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En los países normales (que no es el caso de Venezuela) al llegar a determinada edad todo joven piensa en irse de la casa de los padres. Las motivaciones son diversas: ganas de formar una familia propia, de establecer sus propios vínculos sociales, de hacer una vida propia sin la guía de los padres, etc. Eso es en los países normales donde hay posibilidad de acceso a un mercado variado de viviendas con precios sensatos (ya sea de alquiler o venta) y con trabajos cuya remuneración sirve para asumir tales costos. En Venezuela, el precio del alquiler de una vivienda medianamente decente triplica el salario mínimo, si es que acaso se consigue y si es que se tiene la posibilidad de pagar todos los requisitos cada vez más inflados que te exigen, por ejemplo, el pago de cinco cuotas por adelantado (y, en las actuales condiciones, el mercado de alquiler es muy reducido). Uno se termina convirtiendo en un rehén de un canon de arrendamiento que te impide ahorrar para otras cosas. Ni hablar de comprarse una vivienda: a menos que tengas la fortuna de contar con una herencia o una familia generosa, hacerlo para alguien que ha decido vivir solo es casi una quimera. Son cada vez más las personas que van llegando a los treinta viviendo con sus padres y sin la menor intención de poner un pie fuera del nido. En fin, las razones que antes expuse son suficientes como para rechazar aventurarse a vivir una vida propia. Las experiencias personales (en mi caso, que decidí lanzarme fuera de casa de mis padres a temprana edad) alertan a cualquiera de mis conocidos de meterse en esto. La libertad cuesta, y cuesta mucho. (0)

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El derrumbe - Álvaro Rafael

[Viernes, 8.48 pm]

Vagué el resto del día sin nada que hacer. Irónicamente, para ese momento desfilaban uno tras otro los autobuses y me monté en uno. No me fijé en el destino. Era el final de la jornada y el autobús lo llenaban dos grupos que se creían separados por el largo pasillo. Unos eran obreros de la construcción que regresaban a sus casas luego de levantar edificios para familias que vivían felices segregadas del resto de la ciudad. Otros eran jóvenes con aspecto forzadamente emprendedor que sueñan con vivir algún día en aquellas construcciones nuevas, con tener un gran carro y jugar a cambiar el mundo o irse finalmente de este país. El agotamiento y la resignación a esta otra vida, la real, los unía en un resoplo que recorría todo el autobús y que para mí sonaba como la hermosa orquesta de la ruina.

En algún momento estuve sentado junto a los entusiastas. Tengo estudios universitarios, tengo [aún] techo propio, he viajado y también he querido comprarme las mismas cosas. Recuerdo que ahorré para comprarme un Palio usado y alejarme del caótico transporte urbano [para entrar al caótico mundo de las colas]. Con Patricia hicimos planes de viajar por todo el país. Incluso me dijo para recorrer toda Sudamérica. Nos reíamos de nuestros planes exagerados. Pero cuando por fin había reunido para la inicial y voy a la concesionaria encuentro que el precio se había cuadriplicado en menos de un año y el dinero ahorrado con mucho esfuerzo ya no valía para la inicial de nada.

El desánimo en el que Patricia y yo caímos lo compensamos rápidamente dándole una gustosa patada al porvenir. En la ilusión fugaz del ahora gastamos sin pensar en un mañana que seguro estaría mucho más devaluado que el presente. Con mi dinero y con el que ella contaba realizamos parte de los viajes alrededor del país y llenamos el minibar de mi apartamento con vinos y licores que aún esperan por ser terminados. Cuando una noche sin electricidad, acostados en mi cama, Patricia me contó que su padre tenía un piso entre la Gran Vía de les Corts Catalanes y Plaça d’Espanya ocupado eventualmente por un medio hermano que estudiaba en Valencia, no dudamos en irnos las semanas finales del año para terminar de olvidarnos del plan original que nunca fue.

Un viaje que le sirvió a ella para radicarse. Me dijo que ella no quería regresar, y no agregó nosotros. Yo no tenía nada que hacer en Barcelona y había asuntos que prometí resolver acá antes de regresar con ella. Cuando Patricia volvió sin avisar al país para concluir los suyos y despedirse entre lágrimas de sus amigos, no demostró interés en que volviera con ella. Se fue, otra vez sin avisar, aunque ya ella había demolido todo conmigo. Ahora que lo pienso ese viaje abrió una brecha irreparable de intereses opuestos. Nunca regresé, y desde entonces el dinero empezó una vez más a llenar mi cuenta bancaria con fondos destinados a devaluarse.

