Borrador #1

Escrito por en Relatos

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Una semana después de la «declaración de guerra», me encuentro atrapado en un cafetín ruinoso de Chacao, sin zapatos y con una corbata verde fosforescente atada en mi sombrero de plástico azul, mirando desde detrás de una puerta de vidrio astillada las barricadas que un grupo de jóvenes van formando con muebles incendiados que han sacado de Imgeve en la avenida Francisco de Miranda. Guzmán, que me acompaña en el lugar, repta entre piezas de vajillas y restos de ponqués y café molido y llega hasta mí, tira de los bajos de mi pantalón y puedo ver, a través del antifaz que él lleva puesto, el horror. «Marico, agáchate, que lo que viene es plomo». Fue entonces cuando me percato que a mi alrededor, en posición fetal, o defensiva, también están tirados en el suelo Vicentina, con un collar hawaiano en el cuello, y Café Pérez, cubriéndose la cabeza con unos enormes zapatos fucsia.

La declaración de guerra por parte del Gobierno fue el pistoletazo de partida para la represión pura y dura. Un decreto de guerra a muerte, en palabras del ala militar que se había hecho del poder —y los militares no se andan con simbolismo ni metáforas—. Descubrimos que el lenguaje de odio que durante años habíamos oído a los políticos del régimen apenas estaba conformando por unas cuantas palabras que se les escapaban entre sus labios mordidos, y así se fue acumulando el odio hasta que les fue imposible seguir manteniendo la boca cerrada y cuando la abrieron vomitaron un sadismo imaginado, pero que ingenuamente nunca esperamos en la realidad.

Un turbio «levantamiento» en Fuerte Mara, rápidamente frustrado según la versión oficial, ocasionó la muerte de una decena de efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana y la aplicación inmediata de lo que se dio a conocer como Plan Patriota de Defensa Estratégica, o PPDE (los leenoticias de la televisión y la radio públicas acentuaban orgásmicamente las siglas): garantías suspendidas, pasaportes invalidados, prohibición de manifestaciones, militares tomando las calles y protegiendo instalaciones estratégicas, varios líderes de oposición detenidos o desaparecidos y centenares de muertos en barricadas en sitios puntuales de las principales capitales del país, como la que entonces observo formarse. Eustaquio Galindo, que para ese momento se jactaba de ser el periodista mejor dateado de Maracaibo, reseñó en La Verdad que el incidente ocurrido entre la noche del sábado 10 y la madrugada del domingo 11 se debió a la negligente manipulación de armamento explosivo por parte de unos oficiales borrachos. Tres días después la edición del diario trajo un enorme blanco en el espacio que ocupaba la columna de Galindo. Era claro que se había convertido en un mentiroso peligroso. (A mí siempre me pareció un mentiroso, la verdad.) Algunas paredes de Maracaibo se llenaron con el grafiti: ¿Dónde está Galindo? Varios abogados, deseosos de figurar ante los pocos medios que aún se atrevían a informar, declararon sobre la inconstitucionalidad de un decreto que no siguió los más elementales procedimientos ordinarios, sin ser conscientes de que declarar la ilegalidad en momentos de ilegalidad es el peaje previo para terminar en la cárcel —también sin cumplir con los procedimientos ordinarios.

Entre los abogados detenidos y enviados a procesos sumarios cuya competencia se la atribuyó la jurisdicción militar se encuentra el mal orador Camilo Beltrán, socio mayoritario de Beltrán-Meléndez-Strauss, bufete de reconocida trayectoria en derechos de autor, registro de marcas y patentes, bufete ubicado en el San Ignacio y bufete donde yo me gano la vida revisando la formalidad de los documentos firmados por Beltrán o Meléndez o Strauss. La conflictividad del país ha hecho huir a nuestros clientes regulares. El bufete se ha convertido en cuestión de tiempo en un gran centro de ocio y lavado de dinero. Puedo pasar las horas de trabajo navegando en Internet o tratando de terminar de escribir una novela sobre un viejo profesor de Derecho que, tras descubrírsele un tumor en el páncreas, había decidido pasar sus últimos días en Mérida. Nunca he ido a Mérida, no conozco nadie que haya enfermado de cáncer de páncreas, pero mientras más caprichosa sea la literatura que te inventas más te entretiene en tus días aburridos. Porque a pesar de que la situación del país llevaba tiempo amenazando con desbordarse en esta actual orgía de sangre y barbarie, yo había decidido aislarme placenteramente en una burbuja de paz y negación. Competía contra mí mismo para obtener mi tanque de juguete al finalizar la guerra.

