Árbol Altamira, Chacao, frente a Bahía's

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La mayoría de los desastres es consecuencia de una sucesión de eventos mínimos de los que muchas veces no somos conscientes. Envías un correo lleno de quejas al periódico que publicó una reseña con errores y sin buscarlo causaste el despido de un redactor padre de familia y la desestructuración de la familia terminó en la excusa que alegó uno de los hijos adolescentes del redactor en su carta de suicidio. Te burlabas de los granos en la cara de un compañero de clases y el aislamiento produjo en la cabeza de este chico un corto circuito que lo llevó a ser un asesino en serie. Somete a una población a la marginación como parte de una guerra entre ideologías políticas antagónicas y con los años tendrás un enviado de Dios que estrelle contra una torre un avión repleto de pasajeros.

Indaga en la mente del adolescente suicida, del asesino en serie, del kamikaze, y verás que ellos no nacieron con un gen de la tragedia, sino que siempre señalarán un hecho en concreto como punto de partida de la reacción en cadena que ocasionará la gran explosión del caos.

Pero para Sebastián no había un hecho que marcara el origen del caos. Él había elegido el caos por su propia cuenta y ni siquiera se molestaba en acusar a nadie. Sencillamente quería el caos por el caos mismo y de esa manera se había entregado a provocar toda esa cadena de eventos que lo llevaran en dirección contraria al hijo suicida, al chico con granos en la cara y al terrorista: mientras ellos iban hacia un efecto, él buscaba generar la causa del caos. Mientras todas las personas que llevan «vidas normales» se dirigen hacia una dirección (una vida ordenada, una familia amorosa, un trabajo estable), él se había propuesto regresar a los orígenes de todo, o al menos eso presumía: quería volver a cuando todo era un caos, cuando no habían estructuras, cuando la evolución no había sacado a los hombres de las cavernas para llevarlos hacia el tedioso progreso. Había tomado la dirección de la oscuridad, de la involución, de la estupidez.

Todo eso me lo dijo de camino a casa de Valeria a no sé qué una noche fastidiosa en que acepté acompañarle no sé por qué, poco antes de señalar el árbol que crece frente a Bahía’s en Altamira y me preguntó si no me parecía que ese árbol estaba jodidamente atravesado en mitad de la calle. No terminé de decir sí cuando apretó el acelerador de su aburrido Aveo cuatro puertas y cuando levanté la mirada de su zapato lo que vi fue la brillante luna llena en el lugar donde debería estar el piso y luego mis pies en donde debería ver el techo del carro y no sé qué más. Muchas veces oyes decir que los segundos previos a de morir ves pasar tu vida como un flashback emotivo, casi cursiloide, en el que aprecias cada momento de la vida que vas dejando. Debe ser que el Dios editor de la vida sólo pone esta secuencia cuando realmente vas a morir, porque lo que yo vi en cambio fue, antes de abrir los párpados y encontrarme en una camilla de ambulancia, la sonrisa en Sebastián estrellándose contra el parabrisas y la sangre de mi frente cubriendo mis ojos y si creen que hubo trompetas de ángeles tocando el soundtrack de bienvenida al cielo se equivocan.

Ni siquiera fui consciente de las vueltas que dio el carro, las suficientes como para que luego una enfermera de buen humor me dijera que terminamos diez metros más allá, cerca de la bomba, con el Aveo ruedas arriba y dando giros como un trompo en forma de acordeón.

El instinto de supervivencia en estos casos no suele ser muy brillante, ya que lo primero que le pregunté fue si la atención médica que me habían dado sería gratis o tendría que pagarla yo. Vivo en un país donde no puedo darme el lujo de sobrevivir a accidentes cinematográficos, por lo que morir resultaría más económico. Fue cuando me percaté de que estaba en un dispensario lo suficientemente miserable como para intuir que yo no tenía nada de gravedad, sólo unos moretones y la desorientación producto del shock de pasar por un choque.

