Ikurriña

Una noche de diciembre de 1983 nace, en medio de circunstancias que impedirán demostraciones de afecto, el tercer hijo de los Arana-Sabaleta. Su padre es Ignacio Arana, hombre temperamental y poco dado a la palabra que, sin embargo, demuestra en ocasiones una sensibilidad utópica y un gusto por las bellas artes que le hace recibir entre sus amigos el apodo que terminaría por aceptar de La Bestia Noble. Es dueño por azar junto con su hermano Iñaki de una pescadería en el este de Caracas, hijo de exiliados vascos que luego de errores de trámite terminan calando en el puerto de La Guaira en lugar de Veracruz, financista activo del Movimiento Al Socialismo y que se encuentra, al momento del nacimiento del niño, maldiciendo la reciente derrota electoral de Teodoro Petkoff en el café El Papagayo.

Es el único al parecer, entre un informal comando de campaña compuesto por cineastas, artistas y otros intelectuales que tienen en común el no contar ninguno con obra conocida (y quienes recorrieron en motos media Caracas lanzando panfletos que alertaban sobre el peligro inminente de un gobierno de ultraderecha católica que abriría la puerta a una nueva diáspora española compuesta esta vez por elementos franquistas y nacionalcatolicistas opuestos a la Transición), que creía que la victoria era posible. Por eso su hijo se llamaría Teodoro. El calor de la derrota y las cervezas de más ocasionan una discusión con algunos militantes de base del partido que le acusan de arribista, de apoyar veladamente al traidor de José Vicente Rangel, de timador y de extranjero capitalista sin conciencia nacional, y un tal Evaristo Gómez, en el momento más acalorado, deja relucir una Beretta 92 que conduce a que entre el grupo se desenfunden otras armas de fuego y cuchillos. La discusión, que tiene todas las de terminar en escandalosa tragedia, culmina silenciada en el anecdotario izquierdista caraqueño con la irrupción de un comando conjunto de la PTJ y la Metropolitana que en un operativo de profilaxis social arresta a todos por igual y los hace pasar la noche en los sótanos de un centro de detención ilegal en San Agustín del Sur.

Un mes después de traslados por diferentes prisiones, la sombra de Ignacio Arana aparece en la quinta familiar en la 4ta Transversal de Montecristo que heredó de sus padres y al ver al niño en la cuna ya sabe que no se llamará Teodoro. Ignacio es un hombre nuevo. Los días de detención, y una buena dosis de palizas tanto de policías como de antiguos compañeros de partido, quebrantan su ímpetu revolucionario y ahora critica a estos últimos por ser una pila de ñángaras ociosos, sin futuro y sin conciencia de qué quieren.

Donde antes se apilaban las doctrinas revisionistas de Eduard Bernstein y el cuestionamiento hacia la lucha armada ahora florecen las vagas enseñanzas del nacionalismo vasco que oyó de sus padres. Se descubre a sí mismo como un abertzale, habla con su hermano de fundar la primera célula de Herri Batasuna en Venezuela junto con otros exiliados vascos (el grupo finalmente se convertiría en un equipo de pelota vasca sin interés en la política), se cree pariente lejano de Sabino Arana en sus fantasías de gestas heroicas que sólo comparte consigo mismo en la soledad de sus pensamientos, ya que desconfía ahora de su mujer, Leire, quien se opone rotundamente a que el niño se llame Donostia. Tiene que intervenir Iñaki para persuadir a su hermano del inconveniente de bautizar a un niño con ese nombre en un país caribeño. ¿Bautizar? Ignacio Arana se sorprende por el nuevo catolicismo de su hermano y lo repudia y el negocio de la pescadería se fractura. Nadie sabe, sin embargo, qué motivó la concesión ante el despreciable reino español y en lugar de Donostia el niño termina por llamarse Sebastián.

Los primeros años de Sebastián Arana transcurren en la placidez de un hogar donde el padre está involucrado en la política imaginaria independentista vasca en Venezuela y con los negocios familiares que sin embargo son bien llevados por la madre. La partición de la pescadería lleva a la fundación de un automercado que prosperaría con los años. Estudia junto con sus dos hermanos mayores, Ignacio José y Jon, en el colegio San Ignacio de Loyola. Es buen estudiante, practica fútbol y noviazgos no le faltan. Junto con sus hermanos y su madre viaja por todo el país en diferentes vacaciones y cuando no hay más lugar que conocer su pasaporte se empieza a llenar de sellos de ciudades latinoamericanas y europeas. No llega a visitar nunca España mientras vive su padre, cada vez más radicalizado y que le inculca al niño, que nació durante su renacimiento nacionalista, toda su ideología compuesta de disparates y consignas en euskera. El niño no entiende nada. Pero desarrolla cierto aire de rebeldía, de desprecio a las normas, que le traerían problemas al alcanzar la adolescencia. Es lector voraz de Goethe, su manejo del francés le permite leer a medias a los simbolistas y entiende en perfecto inglés a Shelley, Keats y sus primeros pasos en la escritura los da imitando a Walter Scott, llegando a comparar a los pobres escoceses con los «pobres vascos» de los que habla su padre (él nunca se sintió, valga decir, vasco, sino profundamente de ninguna parte). Los curas tratan de corregirlo, Sebastián se involucra en un grupo de anarquistas punketos del Country Club, iguales a él: con mucho dinero para consumir todo lo que la contracultura le ofrece a principios de los noventa. Asiste a conciertos en el Poliedro, mira en vivo a Charly García, a Andrés Calamaro, dice que Soda Stereo le aburre y que prefiere ahorrar para ver a The Cure cuando vengan, acude a ver a Guns N’ Roses disfrazado de Slash, no falta a los conciertos en Bellas Artes y Café Rajatabla de 4to Reich y Dermis Tatú más adelante y empieza a considerar el rock como salvación de su vida. De regalo pide una Fender Stratocaster cuyos primeros acordes los da con temas de Metallica y Pearl Jam. Un hecho impide que forme la banda que tenía en mente: la muerte de su padre.

