Santa Eduvigis

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Siempre creí que determinados actos, como el suicidio, merecen ciertas formalidades. Llegado el momento, olvidas escribir cartas de justificación. Desestimas, por fastidio o tal vez por alguna reminiscencia de pudor, de enviar cartas personalizadas de despedida a las personas de tu entorno. Simplemente te levantas una mañana con el peso de los días previos en ese planeta del hastío con elevada gravedad y sientes que así, cuando te asomes pesadamente por la ventana y te lances al vacío, caerás veinte pisos con la velocidad de una bala. Lo suficientemente rápido como para no pensar siquiera en lo que ocurrirá en algunos segundos. Así es mejor. No vaya a ser que en pleno descenso te pique el arrepentimiento y sepas que, a pesar de ese estado de irrealidad cercano a la muerte, no puedes pedir que te broten alas de la espalda y salgas volando.

No sé si creía en la reencarnación. No sé si imaginaba que luego del golpe se levantaría y encontraría a su lado unas escaleras al cielo como en las escenas finales de Last Days. Los suicidas suelen construir barricadas que imposibilitan franquear sus pensamientos. Te imaginas, sí, que se sienta entre lágrimas de amargura a redactar esa carta que Saúl no se sentó a redactar los minutos previos a ponerse una bolsa de mercado en la cabeza y lanzarse por la ventana de su apartamento en Santa Eduvigis. Golpe en seco. Personas que se despiertan un sábado por la mañana. Gritos de horror de algún vecino al asomarse por la ventana. Policías que llegan a levantar un informe. No se sabe si se puso la bolsa para no ver la caída o si quería asfixiarse y por error cayó por la ventana. Qué irónico sería una muerte accidental causada por intento de suicidio.

No se encontraron cartas. Ni siquiera una nota en alguna de sus redes sociales, como me diría luego Valeria, quien me llamó molesta (sí, molesta por tener que darme esa noticia) para informarme que Saúl había hecho lo que todos estábamos esperando, y agregó que lo último que él había escrito en su Twitter era acerca de un partido de la NBA que estaba viendo la noche anterior. Soy malo en los momentos difíciles: siempre salgo con algún comentario pretendidamente gracioso para reírme de la tragedia, pero comentarle a Valeria que no conocía el grado de fanatismo de Saúl por algún equipo de la NBA fue suficiente para que ella rompiera a llorar y acusara a la ex tipo Suicide Girls de haberle arruinado la vida. En el fondo sé el dolor que causa una ruptura cuando no eres tú quien la busca. Sé el fastidio de asumir nuevamente tu vida sin nadie al lado a quien le cuentes las cosas que haces, con quien salgas a cenar, a ver una película, te des unos besos y esas cosas que cuando tienes alguien a tu lado no te das cuenta de lo grandioso que son por su odiosa sencillez y sé que perder todo eso te puede llevar a perder mucho más: la cabeza. Si quieren tener una noción de lo que se siente estar solo luego de una ruptura escuchen la canción «Razones» de Bebe, música que no es mi estilo pero que habla de esa enormidad y frialdad que adquiere tu cama cuando te toca dormir solo. Y es mi caso ahora. Y era el caso de Saúl desde que le dejó la estudiante de filosofía para irse con el lomógrafo maldito.

Pero sabía que no fue por ella por quien Saúl se había arrojado por la ventana. Era un sábado por la mañana y los investigadores no querían darle muchas largas al asunto: el tipo vivía solo, los vecinos hablaron de depresión, de noches con música de rock a todo volumen y visitas de gente extraña (y yo agregaría, gente estúpida) para consumir drogas. Listo. Informe cerrado, suicidio, levantamiento del acta de defunción, desayuno criollo para todo un cuerpo policial en la fuente de soda que queda al lado pagado con nuestros impuestos. El mundo no se detiene con la muerte de una persona. Somos tan insignificantes que podemos amarrarnos una bomba al cuerpo y lanzarnos a darle un abrazo de amor al presidente y el mundo no se detiene. El mundo sigue y la historia demuestra que los cambios momentáneos con los años se diluirán en la memoria de los mortales porque la vida no tiene continuidad y todo lo que hagamos está marcado por la ligereza. No sé si Saúl creía en la reencarnación, pero en todo caso la fragilidad de la idea de la reencarnación está en que nadie cuando nace se acuerda de lo que hacía en la otra vida y sin memoria, repito, no hay continuidad de nada y sin continuidad cada vida se apaga con su término.

Valeria me llamó para que la acompañara a hacer los trámites. Lamentablemente, soy abogado y la gente me consulta esas cosas odiosas relacionadas con papeleos y burocracia enfermiza. La acompañé entonces. Llegué primero hasta su casa en Santa Mónica y en cuanto me miró bajar del taxi se quedó sorprendida. Cuando notas que alguien se sorprende de verte lleno de moretones y caminando a trompicones te das cuenta de lo poco que se habla de uno. Supongo que tampoco sabes nada de Sebastián, me limité a decir. Me dijo, para mi sorpresa, que sí, que había hablado con él hace dos semanas por teléfono sobre nada en particular y que él tuvo que trancar porque había cuadrado con unos culos para ir a bailar en El Maní. Cara de asco y palabras llenas de repulsión de Valeria cuando se refería textualmente a lo que le dijo el «estúpido» de Sebastián. Iría con Saúl, agregó. Dos cosas quedaron claras en ese momento: que el tipo no había quedado tan jodido como yo luego del accidente y que no había que ser investigador para saber que él sabía algo de lo que pasaba por la mente de Saúl, o que incluso fue responsable de ello. No lo sé, ando paranoico desde el accidente: ya no confío en casi nadie, duermo mal, estoy de mal humor casi todo el día. No sé si debería ir a un psiquiatra para que evalúe mis ondas cerebrales. Me fastidia ir a los médicos.

Tomamos el mismo taxi en el que llegue a casa de Valeria y nos dirigimos hasta Bello Monte. Identificación a la puerta de la morgue, firma de más actas, señoras que lloran por la muerte de un hijo en el barrio El Carpintero, muchacho deportista que no se metía con nadie, lo que hacía era sólo jugar con los panas en la cancha y más nada, capaz y fuese cierto, pero el mundo sigue y no echará de menos a la promesa del básquetbol que mataron para robarle un BlackBerry. El mundo es tan insustancial y efímero. Si yo viviese en un barrio también andaría con esos lujos: el mañana no existe.