Grúas de Caracas

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La imagen de un Jhonny Rotten desilusionado al borde del escenario, de cuclillas, con la mirada en algún lugar indefinido del público. Suena «No Fun», versión de The Stooges. Sid Vicious se desliza al fondo y en su rostro hay quien quiere ver un fastidio como presagio de la fatalidad; poco tiempo después lo encontrarán muerto de una sobredosis tras el asesinato no aclarado de su novia en Nueva York. La «última» presentación formal de los Sex Pistols pasa a la historia por la frase de Rotten: «¿Habéis sentido alguna vez que os han estafado?»

Saúl mira una y otra vez este vídeo en su laptop. Se pasea por su casa envuelto en una bata y que en pocas horas será cambiada por una bolsa negra. Sin el brillo de Sid, pero de existir otra vida le complacerá saber que sí compartirá una muerte enigmática. Las últimas semanas las pasa encerrado en el apartamento, escribe reflexiones sobre Caracas que espera mandar a cualquier concurso, escribe sobre la vida en los hoteles y repite la frase: «Dormir en una cama de hotel es dormir varias vidas», manda cartas a Amaranta perdonándola pero que no reciben contestación, la chica vive una luna de miel con el fotógrafo con el que se fue, Saúl se considera un Jhonny Rotten desilusionado al borde de caer fuera del escenario. La falta de apetito presagia que ha llegado al límite en el que ya no hay nada más interesante que hurgar en la vida.

El teléfono suena una vez más: en la grabadora se marca el número que está evitando. La contestadora se activa y graba la voz de un hombre molesto, luego de decir que es la tercera vez que llama, suelta: «Tendré que pasar a verte». Fin de la grabación. Bosteza y se deja caer sobre el sofá, el sueño rápidamente acude borrarle la mente.

La primera vez que oyó esa voz fue en aquella reunión en la que Sebastián, minutos antes, le propuso un negocio. Habían salido a dar una vuelta a pie por La Hoyada. Era domingo por la tarde y las calles estaban vacías y el asfalto irradiaba calor y se creaban pequeños espejismos. La silueta de una grúa oxidada se marcaba por delante de un sol, círculo enorme y naranja, que empezaba a esconderse detrás de las montañas. Llevaba años allí, en medio de la construcción abandonada de algún proyecto fallido, entre la maleza que trepaba las paredes cubiertas de grafitis y los escombros, delineando el borde de una ciudad entonces teñida de crepúsculo. «Mira Caracas repleta de proyectos fallidos, le dice Sebastián a Saúl, hay quienes pierden su tiempo buscando una identidad de ciudad en una que no termina de construirse…», y entonces el timbre de su voz demostró aburrimiento y deseos de zanjar pronto la idea, «tengo algo que contarte»:

Mira la Avenida Fuerzas Armadas: las calles picadas para construir el carril exclusivo de una línea de autobús postergada. Época electoral, el alcalde se aprovecha de nuestra mala memoria colectiva y anuncia, seguido por las cámaras y los aplausos de la comunidad organizada, el “inicio” de las obras. Cuatro días después el calor del mediodía desorienta a un obrero cuyo martillo neumático se desvía de los límites demarcados en el pavimento y el ruido del martilleo se ahoga en el estrépito de cuando el piso bajo sus pies se desmorona. Un enorme boquete lo ha devorado. Compañeros acuden corriendo a observar el enorme cráter, pozo, bóveda o cueva prehistórica descubierta en mitad de una ciudad desacostumbrada a los hallazgos arqueológicos. Boquiabiertos, algunos; otros apuntan sus linternas hacia un fondo que se traga la luz como un agujero negro. No transcurren muchos minutos cuando el área está acordonada, camiones de bomberos trancan el tránsito y la policía aleja a los curiosos y le quita las cámaras a unos periodistas a los que se les obliga a decir que lo ocurrido no pasa de ser un lamentable accidente laboral. Sin saberlo, aquel desafortunado obrero había descubierto la estación fantasma de Fuerzas Armadas del Metro de Caracas.

Suele suceder que en las proyecciones de las obras de los subterráneos se planifiquen estaciones que finalmente nunca abrirán por diversos motivos. Cuando en los setenta se inician los trabajos de construcción del Metro de Caracas, sobre el mapa de una ciudad en pleno apogeo urbanístico se pusieron varias tachuelas. Cada una representaba una estación. Algunas fueron canceladas antes de iniciar su construcción, otras, como ésta, siguió un rumbo destinado a quedar bajo toneladas de burocracia y desvíos de fondos públicos. El escándalo fue tal que en las oficinas de las diferentes administraciones esta estación quedó desechada, abandonada y por último silenciada. Bueno, en realidad especulo. Quizá la verdad sea que nadie le prestó atención a esta obra ni se preocupó de la corrupción y así nuestra mala memoria hizo el resto. No convenía darle a conocer a los ciudadanos que bajo la ciudad por donde caminan a diario se mueven túneles de otra ciudad esperando ser habitada cuando el caos se apodere de la superficie. Sigo especulando.

Saúl seguía el paso por las calles del centro de Caracas. La última vez que estuvo por esa zona había llegado en bicicleta con su LOMO para tomar unas fotografías de los «lugares culturales de la vieja Caracas» que colgó en una página y que ninguno de sus amigos que las vio supo ubicar. De aquel voluntarioso Saúl no quedaba ni rastros. Se había vuelto un ser dócil, dejó de congregar gente en su casa y su aspecto era cada vez tan ruinoso como su salud: la tos le impedía mantener conversaciones largas y con frecuencia se quejaba de dolores musculares. Aun así, en las últimas semanas acompañaba a Sebastián a dónde éste le dijera y no dudó en embarcarse en aquella travesía que empezó en los sótanos de un local de reparación de electrodomésticos cercano a la iglesia de Sagrado Corazón de Jesús. En realidad, ahora soy yo quien especula.

