chávez hizo ver que el empresario era un ser perverso, explotador de los pobres pero que a la vez pretendía vivir del Estado; el empresariado venezolano, lamentablemente, no tenía muchos recursos para hacer frente a esa campaña institucional en su contra ni argumentos éticos de peso para rebatirla, por ser pequeño, débil y muchas veces altamente dependiente al Gobierno de turno.

Al día de hoy, Venezuela nunca ha contado con un sistema capitalista de libre mercado donde los empresarios puedan desarrollar sus actividades económicas alejadas del paraguas del Estado.

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Crisis económica venezolana por Carlos Rangel

Tenemos empresarios atípicos: empresarios que si quieren progresar deben ceder ante un Estado que maneja el monopolio de la actividad económica del país. Empresarios secuestrados por el control cambiario que no pueden exportar ni importar nada, sometidos a estrictos controles de ganancias y a la estigmatización constante del Estado. Lo peor: hay empresarios que le dan la razón al Gobierno socialista de que sí, de que ellos son culpables, de que las empresas son perniciosas para los intereses del pueblo y que la actividad económica debe estar supeditada a la «felicidad del pueblo» y no al motivo de toda empresa: generar riqueza.

En un ambiente de tal hostilidad, pocas empresas se han mantenido firmes en principios empresariales y las que quedan son un rara avis de constancia y valentía (Empresas Polar es una de ellas). La mayoría de empresas han quebrado, otras se han ido; cientos de empresarios han sido encarcelados, exiliados, comprados, asesinados.

Y el chavista está convencido de que el empresario es un ser perverso, el culpable de todos los males de la sociedad, el responsable de que sea pobre, aquel sujeto que le quita los alimentos y los esconde, en una [i]lógica malévola de quebrar sus empresas privadas para derrocar al Gobierno; habría que preguntarle a ese amigo chavista si las pocas empresas que quedan son capaces de tumbar a un Estado que controla todo y que se jacta de ello.

Que un chavista demuestre su deprecio, envidia y resentimiento hacia los empresarios y la actividad privada en general no me extraña; es parte del discurso fundacional del chavismo exculpar a los propios para responsabilizar a los otros.

Pero que se escuchen voces dentro de los que se dicen opositores contra los empresarios, los pocos que quedan y que resisten a nivel personal y hacen resistir sus empresas para que se mantengan productivas ante la barbarie chavista, sí es algo preocupante, porque da cuenta de que el discurso de intoxicación chavista ya ha despertado, al otro lado del espectro político, el chavista interno que llevan muchos opositores.

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Despierta el chavista interno que hay en ti

Recientemente circuló el discurso que Lorenzo Mendoza, Presidente de Empresas Polar, difundió entre sus empleados para animarlos a quedarse en Venezuela.

Lo dice un empresario privado más exitoso del país, el único que ha logrado defender los derechos de sus empresas y trabajadores ante un Gobierno altanero, y entonces estallan las críticas hacia él.

«No se pueden cambiar unos problemas por otros» fue la primera frase que movió, de manera más apasionada que racional, las críticas de algunos opositores, que acusan a Lorenzo Mendoza de frivolizar los problemas en Venezuela desde lo «alto de su cargo» (como si su posición le prohibiera hablar de los temas del país, volviendo otra vez a la mentira chavista ampliamente aceptada de que la política en Venezuela solo es cosa de «el pueblo») y se extienden en argumentos como que él niega que en otro país se puede vivir mejor. La argumentación pareciera racional (¿quién prefiere vivir en el infierno en lugar de vivir en el paraíso?), pero de pronto te das cuenta que la frase que abre este párrafo la dice un empresario que tiene muchas opciones para irse y no lo hace, y es precisamente hacia esa dirección donde va esa frase: no es que se niegue la jodida realidad venezolana —más bien se acepta que el país siempre ha vivido en crisis— o se haya llegado a punto de negociación con la crisis, o que se diga que Venezuela es un país maravilloso porque tiene El Ávila o las playas y que este es el mejor país del mundo, en ningún momento se oye eso, simplemente se parte de un principio claro: que ante las dificultades uno no abandona el barco porque si es así, cuando nos vayamos a otro país donde se consiguen las cosas de las que aquí carecemos, uno verá que hacen falta otras (la familia, un trabajo similar, las redes de apoyo que uno ha construido a lo largo de años, etc.) y entonces esa inconstancia que nos llevó a fracasar en Venezuela nos llevará a fracasar en cualquier lugar del mundo. Más que frivolizar sobre la situación del país, queda frivolizada la creencia de la emigración plácida y feliz.

