nevera

Estudié la mayor parte de mi bachillerato en una unidad educativa de porquería. Era una de esas viejas y ruinosas casonas de El Paraíso de dos pisos: en el primer piso se repartían los salones donde nos «educaban» y en el segundo vivía una familia cubana que, por algún motivo que nunca supe, se la pasaban peleando todo el tiempo. Así, la concentración aplicada a un examen de física o química se quebraba junto con los platos que se arrojaban entre sí papá cubano, mamá cubana e hijo adolescente cubano; en otras ocasiones, el padre de familia batía la puerta y bajaba por las escaleras de metal como con botas de plomo haciendo tal ruido que era imposible no voltear hacia la reja que hacía de pared final de mi salón (porque mi salón era en realidad parte de un estacionamiento) y verlo montarse en su camioneta destartalada, encender los motores y llenarnos todo el salón de monóxido de carbono. Salía disparado mentando madres y maldiciones.

Contrario a papá cubano, mamá cubana era una mujer cordial y muy viva, una mulata que se sabía mover en los negocios de la cantina escolar: hacía desde empanadas hasta tortas, aunque si te descuidabas te arrancaba el vuelto con mano y todo y te jodía así tus pequeñas finanzas escolares. En aquella época se impuso en Caracas la moda de una especie de helados llamados agüaditos, predecesores de los Bon Ice y cuya presentación era francamente asquerosa; caldo de cultivo de enfermedades digestivas, un tubo de plástico relleno de esa cosa entre helado de chocolate y mantecado a medio congelar, a medio derretir, que de solo verlo me producía arcadas. Pero gustó. No a mí, a los demás niños que hacían cola para comprar este opio del colegio. La mamá cubana supo ver allí el negocio y la nevera de la unidad educativa se comenzó a llenar de agüaditos fabricados, siempre imaginé, por pordioseros drogadictos en el patio trasero de una casa.

Lo que tenía que pasar, pasó: los olores putrefactos empezaron a salir de la cantina, a neutralizar los elementos químicos del laboratorio, a impregnarnos los uniformes con la pestilencia de la descomposición. A pesar de que todos sabíamos que el negocio de la mujer estaba podrido, aun así los niños seguían comprando los agüaditos y consumiéndolos con el fervor del adicto. ¿Los profesores, el director? Bien, gracias. Imagino que la cantina nunca produjo tanto dinero como en aquella fiebre de los agüaditos. Y otra vez, lo que tenía que pasar, pasó: una epidemia de diarrea (¿se puede decir así?) afectó a media unidad educativa, fueron del Ministerio de Educación de entonces y abrieron la nevera y los contenedores de la cantina: los famosos helados tenían fecha de vencimiento de hacía casi un año. La verdad, que los fabricantes le hubieran marcado fecha de vencimiento a semejante basura me pareció algo admirable. Aun sabiendo que estaban pasados de fecha, mamá cubana y autoridades del colegio los vendieron como algo apto para el consumo, y los niños, a pesar de los malos olores, consumieron un producto echado a perder hasta que llegaron las consecuencias.

No hubiera recordado esta anécdota irrelevante de mi etapa estudiantil de no haber encontrado paralelismos con la situación actual del país. Con respecto a este 10 de enero y la culminación de un anterior Gobierno. Aquellos fueron niños despreocupados, el agravante ahora es que muchos adultos eligieron a un presidente conscientes de que estaba en malas condiciones, y ahora, a pesar de todas las señales más que obvias de su empeoramiento, el Gobierno en funciones pretende que ese mismo presidente siga en el poder a pesar de que se le venció su período. De aquella anécdota nos quedó la lección: nunca consumas algo fuera de su fecha de vencimiento porque te puede causar problemas estomacales. Como siempre, nunca aprendimos la lección y los niños de ayer son los adultos de hoy que consumen productos en mal estado y la siguen cagando.