En aquel momento Sebastián apuntó su linterna hacia el anden y las ratas se refugiaron en los rieles. «Un poco de limpieza basta», dijo, con una mueca irónica que pronto se transformó en el fastidio que últimamente guiaban sus palabras. Si Sebastián había dejado la comodidad de su casa en Santa Eduvigis el mejor lugar para continuar su camino hacia la estupidez era lejos del orden, lejos de la normalidad, lejos de la sociedad establecida: en el mundo subterráneo. En la extraña tranquilidad que le brindaba una estación fantasma del metro de Caracas. «Siéntete cómodo, S», dijo Sebastián, y se arrojó en un sofá que seguro arrastró una noche a su cueva desde de la basura superficial. «En minutos tendremos visitas».

Saúl miraba sorprendido, o mejor dicho, imagino que miraba sorprendido a lo largo de un andén apenas iluminado tal vez por velones o algún modo de iluminación primitivo que Sebastián había instalado. Pudo preguntarle cómo conoció aquel lugar, no lo sabemos con claridad, la historia que te cuento en este momento se filtra de una boca a otra y llega a mis oídos como el fino hilo de una voz que se apaga. Lo cierto es que estuvo allí. A partir de ese momento estaría allí otros días. En el mundo subterráneo de un Sebastián apoltronado en un sofá del cual salían resortes retorcidos, con una mirada de satisfacción como el rey de las tinieblas que pretendía ser, complacido de la suciedad del ambiente, de la humedad apenas recortada por algún ventilador industrial, de ese extraño territorio que había conquistado.

Se oyeron unos golpes al otro extremo del túnel. Imagino que Saúl se sobresaltó, que la luz de linterna que lo iluminó algún efecto de sorpresa habría tenido en él. Entonces oyó por primera la voz. Seguro esperó unas palabras que encajaran con el ambiente sombrío. Pero eran más bien saludos amigables de un hombre y una mujer que se acercaban con enormes zancadas. En ese momento Sebastián le propuso lo que luego me contaría Valeria. «Aumentemos el monto de la apuesta», y en seguida explicó que salir con Dwuasileth y con Yargulis, como hasta ahora ellos venían haciendo, era poco para descender, que si querían tocar fondo debían convertirse en explotadores y luego, eventualmente, ser explotados ellos, «en esta parte del juego entran Sumalla primero y luego el Oriente», dijo, encendiendo un cigarrillo, o imagino que lo encendió para darle rigidez a sus palabras. No siguió más: los visitantes ya estaban al lado.

Saúl despierta y consigue a su alcance la libreta en la cual anotaba las citas que le había programado a Yargulis para la semana siguiente: un cliente en Santa Fe, abogado conocido por haber defendido a un sindicalista famoso los meses posteriores al paro petrolero, al parecer encantado con los cabellos ensortijados de Yargulis; otro, un antiguo comediante de Radio Rochela venido a menos, que ahora se gana la vida haciendo stand-up de chistes babosos para un público desagradable que llena bares sórdidos de Sabana Grande y Chacaíto; otro, un ingeniero aeronáutico socio de una aerolínea de envíos que ya había invitado en un vuelo privado a Dwuasileth a Los Roques y que dejó que le tomara fotos durante el sexo que ella luego envió a Sebastián. Fotos porno que ahora decoraban lo que podía llamarse la habitación de Sebastián y que le servían a él para sentirse humillado: «La humillación nos quita la humanidad», decía, mirando las fotos de su novia con este amante, con otro, fotos que cuando salía a la superficie se encargaba de entrar a cibercafés para publicarlas en páginas caseras venezolanas.

En las páginas finales de la misma libreta estaban los nombres de otro tipo de clientes: un joven médico residente en el Periférico de Catia que se mantenía despierto durante las jornadas de fines se semana esnifando cocaína; un viejo profesor universitario de estudios internacionales de la UCV que se le veía rodeado de estudiantes en El Trompezón o en el Ling Nam de Los Chaguaramos con libros de Bakunin agujereados donde escondía piedritas de crack; una estudiante que encendía un porro para tragar sus estudios de ingeniería industrial en la UCAB. Clientes del más diverso estrato, en los puntos más distantes entre sí de la ciudad y siempre fieles.

Sebastián había notado la rentabilidad en el negocio, quería riesgo, quería más, quería subir el precio de la apuesta. Le había exigido a Saúl que no le respondiera más las llamadas a Oriente. Saúl camina por la casa, mira una vez más el vídeo de Jhonny Rotten en su laptop y ahora enciende la televisión: juego de la NBA. Alguien llama a la puerta. Imagino que creyó que era Sebastián, o que creía que era Sebastián. Especulo, seguro sabía quién era. Para sorprenderse hace falta un alma, él ya no la tenía, lo deja pasar, hay una discusión, finge que discute, el visitante enciende la radio para ocultar los gritos, los vecinos lo asumirán como otra noche de farras del hijo de la autora de autoayuda, llaman a la policía que desiste de ir, empiezan los forcejeos y llegan hasta el balcón. Un cuerpo que empuja a otro hacia el vacío. Jhonny Rotten, desilusionado, pregunta al público:

¿Habéis sentido alguna vez que os han estafado?

El vídeo se detiene y aparece la lista de sugerencias de Youtube. Nadie esa noche abrirá otro vídeo.