Parque Cristal Caracas

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Siempre consideré a Sebastián Arana un tipo muy brillante. Vivía cerca de mi trabajo, y en algunas ocasiones me acompañaba a almorzar al mediodía en esos cafés en los espacios abiertos de Parque Cristal. No le hacía falta comer en la calle, ya que vivía a pocas cuadras de allí, en una quinta de Santa Eduvigis que compartía con dos hermanos ostentosos y una madre viuda que disfrutaba de cocinar. Aun así se ofrecía para acompañarme, y en las charlas rememoraba los largos meses que pasamos en un taller literario.

Con el fin del taller todos nos dispersamos: él siguió en su trabajo como analista para una conocida firma de abogados, seguía jugando fútbol en las canchas de Las Mercedes los fines de semana y preparaba para final de año su boda con Alejandra, una hermosa licenciada en Estudios Liberales de la Metropolitana que no desperdiciaba la ocasión en presumir de su conocimiento de tres idiomas; me caía mal, en realidad le caía mal a todos, por eso Sebastián nunca iba con ella cuando se reunía con amigos. Pensaba casarse con ella y luego mudarse a un apartamento en Santa Cecilia que les compró el padre de la chica. Dinero no les faltaba a ninguno de los dos, aunque Sebastián nunca presumió de ello, quizá por esa conciencia de izquierdas que le había transmitido su padre, un exiliado vasco que, sin embargo, amasó en Caracas una inmensa fortuna gracias a la apertura de una pequeña pescadería que se transformó en una famosa cadena de supermercados. El mismo Sebastián se consideraba de izquierdas, qué idiota se ponía cuando defendía las revoluciones, y se la vivía reprochándome mis posturas capitalistas y mis comentarios racistas y despectivos, y las pocas veces que discutíamos era porque me llamaba reaccionario. En el fondo no le podía rebatir sus acusaciones, aunque tampoco era un facha como él me pintaba.

Yo, por su parte, seguí en mi trabajo en una editorial donde estaba felizmente sin compromisos. Hacía lo que quería, siempre y cuando recibiera dos jugosos cheques al mes que costearan mi irresponsable estilo de vida. No me importaba. En algún momento la seriedad llamaría a mi puerta. Ya tenía planes para escapar.

Así que ya me eran habituales esos almuerzos con Sebastián. Hablábamos de idioteces: sobre partidos de fútbol (él jugaba, yo sólo miraba TV), ciudades extranjeras que conocíamos (él muchas más que yo), compartíamos opiniones sobre música (él me hablaba de Arcade Fire, Dirty Pretty Things, We Are Scientists y todas esas bandas indies que parecen sacadas de un catálogo-para-sonar-modernillo-interesante, yo estaba anclado en el rock noventoso y el último disco que compré, antes de que Internet me subsidiara la música, fue Antichrist Superstar de Marilyn Manson) y hablábamos de libros (él era mejor lector que yo, lo cual tampoco era muy difícil si consideramos que leo a un ritmo terriblemente lento, y a su lado yo me sentía como un ignorante).

Casi nada perturbaba nuestros almuerzos. Éramos casi treintones que empezamos a aletárganos, a volvernos perezosos y a rehuir de las grandes emociones. En el último juego el balón le picó mal en esos potreros donde jugaba fútbol y sin querer le clavó los tacos en las pelotas a un contrario. Risas. Anécdotas como esa significaban para nosotros la emoción.

Por eso nada me hacía prever el rumbo que tomarían las cosas cuando un viernes apareció visiblemente excitado a la hora de nuestros muy previsibles almuerzos. Tenía los ojos como dos limones. Moqueaba, mandibuleaba, movía los brazos como un tipo a punto de ahogarse con su propia lengua. La vez que le comenté que me tiré unos pases en casa de su buena amiga Valeria vi cómo se le desorbitaron los ojos para terminar sermoneándome sobre la explotación de los indígenas del Altiplano y de un país destrozado por el tráfico como Afganistán y todas esas cosas que le dije que francamente me sabían a mierda. Se molestó lo suficiente como para saber que Sebastián no era la clase de amigo para invitar a drogarse. Así que la cocaína reventando en sus vasos sanguíneos no era precisamente lo que tenía.

Le pregunté que qué tenía. Había roto con Alejandra. Le pregunté qué coño había hecho; no le dije qué había pasado, le dije qué coño había hecho porque, a pesar de que Alejandra era la clase de persona que podía hablar mierda de todos los amigos de su novio, y en particular de mí, era una belleza con tatuajes y lentes enormes y odiosamente inteligente, sin contar la generosa chequera de un padre disoluto. Sebastián sólo me dijo que despertó a mitad de mañana y le dio la puta gana de romper, no lo pensó mucho, y ya.