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Escrito por en Elecciones 2012, Estado de política, Estado social

María Corina Machado

El voto es secreto, pero como no tengo nada que ocultar, en las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad de 2012 votaré por María Corina Machado. Tomé esta decisión luego de ver cada uno de los debates que hubo entre los candidatos, y confieso que ninguno de los cinco candidatos cumplió plenamente con mis expectativas (diría, más bien, que ninguno llegó ni a la mitad de lo que considero que debe ser el candidato ideal).

No era precisamente por la diputada Machado por quien pensaba votar originalmente, y sigue siendo ella alguien con quien no comparto muchas cosas, en particular, sus maneras conservadoras de ver la sociedad (aunque me sorprendió que de los cinco candidatos fue la única que planteó el debate de la legalización de las drogas) y su distanciamiento con el venezolano promedio (clase media para abajo), pero a lo largo de esta corta campaña fue la única que defendió con orgullo y claridad, sin miedo ni vergüenza, el único sistema económico que nos puede sacar de este militarismo socializante: el capitalismo.

Pareciera que defender el capitalismo en estos tiempos de moda antisistema, de izquierda exquisita, es ponerse del lado de magnates explotadores y codiciosos, el típico cliché de señores con sombreros de copa y que encienden sus habanos con un billete de cien dólares. Olvidamos que las naciones que han abierto sus sociedades al libre mercado son las que muestran los índices más altos de desarrollo y prosperidad. Basta con ver cómo naciones como China e India, que en su momento se sustentaron en el polo opuesto del capitalismo, el socialismo, no lograron resolver sus problemas y desmontaron el disparate socialista para darle paso a un capitalismo a su estilo (entiéndase por estilo uno que da cierta libertad en la economía mientras la cierra en lo político).

Un país crece cuando tiene una sociedad productiva, que genera riquezas, que cree en la capacidad de sus ciudadanos y fomenta la inversión privada; un país no sale de la pobreza con expropiaciones ni con nacionalizaciones, todo lo contrario, estas medidas lo hunden más; tampoco lo hace con subvenciones ni estableciendo impuestos injustos, ni destruyendo la capacidad productiva de su país para propiciar las exportaciones de las naciones aliadas, menos aun volviendo a sus ciudadanos entidades parasitarias que esperan recibir dádivas del Estado y no producir nada con su esfuerzo propio.

La diputada María Corina Machado, con sus aciertos y desaciertos (entre los que le cuento: sus constantes referencias melodramáticas a las mujeres y madres que sufren, cosa infinitamente cursi y que es el mejor ejemplo del kitsch de la derecha conservadora, su religiosidad que choca con mi postura atea y su empeño por presentarse como representante del ideal de la mujer venezolana que echa pa’lante), fue la única que se atrevió a plantear de manera más o menos clara el asunto económico desde una perspectiva ideológica: tiene pinta de liberal, y eso me agrada. Le infunde nuevas nociones al debate político venezolano, estacado en el ideario socialista y socialdemócrata metido en la cabeza de los venezolanos desde los primeros tiempos de Acción Democrática y su continuación natural, el chavismo.

Le daré mi voto a ella, consciente de su puesto en las encuestas. No me importa, en el futuro cercano tocará votar por otro candidato que intente derrotar electoralmente a este desastre de gobierno que tenemos. Pero quizá ella sea un paso necesario para ir desmontando el sistema socialista y socialdemócrata que tanto daño le ha hecho a Venezuela, y que los otros candidatos no han tenido el valor de enfrentar (precisamente, porque tienen pasado socialista y socialdemócrata).

Escrito por en Asides, Rock venezolano

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Cuestionar el origen del punk no es nada nuevo, y esto más bien sirve para que no muera. De allí que cada cierto tiempo surjan nuevas teorías que revitalizan el debate estéril de dónde nació el punk. Entre las últimas las hay muy pintorescas, que sitúan el nacimiento de esta corriente musical en lugares tan inverosímiles como los llanos venezolanos (con Vómito Adeco, aunque para creer en la existencia de esta banda hay que hacer un ejercicio de fe ciega y nacionalista) y hasta en las coloniales calles de Lima (con Los Saicos).

Hasta la incursión gracias al ingenio de VIVE TV de la banda de Zaraza con su clásico desconocido de «Dios Salve a CAP», este debate no existía en Venezuela y tomábamos como pioneros del género a La Seguridad Nacional, banda rescatada del olvido y llevada a las masas hambrientas de conocer más del rock hecho acá a partir de los años 2000, luego de que en la década de los noventa hubiera una pequeña ola del punk venezolano.

Entre las bandas de esta ola hay una que quizá no le suene mucho a los nuevos fanáticos de La Leche o Dermis Tatú (si bien no era precisamente punk, se alimentó de su filosofía), pero que logró recopilar una serie de canciones geniales y que suenan a himnos. Es Gladys Cordero, una banda de existencia relativamente efímera y que terminó su andadura sin mucho ruido (lo cual contrariaba la potencia de su música). Dedicarles un espacio por acá es una manera de brindar por una de mis bandas favoritas.

Gladys Cordero no habrá originado el punk, pero compuso muchas de las mejores canciones del género en Venezuela.


01) Ya no puedes
02) Mi ciudad
03) Frio
04) Tu recuerdo
05) Trabas
06) Todo el año es carnaval
07) Mejor te olvidas de mi
08) La pastilla
09) Historia del crimen
10) Que paren la rueda

Johnfreddy, el intenso: «Cuando alguien me dice, lleno de envidia por mi juventud y criticando mi rebeldía: “Algún día vas a llegar a viejo”, le respondo: “El suicidio es la mejor cura contra esa enfermedad”. Morir joven y bello, esa es mi consigna.»

