Saúl Curtis

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«Soy un pobre dandi perdido en una maldita ciudad». Esa solía ser la frase que repetía Saúl Curtis cuando se presentaba ante los demás. Y no dejó de usarla cuando, bajo sus pies, apareció el enorme espacio que le separaba del piso. Una declaración de principios de lo que decía ser o, en realidad, de lo que aspiraba a ser desde que, abandonado los estudios de teatro en alguna escuela sin renombre, entendió a su manera que la tarea de un actor no era actuar sobre las tablas, sino demostrarle a los demás que vivía en una representación eterna. También fue un plagiador, y esa frase se la robó sin mayores cuidados de Borges. Quizá leyera también «La forma de la espada» y de allí su tendencia a inventarse vidas paralelas. Pero lo más probable es que comenzara mucho antes de esa lectura a mentir sobre quien era.

Decía que sus padres le habían abandonado luego de huir del país tras haber ocasionado un accidente automovilístico con fatalidades y que creció en las calles, que la urbe le había enseñado la rudeza (a pesar de sus maneras finas), la supervivencia y por último le habían influido en una «obra» compuesta de unos cuantos dibujos y poemas que mostraba en bares y que trataban sobre la violencia, sobre el desamor y sobre Caracas, su Caracas, su ciudad maldita, aquella ciudad de la que presumía conocer cada tugurio y cada calle. La persona atenta habría notado la influencia de Morrison en esta afirmación de su orfandad, y al notarla, Saúl discretamente evadía el tema y se iba por otros cauces que siempre le aumentaban, o que creía que eso le hacían, esa aura cuidadosamente elaborada de enfant gâté encerrado en un cuerpo esbelto y ligeramente indefinido. Claro que los hubo quienes le creían la historia y se la aplaudían y decían que era un maldito. Fue así como se las ingenió para lograr meter, en los meses previos a su muerte, varios artículos en diferentes blogs y revistas etiquetadas de alternativas. Artículos que eran un culto a sí mismo, que se repetían unos a otros en los mismos temas y que por último eran recortados por más de una chica con la que seguro Saúl logró acostarse sin mucho esfuerzo de seducción. (De allí que su inesperada muerte, cuando empezaba a convertirse en algo como un artista de culto, o autodenimado de culto, haya sorprendido a algunos; para otros, esa muerte trágica venía a confirmar su malditismo).

Lejos de aquella voluntariosa maquinaria [auto]publicitaria, la verdad suele ser tan aburrida que sabe replegarse para que los investigadores no se detengan a inspeccionar a los [pretendidos]dioses. Lo cierto es que su vida no era tan emocionante, aunque quizá tampoco hubiese pasado por poco interesante para algún pretendido biógrafo: su verdadero apellido era Aristiguieta, hijo del mediático Abelardo Aristiguieta, teórico economista que mutó de posturas socialcristianas hacia un vago marxismo criollo, comprometido y sobre todo profundamente de lujo. De los programas de opinión –de donde siempre incurría en la participación más polémica, como cuando lanzó un vaso de agua a Napoleón Bravo cuando éste le acusó de haber participado en la quiebra del Banco Latino– saltó a la diplomacia y de una embajada a otra se perdió en el confort de las noches en Montmartre. Hacía años se había alejado de su mujer, al menos de palabra, ya que seguían compartiendo el apartamento en Santa Eduvigis, debido a que ella era la prolífica autora de autoayuda Marianela Farías, y pesaba en ella el interés de preservar todo aquello que plasmaba en sus libros de superación personal y perfecta vida de pareja, en la que ella ya había firmado años atrás un epílogo de peleas famosas entre los vecinos de la zona. Bestseller nacional, Farías había partido hacía poco a Miami para encargarse de la conducción de un talk show en una radio que nadie más que ella conoció. Sus libros, sin embargo, se siguen vendiendo en las estanterías de las mejores farmacias y supermercados de Venezuela. Para algunos enloqueció y pasa sus días en una casa de retiro en Jacksonville donde dicen que hay una señora que afirma ser una escritora venezolana muy popular, otros parecen haber rastreado palabras de sus libros en diálogos optimistas en telenovelas de Telemundo.

Sea como fuera, de pronto un joven Saúl, cuya adolescencia había pasado entre la introversión y sentirse hijo de unos padres muy conocidos para él y el fastidio en La Salle, se consiguió solo en el enorme apartamento y no tardó en inventarse su pasado. Un nombre que nadie conoce puede darse esos privilegios. Su presente lo constituían una escuela de actuación que tampoco existió, una Terios que nunca estrelló para sobrevivir luego de escapar de las llamas, una novia que lo amaba con quien rompía frecuentemente. Su vida real se repartía entre la postergación de sus estudios de comunicación social que aborrecía en la Universidad Católica Andrés Bello, en vender objetos para comprar ácido y en organizar fiestas dionisíacas consagradas a él y solo a él en un apartamento que decía que heredó de un tío que murió en un asalto. Las innumerables veces que los vecinos se quejaban ante la policía de la música a todo volumen, de los platos que volaban por las ventanas y de los jadeos que llegaban hasta el amanecer, Saúl terminaba firmando un cheque cortesía de las regalías de los libros de autoayuda de su madre y del cargo diplomático de su padre. La infelicidad de los demás la cancelaba con la felicidad que heredó de sus felices padres y buenos días. Otro día más para la fiesta. Seguro que más de un vecino celebró cuando lo recogieron del piso entre palas.