En este tiempo de renuncia voluntaria al país había escuchado hablar que Meléndez y Strauss, a quienes rara vez vemos en el despacho, estaban en frecuentes viajes a Panamá y Costa Rica y Miami para trasladar el bufete y sus operaciones clandestinas con divisas. Habían secuestrado a Karina, la secretaria, confundiéndola con alguna abogada que seguro tenía el dinero que a ella le pidieron antes de arrojarla a un matorral en Parque Caiza (los hechos ocurridos en esas 28 horas nunca se conocieron; ella se ganó un mes de vacaciones y no ha vuelto), habían asesinado al mensajero para robarle la moto y la dueña del apartamento de Santa Sofía en el que yo vivo, una viuda italiana sin hijos en el país, había dejado de responder mis llamadas; tengo ya tres meses sin pagar alquiler y soy feliz con el dinero que desborda mis manos y que despilfarro en los bares y moteles de El Rosal, antes de que la ruina nacional me termine engullendo. Somos ciudadanos en la lista de espera para ser las nuevas estadísticas de la violencia.

Café Pérez, un abogado recién graduado en la misma universidad de porquería en la que yo estudié, había notado mi dejadez, mi falta de aseo, mi desinterés en ver cómo íbamos a sobrevivir una vez que el bufete echara al cierre. Le preocupaba la escasa posibilidad de conseguir nuevo empleo en un país convulsionado. Él tiene un carajito, una carajita, da lo mismo, por quien trabajaba horas extras cuando todavía había movimiento en el bufete. Ahora que apenas hay uno que otro caso en un país donde los derechos de autor son un chiste, se me acercaba en más de una oportunidad preocupado y me decía cosas alarmistas como: «Chamo…, acá habrá un golpe de Estado. Acá va a correr sangre, Marino, mucha sangre», me decía, con los ojos desorbitados y una voz de profeta maldito, mientras yo hundía la bolsa de té verde en mi taza de agua hirviente. Miraba la infusión colorear el agua. «Y se lo darán ellos mismos, Marino, verás que no aguantarán a un civil pendejo en el poder, aunque sea uno de los suyos, y le harán zassss, lo sacarán», y tajaba el aire con una mano. Vicentina es más pragmática. Suele oír nuestras conversaciones y es común que intervenga con comentarios del tipo: «Lo mejor es lo que pasa». Tiene un postgrado en derechos de autor por no sé qué universidad rara de Valencia, o Cataluña, no lo recuerdo bien, y cuando estaba con las maletas listas para radicarse en Valencia con su novio dominicano estalló la peor parte de la crisis. Dejó de hacer yoga en la hora de descanso reglamentario para buscar en nosotros el consuelo por el piso que perdió allá en España. Planes de progreso suspendidos y retroceso para volver a la realidad venezolana con su novio de profesión incierta. Sin embargo, es visible en ella una especie de esperanza que hace que nos vea con cierta compasión, como si mirara a unos condenados al patíbulo; hay en ella una certeza de escapatoria, de huida, de refugiada moderna sustentada en su pasaporte europeo. Los demás, como Café Pérez y Guzmán y yo, estamos encerrados en este enorme gueto, a la espera de que nos suban al tren de los acontecimientos.

Fue Guzmán quien la mañana del viernes anterior al levantamiento me sorprendió mientras adelantaba un capítulo de mi novela. Se reclinó sobre su silla para asomarse a mi cubículo y en voz baja, como si estuviese a punto de revelarme los Planes Conspirativos, me recomendó una película: Der Untergang. «Marico, de pana vela, esa vaina es verídica». Ya la había visto, le dije, seco. Guiñó un ojo y desapareció detrás de la pared falsa. Seguí en mi novela: el profesor Farías (ese apellido, para un tipo que lo está pasando mal por su enfermedad, lo tomé con toda mala intención y saña de un personaje deportivo) había conocido a una pequeña niña en Guaraque (Google Maps me dio las señas de identidad del pueblo). La niña alegre es una alegoría poco original sobre la esperanza, el futuro mejor ante el presente desesperanzador, o esa es la impresión que trato de dar. A la niña le puse de nombre Verónica (nombre que también guarda una intencionalidad), y su personaje, sin quererlo, va apoderándose de la historia, tanto que amenaza con dejar a un lado de su propia novela al moribundo Farías.

