El regreso a mi casa cada noche ha puesto en el camino decenas de personas escarbando entre bolsas de basura. Como el personaje central de Hambre de Knut Hamsun, los habitantes de esta soleada Cristianía pugnan a las afueras de restaurantes de comida rápida entre lo inservible y aquello que aún puede roerse. Los hay de todo tipo, pero abundan jóvenes de mirada errática, desinteresados del entorno, despreocupados de la lástima, atentos a la suerte de lo encontrado que silencie el hambre por esta noche. Llevan días en la calle, es notorio por sus ropajes cubiertos de grasa. Viven en la noche, cuando se apaga la ciudad, cuando los habitantes aún con alimento lanzan a las calles lo que esta manada asecha los restos desde temprano. En el fondo a nadie les interesa su destino: los que pasan al lado piensan en el suyo. En la supervivencia propia antes que en la ajena. Ya no hay espacio para la caridad cuando el hambre empieza a golpear la puerta propia.

Pero hoy la imagen es otra. De regreso a casa encontré una imagen diferente: alrededor de las bolsas de siempre se arremolinaba un grupo de niños: unos seis, el menor tendría unos 4 años y la mayor no pasaría de 12. No muy lejos estaba la madre, con un niño recién nacido entre los brazos, quejándose de su infortunio. Los niños escarbaban entre la basura, y sonreían, saltaban, se alegraban con los trozos de alimento como si hubieran hallado un huevo de Pascua. La imagen no me despertó lástima. Ni siquiera tristeza: era un grupo de niños siendo niños. Seguí de largo. La miseria de estos tiempos venezolanos se ha vuelto tan rutinaria que en ella empieza a ver destellos de gracia.