Relato sobre una chica de Sexycaracas y un cliente

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Una semana después de la «declaración de guerra», me encuentro atrapado en un cafetín ruinoso de Chacao, sin zapatos y con una corbata verde fosforescente atada en mi sombrero de plástico azul, mirando desde detrás de una puerta de vidrio astillada las barricadas que un grupo de jóvenes van formando con muebles incendiados que han sacado de Imgeve en la avenida Francisco de Miranda. Guzmán, que me acompaña en el lugar, repta entre piezas de vajillas y restos de ponqués y café molido y llega hasta mí, tira de los bajos de mi pantalón y puedo ver, a través del antifaz que él lleva puesto, el horror. «Marico, agáchate, que lo que viene es plomo». Fue entonces cuando me percato que a mi alrededor, en posición fetal, o defensiva, también están tirados en el suelo Vicentina, con un collar hawaiano en el cuello, y Café Pérez, cubriéndose la cabeza con unos enormes zapatos fucsia.

La declaración de guerra por parte del Gobierno fue el pistoletazo de partida para la represión pura y dura. Un decreto de guerra a muerte, en palabras del ala militar que se había hecho del poder —y los militares no se andan con simbolismo ni metáforas—. Descubrimos que el lenguaje de odio que durante años habíamos oído a los políticos del régimen apenas estaba conformando por unas cuantas palabras que se les escapaban entre sus labios mordidos, y así se fue acumulando el odio hasta que les fue imposible seguir manteniendo la boca cerrada y cuando la abrieron vomitaron un sadismo imaginado, pero que ingenuamente nunca esperamos en la realidad.

Un turbio «levantamiento» en Fuerte Mara, rápidamente frustrado según la versión oficial, ocasionó la muerte de una decena de efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana y la aplicación inmediata de lo que se dio a conocer como Plan Patriota de Defensa Estratégica, o PPDE (los leenoticias de la televisión y la radio públicas acentuaban orgásmicamente las siglas): garantías suspendidas, pasaportes invalidados, prohibición de manifestaciones, militares tomando las calles y protegiendo instalaciones estratégicas, varios líderes de oposición detenidos o desaparecidos y centenares de muertos en barricadas en sitios puntuales de las principales capitales del país, como la que entonces observo formarse. Eustaquio Galindo, que para ese momento se jactaba de ser el periodista mejor dateado de Maracaibo, reseñó en La Verdad que el incidente ocurrido entre la noche del sábado 10 y la madrugada del domingo 11 se debió a la negligente manipulación de armamento explosivo por parte de unos oficiales borrachos. Tres días después la edición del diario trajo un enorme blanco en el espacio que ocupaba la columna de Galindo. Era claro que se había convertido en un mentiroso peligroso. (A mí siempre me pareció un mentiroso, la verdad.) Algunas paredes de Maracaibo se llenaron con el grafiti: ¿Dónde está Galindo? Varios abogados, deseosos de figurar ante los pocos medios que aún se atrevían a informar, declararon sobre la inconstitucionalidad de un decreto que no siguió los más elementales procedimientos ordinarios, sin ser conscientes de que declarar la ilegalidad en momentos de ilegalidad es el peaje previo para terminar en la cárcel —también sin cumplir con los procedimientos ordinarios.

Entre los abogados detenidos y enviados a procesos sumarios cuya competencia se la atribuyó la jurisdicción militar se encuentra el mal orador Camilo Beltrán, socio mayoritario de Beltrán-Meléndez-Strauss, bufete de reconocida trayectoria en derechos de autor, registro de marcas y patentes, bufete ubicado en el San Ignacio y bufete donde yo me gano la vida revisando la formalidad de los documentos firmados por Beltrán o Meléndez o Strauss. La conflictividad del país ha hecho huir a nuestros clientes regulares. El bufete se ha convertido en cuestión de tiempo en un gran centro de ocio y lavado de dinero. Puedo pasar las horas de trabajo navegando en Internet o tratando de terminar de escribir una novela sobre un viejo profesor de Derecho que, tras descubrírsele un tumor en el páncreas, había decidido pasar sus últimos días en Mérida. Nunca he ido a Mérida, no conozco nadie que haya enfermado de cáncer de páncreas, pero mientras más caprichosa sea la literatura que te inventas más te entretiene en tus días aburridos. Porque a pesar de que la situación del país llevaba tiempo amenazando con desbordarse en esta actual orgía de sangre y barbarie, yo había decidido aislarme placenteramente en una burbuja de paz y negación. Competía contra mí mismo para obtener mi tanque de juguete al finalizar la guerra.