Poco antes del mediodía salí a almorzar a los árabes que quedan cerca de la plaza Bolívar de Chacao. Mi pensamiento entonces era muy errante. Me sentía otras veces como un autómata. Demasiado estúpido como para asignarle a mis actos alguna motivación profunda o elaborada. Simplemente, me dejé llevar hasta allí, sin haber trazado un plan oculto de encontrarla. Pedí lo de siempre, un plato mixto de kibbehkofta y tabule servidos en grandes proporciones, que como siempre dejé a medias. Pensé en la recomendación de Guzmán. En las orgías nazis de los últimos días del Reich.

Hay una escena que me agrada en particular: van a detener por deserción al ayudante de Heinrich Himmler, el gruppenführer Hermann Fegelein, en la cual se demuestra cómo en los peores momentos buscamos hundirnos más para distraernos del cataclismo que se nos acerca. Las tropas del ejército rojo han invadido Alemania y a su paso están reclamando una brutal venganza. Las defensas alemanas están por los suelos, escasean el alimento, las provisiones militares, los servicios más elementales. Es cuestión de días para que se desplome el Reich de mil años. El Führer manda a llamar a Fegelein, lo precisa para la defensa final de Berlín. Pero Fegelein no responde. ¿Dónde coño está Fegelein? Mientras las bombas caen en las ruinas alemanas, mientras jóvenes son arrojados para morir tontamente en barricadas, mientras los comunistas se preparan para el asalto final, el gruppenführer Hermann Fegelein, cuñado de Eva Braun, pasa sus últimas horas en una orgía nazi.

La Gestapo lo consigue desnudo en una cama con una mujer desconocida, probablemente extranjera, ambos ebrios en el placer de la decadencia nazi. Lo capturan, lo someten a un juicio sumario y lo fusilan al grito de Heil Hitler! Esta escena me hizo pensar, salvando las distancias enormes, en nuestra situación actual. Habíamos sido sometidos en las últimas semanas a una intoxicación política que nos había llevado a un extremo en que los venezolanos, de un bando o de otro, nos sentimos perseguidos y a punto de ser invadidos por el enemigo. Quizá el enemigo de unos sea imaginario. De este lado de la acera, tenía serios temores para sentirme perseguido por pensar distinto.

Estas cosas terminan afectando el ánimo, a ratos te sientes eufórico, al rato te sientes a punto de ser capturado por un ejército que combina elementos de los nazi y los comunistas de la película en cuestión. Y uno, desde ese vaivén emocional, se resguarda, quiere mirar hacia otro lado, sumergirse en su pequeño mundo, quiere decir: qué coño, maldita sea, esta mierda se jodió, y sumergirse en su bacanal tropical antitotalitario, lanzarse a beber sin moderación, a tener sexo con desconocidos, a saltar desde la ventana de un hotel hasta la piscina, a pintarle una paloma a un funcionario, y en fin, a volverse completamente mierda. Porque al parecer, uno termina convencido de que no hay destino. Uno se siente una versión caribeña de Stefan Zweig, quien escapó de la barbarie nazi para terminar quitándose la vida en Brasil porque creía que los nazis estaban a punto de ganar la guerra y conquistar el mundo.

Dejé a un lado el plato, los empleados de las oficinas cercanas comenzaban a atestar el pequeño restaurante, traté de buscarla entre ellos pero no la vi. Es probable que haya cumplido su promesa de haberse ido del país. Su destino era México. Le habían propuesto trabajo en un club. Muchas venezolanas se estaban yendo para allá. Buenos sueldos en lechugas verdes frescas y sin tanta escasez. Fue lo que me dijo la última vez que nos vimos, mientras se acomodaba el vestido blanco mirándose al espejo en forma de fachada de palacio turco del motel de turno, y sin despedidas que mediaran entre nosotros supe que no la vería más. Le dije, por decirle algo, que no se involucrara con un narco. No me lo prometió y se fue.

