En un bar de Lima me preguntan por Venezuela. El ambiente es ameno, las rondas de pisco sour pasan delante de la mesa. Me siento incómodo. Ser venezolano en el extranjero tiene una pesada carga: ser el aguafiestas de las reuniones. El portavoz de las malas historias.

Trato de hilvanar las ideas, de armar la narración de la historia de mi país. Por dondequiera que la comience encuentro el recuerdo de un lejano viaje a Lima en las proximidades del año 1990. Recuerdo de aquel viaje una ciudad sitiada por el terrorismo: calles cercadas con alambradas de púas, edificios con sus ventanales rotos por la explosión reciente de un coche bomba, la gente que caminaba con el miedo en las caras porque todos eran sospechosos de ser terrucos. Recuerdo a militares que revisaban los bajos del coche de mis tíos, militares, buscando artefactos explosivos antes de subirme en ese mismo coche conducido por un chofer militar armado, suspicaz. Recuerdo la moneda impresa en billetes de millones de intis que apenas servían para comprar el pan. Recuerdo las colas para comprar comida, los cortes eléctricos, el tácito toque de queda al anochecer. Tenía entonces siete años y la impresión que me dejó aquel país del que huyeron mis padres fue el de una tierra desolada, gris, cada vez más distante tanto por no haber nacido allí como por la relativa calma que me brindaba Venezuela.

Mis pensamientos regresan al bar, quiero empezar a contar esta historia que conozco tan bien porque la viví en el país en el que ahora bebo unas copas, en este viaje de paso. Pero no por conocerla tan bien es que pueda contarla bien. ¿Quién puede contar la historia de la Venezuela actual sin que te miren con escepticismo? Pero responder sobre la Venezuela de 2016 es contar la historia de Perú de 1990. Una historia que, en su momento, viví lejana, ajena, casi con alivio porque pensé que nunca me tocaría transitar por la tristeza de un país que se descomponía aceleradamente. «Perú no tiene nada que ver con aquel país de 1990», le dije días atrás a una amiga venezolana mientras atravesábamos por la misma calle que, en 1990, estaba cerrada por militares armados. Allí mismo Sendero Luminoso había puesto una bomba que reventó los vidrios del apartamento de mi abuela varias cuadras más allá.

Apuro el trago de pisco sour sin saber cómo empezar. Estaba rodeado de gente de mi edad. Sentí envidia. El país que ellos reciben hoy atravesó por momentos trágicos pero supo reinventarse en un país próspero tan solo ¡en veinte años! Mi país, Venezuela, en veinte años retrocedió hasta 1990. Retrocedió veintiséis años, para ser más exactos. Los años más productivos de mi generación lo hemos vivido en el chavismo. Los hemos perdido en la ruina que ha creado el chavismo.

Hace un año estuve en Toronto y un buen amigo venezolano me contó que supo irse del país cuando avizoró la desgracia que se aproximaba. «Tenía alrededor de treinta años. Me pregunté a mí mismo ¿cuántos años hace falta para que Venezuela mejore? ¿Veinte años, treinta años? Para cuando el país mejore ya habrá pasado mi oportunidad». Oportunidades. Sigo siendo fiel a mi país, le dije, y mal que bien, tengo trabajo y estabilidad, añadí, sin ninguna muestra de orgullo ni soberbia. «Te va tan bien que para salir de tu país no pudiste reservar un hotel porque el dinero solo te alcanzaba para quedarte en mi sofá», dijo, sin soberbia. Cierto. Tenemos suficiente orgullo y soberbia com para no admitir que hace tiempo que dejamos de ser clase media.

La gente espera que responda algo sobre Venezuela. Nací, crecí y vivo en Venezuela. Es mi país, el país que conozco, el país que es mío. La gente afuera sabe lo que pasa en mi país. Y las miradas son de asombro, de curiosidad. Los mejores años de nuestras vidas lo hemos vivido en una cárcel. En el proceso chavista. ¿Cuántos años más debemos esperar para que esto mejore? ¿Veinte años, treinta años? ¿Tan prologando puede ser un amor o la testarudez para aceptar, con dolor y resignación, que ya tu tiempo pasó aquí, y que cuando las cosas mejoren será demasiado tarde para ti? No lo sé. No me interesa saberlo. No ahora. Quiero divertirme. Los venezolanos hemos perdido la capacidad de divertirnos. Nos sentimos incluso culpables cuando nos divertimos. «El país no está para estas cosas», solemos reprocharle al que osa sonreír. Nos hemos convertido en sombras. Habitantes de un país de funeral. Prefiero no hablar de Venezuela. Hoy no. Me calló y sigo el ritmo de las copas.