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Lecturas sugeridas » Estoy leyendo el libro Payback de Lucas García y estar leyendo es una manera de decir que lo hago a ratos, ya que es un libro que fácilmente se lee en un día. Una colección de cuentos muy refrescante si se puede aplicar este término, sé que los estudiantes de Letras se reirán de este chiste de crítica entre los otros libros que me ha tocado leer recientemente. Tiene algunos detalles que he comentado precisamente con esos estudiantes de Letras, como el hecho de la similitud de algunos cuentos: personas al parecer tranquilas enfrentadas ante situaciones inesperadas y que se ven obligadas a usar la violencia (y allí el libro parece convertirse a veces en un catálogo de armas), así como la falta de una revisión exhaustiva (por ejemplo, en el cuento Zorro el nombre del personaje varía a lo largo de las páginas y hay otras erratas). Pero en general, es un libro que merece ser leído; de seguro será bien apreciado por las generaciones que hemos crecido en la era del auge de Internet. (0)

Escrito por Álvaro Rafael en Asides, Rock venezolano

Dermis Tatú en Tabaco Bar interpretando Bazuco, una de las canciones que no aparecen en ningún álbum de la banda, con los gorros que hasta ahora muchos sólo habíamos visto en imágenes. Nuevos agradecimientos a Gloria Dostal por su grandioso trabajo en este y otros vídeos y por su dedicación en rescatar las imágenes de una época que parecía empolvarse entre otros proyectos que todavía no ven luz. Acá va el nuevo vídeo, que seguro no será el último que publiquemos por acá.

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Hay un diario gratuito llamado Ciudad CCS que es repartido en los alrededores de las estaciones del Metro de Caracas. Nunca lo recibo porque no estoy de acuerdo con su línea editorial ciegamente chavista y que denigra a la oposición. Pero generalmente, como siempre pasa, alguien a tu lado se sienta a leerlo y tus ojos se rinden ante la curiosidad. Y hoy vi unas caricaturas que hablan por sí mismas de la hipocresía de un Gobierno que se tacha de progresista y al lado de los pueblos oprimidos del mundo: en la caricatura, el Dalai Lama con un gorro de Mickey Mouse con los colores de la bandera estadounidense; en el mensaje, que no se podía leer por completo, lo pintaban como una marioneta de Washington, cuando el Dalai Lama es la máxima representación de un pueblo desgraciado y sometido al genocidio como el tibetano. La caricatura, seguramente, la hizo un pobre muchacho con la cabeza llena de un mierdero y-qué-ideológico y que en su ignorancia asocia a China con el otro mundo anticapitalista y como tal hay que apoyar todo lo que haga la dictadura comunista. Luego se quejan de lo que ocurre en Palestina. (1)

Escrito por Álvaro Rafael en Estado de política

Tanqueta el 4 de febrero de 1992

Cuando despertaron años después algunos de ellos no recordaban lo que había pasado. Otros despertaron cuando ya era tarde. Por nuestra indiferencia o, peor aún, por nuestra complicidad, dejamos que esa tanqueta, torpemente manejada, le pasara por encima al país.

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Esa mañana iría al colegio. Tenía ocho años, me gustaba la política y sabía que las cosas estaban mal cuando mi mamá entró a la habitación para decirme con voz incrédula y pausada que ese día no iría a clases: había habido un golpe de Estado.

A pesar de mi corta edad, quedé más horrorizado que ella: en mi conciencia el término golpe de Estado estaba muy asociado con dictadura. La muy temida dictadura de la que me hablaron mis padres, la dictadura que imponía toques de queda y enviaba a los opositores a centros de tortura como nos enseñaron los profesores (en primer grado una profesora nos leyó un cómic sobre la dictadura de Juan Vicente Gómez, y es de la poca instrucción valiosa que recibí en el colegio). Dictadura, de ahora en adelante tendremos que acostumbrarnos a vivir en dictadura, fue palabra a palabra lo que pensé de inmediato.

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Encendí el televisor para seguir las incidencias de un golpe de Estado que aún seguía en desarrollo y vi las primeras imágenes del día: escaramuzas en las calles de Caracas entre militares que no pasarían de los veinte años, visiblemente nerviosos o acobardados (porque, en definitiva, no tenemos una guerra desde hace más de cien años), apuntando sus fusiles hacia blancos que la cámara no enfocaba.

Varias tanquetas aparecieron por las avenidas principales de la ciudad. Pero una de ellas quedó grabada como símbolo de la chapuza golpista: una tanqueta tratando de derribar la puerta de Miraflores y que, a pesar de su peso, sólo conseguía astillarla (ya entonces daban muestras de la eficacia que demostrarían años después cuando se convirtieron en Gobierno).

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Estaba aterrado, francamente aterrado en mi niñez. Por aquel entonces vivía en El Paraíso, junto a unos almacenes militares y no muy lejos de la sede de la Guardia Nacional. Temí que en algunos minutos empezarían a llover las bombas encima como en el Palacio de La Moneda (u otras imágenes de golpes que, entrados ya en los noventa, parecían cosa de un pasado difícil de imitar).

Los muy tranquilos vecinos de mi edificio exhibieron ese día todo tipo de armas y se alternaban en patrullas informales con el propósito no de defender a alguno de los bandos en disputa, sino para calmar la paranoia de que «bajaran los cerros» de La Vega como ocurrió en 1989. Temores de la clase media que sólo miraba su propio ombligo (indiferencia que sería el germen de males mayores años después).

Con las horas la información fue confusa, alarmista, trágica cuando comenzaron a darse las primeras cifras mortales de lo que empezaba a revelarse tan sólo como una sangrienta intentona golpista. En unas horas un hombre enclenque y tosco apareció en pantallas para decirle a sus compinches militares que el golpe de Estado había fracasado. Pensé qué locura darle cabida a un hombre que por planificación intelectual tenía las manos aún manchadas de sangre, un hombre que incluso era un cobarde y mal estratega militar: mientras sus compinches militares habían logrado el poder en el interior, él había fracasado en Caracas y terminó escondido en el Museo Militar sin disparar un solo tiro.

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En la tarde, recuerdo, la situación seguía tensa. No había una sola persona en la calle. Recuerdo que empezaron a transmitir la programación regular. Era como si de pronto no hubiera ocurrido nada, o como si mis padres evitaron que siguiera viendo lo que había pasado. No lo sé. Muchos ese día apagaron sus televisores, sus radios, se negaron a conocer lo que había pasado y se acostaron a dormir para disfrutar de un día sin trabajo.

Cuando despertaron años después algunos de ellos no recordaban lo que había pasado. Otros despertaron cuando ya era tarde. Por nuestra indiferencia o, peor aún, por nuestra complicidad, dejamos que esa tanqueta, torpemente manejada, le pasara por encima al país.

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Lista de víctimas mortales del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992: ¿”Dignidad”? ¿Qué tal “infamia”?

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