La había visto con anterioridad a la hora del almuerzo. Comía en los mismos restaurantes que yo frecuentaba. La solía ver siempre acompañada de gente uniformada de oficina. Desde la seguridad de la distancia en otra mesa con Guzmán o Vicentina, la había observado comer en silencio, pocas veces entregada a las risas fáciles de sus compañeros, pero tampoco notablemente incómoda. Lucía tan normal que no sé cómo me fijé en ella. Tal vez ese silencio prudente entre gente escandalosa me llamó la atención. Alguna vez cruzamos miradas, pero ella las evadía con una sonrisa un poco aniñada. Tendría unos 20 a 24 años, quizá menos o quizá más, siempre he errado los cálculos de edad. Quizá se deba a que yo mismo soy el mejor ejemplo de la imposibilidad de calcularla. Suelen atribuirme menos edad y muchos se quedan sorprendidos cuando se enteran de que ya superé los treinta hace unos meses. La barba incipiente que me estoy dejando crecer no ha conseguido el efecto esperado: por los momentos, me hace parecer un adolescente que empieza a pavonearse de los primeros pelos en las mejillas y mentón. Me pica la cara y me siento ridículo cuando Vicentina me frota la cara con sorna, como si me estuviese desarrollando frente a sus ojos.

Entonces ocurrió que unas semanas previas a la declaración de guerra falló el metro. La prensa oficial se encargaría de anunciar esa noche que el caos que generó el colapsó del principal medio de transporte de la capital se debió a un sabotaje. Habían detenido a varios hombres, vinculados con la oposición y de nacionalidad salvadoreña, que pagarían con la Contundencia de la Cárcel el Atentado contra la Paz Ciudadana. Habían desmontado una nueva conspiración. Nadie conoció nunca a los conspiradores. La realidad de los hechos es que el metro lleva años cayéndose a pedazos. Ese día la falla coincidió con la hora de salida y por toda Caracas se desparramaban grupos de gente desesperada por querer llegar a sus casas y seguir con sus vidas. Los autobuses arrastraban a duras penas personas que guindaban de las puertas y ventanas, los mototaxistas cobraban precios exorbitantes y los taxis se abarrotaban de desconocidos que compartían destinos en común.

Vicentina se ofreció a llevarnos. Guzmán y Café Pérez iban en su misma dirección. Yo en dirección contraria. Así que me despedí y para perder el tiempo entré a una panadería cercana a tomarme un té Lipton. Cuando me dirigía a pagar a la caja noté que ella estaba allí. Discutía con el cajero. Sin tacones ella me llegaba a los hombros en estatura. Se veía vulnerable y frágil con el problema que tenía para pagar un mocaccino que humeaba en la barra. La tarjeta no le pasaba, el cajero empezaba a ponerla nerviosa con gestos para que se apresurara y no tenía efectivo porque todos los cajeros habían sido vaciados. Los ciudadanos se preparaban para la guerra civil llenándose los bolsillos con dinero devaluado que luego no tendrían para usar en productos escasos.

En parte porque yo no quería esperar más en la cola de la caja, en parte para cortejarla, le ofrecí pagar lo que había comprado. Mi torpeza social es congénita. Nunca me he destacado por ser conversador o simpático, por dedicarle tiempo al establecimiento de una relación o de mantenerla cuando ésta, casi por generación espontánea, surge. Esto me hace ser brusco con las formas, a no medir las palabras o ser sorprendido cuando acontecen reacciones inesperadas. Ella volteó a verme y entonces la vulnerabilidad y la fragilidad que yo imaginé en ella se desplomó con las palabras que me dijo, con voz suave y firme: «Si vas a pagarme un mocaccino, lo cortés sería que me invitaras a tomarlo contigo».

«Lo mejor es lo que pasa», me viene ahora la sabiduría vacua de Vicentina, agachado ahora como ella mientras las llamas de las barricadas empiezan a ascender al cielo donde sobrevuela un helicóptero artillado ruso, y supe que nunca, ni en este momento ni en aquel en el que conocí a Verónica, eran ciertas aquellas palabras.