En este tiempo de renuncia voluntaria al país había escuchado hablar que Meléndez y Strauss, a quienes rara vez vemos en el despacho, estaban en frecuentes viajes a Panamá y Costa Rica y Miami para trasladar el bufete y sus operaciones clandestinas con divisas. Habían secuestrado a Karina, la secretaria, confundiéndola con alguna abogada que seguro tenía el dinero que a ella le pidieron antes de arrojarla a un matorral en Parque Caiza (los hechos ocurridos en esas 28 horas nunca se conocieron; ella se ganó un mes de vacaciones y no ha vuelto), habían asesinado al mensajero para robarle la moto y la dueña del apartamento de Santa Sofía en el que yo vivo, una viuda italiana sin hijos en el país, había dejado de responder mis llamadas; tengo ya tres meses sin pagar alquiler y soy feliz con el dinero que desborda mis manos y que despilfarro en los bares y moteles de El Rosal, antes de que la ruina nacional me termine engullendo. Somos ciudadanos en la lista de espera para ser las nuevas estadísticas de la violencia.

Café Pérez, un abogado recién graduado en la misma universidad de porquería en la que yo estudié, había notado mi dejadez, mi falta de aseo, mi desinterés en ver cómo íbamos a sobrevivir una vez que el bufete echara al cierre. Le preocupaba la escasa posibilidad de conseguir nuevo empleo en un país convulsionado. Él tiene un carajito, una carajita, da lo mismo, por quien trabajaba horas extras cuando todavía había movimiento en el bufete. Ahora que apenas hay uno que otro caso en un país donde los derechos de autor son un chiste, se me acercaba en más de una oportunidad preocupado y me decía cosas alarmistas como: «Chamo…, acá habrá un golpe de Estado. Acá va a correr sangre, Marino, mucha sangre», me decía, con los ojos desorbitados y una voz de profeta maldito, mientras yo hundía la bolsa de té verde en mi taza de agua hirviente. Miraba la infusión colorear el agua. «Y se lo darán ellos mismos, Marino, verás que no aguantarán a un civil pendejo en el poder, aunque sea uno de los suyos, y le harán zassss, lo sacarán», y tajaba el aire con una mano. Vicentina es más pragmática. Suele oír nuestras conversaciones y es común que intervenga con comentarios del tipo: «Lo mejor es lo que pasa». Tiene un postgrado en derechos de autor por no sé qué universidad rara de Valencia, o Cataluña, no lo recuerdo bien, y cuando estaba con las maletas listas para radicarse en Valencia con su novio dominicano estalló la peor parte de la crisis. Dejó de hacer yoga en la hora de descanso reglamentario para buscar en nosotros el consuelo por el piso que perdió allá en España. Planes de progreso suspendidos y retroceso para volver a la realidad venezolana con su novio de profesión incierta. Sin embargo, es visible en ella una especie de esperanza que hace que nos vea con cierta compasión, como si mirara a unos condenados al patíbulo; hay en ella una certeza de escapatoria, de huida, de refugiada moderna sustentada en su pasaporte europeo. Los demás, como Café Pérez y Guzmán y yo, estamos encerrados en este enorme gueto, a la espera de que nos suban al tren de los acontecimientos.

Fue Guzmán quien la mañana del viernes anterior al levantamiento me sorprendió mientras adelantaba un capítulo de mi novela. Se reclinó sobre su silla para asomarse a mi cubículo y en voz baja, como si estuviese a punto de revelarme los Planes Conspirativos, me recomendó una película: Der Untergang. «Marico, de pana vela, esa vaina es verídica». Ya la había visto, le dije, seco. Guiñó un ojo y desapareció detrás de la pared falsa. Seguí en mi novela: el profesor Farías (ese apellido, para un tipo que lo está pasando mal por su enfermedad, lo tomé con toda mala intención y saña de un personaje deportivo) había conocido a una pequeña niña en Guaraque (Google Maps me dio las señas de identidad del pueblo). La niña alegre es una alegoría poco original sobre la esperanza, el futuro mejor ante el presente desesperanzador, o esa es la impresión que trato de dar. A la niña le puse de nombre Verónica (nombre que también guarda una intencionalidad), y su personaje, sin quererlo, va apoderándose de la historia, tanto que amenaza con dejar a un lado de su propia novela al moribundo Farías.