Luego de varias vueltas el autobús pasó frente a las puertas de Discovery. Me colgué el bolso de Mercadona al hombro y bajé. Me senté enfrente un par de horas a esperar a que abrieran. Entré y al cabo de unos minutos llegó hasta la mesa Alfonso y una amiga, me saludó sorprendido y me preguntó cómo estaba. «Supe que tu banda tocaría», le dije, me lo agradeció muy vanidoso y me dijo que tenía que darme una sorpresa sobre Pionia. «Te espero ver entre el público a la medianoche», me dijo luego, y saltó del taburete.

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El derrumbe - Álvaro Rafael

[En algún momento]

Tenemos la mala costumbre de fingir sorpresa por la ocurrencia de los malos momentos como si no tuviéramos responsabilidad en ocasionarlos. Somos quienes contribuimos de manera consciente o no con ajar las paredes de nuestro hogar, los que precipitamos los derrumbes y los que luego decimos con incredulidad encima de los escombros que no sabemos cómo pasó todo esto.

Podría insistir por horas y de manera convincente en que no sé cómo comenzó este derrumbe. Podría decir que al principio fueron unos leves temblores que enviaban señales confusas de que todo estaba por desmoronarse: un día eran palabras amorosas de ella, otro día no sabía nada de ella. Otro día ella bromeaba diciendo que yo debía buscarme otra pareja que tuviese más tiempo para mí y yo reía nervioso y la callaba con un beso, reparando una grieta mientras se abría otra. Los temblores fueron volviéndose cotidianos y cada vez más sonoros. Huía de ellos recluyéndome en el trabajo, creyendo escapar de un derrumbe inminente. Por aquel entonces empezaron a aparecer en el techo de mi apartamento grietas y una noche el ascensor se desplomó desde el último piso despertando a los pocos vecinos que aún nos resistíamos a abandonar lo que teníamos.

Pero te mentiría burdamente si te dijera que me tomó por sorpresa ese momento cuya llegada esperaba. Tal fue mi antisorpresa que, cuando se desplomaron los últimos pilares que soportaban la estructura deteriorada de mi relación con Patricia, me sentí aliviado. Libre de presión sobre mis hombros. Por fin estaba lejos de ese desastre para contemplarlo desde una distancia segura. Para lo que no estaba preparado era para conseguirme a los pocos días cara a cara con el dolor que dejó el colapso.

Cada noche posterior me vi hundido en el puff de la sala sin nada más que hacer que especular sobre qué estaría haciendo ella o quién estaría ahora riendo o encender un cigarrillo hasta borrar mi mente o mirar mi reflejo en la pantalla de un televisor que permanecía apagado porque la electricidad del edificio la cortaban a las 6 pm y así en un silencio que ardía como fuego corría el tiempo hasta que la luz me indicaba que debía marcharme a la oficina y luego la oscuridad que debía volver al apartamento para transitar otra noche igual a la espera del sueño y luego ver que despertaba con la enorme cama solo para mí para repetir otro día igual en una continuación ilimitada del derrumbe.

No tardé en desarrollar terror a quedarme en mi apartamento, por lo que empecé a pasar mucho más horas en la oficina de las que antes pasaba. Horas extras sin remunerar. Todo para estar alejado del apartamento. Todo para que la oscuridad de la noche ocultara durante el viaje de regreso en el autobús que en el asiento de al lado ya no estaba Patricia. Que no había nadie a mi lado que llevara gafas enormes, nadie que cuando pasáramos por la juguetería que exhibe en su vitrina enormes peluches me dijera sonriente que le parecían ridículos y que esperaba que yo nunca le dejara uno de esos en la puerta de su oficina junto con un ramo de rosas, que tampoco le gustaban.