Ignacio Arana fallece en un accidente de tránsito de camino a Puerto Cabello para buscar unos equipos de refrigeración para su cadena de supermercados. Pierde el control de su Ford Blazer, se habla de que iba ebrio, pero esto nunca se confirma. El hecho genera una conmoción en el mundillo de la izquierda venezolana. El antiguo compañero es rehabilitado. José Vicente Rangel publica un conmovedor artículo en El Universal titulado La nobleza del Vasco. Jorge Olavarría, en cambio, induce a creer en la teoría de la vendetta política, unos hablan de la participación de La Bestia Noble en los golpes de Estado de 1992 (El Vasco, en nombre código), nadie puede confirmarlo tampoco. No importa. Falleció y es enterrado en el Cementerio General del Sur, como buen revolucionario. La tragedia causa una crisis familiar. Leire no quiere saber nada de la quinta en Montecristo. La vende y compra una quinta de dos pisos en Santa Eduvigis y se vuelve sobreprotectora con sus tres hijos. Los mayores ya empiezan los estudios universitarios. Sebastián pierde el toque de rebeldía y se apoya en la literatura con aire meditabundo. Gana el perdón de los curas, pero otros sugieren que sigue en malos pasos: vende drogas en el colegio. Esta vez nadie quiso confirmarlo. Empieza a escribir y posteriormente inicia estudios en Derecho.

Es un buen estudiante en la Universidad Católica Andrés Bello, su tesis sobre aspectos de la crisis carcelaria es alabada por Luis Ugalde, S. J., quien lo califica como «joven con un futuro gustoso para el bien del país». Concluye sus estudios y como no tiene nada que hacer ingresa en Letras. Los años de estudios los combina con viajes, con idas a la playa y novias hermosas hasta que conoce a Alejandra, hija de un hombre millonario de pasado dudoso, con quien se compromete en matrimonio. El futuro parece hecho a la medida de esta pareja inteligente y hermosa. Por debajo, Sebastián no deja sus conquistas. Es mujeriego y asiste a fiestas en las que apuesta con sus amigos a ver quien consigue llevarse a la cama a determinada chica. Publica con la editorial universitaria un poemario titulado El albor de mis raíces, que pasa sin pena ni gloria. Ingresa a diferentes talleres literarios en el Celarg y en Monte Ávila. Sus cuentos tratan sobre la vida en la ciudad y no despiertan gran emoción. Su vida empieza a volverse aburrida cuando por intermediación de su tío Iñaki consigue un trabajo en una multinacional de abogados. Se habla de que pronto montará su propio bufete. Un hecho sin embargo ocurre y de pronto cambia de actitud.

Nadie sabe a qué se debe su vuelta a los malos pasos. Renuncia al bufete en circunstancias bochornosas: reenvía por correo electrónico información confidencial a bufetes rivales e insulta a su jefe de manera oprobiosa. Rompe con la novia y funde el anillo de compromiso. Empieza a salir con una chica de dieciocho años que vive en Petare de nombre impronunciable. Sus apariciones en círculos de amigos son cada vez más escasas y cuando lo hace no deja de mostrar una conducta errática. Unos afirman que perdió la razón. Otros, que sufre una crisis de los treinta. La vida de Sebastián Arana parece imparablemente dirigida al desastre luego de que sufre un accidente de tránsito. El amigo que le acompañaba sugiere que fue un accidente intencionado. De pronto ese accidente marca un punto de no retorno: Sebastián Arana desaparece. Su madre, en una crisis de nervios, niega que el hijo menor se haya marchado. Según ella, está dedicado a nuevos estudios. Ignacio José y Jon no saben nada de su hermano. Tampoco les interesa saber. El mundo alrededor de Sebastián parece colapsar. Uno de los últimos amigos que le frecuentan se arroja desde un apartamento de Santa Eduvigis y la policía trata de ubicarlo en vano. Sebastián se ha ido. Su nueva novia se ha ido, suponen que con él. La joven promesa termina en la clandestinidad de la misma manera como antaño lo hicieron los mejores amigos de su padre en los peores años de la lucha guerrillera que financió. No hay quien falte que diga que su hijo ha decidido ir más allá de los pasos que dio su padre: aseguran que está formando un grupo terrorista. Los que estudiaron con él en el colegio señalan que este grupo tendrá tendencias nacionalistas propias de la familia, seguro que se cree un salvador de patrias, dicen, los amigos de su padre que se enteran de su desaparición no se decantan por señalar si su grupo tenderá a la derecha o a la izquierda, dicen, en Sebastián Arana todo es imprevisible y hasta cierto punto volátil. Otros, sus allegados, se ríen de estas versiones y señalan el desinterés guerrerista de Sebastián, creen que se fue de juerga total. Pasan meses y aún no sabemos nada de Sebastián Arana.