Tukkys

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Sebastián despertó esa mañana con un propósito que parecía irreductible. Y por lo que había hecho en las pocas horas del día, su determinación de volverse un hombre estúpido iba por un camino dirigido talentosamente hacia el caos.

Me dijo que tenía planeado arruinar todo. Cada aspecto su vida: se había cansado de su existencia aburrida, de una relación basada en la costumbre más que en el amor, en los buenos días de sus compañeros de trabajo que se mataban por ascender laboralmente al tiempo que descendían moralmente volviéndose seres fríos y mentirosos, de vivir con dos hermanos metidos cada viernes en un local del San Ignacio, de una madre que se desvivía por cocinar bacalaos; y en lugar de hacer cosas como cambiar de corte de cabello, vestir de otro modo, conocer nuevas personas o cualquiera de esas cosas que hacemos cuando nos botan de un trabajo, nos deja una novia o simplemente no queremos terminar guindando de una soga para escapar de esta ladilla que es la vida, había tomado la dirección de joder cada aspecto de su vida a partir de esa misma mañana.

El celular repicaba, miró en la pantalla que era Alejandra, no contestó y me dijo entonces que esperaba la llamada de su jefe para completar de decirle las cosas que no le dijo en el correo que le acababa de enviar y donde lo mandaba a que se lo cogiera el conserje del edificio. ¿Han imaginado alguna vez a un amigo correcto y poco dado a las groserías llevado por la locura de un día para otro? Sebastián era uno de esos locos recientes en los que la euforia todavía sale con un poco de artificio. No sabía qué decirle. O mejor: no debía decirle nada. Ya las cosas que había hecho eran irreparables y yo no dejaba de pensar en el anillo de compromiso de ocho mil bolívares fundiéndose en el horno de esculturas de su mamá.

Me limité a preguntarle cuál era su siguiente paso. Me dijo que se encontraría en el bar de los chinos con Saúl. Me reí. Aunque si sus planes eran terminar de joder su vida en su camino para volverse estúpido, Saúl era el hombre indicado.

La última vez que lo vi fue precisamente en aquel bar de mala muerte donde se reúne toda una faunilla de pretenciosos poetas malditos que no pasan de ser malditos poetas de pacotilla, fotógrafos de quinta categoría y personas sin nada que hacer por las tardes más que tomarse unas birras baratas. No escribo poesía ni soy fotógrafo, así que debo ser de los últimos. Solo en una mesa, cabizbajo, con las enormes gafas sostenidas por su espesa barba cada vez más crecida, me llamó con la mano en cuanto me vio entrar y las Soleras verdes que pidió acompañaron con el humo de cigarrillo un relato que ya conocía: acababa de terminar con su novia (por quinta vez, y al parecer ahora sí definitivamente), una estudiante de filosofía de la UCV, de muy mala actitud tipo portada de Suicide Girls y que todos sus amigos se la querían tumbar [incluido Sebastián, que nunca fue tampoco el mejor de los novios: como buen vasco, era una masa de músculos y pelos, y eso no pasaba inadvertido para él por la cantidad de chicas que llevó a esos tiraderos de Chacaíto y El Rosal donde no llevarías a la chica que amas: Hotel City, el Dallas, el Gillmar, su compromiso prenupcial recidía en el acuerdo tácito de engañar sin que Alejandra se enterara y que ella hiciera lo mismo sin que él tampoco se enterara. No sé si nunca llegaron a conocer sus aventuras, él me contaba las suyas y yo nunca le conté las que me enteré de Alejandra, yo tampoco tenía moral para cuestionar ese modo de vida de engaños equilibrados]. En cuanto a Saúl, pasó lo que tenía que pasar: la chica terminó yéndose con un cincuentón, lomógrafo atormentado y cubierto de dreadlocks y tatuajes de tinta china, un tipo que seguramente en unos meses abriría un perfil en deviantART para publicar fotos de la licenciada en filosofía desnuda.

Sebastián me dijo que tenía algo que proponerle a Saúl. Francamente no me interesaba, pero su verborrea era inmune a mi cara de ladilla y me dijo que le diría a Saúl que dejara de involucrarse con chicas tan intensas, suicidas en potencia, poetas de la improvisación, lectoras de Bukowski, admiradoras de Regina Spektor, bohemias de Bellas Artes, talleristas literarias, marihuaneras de fin de semana, peyoteras de fin de mes, cocainómanas eventuales, usuarias de multiabonos recontrausados, veinte bolos para la semana, Converse destruidos, gafas sin corrección, fotógrafas conceptuales, moulineras empedernidas, nostálgicas del Radio City, marchistas en pro del feminismo/de los animales/de la vida/del aborto/de las drogas pero que en casa de sus padres se drogan en secreto, veganas radicales, ateas con revelaciones místicas, comunistas consumistas o liberales autoritarias, burguesas antisistema, urbanistas en general, hipsters desquiciadas.

Sebastián terminó regurgitando la inesperada conclusión de que la pareja ideal para él y para el despechado Saúl no se hallaba en ninguna exposición en el CELARG ni en Cultura Chacao, ni en ninguna agencia publicitaria llena de Macs y con aire acondicionado a doce grados, mucho menos en un curso del IESA o un postgrado en la UCAB o la UNIMET, y que si quería descender a los infiernos de la estupidez debía hacerlo todo bien, y buscarse relacionarse con gente bruta, pero bien bruta, y que nada mejor que buscarla a las afueras de instituciones universitarias de mala muerte de la avenida Baralt o en las páginas de citas frecuentadas por tukkys.

Fue de ese modo que, en un casi mortal grado de embriaguez, me contaría luego que se despidió esa tarde de Saúl, imponiéndose la tarea de conquistar, cada quien por su parte, una tukky en menos de una semana. Esa misma noche recuerdo que Sebastián se registró en Sexyono y Metroflog para probar suerte con la siguiente descripción, que el muy buen aprendiz de estúpido me pasó por gtalk: «Hola, soy poeta», nada más, necesitaba una frase corta y que removiera las pasiones más primitivas, pero tan útil que al cabo de unas horas ya tenía cientos de visitas y la pobre Dwuasileth, pobre alma ingenua que nunca imaginó en qué se metía, le escribió el siguiente mensaje privado que Sebastián me pasó como captura de pantalla:


Sexyono

El mensaje le pareció escueto, casi un chiste pero luego se dio cuenta de que era una demostración de que había hallado la primera llave que le conduciría hacia ese enorme salón donde le esperaba el gran papa negro de la estupidez, y le respondió:


Sexyono

A lo que ella, de inmediato, le respondió:


Sexyono

Sebastián me dijo que no dudó en agregarla. De cada diez palabras seis estaban mal escritas, me dijo, señal inequívoca de estupidez y falta de sesos, pero finalmente lograron entablar una conversación que trató, según me contaría con un deleite degenerado, sobre la nada en concreto y el vacío en general. Era obvio que su ego se había disparado por las nubes cuando la chica le dijo que escribía bonito. Él le dijo que se dedicaba a escribir, que había pasado por ese taller literario cuyo honor ahora quedaba por el subsuelo, y la chica le respondió que ella también escribía: escribía en dos tipos de letras, letra corrida y de molde. Sebastián tuvo que llamarme a la casa para compartir su risa. El muy maldito me comentó que le preguntó qué le apetecía, le pidió que la llevara a comer pollos Arturo’s.

Fue así como Sebastián se involucró con Dwuasileth.

Colgué, y supe desde ese momento que había perdido un amigo entregado a la estupidez.