San Diego

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Nunca pensé que Alejandra encontraría este relato. A pesar de que mi blog está abierto a cualquiera que tenga una conexión a Internet, nunca esperas que uno de esos visitantes sea la persona que protagoniza un relato que estás escribiendo. No importa cómo, sino que lo encontró y punto, y me llamó a medianoche, algo que tampoco es mucha molestia, ya que desde el accidente que sufrí con Sebastián duermo poco y ese insomnio se lo dedicó a terminar de hacerle las correcciones a mi libro de cuentos que, curiosamente, no tiene este relato en su lista y que, si nada extraño sucede, me sentaré a leérselo uno de estos días a Valeria, que también conoce el proceso involutivo que llevó a Sebastián a la estupidez.

Así que levanté el teléfono y del otro lado de la línea estaba la novia abandonada. Imaginas siempre escenas donde la chica, con un vestido de novia puesto, raído y con la cola ya negra de tanto arrastrar por las calles de diferentes ciudades, batalla por escupir de su garganta echa un nudo un discurso medianamente coherente que busque sacarle al mejor amigo de su novio maldito y perdido el por qué de todo lo que pasó. Pero Alejandra no es así: de entrada soltó insultos y amenazas y me dijo que ni le importaba si las publicaba o no, sabía que lo haría. Lo primero que me reprochaba era que yo haya sido tan burdo en disimular los nombres: que todos nuestros amigos (?) en común se reconocerían aquí y que el nombre que le di a ella en este relato (Alejandra) lleva su auténtica inicial.

Me pidió luego que aclarara unas cuantas cosas, en vista de que mi relato mostraba el punto de vista de la basura –así dijo– de Sebastián, que se pudra en el fucking infierno donde sea que esté. Primero: luego de que él le informara que no se quería casar con ella, ella jamás lo llamó: alguien con mi formación no caería tan bajo de llamar a ese engendro de la estupidez. Además, era esa basura quien se lo perdía, frase típica del manual del autoconsuelo del despechado.

Segundo: de dónde coño había sacado yo eso del acuerdo de engaños mutuos. Supe entonces que Sebastián era un maestro del engaño individual y de la liberación de culpas achacando a los demás las mismas cosas que él hacía. En ese momento la verdadera Alejandra echó a llorar. Del otro lado de la línea se oían lo que supuse eran las olas de la costa de San Diego, a donde la había enviado su papá luego de su frustrado matrimonio. Un curso de diseño, de modas, algo en lo que pudiera trabajar una licenciada en estudios liberales, qué sé yo. Me maldijo: dijo que yo era un imbécil por no decirle nada de lo que yo supuestamente sabía. En ese momento me acordé de las cosas que sabía de ella que nunca pensé en contarle a Sebastián.

Por último, y ya cuando ambos empezábamos a quedarnos dormidos, y luego de que me dijera que vendría a Caracas en unas semanas para aclarar aun más las cosas conmigo, me dijo, en tono ya de resignada paz, que Sebastián había acertado en irse con Dwuaylet, o como quiera que fuese el nombre real de esa negra y gorda que tuvo la desdicha de haber visto por Facebook. Colgó sin despedirse, y desde entonces espero la llamada para verme de Alejandra.

No pude revisar más los cuentos. Me senté frente a mi computadora a teclear un rato cualquiera cosa que saliera. Tampoco pude. Así que me asomé por la ventana para mirar una fila de motorizados de la PM que subían por la avenida hacia su cuartel de Maripérez. Al rato vi cómo salía gente de la Hermandad Gallega, tambaléandose como estúpidos por la borrachera y me pregunté, después de mucho tiempo, qué sería de Sebastián.