A pesar de ese ritmo de vida, nadie entre sus vecinos presagió su muerte. Cundió una ola de moralismo encabezada por la presidenta de la junta de condominio que sugirió que se le pasaron las drogas y el pobre idiota salió a la ventana a planear con el aire de la urbe. Estupideces así repetidas hasta el cansancio terminaron por convertir en verdades esa vida falsa de Saúl. Esa vida que empezó a declinar en una de sus tantas fiestas en la que apareció alguien de nombre Albert. Albert era un fotógrafo catalán presentado como alguien de cierta reputación, superaba los cincuenta años y llevaba dreadlocks. Si los estereotipos llevaran nombres sería el suyo. Había llegado al país hace poco, invitado por un amigo en común con Saúl que vivía en El Hatillo, para fotografiar a los indígenas del Amazonas, la pereza le ancló en Caracas y terminó financiando su estadía en el Hotel Alba dando lecciones de lomografía a un grupo de chicos con intereses similares. En reuniones en bares de Los Palos Grandes, Albert decía que Caracas era una mierda, una mierda sin plazas, sin museos ni teatros, sin vida cultural, una gran plasta de mierda, y que si querían hacer ciudad empezaran a seguirlo a él y poco a poco fue convirtiéndose en una especie de mesías entre cuyo rebaño cayó hipnotizado Saúl y su novia Amaranta, una chica hipertatuada que estudiaba filosofía en la UCV, a quien conoció por intermedio de su mejor chica llamada Jadna.

El grupo empezó a organizar lo que para ellos era hacer ciudad: tomar las plazas para hacer «representaciones épicas», especies de actuaciones improvisadas que se combinaban con juegos tradicionales, y que se dispersaban cuando llegaba la autoridad o en su defecto la otra autoridad reaccionaria que ocupaba la ciudad: los malandros (que eran los más), quienes veían extrañados a esa cuerda de mariquitos lanzándose burbujitas o recitando poemas de Ramos Sucre; en otras ocasiones hacían sino salidas en bicicletas por las congestionadas e inhóspitas calles de Caracas, siendo más de uno atropellado (esa era, de alguna forma, la única forma de desafiliarse de la Secta). Incluso se bautizaron como la Secta: una congregación de chicos de clase media de Caracas jugando a la contracultura de la urbe, con grandes gafas de carey e inclinaciones artísticas difusas, cuando no erráticas y contradictorias.

Un día de reunión de la Secta en el bar de los chinos en Los Palos Grandes aparecieron dos chicos que se sentaron en una mesa lejana a conversar. Por algún motivo Albert los miró mal desde un principio, y levantó la voz para que terminaran escuchándolo a él. Los chicos siguieron hablando hasta que Albert estalló una botella de cerveza en el piso. Gritó que quiénes eran ellos y con el pico de la botella aún con la espuma de la cerveza los amenazó. Saúl se interpuso en el camino y dijo que los conocía, que uno trabajaba en bufete de abogados y el otro en una editorial; esto molestó más a Albert, y la reunión terminó a los golpes, con sillas y botellas partidas más por efectos de la torpeza de las borracheras que por la agilidad de los púgiles, la historia aquí se pierde entre las versiones de Saúl y las que contaría luego Sebastián en los días previos a su desaparición. Según Sebastián la cosa terminó en comisaría, él y Rafael, su acompañante, y los otros seis de la Secta; Saúl invitaba a los chicos a unirse al club, pese a que por el perfil de los dos ninguno encajaba en la Secta.

No importa. Sebastián y Saúl tenían puntos en común sobre política y se conocían por vivir relativamente cerca y estudiar en la misma universidad. Empezaron a frecuentarse más y Sebastián intentó acostarse con Amaranta en alguna de las fiestas de Saúl, no pasando de algunos besos. Esto nunca lo sospechó Saúl, más inquieto en los constantes halagos de Albert a Amaranta hasta que un día llegó tarde a casa y al entrar a la cocina con una gran bolsa de mercado la consiguió a ella agachada a la altura de la cintura de Albert, recostado sobre la mesa de cocina y con la boca abierta en todo su esplendor.

El descenso de los cielos de Albert fue para Saúl, paradójicamente nombre bíblico, el ingreso en la órbita de un Sebastián entregado a la estupidez. Amaranta se perdió de la vida de Saúl y la vida de Saúl empezó a perderse bajo el influjo de Sebastián. De aquel hombre que inventaba historias no quedaba nada, solo un hombrecillo delgado, con una barba larga, descuida, introvertido una vez más, suspendió las fiestas y se entregó al ácido al punto de llegar a pasar días enteros sin salir de casa, acostado en el sofá sin lavar, rumiando la pérdida de la mujer que amaba. Era apenas una marioneta, o según Sebastián, actuaba como el mejor amigo que él necesitaba para una propuesta que tenía en mente: enamorar a una tukky.