Sin que el tiempo me ayudara a recomponerme me devoró la melancolía que consagró el apartamento como templo. Caminaba por las habitaciones como guiado por la presencia de la Patricia que amaba. Por los tiempos en los que todo parecía tener orden y un fin. La memoria romántica hizo el resto de borrar las peleas y los engaños mutuos. Pero esta satisfacción ilusoria se esfumaba en cuanto abandonaba mi apartamento. En la calle me invadía un nuevo terror, el de encontrarme de nuevo en el caos previo a Patricia. En ese momento de mi vida en el que no sabía hacia dónde iba, en el que pasaba las noches en salidas inútiles con los amigos en común con Alfonso. En la búsqueda de una razón para trabajar, en las chicas que conocí y que eran tan superficiales como Alfonso. En su hermana de la que todos me hablaban y que conocí una noche tras una reunión en casa de alguien que no me presentaron.

Durante aquella reunión se me acercó Alfonso y me comentó que Pionia estaba por terminar de grabar su primer disco. Esa misma noche se reunirían en Discovery con un director de videos para darle la propuesta de tomar la grabación de «Tótem», el tema del que más se enorgullecían por el hecho de ser el único que tocaban bien. «Ese tipo tiene contactos en Barcelona», me dijo Alfonso, «un tipo medio arrogante y pretencioso, pero el propósito es gustarle para que nos promocionen allá». Yo, por el contrario, le miraba sin esa luz codiciosa que proyectaban sus ojos sobre mi cara. Por donde se viera sus planes eran desmesurados para la realidad caraqueña. «Además, viene mi hermana», agregó, sin ocultar en su tono ese doble sentido que luego él mismo lamentaría. «Es una chica que seguro te gusta; es como tú», dijo, y se rió.

Esa noche perdí de vista a Alfonso en Discovery. Seguro hablaba con el director. Me quedé solo en la multitud. Salí un momento del bar para fumar y la enormidad del cielo nocturno me cayó encima: ¿Qué haré esta noche? Me pregunté, y lo repetí varias veces más: ¿Qué haré esta noche? ¿Qué haré esta maldita noche? Había llegado a un punto en que todo me parecía prescindible y no conseguía encajar en las vidas de ninguno de mis amigos.

Incluso dejé de considerarlos así. Todos ellos iban terminando la universidad y empezaban a encaminarse hacia otros rumbos: matrimonios, corbatas al cuello, hijos. Otros se fueron marchando del país y al parecer viven felices. No se cansan de enviarme fotos en las que salen sonrientes con un edificio emblemático de fondo. Fotos que empezaron a llenar mi bandeja de entrada en correos que abriría mañana, otro día y, finalmente, cayeron en la carpeta de correo basura.

Cuando el remitente me preguntaba en conversaciones inesperadas por messenger que qué me parecía la foto que me había enviado desde el London Eye o Potsdamer Platz, yo inventaba alguna mentira para evitar oírles hablar de anécdotas, y alegaba tras largos minutos de silencio que mi conexión presentaba fallas y me debía desconectar. De igual modo, sabía que al interlocutor de turno ya no le importaba recibir un comentario de mi parte. Nuestras relaciones también habían caído a la carpeta de no deseado.

«¿Qué haré esta noche?», pensé cuando me quedé en la calle con un cheque miserable en el bolsillo. Otra vez la inquietud de años atrás, pero esta vez no llegaría Patricia para compartir un cigarrillo como aquella noche. Otra vez solo tenía un lugar adonde ir y ahora estoy aquí, invadido por la irracionalidad de luchar por un apartamento que mantiene vivo el mejor recuerdo de Patricia. Patricia con su larga cabellera castaña, andando descalza por mi apartamento. Patricia con su gruesa chaqueta militar, sentada en el balcón con un cigarrillo en los labios. Patricia moviéndose con su aire siempre indiferente por mi apartamento eran mis últimos años. No sé si los mejores que he tenido, pero al menos un tiempo en el que tuve algunos propósitos que cumplir. En los que parecía conseguir la ruta hacia algo. Ahora, si pierdo el apartamento todo el tiempo que compartí con ella se alejara como una especie de ilusión, como una nebulosa que pasó por mi vida, un enorme paréntesis de orden, y sería como regresar a la sinrazón previa cuando todo era prescindible, incluso yo.

Volver a ese pasado me produce vértigo, y si termino de precipitarme veré que, en la acera allá abajo, ya no habrá ningún rostro conocido, ni siquiera el idiota de Alfonso estaría aquí.

