Archivos del autor

Escrito por en Bocetos, Misery Loves Company, Relatos

Será otro día (2005),

Álvaro Rafael.

·

1

La muchacha que ahora espero en este restaurante apareció sin aviso en mi oficina, detrás de la esposa de mi jefe que lacónicamente me la presentó: «Trabajará en nuestra sede, pero no pertenecerá a nuestra compañía», dijo confusamente, para luego aclarar que sería la secretaria a distancia de su hijo, comerciante de las dietas.

Desde un primer momento me fascinó: había en su apariencia algo candido y me resultaban agradables sus delicadas facciones en una piel oscura, sus ojos negros vivaces, demasiados para las palabras que me dio, mientras yo balbuceaba unas palabras de bienvenida y trataba de recomponerme.

Los meses fueron transcurriendo y mientras ella iba revelándose como una muchacha grandiosa y encantadora vi cómo se desmoronaba mi creencia sobre la imposibilidad de que una relación de oficina pudiese derivar en una verdadera amistad. Amistad para la cual este almuerzo de hoy constituye el doloroso principio de su declinación que concluirá la semana siguiente cuando ella —para tristeza mía— finalice su contrato y se marche.

2

Uno de los temas que más me han preocupado desde muy niño es el asunto de la credibilidad. Recuerdo cómo en mi infancia me esforzaba tozudamente en que me creyeran cada acto u opinión que yo realizaba sinceramente, ya que sabía muy bien desde entonces la incredulidad que provocan los niños; yo mismo desestimaba cada opinión o acto de mis compañeros y las tachaba de exageraciones pueriles; ello fue moldeando la incredulidad que tengo en la actualidad hacia la opinión de las personas en general.

Recuerdo concretamente, en este momento de espera, el asunto del amor. Durante mi niñez y adolescencia, ninguno de los «niños» que me rodeaban podían sentir amor con la seriedad y pasión mías (aunque, veo que ahora podría asimilar a muchos hombres a esos niños). El hombre con los años se vuelve más escéptico, y va perdiendo la ilusión y la ensoñación que años atrás le impulsaba; estos años me han develado que yo, humano al fin, no estuve exento de «cierta» exageración pueril y veo que de los muchos «amores» que sentí (la mayoría, en secreto) sólo dos han sido auténticos.

Y entrecomillo cierta, ya que esta falta —que me llevó a fantasear sobre palabras, miradas o sentimientos que únicamente existieron para mí— ahora la encuentro muy justificable: el hombre requiere motivaciones para vivir, y así mis amores que rápidamente se convertían en desamores eran la excusa para mantenerme ocupado en mi marcha por un mundo que en general siempre se me presentaba gris pero que parecía tener en alguna parte la clave para acceder a esa palabra tan abstracta llamada «felicidad».

Así, fui descartando de mi lista amorosa (por cierto, larga) nombres que sólo eran caprichos sensuales (que eran los más); en otros hallé tardíamente la diferenciación entre lo que es amor y amistad —la muchacha que ahora espero contribuyó decisivamente en esto: admito que durante varias semanas la quise intensa y confusamente, hasta reconocer que si la quiero a mi lado no es más que para conversar larga y tendidamente sobre nuestras vicisitudes que, curiosamente, nos han tocado vivir siendo aún muy jóvenes—, hasta que aquella lista vasta y heterogénea quedó depurada, simplificada y corregida, en dos nombres cuya pronunciación provoca en mí tan opuestas reacciones: porque mientras a una la sitúo en los recuerdos gratos, la otra pertenece a la galería hiriente. Nombres que con mucha seguridad ya no pronunciaré a viva voz ni despertarán la reacción de sus poseedoras, bien por la larguísima distancia que nos separan.

Ella no tardará en llegar; apuro la letra, más tarde me tocará suavizar estas líneas. ¿A dónde lleva un escéptico las peticiones para que un momento (este momento) sea infinito?