La higiene socialista

Escrito por en Estado de política, Estado social
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Sí, es tema viejo… de ayer, pero en las redes sociales la información caduca con mucha rapidez. Igual creo que vale la pena destacar algunas cosas que surgen del video.

Hace momentos hablaba sobre el tema con un amigo que salió en defensa de una chica que le gusta el modo de vida alternativo y que antes de que saliera este video ya hacía defensa del uso de toallas sanitarias artesanales.

Mi amigo se extrañaba de las reacciones de rechazo que generó el video, y me comentaba que nadie obliga a nadie a usar tales toallas. Sí, es cierto, pero el problema, le repliqué, no es el uso o no de esto. El tema tampoco es el higiénico, que bien grave es y cuyos riesgos están documentados.

El asunto es el video, el lenguaje del video y el contexto en el que surge el video. Un video que nace con la etiqueta del canal del Estado-Gobierno Vive TV, en donde vemos a unas mujeres que con poca convicción nos dan lecciones de supervivencia de cómo armar toallas sanitarias artesanales y luego usarlas como material ecológico.

Pero no nos caigamos a mentiras. El asunto acá nada tiene que ver con el medio ambiente ni con la libertad de decidir o no qué modo de vida llevar. El video es político, maneja un lenguaje político, está ideologizado y como tal merece una respuesta política.

El problema que el video trata de ocultar, bajo la adopción de un supuesto modo de vida alternativo, que cada quien es libre de elegir, es el de un país económicamente deprimido, en el que prácticamente nada se produce, en el que todo se importa y en el que ya no hay dólares ni siquiera para eso, para importar productos básicos como los de higiene, y en el que hay que ingeniárselas en esta carestía para sobrevivir.

El video cae en un lenguaje vacío, de propaganda cutre, se echa mano a eslóganes como el de la lucha contra el capitalismo salvaje y lo más probable es que ninguna de las señoras del video sepa qué es el capitalismo, de lo contrario no se prestarían a armar esta farsa que desvía la atención a todas nuestras carencias provocadas por el ineficiente sistema socialista que se busca implantar.

Lo malo es que hay gente que se come ese lenguaje, esos eslóganes y empieza a ver normal y hasta amigable el tener que dar saltos al pasado no en nombre de la naturaleza ni de la libertad de la mujer, sino para sostener un proyecto político-económico disparatado y ruinoso que en pleno siglo XXI nos pone ante la disyuntiva: civilización o barbarie.

En este video, sin pretenderlo, se resume la política económica de la revolución bolivariana:

No producimos nada, ya no podemos importar casi nada, hay escasez de casi todo y por lo tanto debemos adaptarnos a la nada.

En los últimos días, se imponen confusiones con respecto al comercio de las pastillas anticonceptivas y ahora se va diluyendo en la mente de las personas que usar toallas sanitarias artesanales es necesario. ¿Es esto progreso para la mujer, libertad de elección? En un futuro, de seguir en el desastre en el que estamos, lo que hoy es una alternativa se impondrá a la fuerza como la única opción.

La inocencia peligrosa del sospechoso

Escrito por en Estado social, Personales

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Me acaba de ocurrir un suceso extraño. Es sábado, las calles de Chacao están vacías y yo entro a una farmacia a comprar algo de beber. Mientras pago en la caja, observo que a las afueras va formándose un corro de vigilantes privados; cualquiera creería que acaban de ubicar el escondite de un peligroso terrorista y se aprestan a su neutralizaciónpero cuál es mi sorpresa: el objetivo que apuntan soy yo.

Al salir, el vigilante viejo de la farmacia le dice al jefe de los vigilantes recién llegados, entredientes, casi que en código secretoes él, y entonces el capo de la vigilancia me impide el paso, le pregunto que qué ocurre y él me responde que acaban de robarle el celular a una chica en un restaurante de un lugar de donde no vengo y que tengo las características del delincuente: chaqueta negra (llevo chaqueta marrón) y lentes oscuros (los cuales sí llevo puestos). Una señora vigilanta se comunica por radio y dice lo hemos atrapado y me mira con cara de odio, con cara de maldito, ahora la vas a pagar por tus crímenesQuienes me conocen saben que soy un tipo que da la cara y que busca el diálogo, no la confrontación. Pero es sábado. Estoy saliendo de una farmacia de comprar una bebida. Me retienen sin pruebas. Me señalan. Y, lo peor de todo, me someten al escarnio en un lugar que frecuento, donde pasa gente que me conoce (afortunadamente, es muy temprano y no hay nadie en las calles).