Poco antes del mediodía salí a almorzar a los árabes que quedan cerca de la plaza Bolívar de Chacao. Mi pensamiento entonces era muy errante. Me sentía otras veces como un autómata. Demasiado estúpido como para asignarle a mis actos alguna motivación profunda o elaborada. Simplemente, me dejé llevar hasta allí, sin haber trazado un plan oculto de encontrarla. Pedí lo de siempre, un plato mixto de kibbehkofta y tabule servidos en grandes proporciones, que como siempre dejé a medias. Pensé en la recomendación de Guzmán. En las orgías nazis de los últimos días del Reich.

Hay una escena que me agrada en particular: van a detener por deserción al ayudante de Heinrich Himmler, el gruppenführer Hermann Fegelein, en la cual se demuestra cómo en los peores momentos buscamos hundirnos más para distraernos del cataclismo que se nos acerca. Las tropas del ejército rojo han invadido Alemania y a su paso están reclamando una brutal venganza. Las defensas alemanas están por los suelos, escasean el alimento, las provisiones militares, los servicios más elementales. Es cuestión de días para que se desplome el Reich de mil años. El Führer manda a llamar a Fegelein, lo precisa para la defensa final de Berlín. Pero Fegelein no responde. ¿Dónde coño está Fegelein? Mientras las bombas caen en las ruinas alemanas, mientras jóvenes son arrojados para morir tontamente en barricadas, mientras los comunistas se preparan para el asalto final, el gruppenführer Hermann Fegelein, cuñado de Eva Braun, pasa sus últimas horas en una orgía nazi.

La Gestapo lo consigue desnudo en una cama con una mujer desconocida, probablemente extranjera, ambos ebrios en el placer de la decadencia nazi. Lo capturan, lo someten a un juicio sumario y lo fusilan al grito de Heil Hitler! Esta escena me hizo pensar, salvando las distancias enormes, en nuestra situación actual. Habíamos sido sometidos en las últimas semanas a una intoxicación política que nos había llevado a un extremo en que los venezolanos, de un bando o de otro, nos sentimos perseguidos y a punto de ser invadidos por el enemigo. Quizá el enemigo de unos sea imaginario. De este lado de la acera, tenía serios temores para sentirme perseguido por pensar distinto.

Estas cosas terminan afectando el ánimo, a ratos te sientes eufórico, al rato te sientes a punto de ser capturado por un ejército que combina elementos de los nazi y los comunistas de la película en cuestión. Y uno, desde ese vaivén emocional, se resguarda, quiere mirar hacia otro lado, sumergirse en su pequeño mundo, quiere decir: qué coño, maldita sea, esta mierda se jodió, y sumergirse en su bacanal tropical antitotalitario, lanzarse a beber sin moderación, a tener sexo con desconocidos, a saltar desde la ventana de un hotel hasta la piscina, a pintarle una paloma a un funcionario, y en fin, a volverse completamente mierda. Porque al parecer, uno termina convencido de que no hay destino. Uno se siente una versión caribeña de Stefan Zweig, quien escapó de la barbarie nazi para terminar quitándose la vida en Brasil porque creía que los nazis estaban a punto de ganar la guerra y conquistar el mundo.

Dejé a un lado el plato, los empleados de las oficinas cercanas comenzaban a atestar el pequeño restaurante, traté de buscarla entre ellos pero no la vi. Es probable que haya cumplido su promesa de haberse ido del país. Su destino era México. Le habían propuesto trabajo en un club. Muchas venezolanas se estaban yendo para allá. Buenos sueldos en lechugas verdes frescas y sin tanta escasez. Fue lo que me dijo la última vez que nos vimos, mientras se acomodaba el vestido blanco mirándose al espejo en forma de fachada de palacio turco del motel de turno, y sin despedidas que mediaran entre nosotros supe que no la vería más. Le dije, por decirle algo, que no se involucrara con un narco. No me lo prometió y se fue.

