Alddin

Echa un vistazo a tu alrededor y entre gente común como tú no serás capaz de identificar a una acompañante y su cliente. Visten como tú, asisten a la misma universidad a la que vas tú, es el odontólogo que mete en tu boca las mismas manos que horas antes ató a una cama la chica que con frecuencia consigues comprando frutas en Automercados Plaza’s o paseando un pug carlino por el bulevar de El Cafetal. La imagen dista mucho de la puta de sexo indefinido parada en una gran avenida caraqueña iluminada por el anuncio de neón de un restaurante abierto las 24 horas al día. En la ciudad se mueven personas con vidas ocultas que sólo serán iluminadas cuando la casualidad te lleve a conseguirte con una antigua compañera de clases, con la hermana de un amigo, con la asesora del banco donde depositas tus ahorros. Y en momentos así asumes el papel de tu doble vida con la tenue sonrisa de la complicidad que da saberte parte del submundo del sexo comercial de lujo.

No conocía este submundo hasta que la empresa en la que trabajo me transfirió a su nueva sede en El Rosal. En los ratos de aburrimiento me asomo por la ventana de mi oficina y veo al frente el hotel Dallas. El estacionamiento se traga grandes carros que entran manejados discretamente por un cliente con una vida ajena a ese microcosmos del hotel: tienen esposas, son empresarios, son padres modelos, hermanos confiables, socios honestos, hijos con un gran futuro en una firma equis. Mujeres llegan en taxis y entran y salen a cada hora. Los rostros ya me son conocidos. Si te preguntas cómo son, es la chica que verías una noche de viernes en el San Ignacio. Cuento el número de veces y calculo las ganancias que tienen según los portales de acompañantes y superan los miles de bolívares a la semana. Ganan más de lo que tú puedas ganar al mes impregnándote de aroma de aceite de papas fritas en un McDonald’s, desvelándote hasta la madrugada en una agencia de diseño o en un turno de hospital, llenándote de polvo en una oficina o contando dinero como dependiente de una tienda, en un trabajo honrado. La honradez muchas veces viene en forma de esclavitud.

El director de la empresa me encuentra a veces mirando por la ventana. Me llama la atención con indignación, aunque es tan joven como yo su evangelismo militante lo envejece varias décadas, me dice que esas mujeres son esclavas y de inmediato cierra las persianas y me manda a trabajar. Se pregunta cómo hay hombres que gastan dinero en putas. Saco cuentas de una cita sin garantías de nada: una cena completa para dos en Bonsai Sushi: Bs. 240. Entradas al cine para ver el estreno de la semana en un cine de cualquier centro comercial, snacks, dos bebidas, antojos extras: Bs. 120. En menos de seis horas, Bs. 360. Si se queda contigo: habitación noche completa en un tiradero del eje El Rosal-Plaza Venezuela: Bs. 300. Desayuno al despertar en algún café de Los Palos Grandes: Bs. 140. En menos de 24 horas: Bs. 800. Multiplica esta cuenta por cuatro a cinco veces al mes que repetirás para impresionar a una persona que finalmente te dirá que no o si te dice que sí acarreará más gastos de pareja, sin contar en que terminarás esclavizado en tediosos compromisos, en ansiedades celosas, en escenas patéticas donde pierdes tu identidad individual.

Su identidad era lo que buscaba Valeria, pese a que nadie la conocía. Nunca le conté de mi transferencia a El Rosal (en realidad ni era mi amiga para estar contándole estas cosas; ahora que lo pienso, desde hace tiempo que me he vuelto un ermitaño, incluso la barba me cae por los lados de la cara y el cabello me empieza a cubrir los ojos para preocupación de mis jefes. ¿Te preguntabas por qué la transferencia? Allí la tienes: supongo que tarde o temprano me lanzarán a la calle, y no me interesa). Turquesa “Agencia Joyero” Íntimo (Sabrina)

No me sorprendió entonces verla entrar de un momento a otro al hotel. Algo debía explicar la ostentación de que daba muestras últimamente. Fue entonces que me di cuenta de las llamadas que le hacía Sebastián y sus constantes salidas por las noches para visitarla. Sentí asco. La noche del accidente íbamos a «visitarla». Joder, qué cretino fui al no darme cuenta de estas cosas que pasaban ante mí. De hecho, Sebastián me comentaba con frecuencia que contrataba prostitutas las noches en que no quería ver a su novia. Yo simplemente lo tomaba como anécdotas para alardear de su masculinidad y no le prestaba atención a sus primeras señales de querer lanzarse al pozo de la estupidez. Me hablaba del poderío de pagar por sexo, de usar tu dinero para contratar el placer sin compromisos, de arrancarle al sexo su lado humano y de usar la bestialidad que habita en nosotros, su lado izquierdista se difuminaba cuando me hablaba de la salida con una puta de lujo llamada Roxanna a quien llevó a Puerto Azul un fin de semana que su novia estaba de viaje en Buenos Aires de donde le traería varias camisetas de fútbol y demás tonterías a su futuro esposo perfecto. Eran las semanas previas a que rompiera con Alejandra.