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El derrume - Álvaro Rafael

[Sábado, 12.35 am]

Los técnicos de Pionia, sin llamar mucho la atención, empiezan a conectar los equipos en tarima. La chica me ha paseado desde Artaud del flaco Spinetta hasta algunos temas de Sumo que yo desconocía y me ha confesado, ya entrada en copas, que Alfonso es un pretendido Luca Prodan venezolano y por eso les han permitido tocar en una noche dedicada al rock argentino. Dice que tendrá éxito en la medida que lo permita la chequera de su padre. A la hermana de Alfonso, dice con cierta ojeriza, le ha costeado los estudios de diseño de modas en Barcelona, y comprendo que ignora la relación que tuve con Patricia.

Sin que lo espere me propone, algo risueña y quizá sin pensarlo mucho, que pase la noche en su apartamento, que está a cuatro calles de Discovery, y oigamos en la terraza la discografía completa de Sui Generis. Se levanta para ir al baño a retocarse y contra la canción que suena de fondo canta otra, «Instituciones»:

Yo miro por el día que vendrá,

hermoso como un sol en la ciudad,

y si me escuchas bien,

creo que entenderás.

Porque yo esperé en vano

que me dieras tu mano.

De mis huesos la humanidad

debes salvar.

Por momentos me siento complacido y el plan que hace rato le narré se desmorona. Tal vez este nunca tuvo sentido. Es medianoche y repica una vez más el celular y entonces lo apago. Me importa poco el edificio ahora. Enfoque, planes, encarrilar otra vez mi vida quizá sea lo que necesite. Porque no siempre estuve en este caos. O quizá hubo momentos en los que el caos fue menor o todo se hacía más fácil de sobrellevar.

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El derrumbe - Álvaro Rafael

[11.26 pm]

Había sido despedido. Por supuesto que no le dije esto a la chica cuando me preguntó en qué trabajaba. Ni siquiera quiero pensar mucho en ello, pero es en vano, la cara de mi jefe aparece en mi imaginación de manera intermitente desde la mañana. Aunque no puedo definir si su rostro es de complacencia o indiferencia. Ha sido incapaz de decírmelo en persona. Simplemente mi carnet electrónico no pasó la prueba de los torniquetes de entrada.

Me sirvo otro trago. Una parte de mí desea responsabilizar al funcionario por llegar tarde al trabajo luego de hacerme perder el autobús. Nunca son puntuales cuando hacen falta. Son esos largos y modernos autobuses que pasan con poca regularidad y que están rotulados con la publicidad de un calzado deportivo, de una nueva línea de maquillaje o de una marca de pañales. Nosotros somos el relleno que se desplaza lentamente por las vías digestivas de la capital.

Pero sé que no es así, que la culpa no es suya sino mía, que es verdad lo que me criticaban esos amigos míos que desembarcaron hace tiempo en el nuevo donde las cosas parecen tener sentido: que soy un irresponsable, que no me tomo nada en serio, que soy una pérdida de tiempo. Crecí con una tía que se refería a un tipo de «autorreproches» como «jugo de culpas»: culparte infinitamente a ti mismo de todo lo malo que ocurriera en tu entorno (tuvieras vinculación o no) para que, cuando ya no tuvieras nada más que exprimir, quedara la cáscara de la modestia y obtuvieras el perdón (de quién, nunca me lo dijo, pero sí decía que cuando te exprimieras tanto nadie sería incapaz de seguir culpándote).

No creo que eso funcione conmigo, pero de todas formas los años de convivencia con ella me volvieron un exprimidor de culpas en potencia, y así, con tales pensamientos en mente sobre el desastre de tipo que soy, opté por caminar hasta mi oficina, bajo un sol con rayos brillantes de esos que sueles ver en comerciales y que presumí luego como la iluminación necesaria para reflexionar sobre el panorama que se me presentaba tras la notificación de desalojo.

Mientras caminaba bajo esta nueva perspectiva comprendí que verme obligado a marcharme era algo así como el accidente necesario para recobrar las fuerzas con las que tomar los remos arrojados al mar y dar la batalla antes que hundirme con indiferencia. Replantearme las cosas, encender las alarmas por esta despreocupación con la que ando por la vida. Al menos debería inquietarme el paso de un tiempo que no me deja nada. Nunca he luchado contra mi realidad cronológica, incluso debo repasar todas las circunstancias y hechos que me han llevado a ser quien soy para recordar tras largos minutos la edad que tengo. Lo cierto es que ya me encamino a los treinta. Pensé en enfocarme en desempolvar el título universitario que saqué y conseguir un trabajo con mejores perspectivas. Respetar horarios. Cumplir con ciertas formalidades. Incluso establecer una relación seria, formar una familia (aunque carezca de los mejores modelos para hacerla).