Hay otras frases que parece que algunas personas entendieron al revés: «Hay mucha gente que no puede irse para ningún lado. Yo estoy con ellos» y «yo respeto a la oportunidad de la gente que puede irse», entendiendo sus críticos, en cambio, que acusa casi de cobardes a quienes se van, o que sataniza el deseo de otros de irse, o algo mucho peor: acusan a Lorenzo Mendoza de ser un empresario indiferente ante el dolor ajeno y de los que se van dejando todo o los que se quisieran ir pero no pueden, lo cual es ponerlo como un monstruo —¿les suena esa estigmatización?

Y es allí cuando los extremos se miran, se sonríen, coinciden, consiguen un enemigo en común: Lorenzo Mendoza, «un empresario, un hombre que tiene mucho dinero, un hombre alejado o simplemente desinteresado de las necesidades de los pobres, un hombre que seguro está donde está porque te ha quitado lo que es tuyo y que no le importa si haces cola o si te roban en la calle porque él siempre será “rico”».

Dicen que por ser «rico», Lorenzo Mendoza no le importan las penurias que sufre día a día eso que llaman el «venezolano de a pie» y casi lo sitúan viviendo en una burbuja donde todo es confort y placer. Olvidan que es el presidente de la empresa privada más grande de un país cuyo Gobierno se ha propuesto destruir a la empresa privada para sustituirla por un modelo que privilegia a la boliburguesía. Olvidan que Empresas Polar es la empresa privada más fiscalizada y acosada de Venezuela. Quienes creen que tener una empresa privada le aleja de las realidades del país, es porque desconocen lo difícil que es tener, mantener y resistir con una empresa privada en Venezuela. No solo a nivel económico, sino también a nivel penal: la Venezuela chavista se ha caracterizado por implantar numerosas normativas penales que penden sobre la cabeza de los empresarios. Numerosos han sido los empresarios que se han visto encarcelados por las causas más baladíes. Y todavía ¿piensan que por ser «rico» y «empresario» lo tiene más fácil que el venezolano que hace cola?

Es curioso cómo unas palabras de optimismo, que incluso se pudieran catalogar de nacionalistas, despiertan en muchos (chavistas y algunos opositores) el desprecio («no hace cola como uno»), la envidia (es «rico») y el resentimiento («a él no lo van a robar o matar porque tiene muchos guardaespaldas»). De seguro, hoy en día, muchos opositores quisieran que le expropiaran Empresas Polar, o que le pasara algo peor, para poder apuntar su dedo hacia él y decir «¿ves que yo tenía razón?»

En muchos opositores hay un deseo fervoroso y apasionado porque al otro que hace algo por Venezuela le vaya tan mal como a ellos. No importa que esa persona sea un empresario exitoso: desean que le vaya mal, que fracase, para así justificar su argumento de que no vale la pena hacer nada por Venezuela, solo quejarse, y si se van del país, seguirán quejándose porque han adoptado el fracaso como forma de vida. ¿Echarle la culpa al otro que hace algo y desear que le vaya mal no les suena chavista?

Ese discurso que Chávez hizo suyo y de sus partidarios, el discurso del deprecio, envidia y resentimiento hacia el que tiene algo más que uno, ya ha hecho metástasis en algunos opositores, los opositores chavistas. Para desdicha de futuras generaciones que, con chavismo oficial o con chavismo opositor, seguirá mirando con recelo al que produce en Venezuela en lugar de mirar como se deben mirar los modelos de éxito: con admiración.