·

______________________

relatos sobre despedida, historias de despedida, cuando te marches, relatos cortos de amor, relatos cortos de autores venezolanos, relatos en blogs

Escrito por en Misantropías

Logo Mercadolibre

·

Hace unas cuantas semanas pasé a formar parte de la lista de anónimas víctimas de la delincuencia caraqueña, terminando así con mi discursillo de la invulnerabilidad que contaba con cierta mueca de gracia cuando salía alguien a mi alrededor citando la trillada frase: «Pero, chico, quién no tiene un familiar a quien no haigan robado». Pues bien, una tarde, en plena congestión del tráfico de terror del centro de nuestro bolivariano municipio, mientras iba yo (pensará el lector, distraído en sandeces) en uno de los bloques con cauchos productores de smog que tienen la desgracia de transitar por nuestras avenidas donde un solo carril es para los vehículos y los otros tres para los buhoneros, se montaron dos infelices pistola bajo camisa y nos peinaron a toditos: salieron relojes, billeteras, uno que otro adorno y celulares. Así, me desprendía yo de mi celular anticuado y sin reparo, el cual, cada vez que recibía una llamada, no sólo hacía temblar el piso, sino que cuando era contestada la llamada se apagaba automáticamente. Así, le entregué sin mucha resistencia y con una profunda y maliciosa satisfacción el aparato al infeliz, sabiendo que el pobre diablo en unas horas pasaría de la alegría de tener un celular por primera vez en su miserable vida a la rabia porque no funcionaba ni para accesorio de correa.

Tenía, por fin, un pretexto válido para sortear mi tacañería nata. El aparato que compré al cabo de dos semanas llenaba las expectativas de mi otra parte, la lúdica y tal vez esnobista. Uno de los complementos del aparatico que más me encantó era su cámara, por lo que empecé a fotografiar todo cuanto satisficiera más mi sensibilidad que mi intelecto: el objeto principal de mi lente, una compañera de la oficina donde me desvelo: de perfil, tres cuartos, mientras golpea las teclas de su negro teclado, con el regalo que le compré para su cumpleaños. Al poco tiempo, tuve lo que un padre debe sentir cuando ve que su pequeño niño empieza a salir solo a la calle: el terror de perder eso que tanto adoro, víctima otra vez de la delincuencia; ella se irá de este trabajo dentro de poco, me dije, y esas fotografías serán lo único que me quede de ella. Razón por la cual empecé a buscar los cables que transmitieran esas imágenes a mi PC. He aquí cuando encontré a Mercadohorror.

Suelo ser un usuario frecuente de las páginas de compra y venta on-line, me parecen lugares excelentes y sencillos para poner en venta cualquier bagatela y, francamente, nunca había tenido problemas con esos servicios. Hallé y compré los cables para mi teléfono, y entre depositar el dinero a la cuenta del desconocido vendedor o depositar a la cuenta de la página de compra y venta, decidí por esta última y aparente confiable opción. Cuál ha sido mi sorpresa que hoy, después de transcurridos cuatro días de la compra, aún la página no acredita mi depósito y por ello aún no he recibido los cables que compré, para mi rabia y frustración. Porque, para este momento, sigo andando por las calles sintiendo que mi hijo juega fuera de casa, expuesto a los peligros que ello implica, pudiendo perder en cualquier momento algo que aprecio inconmensurablemente. Espero, sigo y espero, mientras tanto, estas líneas ayudan a pasar el tiempo.

·

______________________

Crítica a Mercadolibre, desventajas de Mercadolibre, fallas Mercadolibre, estafa Mercadolibre, Mercadolibre Venezuela, robos en autobuses, crónicas de inseguridad en Caracas, inseguridad en Caracas, logo de Mercadolibre

Los libros en la era de Internet » Otra vez aparece el tema del fin del libro por responsabilidad de la difusión de los medios electrónicos. Te prometí que te llamaría, pero no lo hice. Aquí te envío brevemente parte de mi respuesta: «Sin llegar a ser profeta, Internet jamás acabará con el libro impreso porque aquél es un medio siempre cambiante y empeñado acaso en su degeneración, los libros impresos trascienden los caprichos temporales del hombre y persisten el paso del tiempo y se constituyen en monumentos de un momento en particular, y no creo que nadie esté dispuesto a renunciar a la memoria. Los libros, por último, han sobrevivido todo intento de destrucción, y lo que no consiguieron las dictaduras menos lo conseguirán unos tontos con mucho dinero y tiempo. A lo sumo, el papel de los medios electrónicos podría servir en la difusión de las obras y sus autores, pero nunca destruir los libros. (1)

Escrito por en Bocetos, Breviario, Relatos

El moro (2000),

Álvaro Rafael.