Es momento de que le pongamos fin a esto por este año. Los lectores asiduos de este blog seguro han notado que esta ha sido una temporada floja, una de las de menos entradas publicadas en los últimos años. A pesar de que me embarqué en la publicación por partes de dos relatos extensos (La vida estúpida de Sebastián Arana, inconclusa, y El derrumbe), confieso que este año me he alejado un tanto del cuidado de Planeta en fuego; la razón de esto ha sido fundamentalmente de índole laboral. Lo cierto es que termina este año impar, que por alguna irracionalidad de las tantas mías que tengo los detesto, y entrando en la parte personal (como toda entrada de final de temporada) ha sido un año de mucha mayor calma que el pasado (que ya huele a lejanía). Quizá debería tener esa capacidad que tienen muchas personas para dar emotivos discursos por el año que termina; pero yo no soy así, y sería deshonesto. Simplemente les doy las gracias a las personas que han estado aquí conmigo, y a los lectores que caen eventualmente por esta página, por hacer de este proyecto la mayor constancia que tengo. Solo espero que el año par que viene sea interesante; ya nos volveremos a ver. Sean honestos, no se dejan ilusionar por la euforia del momento, traten de ver más allá del presente y pregúntense si lo que ahora hacen tiene las cualidades para ser recordado más adelante como una experiencia enriquecedora o tan solo como un vago instante. Sigan allí. (0)

Escrito por en El derrumbe

El derrumbe - Álvaro Rafael

[Sábado, 12.45 am]

Suenan los primeros acordes de «Tótem». Quitando las groupies junto a la tarima, la guitarra perezosa de Alfonso no logra captar la atención del público que sigue dando vueltas por Discovery. Regresa la chica. Se ve terrible. El rímel le chorrea por las mejillas y una línea trémula de pintura labial rojo le recorre hasta la barbilla. El cabello pelirrojo, alborotado, le cubre la cara. Estira el brazo en señal de que no me acerque. Me dice que se siente mal, que ha bebido demasiado y que ha vomitado sobre sus Converse. Le pido que salgamos a respirar aire fresco y en su lugar me responde de mala gana que ha llamado para que la vengan a buscar.

—Esta es una noche muy especial para nosotros —dice Alfonso, desde la tarima, buscando conectar con el público bullicioso.

Quedo nuevamente solo en la multitud de Discovery. Miro a la chica sentada a la mesa, las dos manos sostienen su tambaleante cabeza y entonces se derrumba como una marioneta a la que le han cortado las cuerdas.

—Hemos pasado excelentes momentos en esta tarima —Alfonso, inquieto.

El público voltea buscando el origen del revuelo. Un guardia de seguridad se acerca y levanta a la chica por los hombros como si fuera de trapo. Me pregunta con voz golpeada si la conozco y le digo que estoy con ella.

—Y, así como en todos los momentos de la vida, ha llegado el momento de seguir. De crecer. De ver nuevos horizontes —Alfonso, conmovedor.

Inquieto en lo alto de la tarima, rasga las cuerdas de su guitarra, suelta de golpe:

—Bueno…, esta es la última presentación de Pionia en el país. La próxima semana iniciaremos un circuito de giras por España.

Un aplauso se escapa, luego otro, quizá uno más.

La chica, arrastrada por el guardia, se pierde a los dos o tres pasos y me encuentro flotando en un mar pantanoso. Es casi la 1 am y no tengo en dónde quedarme. Cojo el bolso que está a mis pies y salgo. En mi bolsillo encuentro la notificación de desalojo emitida por la alcaldía. La nota dice peligro inminente de derrumbe y me río porque esta ciudad tiene años en ruinas. Al principio eran leves temblores, de pronto todas las piezas que me constituían empezaron a desprenderse y me encontré despertándome cada mañana con un hueco nuevo que tapar.

Cruzo la avenida y me niego a voltear. No quiero volver a Discovery, no quiero sentir vértigo. A mis espaldas queda el lugar de tantas buenas noches, de momentos con mis amigos que han huido, de ilusiones que exterminé, de la noche en que conocí a Patricia y de las tantas otras que estuve con ella. Todo ahora descansa bajo enormes ruinas y yo quedé fuera. Me había convertido en un superviviente entre las ruinas cuando en su lugar debí haber quedar sepultado en medio de un ruidoso derrumbe.

Detengo un taxi en la esquina. El conductor se niega a pasar enfrente de mi edificio. Alega primero el peligro de la zona, luego habla de que la avenida está cerrada. Me deja una cuadra antes de mi edificio. La distancia me da oportunidad para planificar mi entrada. Lo mejor es entrar en silencio. Meto la mano en el bolso, consigo lo que busco y luego arrojo el bolso junto a una papelera. Soy un héroe silencioso, un héroe macabro, un héroe sin importancia para nadie. Y no me importa. Dentro de mí los escombros empiezan a mostrarse con una belleza inusitada. Entraría violentamente al edificio, luego me acostaría en mi cama, esperaría a que todo colapsara plácidamente.

La noche es fría y cae una llovizna. Una neblina se pega en mi ropa y a cada paso salpico sobre charcos de espeso barro. Unos pasos más, otros pasos. Las cintas que cercaban el edificio han ampliado su perímetro. Comprendo ahora que la neblina que me cubre me ha llenado de los residuos de lo único que me arraigaba a esta ciudad que detesto. La llovizna cobra fuerza y la ropa, empapada de esa mezcla de lluvia y partículas de cemento, empieza a resultarme muy pesada. Poco a poco me va hundiendo a pocos metros de llegar a tierra firme. Estoy siendo engullido por un mar pantanoso. Y ya no me interesa oponer resistencia.