La había visto con anterioridad a la hora del almuerzo. Comía en los mismos restaurantes que yo frecuentaba. La solía ver siempre acompañada de gente uniformada de oficina. Desde la seguridad de la distancia en otra mesa con Guzmán o Vicentina, la había observado comer en silencio, pocas veces entregada a las risas fáciles de sus compañeros, pero tampoco notablemente incómoda. Lucía tan normal que no sé cómo me fijé en ella. Tal vez ese silencio prudente entre gente escandalosa me llamó la atención. Alguna vez cruzamos miradas, pero ella las evadía con una sonrisa un poco aniñada. Tendría unos 20 a 24 años, quizá menos o quizá más, siempre he errado los cálculos de edad. Quizá se deba a que yo mismo soy el mejor ejemplo de la imposibilidad de calcularla. Suelen atribuirme menos edad y muchos se quedan sorprendidos cuando se enteran de que ya superé los treinta hace unos meses. La barba incipiente que me estoy dejando crecer no ha conseguido el efecto esperado: por los momentos, me hace parecer un adolescente que empieza a pavonearse de los primeros pelos en las mejillas y mentón. Me pica la cara y me siento ridículo cuando Vicentina me frota la cara con sorna, como si me estuviese desarrollando frente a sus ojos.

Entonces ocurrió que unas semanas previas a la declaración de guerra falló el metro. La prensa oficial se encargaría de anunciar esa noche que el caos que generó el colapsó del principal medio de transporte de la capital se debió a un sabotaje. Habían detenido a varios hombres, vinculados con la oposición y de nacionalidad salvadoreña, que pagarían con la Contundencia de la Cárcel el Atentado contra la Paz Ciudadana. Habían desmontado una nueva conspiración. Nadie conoció nunca a los conspiradores. La realidad de los hechos es que el metro lleva años cayéndose a pedazos. Ese día la falla coincidió con la hora de salida y por toda Caracas se desparramaban grupos de gente desesperada por querer llegar a sus casas y seguir con sus vidas. Los autobuses arrastraban a duras penas personas que guindaban de las puertas y ventanas, los mototaxistas cobraban precios exorbitantes y los taxis se abarrotaban de desconocidos que compartían destinos en común. “ami blunst”

Vicentina se ofreció a llevarnos. Guzmán y Café Pérez iban en su misma dirección. Yo en dirección contraria. Así que me despedí y para perder el tiempo entré a una panadería cercana a tomarme un té Lipton. Cuando me dirigía a pagar a la caja noté que ella estaba allí. Discutía con el cajero. Sin tacones ella me llegaba a los hombros en estatura. Se veía vulnerable y frágil con el problema que tenía para pagar un mocaccino que humeaba en la barra. La tarjeta no le pasaba, el cajero empezaba a ponerla nerviosa con gestos para que se apresurara y no tenía efectivo porque todos los cajeros habían sido vaciados. Los ciudadanos se preparaban para la guerra civil llenándose los bolsillos con dinero devaluado que luego no tendrían para usar en productos escasos.

En parte porque yo no quería esperar más en la cola de la caja, en parte para cortejarla, le ofrecí pagar lo que había comprado. Mi torpeza social es congénita. Nunca me he destacado por ser conversador o simpático, por dedicarle tiempo al establecimiento de una relación o de mantenerla cuando ésta, casi por generación espontánea, surge. Esto me hace ser brusco con las formas, a no medir las palabras o ser sorprendido cuando acontecen reacciones inesperadas. Ella volteó a verme y entonces la vulnerabilidad y la fragilidad que yo imaginé en ella se desplomó con las palabras que me dijo, con voz suave y firme: «Si vas a pagarme un mocaccino, lo cortés sería que me invitaras a tomarlo contigo».

«Lo mejor es lo que pasa», me viene ahora la sabiduría vacua de Vicentina, agachado ahora como ella mientras las llamas de las barricadas empiezan a ascender al cielo donde sobrevuela un helicóptero artillado ruso, y supe que nunca, ni en este momento ni en aquel en el que conocí a Verónica, eran ciertas aquellas palabras.