Sofá

Hoy es un día para no hacer nada. Para no abrir un libro. Para no ver televisión. Para permanecer todo el día acostado en este sofá largo de mi apartamento y ni estar consciente del tiempo. Alguna vez, de niño, me dio por romper todos los relojes de mi casa. Pensé que si eso abstracto que era el tiempo me llevaba siempre a clases, si me negaba a ver su concreción en forma de reloj estaba renunciando a la certeza de ver cada mañana a una profesora que odiaba. Tonterías de niño que se grabaron en mi memoria.

Hoy es el típico día que no se grabará en el recuerdo. A diferencia del de ayer: estuve en tribunales, un caso esporádico que me cayó: un divorcio. Pareja profesional, ambos de treinta años, diez años de noviazgo y la convivencia conyugal destruyó todo en menos de dos años. Gritos, peleas, agresión física, mientras peor sean los argumentos que ella me mencioné mejor será para que salga su divorcio. Muchas veces los abogados hacemos un poco de psicólogos, y ya sé aspectos de su vida que en realidad nunca me interesaron saber. Por ejemplo, el divorcio para ella es gran un fracaso sentimental. En el fondo me río: el verdadero perdedor de todo divorcio es la economía personal. Más que sentimental, es un fracaso que acarrea deudas que llevan al empobrecimiento porque las deudas que antes eran de dos ahora tendrás que cubrir sola con unas ganancias que también estarán divididas hacia abajo. En un momento de extraño brillo, le pregunto si acaso no hay manera de evitar el divorcio: ella me dice que no, tajantemente no, que su vida está destinada a cosas más grandes.

 

COSAS MÁS GRANDES

A veces creemos que estamos trazando el mapa de la Historia, cuando no estamos más que dibujando malos bocetos que, de seguirlos, nos llevarán a naufragar en el fondo de nuestro propio ego.

 

Volvamos a los tribunales

Los abogados que sueles ver son de dos tipos: los que llevan varios años ejerciendo y los que están empezando. Quedémosnos en estos últimos: la mayoría son chicos pretenciosos que creen que se las saben todas, recién vestidos con trajes comprados en Zara con la primera paga, muy llamativos porque los llevan muy ceñidos al cuerpo y con rayas, pequeñas versiones de Al Capone modernos, zapatos de aguja pronunciada y corbatas brillantes, malolientes a combinaciones descontinuadas de Perfume Factory, en sus papales de los Futuros Abogados Importantes de la Ciudad y que basta con que los detengas y cuestiones sobre la disposición más elemental del Derecho para que toda su construcción de importancia se desmorone y no tengan más remedio que llamar al equipo interior del engreimiento y la vanidad para que cubran las ruinas de sus egos. Viven de eso: de una imagen de lo que aspiran ser, ¿y qué aspiran ser? Convertirse en el primer tipo de abogados, el de los veteranos en más de una batalla del envilecimiento, en expertos timadores, en tejedores de intrigas, pero conocidos, venerados y honrados como el progreso de la sociedad.

Saúl me decía que luchar llevaba implícita la renuncia de lo que nos hace seres humanos, y por eso él no luchaba contra nada, iba por la vida con la tranquilidad de quien no le hacía mal a nadie, creo que hasta era vegano y en su apartamento de Santa Eduvigis sonaba últimamente música new age. Risas, me reía siempre de sus aforismos sacados de revista juvenil en decadencia. Porque creo todo lo contrario: la lucha es lo que nos hace ser humanos, y quienes no lo hacen terminan envilecidos por la nada o conquistados por otros, como animales, como esclavos, jugando a querer volar lanzándose por las ventanas. Pero algo noté ayer: la lucha de muchos es para, sin saberlo, ser unos grandes estúpidos. En simular que cambian el mundo, o incluso el suyo propio. En jugar a ser los motores de la sociedad, cuando no son más que su carga pesada. En creerse grandes cartógrafos cuando no son más que pobres artistas sin habilidad de usar cuadrantes. Enciérralos a todos en un tribunal y de allí no saldrán nunca. No crearán nada que sea para la posteridad, que es lo único que vale la pena: esa aventura hacia la creación de algo que perdure.

Suena mi celular y me saca de estas ensoñaciones inútiles. Lo tengo al pie del sofá y veo que la pantalla se marca un mensaje de Valeria. Dice que quiere hablar conmigo. No hablo con ella desde hace un mes aproximadamente y la verdad que no me intriga saber qué me quiere contar. Me levanto con la única motivación de hacer algo. La nada me hastía. Me cambio y antes de salir me asomo por la ventana de mi apartamento: el mundo está lleno de personas como Sebastián.