·

Su solitario trabajo como vigilante nocturno en una ensambladora de autos le obliga a mantener un horario incómodo. El choque de un vehículo en la autopista Francisco Fajardo, los vidrios quebrándose y el sonido de los metales retorciéndose, el anterior silbido desesperado de los frenos y el ulterior grito lejano de la boca de una mujer herida que pide auxilio, y un perro aullando y otros persiguiéndolo, gatos maullando eclipsados por una luna llena y las bolsas de basura arrojadas desde lo alto de un edificio, y las risas de una pareja anónima dentro de un auto, y los demás por la autopista, y el rozar de las aguas pestilente del río contra las rocas, y el transitar incesante a veces, solitario después, conforman los sonidos atormentadores de la medianoche.

Él camina por las largas e infinitas instalaciones de la fábrica, iluminadas por el neón que en un chirrido agudo calcina a los insectos voladores. Y silencio y calma otra vez. De pronto, un vehículo enciende sus luces, se ve a lo lejos, al final del corredor, acercándose por la misma vía, es el suspenso y el temor de algo extraño que se aproxima. Y el auto, lento y pernicioso, va avanzando con unas fuertes luces que encandilan la vista con el reflejo de ellas, y que él dice, en un lenguaje propio del silencio, nada.

Así, su jornada termina. El sol recién sobresale tras la verde e infinita montaña, los empleados bajan presurosos del Metrobús y una mujer bate la edición del diario. Así, su fin. Se sirve en un vaso de cartón un negro bien caliente antes de partir a casa, donde su esposa le esperaría con un buen —o tal vez, afectuoso— desayuno con más de cena. Se da cuenta de cuán temprano es, y que si se apresura lograría llegar a tiempo para despedir a su pequeña hija, y así darle la tradicional bendición y desearle el mayor de los éxitos en su examen. Saca de su bolsillo unas monedas, aguarda en la parada el autobús y luego sube, y espera que el conductor avance presuroso y entusiasmado, aunque luego recuerda que esta noche será otra noche de vigilia.

______________________

relatos de autores venezolanos, nuevos narradores, relatos/historias de medianoche, relatos de soledad, dibujos abstractos, cuentos venezolanos, relato cortos, historias cortas, nueva literatura venezolana/latinoamericana

Escrito por en Estado de política, Estado social

Advertencia sobre tema polémico: esta es una entrada que constituye una opinión del autor, y como tal puede prestarse a controversia u ofender a toda persona que discrepe de las posiciones y visiones del autor.

·

Imagen tomada de Flickr

·

Una crítica no homofóbica contra las marchas de orgullo gay[1]

·

1

Hace años tenía la costumbre de caminar los domingos por el parque Los Caobos y visitar el Museo de Ciencias y el Museo de Bellas Artes, y recuerdo que de aquellos primeros años mi fascinación la disputaban los esqueletos prehistóricos y las exposiciones vikingas y de momias así como el peculiar colectivo que puebla el trayecto entre el Ateneo y la Plaza de los Museos: una mezcla de nostálgicos de un hippismo (que en la mayoría de los casos descubrieron tardía y muy confusamente) y actores o pintores sin talento cuyo arte inexistente se concentra por último en personificar el estereotipado papel del artista estrafalario.

Los últimos años, sin embargo, mis constantes mudanzas me llevaron a dejar a un lado esta costumbre; pero en mi nueva residencia[2], cruzar el parque para ir a comer los domingos a Plaza Venezuela resulta un ejercicio entretenido. Un domingo de hace unos años recuerdo que el apuro me impidió visitar los museos; ese día sólo me llevé la impresión de un nuevo colectivo, por lo demás no menos pintoresco y estrafalario: las banderas del arco iris, las letras griegas y el espectáculo de disfraces me revelaban mi inesperada incursión en la Venezuela homosexual.