Se me sale el malhumor. Le digo de mala gana que traigan a los testigos y que después (señalando uno a uno a los vigilantes, y en especial a la vigilantame tendrán que pedir disculpas. Que soy abogado y que conozco mis derechos. Al decir que soy abogado los ánimos del grupo se bajan. Lamentable forma de que otros te respeten: el que no tiene profesión está arruinado. Le digo que no tengo problemas de ir al lugar para que la testigo me reconozca, pero que solo iré si el grupo de vigilantes se dispersa y me acompaña uno solo de ellos. El jefe del grupo manda a irse a los demás, ahora es el policía bueno que dialoga conmigo, que me dice que puede ser un mal entendido pero que entienda que él cumple con su trabajo, le digo que lo comprendo. Sé que cumple con su trabajo de representar el orden.

Llego hasta cerca de la escena del crimen y entonces, entre todo el corro de vigilantes que se había dirigido de vuelta, aparece el policía malo: un vigilante-gorila que venía con el puño cerrado listo para golpearme o simular que me iba a golpear. No me inmuté. Lo miro directo a la cara. Otro vigilante lo detiene. Aparece la testigo y, tal como lo esperaba, no tarda ni cinco segundos en decir que yo no era. Disculpas llueven. Lo sentimos mucho, doctor, pero debe comprender… Vuelvo a la calma, retorno al diálogo. Aunque no me corresponde, les pido disculpas por mi actitud grosera de hace un momento, y les digo que entiendo que hacen su trabajo de vigilar e informar sobre delitos, pero que se equivocaron en las formas. Que no se detiene a un inocente en medio de una calle generalmente transitada, ni en ninguna, y se le somete al escarnio de ser culpado sin pruebas. Imagínate que en lugar de este jefe de vigilantes, medianamente sensato, me hubiese detenido el vigilante-gorila que venía con el puño cerrado. Las palabras se hubiesen perdido entre golpes de ida y vuelta. Les digo que ojalá detengan al delincuente y les pido que lo denuncien a la policía, porque el crimen prospera si nadie denuncia. También, les pido que tengan cuidado con ese vigilante-gorila. Que la falsa idea de justifica puede revertírsele al ajusticiador.

Inevitablemente, pensé en esta situación: pongamos este hecho en otro contexto y con otros actores. Es viernes por la noche, una persona va llegando a su casa, llega un grupo de policías cansados y mal pagados y lo detienen. Le dicen que sus características corresponden a las de un tipo que acaba de robar. Las cosas se salen de control, y un policía malo saca su revólver y mata al inocente. La inocencia del tipo terminará oculta entre un titular que dice: muere en un barrio de Caracas delincuente en un enfrentamiento con la policía. Alguien leerá esto y dirá: qué bueno, así van terminando con los delincuentes.

Pensé también en los linchamientos. ¿Cuántas veces hemos oído a gente celebrar este acto primitivo, bárbaro e injusto? ¿Esas personas que los justifican se han detenido a pensar que la víctima del linchamiento pudo haber sido un tipo inocente como yo que fue detenido, culpado y juzgado por otro gorila como este? En un país hipersensibilizado por la delincuencia,las normas parecen haberse vuelto una cosa innecesaria y que es mejor evadirlas para irnos de una vez a la ejecución de una falsa justicia basada en el uso de la fuerza, en la acusación sin pruebas y en la negación a la defensa. Vaya peligros los que corremos cuando estamos en el lugar equivocado y, peor aun, si nos conseguimos con los defensores de la justicia equivocados.

Antirreflexiones mientras veo anuncios en tuinmueble.com.ve

Escrito por en Antiayuda, Estado social

tuinmueble

Cada mañana abro tuinmueble.com.ve buscando alguna oferta de alquiler de apartamento o anexo en Caracas. Los anuncios que encuentro tienen precios exorbitantes o imponen condiciones discriminatorias: alquiler solo para dama de intachable reputación (?), solo para empresa reconocida, solo para embajadas. Precios impagables para un joven-profesional-de-clase-media-caraqueño como yo, pienso con fastidio. Y es que la actual legislatura sobre la materia ha encogido el mercado de alquiler generando con ello una crisis que seguro no previeron los cretinos legisladores cuando queriendo beneficiar a los inquilinos terminaron por joderlos con sus «buenas acciones».