Mi tía era desconfiada, malhumorada y el aneurisma que la atacó de joven la empotró en su eterna mecedora. Desde allí se las ingenió para manejar (o dar la ilusión que lo hacía bien, porque nunca pasamos grandes privaciones en ese tiempo) los negocios que dejó mi abuelo. Ella es el único modelo de familia que tengo, una mujer de la que esperaba la mañana en la que no me respondiera mis buenos días. La muerte, que extrañamente la esquivaba a ella, se encontró primero con mi abuela viuda, que era una mujer robusta, saludable, de pocas palabras y menos afecto, de quien no solo heredé la fortaleza física y la parquedad, sino también el apartamento en el que ahora vivo con las horas contadas.

Al poco tiempo me marché a vivir allí, sin que mi tía se opusiera. Lo único que le importaba era su mecedora. Cuando al poco tiempo de mi mudanza ella murió por causas que atribuyeron vagamente a su mal estado de salud crónico, fue la mecedora lo único que dejó escapar el embargo que devoró sus demás bienes, incluidos los que dejó mi abuelo. Ahora la mecedora permanece quieta junto a un mostrador de terracota en el que nunca ha habido fotos de parientes.

Ya estaba sentenciado cuando llegué a la agencia. Desde hacía semanas mis responsabilidades habían sido anuladas, aunque no supe atribuirlo a nada en concreto. Hoy me habían tendido el anzuelo de mi despido y en mi mesa reposaba a primera hora una tarea impostergable.

El guardia de seguridad, tras advertir mi ruidosa y desesperada insistencia por hacer pasar el carnet, se acercó con su habitual modorra [es uno de los que va temprano en esos autobuses largos] y con aliento a comida mala [desayuna en el bulevar] dejó escapar un saludo lamentable. Estiró la mano que sostenía con asco el sobre de rr.hh. En la misiva alegaban, en un batiburrillo de paternalismo, compasión y tecnicismos que, debido a mis innumerables ausencias, retrasos laborales y quejas de mis compañeros [de saludo monocorde] por mi falta de colaboración, no podían contar más con mis servicios y me recomendaban que ni siquiera buscara las cosas que tenía en mi oficina, que me las enviarían sin costo a mi domicilio.

Al fondo del sobre se mecía un cheque a mi nombre con el sello de la agencia. El monto estaba libre de compensaciones y beneficios laborales. Si bien el trabajo era lo único estable que tuvo mi vida en los últimos años, jamás me ocupé en regularizar mi situación laboral. Mis ahorros devaluados se habían evaporado en los últimos meses haciendo reparaciones en el apartamento: filtraciones, grietas en el techo, escape de gas, fallas eléctricas. Con lo del despido apenas me alcanzaría durante un mes para comprar comida y ahora debía desalojar de inmediato.

La chica me felicita por el excelente trabajo que para ella todavía tengo y pide otro coctel. No sé si los últimos siguen yendo a cuenta de Alfonso o si me tocará pagarlos y apenas tengo dinero en efectivo para el taxi. No sé cómo decirle que deje de beber. El repertorio musical me sorprende con una inesperada canción de Divididos y ella empieza a contarme de su vida: es estudiante de letras, ganó un premio universitario de poesía y dedica su tiempo libre a fotografiar a los ancianos que van a las plazas. Está armando un libro con sus nuevos poemas y fotografías que publicará por su cuenta y las ganancias las donará a alguna institución benéfica. Cree en los cambios políticos y se enorgullece en contar su visión idílica del mundo. Aún se puede luchar contra el sistema, sentencia con firmeza. Quisiera entusiasmarme otra vez con las tonterías que dice, quisiera creer que la vida moderna permite vivir con ideologías en la cabeza y hambre en el estómago. Tan solo logro levantar la copa cada cierta frase en señal de aprobación. Hace tiempo que renuncié a la fantasía. Quizá esté madurando como me pedían mis amigos.