·

2

Me detuve frente a la tarima, donde un abogado parecía preparar puntillosamente el discurso que daría en minutos, leyendo ante un corro un manifiesto que entre muchos puntos abogaba por el respeto de los derechos de los homosexuales. La limpieza de su escritura y la sensatez de sus peticiones estimo que convencerían a muchos que todavía, en la inseguridad de sus propias personalidades o aferrados a fanatismos religiosos o morales, albergan sentimientos de rechazo automático y desprecio visceral hacia este colectivo; pero había algo irregular, algo que vaciaba su discurso y casi hasta lo mofaba. La respuesta apareció vestido de gran mariposa monarca, respuesta chillona y escandalosa, que desfiló frente al publicó gritando: «¡Matrimonio para los homosexuales ya! ¡Respeto a los gays

Basta un hecho al parecer insignificante para derrumbar una obra meticulosamente preparada, pensé, al tiempo que me marchaba del lugar.

Esas dos frases espetadas acapararon mis pensamientos y sobre la del matrimonio homosexual pensé en muchos falsos progresistas que celebran o exigen la aprobación de este tipo de matrimonio, y entonces todo lucía más claro: ¡celebran porque la institución predilecta de la sociedad burguesa (el matrimonio) se volvía en contra de ella! Porque pedían que el matrimonio abarcara lo que esa sociedad generalmente rechaza: la homosexualidad. Qué demagogia, que manipulación.[3]

·

3

UNIONES DE HECHO. Las leyes deben adaptarse a los tiempos y a las necesidades sociales, lo contrario a eso es el estancamiento y la omisión, que implicaría que las leyes se conviertan en camisas de fuerzas y pierdan su acción reguladora. Las leyes tienen la necesidad de acaparar todos los aspectos de la vida social.

Que existen uniones de hecho entre personas del mismo sexo es algo incuestionable, cierto y que no se puede ignorar. Es por ello que las leyes, como normalizadoras de la conducta humana, no pueden permanecer indiferentes ante esta realidad y precisan normalizar las relaciones entre homosexuales y llegar a la legalización de sus uniones y a la consagración de sus derechos (con todas sus implicaciones patrimoniales, sucesorales y familiares). Ahora bien, que este tipo de uniones reciba el nombre de «matrimonio» es designar algo con un nombre que histórica, cultural y sociológicamente no tiene. Hay, en fin, una disputa semántica por el término matrimonio que el colectivo homosexual busca ganar a la comunidad heterosexual que, evidentemente, los ha estigmatizado; y es, en fin, una disputa caprichosa que ridiculizaba el manifiesto que seguramente leería más tardé el abogado y que generaría aplausos a granel.

·

4

RESPETO A SUS DERECHOS. La segunda frase (respeto a los gays) tuvo un final que vació aun más el discurso esmerado del abogado: si el colectivo homosexual busca ser tomado en cuenta y con seriedad socialmente, ¿por qué organizar desfiles en los que se resaltan los estereotipos de las plumas y el amaneramiento que tiene la «sociedad dominante»? ¿Por qué la falta de prudencia y discreción en organizar un desfile que busca irritar a los sectores conservadores generando así más rechazo hacia su colectivo? ¿Por qué tanto énfasis en el tema sexual; imaginemos si sería aceptable una marcha de orgullo machista? Son cuestiones criticables de las anuales marchas de orgullo gay. Más sirve el activismo inteligente que la estridencia. Más valían las palabras de aquel abogado que las plumas de un disfraz; al final, fue lo último lo que se llevó la atención.

·

Nota: una canción de Billy Se Fue, uno de los invitados a la marcha de orgullo gay-Zona Rental, Caracas 2008.

.

.


[1] Esta entrada fue escrita originalmente el 4 de julio de 2005 y adaptada para la fecha de hoy, 29 de junio de 2008.

[2] Originalmente decía «pero en mi nueva residencia, cruzar el parque hasta llegar a la estación del Metro de Bellas Artes resulta un ejercicio casi obligatorio para evitar pasar por la caótica Plaza Venezuela»; no cambié sustancialmente esta línea porque, curiosamente, me mudé al otro lado del Parque Los Caobos. Ahora mis caminatas son hacia la otra dirección.

[3] Hay que recordar que parte del colectivo LGBT apoyó el llamado a la Asamblea Constituyente venezolana de 1999 seducidos por la inclusión de la no discriminación… por orientación sexual, lo cual finalmente nunca apareció en ningún artículo en la ulterior Constitución aprobada.