¿Qué ha ocurrido de unos meses para acá? Pues son tantas las trabas que impone la nueva legislatura de alquiler que ha proliferado un mercado negro de la vivienda, donde el perjudicado es el que necesita un techo y alquila los pocos espacios que van quedando. Como yo: vivo en un anexo sin contrato notariado y con condiciones de monasterio: no-visitas, no-ruido, no-nada. El dueño no quiere responder ante unas leyes que no le protegen. Yo, sin más opciones por falta de ellas, acepto el conventillo. Para animarme pienso que esto es una medida temporal hasta que [inserte acá no sé qué]. Un mercado negro de la vivienda que ha llevado a otra cosa igual de curiosa: la conversión de muchas quintas de una o dos plantas en edificios precarios de hasta cuatro pisos (donde estoy) o más, ranchificando la ciudad con construcciones que no aguantarán un terremoto importante.

El scroll sigue bajando sin nada que encontrar y antirreflexiono en el apartamento decente que tuve que dejar porque los dueños (chavistas de patria-o-muerte-patria-y-viviremos-y-venceremos-patria-y-resurrección) no quisieron renovar el contrato por miedo a la ley que aprobó el mismo gobierno que ellos apoyan, un apartamento que ahora se llena de polvo, desocupado. Antirreflexiono también en unas gatas adorables que tuve que dar en adopción y en una flamante relación que pintaba para largo y que se desmoronó cuando nos quedamos sin un «espacio propio». Incluso las leyes malas interfieren en la vida de pareja. Ella no vivía conmigo, pero disfrutábamos de tener un lugar de encuentro que desapareció. La armonía que se vivía allí dio paso al distanciamiento, a los roces, a las discusiones. Le hubiese dicho para buscar un apartamento y pagarlo entre los dos (así yo tuviera que pagarlo casi todo), porque esa parece ser la única manera de poder pagar un alquiler hoy: pagando entre dos o más personas, a menos que quieras irte solo y termines dejando buena parte o todo tu salario en un alquiler. El socialismo es enemigo de los individualistas.

Pero no fue el caso, además que yo hubiera sido un tremendo egoísta de pedirle que dejara la estabilidad de vivir con sus padres en una de las mejores zonas de Caracas para irse a vivir conmigo quién sabe a dónde, para luego terminar igualmente peleando cuando apareciera la realidad de lo costoso que es la vida. No me vengan con cursilerías de autoayuda de que la vida es un constante fluir y que vivimos en la ilusión de la seguridad y que debemos arriesgarnos todo el tiempo, como me dijo una hippie a la que nunca le ha faltado techo ni dinero. Hippie pendeja. Yo en el lugar de mi chica no me hubiese ido de casa de los padres por más amor que existiese.

Imagino que a muchos jóvenes les ocurre lo mismo. Jóvenes que van llegando a los treinta y no ven posibilidad de establecerse en un piso sólo para ellos. Si hablamos de comprar un apartamento el asunto se vuelve imposible. Donde estoy pago una cifra exagerada que no se corresponde con el espacio, y menos aun con las condiciones absurdas de monasterio que mencioné antes. Como ventaja, o consuelo de despechado (porque en este país toda nuestra manera de pensar se ha ido adaptando al de una expareja despechada que trata de ver el lado bueno entre las cosas mayormente malas que está viviendo), tengo todo tipo de servicios y es una buena zona (dentro de lo que cabe decir «buena zona» en una ciudad caótica como Caracas), y por fortuna tengo los medios para costearlo.

