La imagen la tomé a mi paso (rápido) por la sede del Ministerio de Educación. Entré a comprar unos timbres fiscales porque en la Biblioteca Nacional, que queda a unos cuantos metros, no los vendían, a pesar de requerirse allí para diversos trámites.

Ver un altar religioso en la sede de una edificio público dedicado a la educación civil, aunque contradictorio pero no de extrañar en el país actual, me desagradó. Pero comprendí que el desagrado no empezó en ese momento, venía de los minutos previos en los que recorrí el bulevar que separa un lugar del otro.

Un bulevar asfixiante, belicoso, franqueado de edificios faraónicos como el Panteón Nacional, el nuevo (y esperpéntico) mausoleo, la misma sede de la Biblioteca Nacional, el edificio del Ministerio de Educación, como construidos para indicarnos que el papel que cumplimos todos nosotros en la República es mínimo ante grandes héroes de la historia. Espectadores pasivos a los que se nos niega toda posibilidad de construir algo nuevo porque ya todo fue hecho y trazado por héroes decimonómicos a los que no podemos cuestionar, bajo riesgo de ser considerados menos venezolanos que aquellos que le rinden culto a ídolos muertos.

Ese bulevar es el paroxismo del culto a la personalidad, de la saturación de un Estado poderoso, de la negación de la ciudadanía. No era de extrañar mi desagrado.

Pagué los timbres fiscales. Miré en ellos el destinatario de mi dinero: las arcas de un Estado que contribuye a crear seres dependientes y temerosos. Un Estado que te reduce a un mínimo elemento liberado por grandes héroes. A mí no me importan héroes, pensé, mirando unos timbres fiscales que no deberían existir, caminando de vuelta por el bulevar de un hiperestado que no debería existir.

No es el Estado el que debe reducir al ciudadano a su mínima expresión. Es el Estado lo que deben reducir a su mínima expresión los ciudadanos. Quizá así los venezolanos nos olvidemos de prenderle velas a un muerto que tanto daño ha causado, reforzando la idea de que somos un pueblo liberado y que como tal le debemos las gracias y una genuflexión ante hombres que se sacrificaron por nosotros. Quizá así nos liberemos alguna vez.

Pero no guardo esperanza sobre una masa acostumbrada a pedir ni tampoco en un Estado acostumbrado a dar y que se construye a sí mismo tales monumentos para enaltecerse, dejándonos a los demás el margen de los acontecimientos.