Caricatura de Weil

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En Venezuela desapareció el parlamento, así de sencillo. A partir de hoy, murió la pluralidad de ideas que caracteriza los debates parlamentarios de los países democráticos del mundo; a partir de hoy, tenemos una sola voz política que decidirá por todos nosotros. Las cifras de las encuestas sobre adhesión a cualquiera de los dos grandes bloques políticos ya no importan: serán más, serán menos, lo que no se puede aceptar es que el 100% del país coincida con el proyecto que trata de imponernos un teniente coronel golpista, que nos es más que fascismo teñido de rojo; cifra total que ahora domina nuestra antigua Asamblea Nacional, hoy convertida en Comité Político del chavismo.

Comité Político al que los diputados recién llegados creerán ingenuamente que podrán aportar ideas: serán más de 160 diputados los que jurarán en sus cargos, pero no serán más de diez diputados los que llevarán el control de este Comité Político (los mismos de siempre, los que todos conocemos, los mismos que sólo abren la boca para amedrentar, amenazar, acusar, insultar, injuriar, difamar, criminalizar, ridiculizar, a quienes piensan distinto, así como también para apologizar el delito, el terrorismo internacional y sobre todo el creciente militarismo que domina nuestra escena política actual). Control que en todo caso no será autónomo, porque están ahí —y lo triste es que lo saben— únicamente para obedecer los designios del Poder ejecutivo.

Y ¿el resto del país, qué? Pues simplemente ha sido descartado por el Poder central. No tenemos voz parlamentaria y nuestros derechos serán siendo limitados: ayer mismo vimos cómo una diputada reelecta (perteneciente a ese grupo de diez) amenazaba con despedir de la administración pública a los trabajadores que se abstuvieran de votar. Otro ejemplo más del calvario que viven quienes no coinciden con el proyecto político del teniente coronel, y que el Poder central tiene perfectamente identificados porque cuando las personas firmaron a favor del referéndum presidencial del año 2003 lo que hicieron en realidad fue anotarse en listas negras del chavismo; listas con las que postergan la entrega de documentos de identificación, con las que niegan servicios públicos y puestos de trabajo en instituciones no sólo del Estado, sino también en las privadas que tengan relaciones contractuales con el Estado. Listas a las que contribuyó crear el organismo electoral al ceder la data de los firmantes a los partidos oficialistas.

Organismo electoral que, desde que fue ilegalmente nombrado por el máximo tribunal de justicia, se ha empeñado en convertirse en un organismo antielectoral, ganándose la desconfianza de una considerable porción de los venezolanos, gracias al ventajismos y apoyo frontal que ha dado a favor de la corriente oficialista. Organismo electoral que hoy se convierte en el gran responsable de acallar a una parte importante del país, responsable de que apenas 2 de 10 venezolanos decidan por los otros 8, responsable de colocar en el Poder legislativo a personas que desde ya anuncian cambios en la constitución porque el periodo presidencial de seis años les parece poco, personas cuya función será actuar desde el plano «legal» para seguir criminalizando a los sectores adversos, hasta llevar a muchos venezolanos primero a la periferia política y luego le quite definitivamente sus derechos alegando que quienes no están a favor del proyecto revolucionario son antivenezolanos y que, por ello, hasta la ciudadanía les queda grande. Porque es eso lo que a partir de hoy, abiertamente, se ha establecido en Venezuela: un sistema de apartheid, un sistema de discriminación política, un sistema donde un pequeño grupo dominará la escena política del país mientras el resto se dividirá en dos: quienes los apoyan silenciosamente o quienes les adversan (y deberán ser exterminados). Lamentablemente, cuestan creer los comentarios halagüeños de la prensa y los políticos extranjeros. Triste historia proveniente de muchos cuyos familiares fueron exterminados en el pasado por otro proyecto político subestimado al principio y que, cuando ya era tarde, terminó por exterminar un pueblo.

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