Luego de varios años de trabajo y ausencia patológica de vacaciones (salvo un mes fuera del país hace tres años, que espero repetir pronto) tengo unos ingresos elevados en comparación con lo que gana gente de mi edad que conozco, gente que empieza con su primer trabajo, que se dedica a lo que estudió y que gana sueldo mínimo. El sueldo mínimo del venezolano vive en un universo paralelo donde todo es abundancia y felicidad; en nuestro universo quintorrepublicano no conoce de realidades, de aspiraciones juveniles, ni siquiera de amor-sexo. Si eres joven, ganas sueldo mínimo, tienes pareja y no cuentas con un «espacio propio» (como seguro es el caso de la mayoría) buena parte de lo que ganas al mes se te puede ir en una salida de noche: cine Bs. 90-170, cena Bs. 200-400, hotel Bs. 450-950, desayuno Bs. 150-200 = una noche de amor cuesta Bs. 890-1.720. Con estos precios el sexo se vuelve un lujo al alcance de unos pocos, y un lujo del que solo pueden disfrutar una vez al mes, lo cual podría explicar la amargura y la violencia del venezolano, país mal cogido.

Mientras se abre el anuncio de un anexo en El Marqués antirreflexiono en esas personas a quienes los años les van cayendo encima viviendo con los padres y que seguirán haciéndolo muchos años más, quizá hasta que mueran los padres y hereden la casa que éstos sí tuvieron opción de comprar en un viejo país que sí le daba oportunidades a los jóvenes (como decía el conocido bloguero que terminó viendo que la mejor opción para un joven profesional venezolano es largarse del país, como efectivamente él hizo con su pareja).

Mi retina refleja ahora un apartamento de una habitación en La Candelaria a Bs. 15.000 y mis ojos se inyectan en sangre. ¿La Candelaria a quince palos, pero a quién se le ocurre que La Candelaria vale eso? Esto no debería ser así. Antirreflexiono que debería haber una flexibilidad de leyes que abra el mercado de viviendas. Que fomenten que los jóvenes puedan salir de sus casas y hacerse con las riendas de sus vidas, sin tener que dilapidar todos sus ingresos en un espacio o tener que vivir en comunas. Algo mejor y no esta falta de equilibrio en las relaciones entre propietario y arrendatario.

Si me la hubiese tirado de miserable, bien podía haberme quedado en el viejo apartamento hasta que me hubiera dado la gana. La petición de dejar el apartamento me la hubiese pasado por el forro. Pero uno es de las raras avis que critica la viveza criolla como una de las responsables de que vivamos en una sociedad corrupta y por eso cumple (o pretende cumplir) con las leyes de este país. Me fui por las buenas, aunque las buenas no me quisieron acompañar.

Abro cada día tuinmueble.com.ve y también porlapuerta.com y confieso que me pasa por la mente:

Maldita sea, Álvaro, debiste tirártelas de chavista y quedarte a lo arrecho en ese apartamento.

La rara avis está en peligro de extinción. El demonio que te habla desde uno de tus hombros hace tiempo que mató al ángel que estaba en el otro lado. Pareciera que hemos llegado al punto en que la supervivencia te obliga a ser tan perverso como el sistema de perverso es. Hay algo llamado integridad, palabra que suena parecida a imbecilidad, que te dice que no, que uno debe ser la diferencia.

Sigo esperando la aparición de un anuncio extraño que ofrezca un apartamento a un precio que no implique que uno trabaje sólo para pagar un alquiler ni tener que buscarse otra persona que te quite privacidad. Hoy no hay nada interesante, en realidad ni siquiera un aviso nuevo. Cierro la página, me paso las manos por la cara y sigo con el trabajo de cada día.

Sobre las generalizaciones

Escrito por en Jonhfreddy, el intenso

La otra noche daba vueltas por  los chinos y salí un rato a fumarme relajado un cigarrillo y pasó una vieja; me miró de la cabeza a los pies y frunció el ceño, y se fue musitando que los jóvenes que nos la pasamos allí éramos todos unos vagos, unos drogadictos, unos bohemios (bueno, en realidad no oí todo eso, pero seguro que lo pensó). ¡Bah! Estúpidas generalizaciones. Allí adentro hay gente de mucho talento, arquitectos, diseñadores, artistas. Seguro que ella es de las viejas encopetadas de Chacao que van a misa todos los domingos y andan felices y saltando sobre el dedo gordo del pie por el papa latino: mírenlo al tal Francisco, defensor de la dictadura y de los curas pederastas, porque como sabes, todos los curas son unos pederastas. ¿Que estoy generalizando con los curas, dices? Bueno, este… las generalizaciones solo son malas cuando ellas me incluyen.