Valeria entraba y salía varias veces del hotel. Una tarde salí de mi oficina temprano para atender un caso legal (el divorcio de la mujer) e imagino que me vio. Me ignoró y entró con sus enormes tacones en la punta de unas piernas descubiertas por una falda corta. El sábado sonó mi teléfono y era ella que quería hablar conmigo. Ok, hablemos.

La cité, no sin malevolencia, en el McDonald’s de El Rosal que está de frente al Dallas. En cuanto llegó vestida con un aburrido conjunto verde felpa me dijo que ya sabía todo. Todo qué. Todo lo que vi de ella. Sí, me vio. Era evidente. Qué cosa. No te hagas el idiota. ¿Qué buscas con este trabajo? Entonces me dijo algo que no lo esperaba de ella: que buscaba su identidad. Mira a tu alrededor: todos queremos saber quiénes somos y qué queremos de diferente modo. No sólo Sebastián quería tener el control de las cosas. Tal vez, Sebastián era el controlado de la cosa. Y, efectivamente, lo era.

Valeria sin decírmelo me descubrió que en la búsqueda de ese poder de la independencia sexual Sebastián se había vuelto un adicto que gastaba miles de bolívares al mes pagando por servicios de chicas. Que el sexo pagado había dejado de ser un placer y se había vuelto en una conquista imposible de una satisfacción cada vez más reducida. Consume heroína y sabrás que mientras más acostumbrado estés a ella más te pincharás buscando llegar a una cima cada vez más inalcanzable. Esa era una estupidez que Sebastián no buscaba, sobre las manos del portentoso cazador que portaba un rifle había caído la trampa de la aparentemente ingenua presa que lo retenía envilecido por el sexo. Y ella, Valeria, mi «amiga» Valeria, poco le importaba. De hecho, disfrutaba con una maldad desconocida para mí el ser la droga que inyectaba en los brazos de incautos que creían que también controlaban la situación. 

Le pregunté si disfrutaba lo que hacía, y me respondió que sí, que sentía el placer del poder, del dinero en sus manos, de los hombres de diferentes edades que perdían sus fuerzas con las manos envueltas en la cadera de Valeria mientras la penetraban una, dos o hasta cinco veces al día. Sin darte cuenta, ahora mira a tu alrededor y encuentras una ciudad completamente rendida a un súcubo adorablemente envuelto en un ordinario conjunto de felpa verde. La verdadera arma que te destruye es la que crees apuntar a los demás.

Entonces me dijo algo que no esperaba oír. Que lo último que supo de Sebastián era que estaba en algún estado del oriente del país como regente de un burdel de quinta categoría. Quizá alguna pensión en Margarita en la cual utilizaría su dominio del inglés y del francés para atender a una extensa clientela que llegaba más que por las playas por el turismo sexual de las famosas mujeres venezolanas. Que incluso había intentado introducir en el negocio a Dwuaylet. Mira a tu alrededor: la maldad se esconde en los ojos brillantes de una chica que hasta hace poco era alguien sensible al suicidio de un pobre diablo. “Verónica Agencia Coquetas”

Sebastián convertido en un proxeneta. En el fondo me causaba risa. En su búsqueda de la degradación quería hundir a los demás en su vicio. En el fondo, tenía un sentido perverso de la lógica. Y qué querías contarme. Lo están buscando. Quién lo busca. Qué sé yo. Se habrá metido en problemas, pero hay gente de acá que me ha preguntado por él. Saben que lo conozco. ¿Lo matarán? No seas novelero. Entonces para qué me lo contaste. No lo sé, es tu amigo. Mira a tu alrededor: tus amigos son los que más cosas tienen que ocultarte, así que no confío en nadie. No confío en él, le dije, por decir algo. El teléfono de Valeria sonó varias veces mientras hablábamos. No atendió ninguna llamada.

De pronto la imaginé a Valeria como una heroína de historietas. Una heroína cocainómana ocasional que ante el mundo era una chica aburrida. Su otra identidad, la identidad que buscaba, tenía a una legión de seguidores. O de esclavos, da lo mismo. El decorado de la ciudad era el de una Ciudad Gótica donde yo era el único que no sabía que estábamos en una historieta. No lo sé, idioteces que pienso mientras al frente descubro a Valeria atendiendo por fin una llamada. Al parecer alguien la quiere en el Aladdin para las 4 pm. No me deja con la duda: ha llegado un empresario inglés y ella es la que habla su lengua de la agencia. Pago en dólares seguro. Le pregunto hasta cuándo trabajará en esto. Me dice que no lo sabe, hasta que sienta que perdió sus facultades como los superhéroes retirados de Watchmen, y se ríe. No recuerdo haberle comentado mis comparaciones con superhéroes y me siento extraño. El mundo es diferente a partir de ese momento. Antes de irse me anota en una servilleta su otro número que hasta ese momento no existía para mí. Un mundo colisiona con otro. La Valeria que conozco se funde con la otra Valeria y yo sigo estando ajeno a este mundo y cualquier otro. Echa un vistazo a tu alrededor y entre la gente que conoces nunca sabrás quién eres tú para ellos.