No quise preguntar por nadie más. Más bien, alguien que presumí como un funcionario de salud me sometió a una serie de preguntas un tanto imbéciles y luego apareció un Polichacao con la finalidad de continuar con un cuestionario del tipo me-sabe-a-mierda-que-estés-saliendo-de-un-accidente, güevón. El tipo estaba interesado en saber las circunstancias del accidente. Me dijo que el árbol con el que nos estrellamos es un símbolo del municipio Chacao. Mentalmente maldije a Sebastián. Pensé en las mentiras que por su lado habría dicho para justificar chocar contra aquel árbol y en la estupidez de los símbolos.

Cualquier persona medianamente inteligente sabe que una de las primeras irracionalidades que te enseñan en los colegios es el respeto a los símbolos. Un hombre podía estar con la camisa ensangrentada, con moretones en todo el cuerpo, con la memoria temporalmente disminuida, pero importaba más la integridad mellada de un puto árbol. Siempre es así: vale más un símbolo que una persona. Si no me creen, vean cómo hemos dejado de ver a Bolívar como un simple mortal y le hemos conferido toda una simbología que lo lleva al plano de la divinidad, y la divinidad siempre es irracional. Todavía me acuerdo cuando en sexto grado me tocó leer un ensayo que escribí en ocasión del natalicio de Simón Bolívar en el que criticaba su carácter autoritario que dejó como herencia nuestra admiración por lo militar en lugar de por lo civil y en el que sugería que viviríamos mejor formando parte de España. Suspensión por una semana, críticas terribles contra mis primeros pasos literarios y citación de mis padres. Todavía no me gusta Simón Bolívar, o el Simón Bolívar simbólico que nos obligan a adorar en las escuelas, pero desde aquel momento comprendí que la libertad de expresión termina cuando se critican los símbolos, y los dioses son símbolos. Ese árbol es un símbolo, y habíamos chocado contra él. Aun si eres escasamente inteligente podías saber que estabas metido en un gran problema.

Cansancio o no, o para no verme involucrado en esto, le dije que el pavimento estaba húmedo y el conductor había perdido el control. Perdió el control de un vehículo a eso de cien kilómetros por hora en una calle de menos de 20 metros de largo y mojada por la lluvia desde hace rato y atravesada por la mitad por un árbol centenario que complicaba el tránsito normal, suena muy lógico, ¿no?

Lo cierto es que el oficial anotó con indiferencia mi nombre, mucho mejor que el suyo que destellaba en una placa dorada: Felipe Mollejón, se bajó las gafas oscuras marca Terror y se marchó sin soltar alguna de esas frases compasivas que esperas oír cuando estás escoñeteado.

Quedé otra vez en el habitáculo de un dispensario y cuando me dispuse a dejarme caer sobre la camilla entró la enfermera para decirme que me fuera, que yo estaba bien. Su amabilidad había desaparecido por culpa de una fiesta de niños en Plaza Altamira que terminó en tragedia cuando una atracción se vino abajo. Sonaban ambulancias. Doctores corrían de un lugar a otro. Se oía el llanto de niños con las caras pintarrajeadas con corazones. Luego supe que lo máximo que ocurrió fue la fractura de una pierna del payaso encargado de la animación. Pero el hecho era demasiado bueno como para que la prensa amarillista caraqueña no dejara de publicar con enormes titulares Tragedia en Chacao. Un payaso con una pierna rota, joder, tremenda tragedia. Fue así como nadie habló del árbol centenario que había quedado de medio lado y que era el origen inadvertido del tráfico de varias avenidas de Chacao.

Así suceden las cosas: un árbol torcido a veinte cuadras generó una cola frente al Parque del Este que fue aprovechada por un grupo hamponil para asaltar un autobús oficial lleno de secretarias que iban a celebrar el cumpleaños del jefe. En su escape en motos uno de los delincuentes atropelló a un joven abogado que iba tarde a un juicio. Esto generó que su cliente perdiera un caso de varios millones de bolívares y que su empresa estuviera destinada a la quiebra. Varias familias quedarían en la calle. Toda una sucesión de eventos de los cuales ninguna de esas personas estaba consciente de que se había originado cuando un tipo había decidido estrellar su Aveo contra un árbol en una calle de Altamira. Sebastián se había propuesto arruinar su vida. En su camino había generado la reacción en cadena que chocaría esos átomos que éramos cada uno de nosotros. Desde ese momento todo el mundo estaba en riesgo de ser tocado por el caos.